ALTA SOCIEDAD

All Rights Reserved ©

Summary

Hay pactos que se sellan con sangre… y alianzas que esconden más de lo que muestran. Aria Delacroix y John Harrington viven en un mundo donde el poder es la moneda más valiosa, y cada secreto puede ser la llave o la trampa definitiva. Aquí, las apariencias no solo engañan, sino que dictan quién sobrevive. Él tiene el corazón congelado por cicatrices que nadie conoce, y ella, una llama que promete consumirlo todo a su paso. En la alta sociedad, donde el deseo se mezcla con la traición y el poder con la lujuria, no existen las reglas… solo las piezas en un juego que ninguno quiere perder. Porque aquí, el verdadero riesgo no es ser descubierto, sino no querer más.

Genre
Romance
Author
Isabel
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1 Aria

A veces me pregunto qué se sentiría vivir una vida normal.

Despertar con el sonido de una alarma cualquiera, caminar por un departamento pequeño donde cada rincón tiene el aroma del café que preparas tú misma. Salir sin que te sigan dos hombres vestidos de negro. Hablar con alguien que no quiere nada de ti, que no pronuncia tu apellido como si fuera una llave maestra.

Soy Aria Delacroix.

Y lo tengo todo.

Pero, si pudiera, lo devolvería todo.

Las personas como yo nacen con una carga más pesada que el oro que nos rodea. Desde que tengo memoria, el apellido Delacroix ha significado poder, negocios, miedo. La muerte de mi madre al darme a luz fue el primer precio. El segundo fue crecer bajo la mirada impasible del mundo, sin derecho al error, sin ternura. El tercero, apenas lo estoy empezando a pagar.

Mi padre, Alberto Delacroix, es el único ser humano que me importa realmente. No porque sea perfecto —no lo es, ni de lejos—, sino porque ha hecho todo por mí.

Lo ha dado todo. Incluso. lo que no debía.

Y sí… estoy casi segura de que si tuviera que matar para protegerme, lo haría sin pestañear.

La gente teme a los Delacroix por algo.

Pero si supieran el precio de ese miedo, tal vez nos mirarían con lástima.

Desde pequeña fui entrenada para ser intocable. Inteligencia, estrategia, presencia. Aprendí que un vestido puede ser un arma, que una sonrisa puede destruir imperios, y que una palabra bien dicha vale más que millones. No hay nadie que pueda destruirme fácilmente, porque no dejo entrar a nadie. Nunca.

Hasta que esta mañana, mi padre me llamó a su despacho con una voz que jamás le había escuchado.

El despacho de Alberto Delacroix es una mezcla entre museo y búnker. Las paredes están forradas en madera oscura, cada detalle calculado para imponer respeto. Él se encontraba de pie, con las manos detrás de la espalda, mirando por la enorme ventana que da al jardín privado.

—Aria —dijo sin mirarme—. Siéntate.

No fue una sugerencia.

Caminé con paso firme y me senté frente a él, cruzando las piernas con elegancia. No llevaba tacones esta vez, pero mi postura siempre era impecable.

—¿Ha pasado algo? —pregunté. Aunque ya intuía que sí.

Mi padre giró lentamente. Sus ojos tenían ese brillo que solo aparecía cuando hablaba de negocios de vida o muerte. Pero esta vez, no era una negociación más. Esta vez, el tema era yo.

—Quiero hablarte seriamente. Ya tienes veinticuatro años, Aria.

—Sí. Lo sé. —Fruncí el ceño, esperando que no fuera lo que creía.

—Estás en edad de casarte.

Tuve que reprimir una carcajada. ¿Casarme? ¿Yo?

—Si me estás pidiendo que comience a salir con alguien, te aviso desde ya que no tengo ningún interés en…

—No —me interrumpió, con voz firme—. No lo estás comprendiendo del todo.

—Entonces acláramelo.

—Te tienes que casar, Aria.

—¿Perdón? —Mi voz fue un susurro venenoso.

—Es un acuerdo antiguo. Desde antes de que nacieras. Un compromiso entre nuestra familia y los Harrington.

Ahí estaba.

La maldita palabra: Harrington.

Rivales, aliados, enemigos íntimos. Una familia tan poderosa como la nuestra.

Y su primogénito… el maldito heredero sin alma.

—No puede estar hablando en serio —dije, con los ojos clavados en los suyos.

—Lo estoy. La unión entre nuestras familias fue pactada hace más de veinticinco años. Y como eres hija única… eres la pieza clave.

Me quedé en silencio unos segundos.

Sabía que en este mundo, las decisiones personales no existían.

Pero esto… esto era demasiado.

—¿Y si me niego?

—No puedes. Está firmado. Legalmente. Y… éticamente, sabes lo que está en juego. No solo dinero. Legado, protección, equilibrio.

Me levanté de la silla, sintiendo que el aire se volvía denso.

—¿Y él? ¿Está de acuerdo?

—Ya lo sabe. Y acepta.

Claro que acepta. Para él, esto no es un sacrificio.

Es una extensión de su dominio.

La cita fue fijada para esa misma noche.

Un restaurante exclusivo, cerrado para la ocasión.

Y yo… bueno, si me van a vender, al menos voy a verme inmaculada.

Vestido negro, ceñido a la silueta, con un escote elegante en la espalda. Tacones rojos altísimos. Joyas que valen más que un edificio. Cabello liso, suelto, brillando como un velo oscuro.

Y mis ojos Azules, sin emoción.

Como siempre.

Cuando llegué, él ya estaba ahí.

Sentado. Erguido. Con ese maldito porte arrogante.

John Harrington.

Ojos fríos como el hielo. Cabello oscuro peinado con precisión quirúrgica.

Traje negro a medida. Reloj caro. Actitud aún más cara.

—Señorita Delacroix —dijo, alzando una ceja con falsa cortesía.

—Señor Harrington. —Le devolví la mueca.

Me senté frente a él. Crucé las piernas. Luego los brazos.

—Vayamos al grano, ¿te parece? —dije, sin rodeos.

Él sonrió apenas. Una sonrisa sin alma.

—Creí que esto iba a ser más incómodo.

—Lo es. Pero pretender lo contrario solo lo haría peor.

Se quedó en silencio unos segundos. Luego asintió.

—Supongo que ambos sabemos que esto es solo por conveniencia.

—Lo sé. Y me da igual. Pero quiero poner algo en claro desde ya.

Levanté la barbilla, segura de mis palabras.

—No pienso convertirme en tu esposa real. Esto será solo fachada.

—¿Y eso incluye…?

—Incluye todo. No habrá contacto, ni demandas. Puedes hacer con tu vida lo que te plazca, y yo haré lo mismo. No quiero tu atención, tu cama, ni tus preguntas.

John se recargó hacia atrás, entrecerrando los ojos con una mezcla de burla e interés.

—Nos estamos entendiendo.

Nos quedamos mirando unos segundos. Era un campo de batalla silencioso.

—No te confundas, Delacroix —murmuró John, sin apartar la vista de mí—. No te miro como esposa… ni como mujer. No eres mi tipo.

Sonreí, despacio, como si me hubiera dicho un cumplido.

—Gracias a Dios —murmuré, con el filo justo para cortar el aire, acomodando un mechón suelto detrás de mi oreja—. Me daría náuseas pensar que lo soy.

Justo en ese momento, el camarero apareció con dos copas de vino tinto sobre una bandeja de plata. Las colocó frente a nosotros con una reverencia y desapareció en silencio, como si hubiera percibido que estaba en medio de una tormenta diplomática.

John tomó su copa con esa tranquilidad repulsiva, girando el vino dentro como si lo que acabábamos de decirnos no tuviera peso alguno.

—Al menos sabes actuar bien —dijo, antes de dar un sorbo lento.

Yo no levanté mi copa. Solo lo observé, sin pestañear.

—No actúo. Esta soy yo. El problema es que nadie está acostumbrado a una mujer que no se arrastra.

Sus ojos azules se oscurecieron un poco. No respondió.

Me incliné levemente hacia él.

—Si ya estamos claros —dije, con voz firme—, entonces no hay nada más que discutir. Nos veremos el día del espectáculo.

Me levanté sin apuro, mis tacones resonando con elegancia contenida sobre el mármol del restaurante. Tomé mi clutch, respiré hondo y lo miré una última vez por encima del hombro.

—Ah, y por cierto… —añadí—. Si tu intención era intimidarme, Harrington, vas a necesitar algo más que una cara bonita y palabras afiladas.

Una mueca irónica se dibujó en su rostro, pero no dijo nada. Sabía que el primer asalto había terminado… y que nadie había ganado.

Caminé hasta la salida sintiéndome liviana, aunque por dentro hervía. Sabía que no era el tipo de chica que soñaba con bodas, ni con cuentos de hadas, ni con príncipes vestidos de Armani. Pero jamás imaginé que mi vida terminaría firmada por un contrato. Por un apellido.

Por un enemigo Harrington.

Afuera, el chofer abrió la puerta del auto sin que yo tuviera que alzar la mano. Me deslicé en el asiento trasero, exhalando apenas.

Sabía que todo lo que conocía estaba por terminar.

Sabía que lo que venía no iba a ser justo, ni limpio, ni bonito.

Y, sin embargo, algo dentro de mí —algo que no entendía todavía— quería jugar ese juego.

Porque si me iban a usar como pieza…

Yo sería la reina en este tablero.

Y John Harrington iba a aprenderlo… a mi manera.