Volverte a ver
Londres, Inglaterra, 1943
Era un día nublado y a pesar de que algunos destellos de sol aparecían ocasionalmente, el clima parecía querer tornarse más frío de lo usual. En una de las calles más concurridas y cercanas a la estación del metro, el claxon de un auto, logró que una pequeña adolescente de doce años frenará en seco y girara asustada hacia el conductor.
— Ten más cuidado, nena — pidió un anciano hombre mientras su mano tocaba su pecho, tanto él como la niña sentían el corazón acelerado.
— Perdón — se disculpó Lucy Pevensie antes de girarse y, esta vez, mirar hacia ambos lados de la calle. La niña cruzó corriendo hacia donde se encontraba su hermana, Susan Pevensie conversando con un muchacho de la escuela de sus hermanos.
Todo aquel que la conocía, podía darse cuenta de que la mayor de las Pevensie se encontraba notablemente incómoda. Susan no disfrutaba de conversar con personas, sino mantenerse alejada y con su atención diga en algún libro, ahora bien, le agradaba el chico, pero este se encontraba tan nervioso como ella y demasiado parlanchín a su lado.
— Phyllis — mintió Susan mirando al chico que acababa de preguntar por su nombre.
— ¡Susan! — se escuchó la entrecortada voz de Lucy, la susodicha se giró para darle su mayor mirada asesina hasta que vio el estado en el que estaba. — ¡Tienes que ver esto y rápido!
Susan miró al chico nuevamente, con algo de pena en el rostro, pero tomando sus cosas siguió a Lucy hasta la estación del metro. Una vez dentro, fueron recibidas por un tumulto de gente gritando cosas sin sentido, entonces lo vio, era imposible no verlo, Peter Pevensie peleaba a golpes con unos chicos de su mismo instituto.
Cuando las miradas de los mayores Pevensie se encontraron, Susan negó con la cabeza y Peter trató de disculparse sin lograrlo. Las chicas seguían viendo, pero Peter solo quería que todo terminara, no soportaba pensar que su hermana Lucy le estuviera viendo así.
— ¡Edmund! — grito Lucy cuando, sin pensarlo, el pecoso azabache corrió a ayudar a su hermano. Durante todo el tiempo que pasó desde que salieron de Narnia y volvieron a casa, Edmund se hizo el hijo y hermano perfecto, aún y cuando sus hermanos sabían que se sentía incompleto.
Edmund peleaba mejor que Peter, siempre había sido más ágil e inteligente a la hora de librar una batalla, no importaba del todo si había tenido el tiempo suficiente o no para pensar con tranquilidad las cosas, fue entonces que unos soldados los separaron, llamándoles la atención como si de niños pequeños se tratase.
Un par de minutos más tarde, una chica de piel morena llegó corriendo a la estación del metro y alcanzó a una pelirroja chica de ojos azules y piel blanca como la nieve. Anya miró a su prima Hailey Montclair con una enorme sonrisa, era la primera vez, desde que había entrado al instituto St. Mary que salían temprano.
— ¿Qué sucedió aquí? — preguntó la morena al ver la cantidad de personas que había todavía.
— Me dijo Jo que unos chicos del instituto Hendon se metieron en una riña, pero los oficiales se encargaron de parar todo — Anya solo asintió y acomodo su mochila para cruzarla por su cuerpo, de esa forma no se le perdería como ya había ocurrido en sus primeras semanas en Londres. — Pero vamos, el metro está a punto de partir, perdí tiempo valioso esperándote, mamá ya debe tener la comida hecha.
Anya rió ante la mirada de su prima, algo que le gustaba a la morena de vivir con Hailey era que no se sentía tan sola como cuando estaba solo con su mamá y si bien, extrañaba con todo su corazón a su madre, sus tíos siempre la hacían sentir como parte de su familia, como una hija más. El par de adolescentes hablaban sobre cosas de la escuela, muy a pesar de Hailey, mientras bajaban las escaleras de la estación.
A unos cuantos metros, los hermanos Pevensie mantenían silencio al ver a Peter todavía molesto. No había necesidad de conocerlo bien para saber que no había ni rastro de felicidad en su rostro.
— De nada — dijo Edmund mientras se sentaba al lado de su hermano.
— Lo tenía todo controlado — replicó groseramente Peter, tal y como Edmund lo hubiera hecho en el pasado, la diferencia fue que el azabache guardó silencio y desvió la mirada para no hacer un problema más grande.
— ¿Y esta vez que fue, Peter? — preguntó seriamente Susan mirando a su hermano, era la cuarta vez que se peleaba a golpes con chicos mayores a él.
— Me empujó.
— ¿Y por eso lo golpeaste? — preguntó Lucy mirando a su hermano sin entender, el rubio se molestó más y se giró a verla.
— No, después de empujarme quiso que YO le pidiera disculpas, entonces le pegué — Al escuchar aquella explicación, Edmund no hizo más que negar con su cabeza y Susan rodó los ojos antes de preguntar:
— ¿Tan difícil es darte la vuelta y seguir caminando?
— ¡Por qué debo hacerlo! ¿No se cansan de que los traten como si fueran niños? — preguntó Peter exaltado
— Pero somos niños — respondió Edmund sonriendo, no le importaba ser niño, ya no deseaba crecer tan rápido.
— No siempre lo fuimos — la sonrisa de Edmund se esfumó, Peter habló sin pensar y el azabache ahora recordaba aquella perfecta época en la que estaba con Anya. — Ya pasó tiempo, tres años... ¿Cuánto más hay que esperar?
— ¡Oye! — habló Susan buscando captar su atención, odiaba cuando Peter hablaba sin pensar y terminaba lastimando a Edmund indirectamente. — Creo que es tiempo de aceptar nuestra vida aquí, de nada nos sirve fingir.
El tren comenzó a correr más rápido, parecía que en cualquier momento se saldría del carril. Los hermanos Pevensie se pusieron de pie y sin pensarlo, se tomaron de las manos, temiendo que se tratara de algo malo, entonces, por entre las ventanas del metro podían divisar lo que parecía ser una playa del otro lado.
Lejos de ahí, en las escaleras de la estación, Anya se quedó paralizada, observando como todo a su alrededor, a excepción del tren, comenzaba a ir más lento.
— Narnia — Susurro y una sonrisa de felicidad apareció en su rostro, tal vez, ahora podría saber qué había pasado con Edmund y los Pevensie.
— Anya, ¿Qué está sucediendo? — preguntó Hailey, sorprendiendo a Anya, en la voz de la pelirroja se podía escuchar miedo y era algo fuera de lo común para ella. — Anya.
— Tranquila todo estará bien, es solo... — Anya no pudo terminar de hablar, el piso se desvanecía tras ellas y el tren ya no estaba, la morena tomó la mano de su prima para comenzar a correr.
— ¿A dónde vamos?
— A las vías del tren — contestó Anya, pero justo cuando las chicas saltaron a las vías, estas desaparecieron haciéndolas caer.
Los Pevensie se encontraban en una hermosa playa de arena blanca y océano azul, Lucy y Susan no dudaron ni un segundo y tras lanzarse una mirada cómplice corrieron al océano, seguidas de Edmund y Peter.
Fue entonces que se escucharon los gritos de una mujer, aunque Edmund pensó que podían ser dos o más, se escuchaban cerca, los Pevensie miraban hacia los lados sin encontrar rastros de alguien más aparte de ellos, Edmund subió la vista, encontrando algo que caía del cielo.
— ¡Hailey! — gritó Anya alzando el brazo, tanto como la fuerza de gravedad se lo permitía para atrapar a tu prima, ambas gritaban aterrorizadas pues creían que iban a morir, entonces la morena vio un océano bajo ellas.
— ¡Anya!
— ¡Toma aire! — la pelirroja hizo lo que su prima decía y se abrazó a sí misma, Anya hizo lo mismo y sintió cómo se hundía en el agua. Para la morena no fue difícil encontrar a su prima, su cabello rojo resaltaba en el desolado océano, Anya tomó del brazo a Hailey y comenzó a nadar hacia donde creía era la orilla, puesto que tuvo que cerrar los ojos a causa del agua salada.
— ¿Qué fue eso? — preguntó Peter al seguir la vista de su hermano.
— Sirenas — contestó Lucy con emoción en su voz.
— No... Las sirenas no gritan al caer al mar — explicó Edmund.
— ¿Podríamos ir a ver?
— Podríamos pero — Edmund fue interrumpido por el grito de Lucy quien saltó hacia Peter. Unos cabellos rojos pasaron a su lado, seguido de unos azabaches, Edmund se colocó frente a Susan, temiendo que fueran aquellas sirenas malignas que alguna vez trataron de ahogar a su Anya.
Pero entonces, los cabellos fueron descendiendo y frente a ellos, dándoles la espalda se encontraban dos chicas, la pelirroja era sostenida por la otra, pero ambas cayeron a la arena, Edmund dio un paso al frente con los ojos bien abiertos y susurro:
— Anya.
Hailey dio un gran suspiro mientras era sostenida por su prima, pero le vio tan cansada que cayó a su lado cuando Anya perdió las fuerzas en sus piernas, la morena descansaba en la arena mientras daba grandes bocanadas de aire.
— ¡Anya! — la morena abrió los ojos cuando escuchó aquella voz gritar su nombre. Edmund reconocería en cualquier lado aquellos cabellos por más cortos que estuvieran, conocería aquella espalda por más ropa que trajera encima, recordaba perfectamente cuántas veces fue lo primero que veía en las mañanas.
Anya tenía miedo de girarse, Edmund había muerto mientras estaban en Narnia, nunca volvió, ni él, ni sus hermanos. Sin importar cuánto los habían buscado, jamás los encontraron, su corazón comenzó a latir a mil por hora y se armó de valor cuando Hailey le vio con la misma expresión.
— ¿Edmund? — preguntó Anya y al girarse pudo ver a los 4 hermanos Pevensie parados frente a ella, Edmund no era el adulto que había visto por última vez, pero tampoco era el niño que había conocido, había cambiado al igual que ella. — ¡Edmund!
Cuando Anya gritó, Edmund comenzó a caminar contra el agua hacia la orilla, dejando a sus sorprendidos hermanos detrás, pero no fue el único, la morena hizo lo mismo y justo cuando estuvieron frente a frente, esta se lanzó hacia él, enrollando sus brazos alrededor del cuello.
— Estás viva... Estás aquí — susurró Edmund abrazado a la chica y levantándola a unos centímetros de la arena.
— ¿Cómo es esto posible? — preguntó la morena una vez que se separó del azabache.
— No lo sé... Yo... Nosotros salimos del ropero y tú no, luego volvimos a casa... yo.
— ¡Anya! — gritó Lucy, mientras se unía al abrazo de su hermano y Anya, fue seguida por Susan y Peter. La morena se volvía a sentir en casa, llevaba mucho tiempo queriendo volver a saber de los Pevensie.
— Estoy tan feliz de verlos a todos otra vez, los extrañe tanto — dijo Anya, había crecido para siempre expresar cómo se sentía.
— Y nosotros a ti, enana — confesó Peter, la vista del rubio se posó en la chica detrás de Anya, mientras sentía su corazón agitarse, Hailey nunca había sido considerada fea y con Peter Pevensie no sería la excepción. — Anya... ¿Quién es ella?