Capítulo 1
Era el año 1990, una época en la que el país se encontraba en recesión económica. El desempleo se acrecentaba, la inflación era cada vez mayor, y esto afectaba la producción agrícola y minera de la República Dominicana. El 20 de octubre, a las 4:30 de la mañana, en medio de esta situación, nací yo, Micaela Lara, la última hija de Niurka Lara y el último intento fallido —de su parte— por encontrar el amor.
¿Por qué fallido, se preguntarán? Pues, apenas mi padre escuchó la palabra embarazo, se escapó. Está bien, no exageraré: la dejó cuando solo tenía dos meses de gestación.
El primer intento fallido ocurrió con el padre de mis hermanos mayores. Sí, como lo leyeron, soy la menor de cuatro: dos varones y dos hembras. A ese lo afectó la crisis de los cincuenta… Otras palabras para definir a un hombre sin vergüenza, que abandona a su mujer e hijos para irse con una joven veinte años menor. Y como si fuera poco, una niña que mi madre vio crecer, que vivía en la misma calle que nosotros, y hasta jugaba con mi hermana mayor.
Volviendo a mi nacimiento: después de una tediosa labor de parto —porque desde ahí se sabía que iba a ser terca y tozuda—, en lugar de dirigirme al canal vaginal, yo estaba tratando de subir. Una locura, pero así fue. Pesando ocho libras, con los ojos más negros y expresivos que se hubieran visto, y una hermosa piel canela, vine al mundo con un abundante cabello color azabache.
Con mi nacimiento, llegaba la brisita, expresión que el dominicano usaba para referirse a las fiestas decembrinas que se aproximaban. Era una hermosa época, donde las familias se reunían y compartían; donde el consumismo no primaba y los niños esperaban ansiosos el Día de Reyes, para recibir lo que deseaban… o conformarse con lo que los padres pudieran comprar.
Al pasar los años, mi mamá tenía otra boca que alimentar y tuvo que salir a trabajar para mantenernos. Si bien el papá de mis hermanos les pasaba mensualidad, no alcanzaba para cubrir los gastos. Desde muy pequeña mostré un gran amor por la cocina, y solía decir que sería una de las mejores chefs del país. Quién diría que estaría muy lejos de eso, que mis sueños jamás se cumplirían.
Solía ser buena estudiante; el problema era mi carácter. No me dejaba amedrentar por nadie. Cierta vez, recuerdo que tenía unos diez u once años y había un niño que golpeaba a las niñas. Como era de los más grandes del curso, solía atacar a los más pequeños y débiles. Todos los días aparecía algún hermano de las niñas a las que él agredía, reclamándole y amenazándolo con darle si no paraba.
Y luego estaba yo: una niña que, para mi corta edad, entendía que la mitad del pleito era la boca. Muy decidida, le dije:
—Tú le vas a estar dando golpes a todo el mundo hasta que lo intentes conmigo. Cuando eso pase, te voy a dar que vas a escupir los dientes como semilla de naranja.
—Tú sabes que eres mi pana, contigo no va a pasar nada.
Y al parecer, tuve razón. Nunca me golpeó ni me molestó. Al contrario, siempre me saludaba y hablaba conmigo. Yo podría ser muchas cosas, pero si había algo que no me caracterizaba, era la cobardía.
En mi adolescencia, ya solo quedábamos dos en casa: el tercero de mis hermanos y yo. La rebelde, de pocos amigos cercanos, muy sociable y que detestaba las injusticias. Mi cuerpo se había desarrollado mucho, aunque con poco busto, pero no pasaba desapercibida por mi prominente trasero. Tenía más de un pretendiente.
Siempre me gustaron las modas un tanto diferentes, y con el dinero que junté en mi cumpleaños número quince, me hice una perforación en el ombligo. Claro que no dejaría que mami lo viera, porque ya me imaginaba el sermón que me daría, que eso era moda de sinvergüenzas… y un largo etcétera.
Conocí al niño más hermoso que podía existir, y nos hicimos novios. Era esa clase de amor que todo el mundo anhela: puro, limpio y desinteresado. Me respetaba como nadie jamás lo había hecho. Pero un día, después de dos años, todo acabó. Mi perfecto novio me respetó a mí, pero a otra no. La embarazó. Y el resto… pues lo deben saber, ¿o no? El tipo se casó. O lo casaron. Ni quiero saber.
Siempre se ha dicho que, cuando una mujer joven no se cría con su papá, busca la protección y el amor de esa figura paterna en una pareja. Y ahí estaba yo, camino a la universidad, cuando un atractivo hombre de unos treinta y cinco años —con barba alrededor de sus rosados labios, hermosos ojos color miel, tez clara y suave al tacto, y cabello castaño claro— me saludó y se ofreció a llevarme a donde fuera.
Micaela, ¿Qué no te dijeron tus padres que no se habla con extraños? Sí, muchas veces, pero ese día decidí no escuchar. Mientras él conducía, yo lo estudiaba completamente. Miraba sus manos, su cuerpo bien definido, esos ojos claros que desprendían un raro fulgor. Algo en su persona inspiraba misterio; lucía como alguien con secretos… o, al menos, como alguien profundo. Eso creí.
Después de hablar un rato, intercambiamos números. Me fui a mis clases. Tanto me concentré que, al salir, olvidé por completo al elegante hombre que me había llamado la atención. Estando en la biblioteca, mi teléfono vibró:
Desconocido: Hola, hermosa. ¿Ya terminaste tus clases?
Vacilé un poco, pero respondí.
Micaela: ¿Hola? ¿Quién eres?
Desconocido: Tu chofer designado. ¿Tan rápido me olvidaste?
Micaela: Disculpa, Fabio. Ya agrego tu número.
Fabio: ¿Y estás libre? Me gustaría invitarte a cenar. ¿Qué dices?
Micaela: Lo siento, pero hoy no podrá ser.
Fabio: Está bien, pero por favor prométeme que te volveré a ver.
Micaela: Muy bien. Haré todos mis trabajos pendientes para que sea posible vernos.
Fabio: Hasta luego, hermosa.
Apagué la pantalla del celular. Me fui a casa. Al llegar, mami estaba allí; le di un beso como de costumbre y me dirigí a mi cuarto, a descansar y terminar mis asignaciones. En un abrir y cerrar de ojos llegó el viernes. No tenía excusa válida para negarme a salir con Fabio. Le dije que me recogiera a las siete, hora en que salía de clases ese día.
Mientras buscaba el celular, distraída, levanté la cabeza y allí estaba él. Vaya que era alto. ¿Cómo no lo noté antes? Solo lo había visto sentado en el vehículo. Esa era mi debilidad. Amaba a los hombres altos. Y quién diría que esa debilidad mía le daría ventaja más adelante.
Lo miré con detenimiento: llevaba el cabello peinado hacia atrás, como si estuviera húmedo; un polo rojo que acentuaba su color de piel; pantalones crema y mocasines marrones, a juego con la correa. Al acercarme, percibí su perfume. Era embriagador. Una mezcla de olores cítricos y maderados, que haría de esa fragancia mi favorita.
Llegamos a un lugar acogedor, de música agradable y ambiente sencillo, al aire libre. Conversamos de nuestros gustos, sueños, de todo. Pidió dos cócteles Caipiriña Veritas, una bebida brasileña. Me gustó, aunque después de dos latas ya estaba un poco mareada. Al mirar el reloj, el tiempo había volado. Fue una noche tranquila y especial.
Fabio se fue haciendo imprescindible. Se tomó el trabajo de enamorarme. Me encantaban sus obsequios poco tradicionales, porque siempre me gustaron los pequeños detalles. Salidas, sorpresas, ternura, alegría. Me hizo pensar que me había sacado la lotería. Y después de hacerme esclava de sus besos, de su cuerpo, de su sonrisa, de todas sus caricias, y de cumplir sus deseos, me sentía amada y correspondida.
Después de entregarme sin reservas, de saberme solo suya, de vivir un cuento de hadas… este se convirtió en pesadilla. Los colores de mis días se tornaron grises. Fabio no resultó ser solo mío. Me negué a continuar, pero no pude resistir estar sin sus abrazos, sus besos, su perfume en el cuello, sus arrebatos de pasión, el sentirme dominada. Se llevó tanto de mí que hasta me quitó la voluntad.
Mi vida era una montaña rusa. Mi cabeza, un caos total. Por momentos tomaba la firme decisión de dejarlo: no le escribía, lo ignoraba… pero él no desistía. Me decía que era su mujer, que nada ni nadie podría separarnos, que nuestras almas estaban unidas con un vínculo imborrable. Con solo escuchar esa palabra —su mujer— mi cuerpo ardía en deseo.
Pasaba noches sin dormir, pensando en arrancarme el corazón para erradicar ese sentimiento. Borrar cada beso, cada caricia, cada momento grabado en mí. Pero no podía.
El día que partí comenzó como cualquier otro. En el cielo se dibujaban tonos azules y naranjas que anunciaban un día caluroso. Una suave brisa movía lentamente las hojas de los árboles.
Había tomado la firme resolución de cambiar mi vida. Cortar todo vínculo con Fabio. Superar este amor doloroso y urgente, que surgió sin buscarlo, nacido del egoísmo y el engaño. Tenía días ensayando lo que iba a decir. Debía escoger bien mis palabras. No podía flaquear. Recuperaría la dignidad perdida y saldría de allí con los trozos que quedaran de mi corazón.
Pero nada salió como planeé. Mi perfecto amante se convirtió en mi verdugo. Mancilló mi cuerpo. El dolor del alma superó al físico. La decepción mermó mis ganas de luchar. La esperanza de una vida nueva se escurrió entre sus dedos.
Dicen que, cuando estás en peligro, ves tu vida pasar ante tus ojos. No fue así para mí. El día que partí, vi la carrera que no ejercería, los hijos que no tendría, el esposo que no me amaría, el hogar soñado en el que no viviría.
El día que partí jamás imaginé que tan pronto llegaría. Que mi ausencia destrozaría el alma de mi madre y mis hermanos. Que por un triste y frío mensaje se enterarían. Que a mis veintidós me rendiría. Que el día antes de mi cumpleaños esta sorpresa me rompería. Y que con el último suspiro, mis pupilas se dilatarían.
No quedaba nada en aquella mirada perdida. El cielo se tornó gris, presagiando la lluvia que, a su paso, todo arrasaría.
El día que partí, simplemente… perecer no quería.