El Fantasma de Nathan Verlice.

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Summary

Relato corto que trata los recuerdos, el olvido, y terrores innombrables con un tono melancólico.

Status
Complete
Chapters
1
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n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1.

No había un solo día en el que Lysandro dejara de ver al fantasma de Nathan Verlice.

Aparecía en las fotografías, en las grabaciones de una antigua cámara de video, en cada esquina que giraban rumbo al instituto. Estaba en los buenos días que silbaba su madre cuando Lysandro iba a recogerlo frente a las grandes puertas que separaban la calle de su casa. Se ocultaba en cada recuerdo perdido en su memoria, y en las pesadillas que amanecían con él todas las mañanas.

Las noticias dejaron de cubrir el caso, y la policía se dio por vencida tras años de investigación. Antes, el nombre de la familia Verlice estaba en boca de los vecinos. Los más curiosos salían al bosque a pasear cerca de la mansión, y alzaban la vista hacia las ventanas, buscando alguna señal que confirmara las teorías paranormales de los aficionados. Otros, los más valientes, llegaron a saltar las verjas y caminar por el jardín, ahora invadido por unas flores que escondían una historia, y ratones que habían hecho allí su hogar; pero la osadía no les guiaba hacia el misterio que ellos creían poder resolver, sino a una tragedia que jamás podrían explicar.

Las miradas recaían sobre las personas implicadas en el caso, pero nunca se supo con certeza qué fue lo que vieron. Las autoridades desestimaron sus testimonios, considerándolos nulos. Decían que eran niños asustados, que la fantasía les nublaba la mente para protegerlos de los horrores vividos. Tras un tiempo, incluso, los supervivientes presentaban signos de estrés post-traumático y eran incapaces de relatar una historia coherente, atrapados en una armadura autoimpuesta.

Así fue como la familia Verlice cayó en el olvido, o quedó enterrada en la memoria de aquellos que preferían ignorar la catástrofe.

Pero Lysandro no olvidaba. No podía olvidar. No quería olvidar.

Olvidar a Nathan era como matarlo, borrarlo de la existencia, de aquella inmortalidad que se había ido construyendo con el paso de los años.

Los primeros rayos de Sol quedaron ocultos bajo un manto de nubes grises que presagiaban una tormenta.

Lysandro contemplaba el cielo mientras rememoraba los tiempos en los que la claridad se reflejaba en los ojos de Nathan, tan azules como un mar en calma, con aquel iris que rodeaba una pupila cargada de sueños y esperanza. Recordaba lo mucho que le gustaban los aviones, y cómo gritaba en lo alto de la colina que quería ser piloto. El silbido del viento le respondía como si lo estuviera reclamando, y sus cabellos, tan negros pero llenos de vida, ondeaban dejándose llevar por su posible destino.

Los sueños a veces no se cumplen. Otros, se rompen. A Nathan se lo robaron antes de que pudiera alcanzar lo que tanto soñaba. Antes de que pudiera vivir la vida que prometió que viviría. La misma que se desvanecía como una sombra en la memoria de Lysandro.

La mansión de los Verlice quedó precintada por poco tiempo. Luego, las autoridades levantaron los sellos y abandonaron el lugar, como si todo aquello que había sucedido no mereciera más atención. Pero los rumores nunca cesaron. Con el tiempo, la mansión se convirtió en la sombra del vecindario, un eco lejano de lo que había sido una vida llena de lujo y secretos. Y aunque las puertas permanecían abiertas, nadie se atrevió a cruzarlas. Había testigos que aseguraban escuchar una nana en la segunda planta, específicamente en la habitación de Rayla. Ángel solía cantarle para calmarla cuando sufría de terrores nocturnos. Sin embargo, Rayla decía que los monstruos eran reales, que la vigilaban mientras dormía. Nadie la creyó, por supuesto. Ni siquiera Nathan, que estaba familiarizado con aquellas fuerzas extrañas que nacían de su imaginación. Él creía que todos los niños pequeños pasaban por fases en los que confundían la realidad con la ficción. Y que, a la edad de su hermana, también veía criaturas que le quitaban el sueño. Siempre la consolaba diciéndole que con el paso de los años, los monstruos de pesadilla desaparecerían, y que no debía temerles. Porque los monstruos, decía, se alimentaban del miedo, de la fragilidad de los niños.

Lysandro comenzaba a cuestionar los métodos de crianza de su mejor amigo. Aislar a las personas del miedo no las hacía más fuerte. Solo sembraba cierta adversidad a algo tan primitivo que, si Nathan hubiera prestado atención a las señales que su cuerpo le dictaba, tal vez habría podido salvar su vida.

Sus botas crujían sobre la hojarasca, marcando en cada paso un eco que parecía resonar en el silencio del bosque. La última vez que lo atravesó, lo hizo para intentar huir de aquello que los quería devorar, de las criaturas que nunca se atrevió a mirar. El tiempo borró las huellas de esos recuerdos, pero las marcas de tiza en los árboles y el hedor a carne en descomposición permanecían, impregnados en el aire, como una sutil prueba de lo que había sucedido. No sabía muy bien por qué sus pies lo habían conducido de nuevo hacia aquella pesadilla, pero había algo, como una llamada de auxilio, que reclamaba su presencia dentro de la mansión.

Antes de saltar las verjas, Lysandro echó un vistazo a su teléfono móvil. Sabía que no recibiría respuesta hasta que estuviera fuera de la mansión, pero aún así, le mandó un mensaje a Elvira y Alistair:

“Estoy en la mansión de los Verlice.”

Claro, directo. Sin adornos. Sus dedos temblaban ligeramente mientras lo enviaba.

La atmósfera cambió por completo en el momento en que sus pies tocaban la hierba seca del jardín. El aire, denso y cargado, parecía envolver la propiedad, como si estuviera viva, respirando en un ritmo que no era el suyo. Cada paso que daba era sentir que estaba dejando atrás la realidad. Los pájaros no cantaban, los ratones se escondían tras su presencia, las serpientes estaban petrificadas, y la estatua de un ángel, que antes parecía estática, giraba lentamente la cabeza, siguiéndolo con una mirada vacía y fría.

O los rumores eran ciertos, o tal vez Lysandro se estaba dejando arrastrar por ellos, cayendo en una trampa de su propia mente, incapaz de distinguir entre la realidad y las historias de la fantasía en las que había estado atrapado. El suave cantar de una nana flotaba en el aire, penetrando en sus oídos con una suavidad casi enfermiza, como si la melodía estuviera tejida por los terribles hilos de la desesperación, lo hipnotizó durante unos segundos antes de empujar la puerta.

Alzó la mirada hacia la ventana del segundo piso, con la esperanza de ver reflejado en los cristales la figura de Ángel. Sin embargo, lo único que encontró fue una capa de polvo, densa y gris, que ocultaba el interior de la habitación. Sacudió la cabeza, tratando de despejarse, y con los ojos cerrados, dio un salto hacia el vestíbulo.

Los vestigios del pasado se hicieron presentes ante la mirada de Lysandro. Antes, las columnas de mármol reflejaban la luz dorada de las lámparas, el brillo de los vitrales al amanecer y las risas que alguna vez llenaron el vestíbulo.

Ahora, eran solo esqueletos fríos, cubiertos de musgo y telarañas, como si fuese la propia muerte la que le había arrebatado la vida. El aire olía a humedad, a encierro, y a un perfume antiguo que Lysandro reconoció de inmediato: el de Nathan. Era ese aroma tenue, a lavanda y papel viejo, que solía quedar impregnado en su ropa, en sus libros, en su presencia.

El piso crujió bajo sus botas, y una partícula de polvo se levantó en espiral. El silencio era abrumador, expectante, contenido, como el de una criatura que aguarda entre las sombras para revelar su verdadera forma.

Lysandro avanzó por el pasillo con paso decidido, siguiendo el rastro de la nana que seguía flotando, lejana pero constante. Cada escalón que subía chirriaba con un gemido que no parecía del todo físico. Estaba seguro de que no era un eco de su peso, sino un lamento suave. La casa lloraba su regreso.

Llegó al descanso entre plantas y se detuvo frente a un espejo agrietado. Durante un instante fugaz, no se vio a sí mismo, sino a un niño de cabello negro y uniforme escolar, que esbozaba una sonrisa al cruzar con su mirada inocente. Nathan. Su reflejo parpadeó y desapareció, dejando solo el suyo, pálido y demacrado, con unas lágrimas que no avisaron de su llegada.

Contempló su propio reflejo unos segundos, sin atreverse a moverse. Apretó los puños y se giró para continuar hacia la habitación de Rayla.

El pasillo era más estrecho de lo que recordaba. En cada cuadro, se escondían unas memorias jamás escritas, unas miradas que lo observaban con curiosidad, y unos cuchicheos que comenzaron a taladrarle la cabeza.

No distinguía palabras. Solo fragmentos de voces rotas, risas entrecortadas, sollozos. Una mezcla que parecía surgir de las paredes mismas, como si los ecos del pasado no se hubieran muerto del todo, sino que aguardaban bajo la pintura descascarada, atrapados, suplicantes de ser escuchados.

La puerta estaba entreabierta, pero cuando Lysandro puso la mano sobre la madera vieja, la nana se desvaneció.

Parpadeó, sacudió la cabeza, pero no empujó.

Le siguió un silencio antinatural y más perturbador que la melodía, como si la casa contuviera la respiración con su siguiente movimiento.

Lysandro se frotó los ojos y retrocedió. Esta vez, sus pasos se dirigieron hacia la habitación de Nathan.

El pasillo parecía haberse alargado, como si la arquitectura se resistiera a dejarlo llegar. A medida que avanzaba, las luces tenues de la tarde que se filtraban por los ventanales iban perdiendo su color, volviéndose más débiles y grises, hasta desaparecer por completo. La penumbra se adueñaba del corredor con la lentitud de un ahogo.

Llegó a la puerta cerrada. El pomo estaba frío, más que el resto de la casa.

Había algo, en concreto, que a Lysandro le inquietaba. Nathan nunca dejaba la puerta cerrada, ni siquiera cuando ocurrió aquel incidente.

Ellos huyeron de aquello que les perseguía, pero nunca se escondieron. Alguien tendría que haber entrado. De eso estaba seguro.

Lysandro giró el pomo lentamente, con el corazón latiendo con fuerza, y la abrió con cuidado.

No obstante, hubo algo que lo detuvo. El silencio se rompió cuando comenzó a escuchar una melodía diferente. No era la misma nana que lo recibió en la entrada, sino unos cánticos en un idioma desconocido.

No provenían de dentro de la habitación. Tampoco de fuera.

Parecían resonar dentro de su cabeza. Voces solapadas, femeninas y masculinas, tanto infantiles como roncas y deformadas.

Lysandro sintió un zumbido en los oídos y su vista comenzó a nublarse. Se llevó las manos a la cabeza y dio unos pasos hacia atrás, tambaleándose, intentando anclar su mente a la realidad.

Los cánticos se hicieron más presentes, envolviéndolo en una corriente invisible de desesperación.

Era una llamada que debía ser escuchada, un susurro que lo guiaba hacia el corazón de la mansión, hacia un lugar que sabía que no debía alcanzar.

Pero no podía evitarlo. Sus piernas se movían solas y bajaban las escaleras con urgencia.

El fantasma de Nathan lo observaba desde un viejo retrato colgado en la pared del descanso. Sus ojos azules, llenos de un brillo triste, parecían querer advertirle, pero sus labios nunca llegaron a moverse.

—No vaya… —susurró el retrato—. La criatura aguarda tu llegada.

Pero Lysandro pudo escucharlo.

Las voces eran cada vez más insoportables. Se mezclaban en un torbellino de palabras sin sentido y gritos ahogaban que penetraban sus oídos con una fuerza brutal.

El retrato parpadeó y sonrió, aunque aquella sonrisa estaba cargada de un profundo dolor.

Lysandro cerró los ojos e intentó bloquear el ruido, pero sus pensamientos quedaron enterrados bajo las voces crecientes.

Cuando llegó a las puertas del sótano, un frío helado le recorrió la columna.

Apoyó las manos en la puerta, sintiendo cómo la madera vibraba bajo su tacto, como si los cánticos quebraran la estabilidad que quedaba en él.

Con un movimiento lento y tembloroso, giró el pomo oxidado y la empujó.

La oscuridad del sótano lo recibió como un vacío infinito, pero en medio de esa negrura, una débil luz azulada parpadeaba, invitándolo a entrar.

—Nathan… ¿eres tú?

Una llamada desesperada, de la que sabía que no tendría contestación.

Un fuerte olor a podrido lo golpeó, casi tirándolo hacia atrás.

El aire estaba cargado de humedad y muerte, de ritos innombrables que parecían haberse tejido en cada rincón. Lo que tenía frente a sus ojos, era la respuesta que había estado buscando durante años, la que le permitiría entender el origen de la tragedia.

Allí, dentro de un círculo de sal roto, yacía el cuerpo de una criatura sin forma que sollozaba y clamaba su nombre. Sus contornos eran difusos, como si estuvieran hechos de humo y sombra, y sin embargo, el dolor que emanaba era tan real que le helaba la sangre.

Bajo sus pies, un libro cosido de piel similar a la humana mostraba una cubierta desgastada, grabada con símbolos que parecían moverse bajo la tenue luz azulada.

Las páginas, amarillentas y frágiles, estaban escritas en un idioma incomprensible, pero su mente parecía absorber como un eco ancestral.

Las leyendas que reinaban en torno la mansión, los rumores sobre fuerzas sobrenaturales, los monstruos a las que Rayla le tenía tanto miedo.

Todo era real.

El sonido de un gatillo rompió el silencio de la criatura, un estallido seco y violento que hizo vibrar las paredes del sótano.

Lysandro se giró de inmediato, con el corazón en la garganta, para encontrarse con la sombra de una figura que creía olvidada en el tiempo.

Allí estaba Nathan, con los ojos llenos de dolor y una determinación que nunca había visto.

—No debiste acudir a la llamada. Ahora vive en ti.