Un Dictador Cruel: Orígenes

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Summary

En un mundo donde la guerra entre especies ha dejado cicatrices imposibles de sanar, Aeon, un sergal marcado por el abuso, el abandono y la pérdida, se convierte en el reflejo de una civilización en ruinas. Lo que comienza como una lucha por sobrevivir en un campo de batalla se transforma en un viaje interno hacia lo más oscuro de la psique, la identidad, y el alma rota de quien alguna vez soñó con ser amado. Un Dictador Cruel: Orígenes no es solo el inicio de una transformación, es una exploración profunda del dolor, el poder y lo que queda de nosotros cuando ya no queda nadie más. Este no es un relato de redención. Es una autopsia del alma de un ser vivo que camina entre la línea de lo humano y lo monstruoso, entre el dolor heredado y el poder otorgado, entre el amor que perdió y la figura en la que está destinado a convertirse: en un dictador cruel.

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I

En el corazón cristalino de la metrópoli de Varia donde los cielos eran atravesados por rieles de luz y las torres susurraban con voz de viento eléctrico, el mundo parecía detenido en un equilibrio perfecto. Las ciudades flotaban entre jardines suspendidos y lagos artificiales que imitaban la quietud de los espejos antiguos. Allí, en la cúspide de uno de esos santuarios del conocimiento, trabajaba Aeon Kober Gesner.

El silencio dentro del laboratorio no era ausencia de sonido, sino presencia de propósito. Pantallas translúcidas flotaban como hojas luminosas en torno al sergal de pelaje negro y capuchino, quien afinaba códigos genéticos con la delicadeza de un poeta que reordena versos bajo una lámpara tenue. Cada hebra de ADN que cruzaba su visor era para él una sinfonía antigua que deseaba comprender, no para controlarla, sino para honrarla.

Aeon amaba la naturaleza como otros amaban a los dioses: con respeto, con humildad, y con una devoción que rozaba lo sagrado.

Un leve reflejo en el muro de cristal interrumpió su concentración. No fue el sonido lo que lo alertó, sino la presencia callada de alguien esperándolo, como la sombra de una flor al atardecer. Levantó la vista y allí, tras el cristal polarizado, estaba Malvor, su pareja, con los brazos cruzados y una sonrisa disimulada bajo una expresión que simulaba reproche. Con un movimiento suave, Malvor alzó la muñeca y le mostró el reloj: la hora había pasado de largo, otra vez.

Aeon parpadeó, y sus ojos recorrieron la estancia hasta posarse en el reloj mural, que lo miraba como un viejo amigo burlón. Una carcajada leve escapó de sus labios, un sonido raro y puro en medio de tantos cálculos.

—¿Tan tarde es ya? —musitó con una voz que aún sonaba a brisa de bosque.

Se apresuró a cerrar sus pruebas, los resultados almacenados en cápsulas de luz, los datos sellados con códigos biométricos. Alzó la mano derecha, y su huella fue absorbida por el panel de asistencia, que respondió con un pulso azul, apagando todo a su paso con una elegancia casi ritual.

La puerta se deslizó y Aeon salió al pasillo, sacudiéndose el polvo invisible del deber. Al ver a Malvor, sonrió con aire culpable, y se acercó entre risas suaves.

—Lo siento —dijo—. No me di cuenta de la hora... ya sabes cómo soy.

Malvor lo miró con los ojos entrecerrados, fingiendo indignación. Pero la máscara no duró más que un latido. Su risa le quebró la compostura, y en un instante ya lo tenía entre sus brazos.

—Siempre andas perdido en tus mundos invisibles —le dijo, con una mezcla de amor y resignación—. La última vez también dijiste que “el tiempo se escapa entre células y raíces”.

—¿Y acaso no es verdad? —replicó Aeon, su voz teñida de juego—. No es culpa mía que la naturaleza sea tan... llamativa.

Malvor negó con la cabeza, sonriendo. Y así se dio la media vuelta junto con Aeon, comenzaron a caminar para dejar atrás el edificio. Afuera, la ciudad los recibía como una criatura viva, con luces que respiraban y árboles que danzaban suavemente en jardines elevados, como si el mundo estuviera en paz consigo mismo bajo la luz natural de la luna, tiñendo las avenidas de un resplandor dorado y azul. Las calles, pulidas por la tecnología y adornadas con vegetación cultivada con precisión científica, respiraban orden y calma.

Malvor y Aeon caminaban uno junto al otro, sus pasos acompasados como si el tiempo no corriera entre ellos. El vehículo de Malvor, una nave terrestre de diseño curvo y líneas suaves como una hoja, esperaba bajo un toldo orgánico que se plegaba al movimiento de los sensores.

—A veces me pregunto —dijo Aeon, con una sonrisa perezosa mientras se acercaban al vehículo— si no estarías mejor sin mí, solo te atraso con mis descuidos...

—Estaría aburrido —replicó Malvor sin mirar, activando el sistema de acceso con un gesto de su mano—. ¿De qué sirve el tiempo si no hay alguien que te lo robe con sentido?

Ambos subieron. Aeon primero, quien dejó escapar un suspiro largo, dejando caer el peso del día en el asiento como si el cuerpo, finalmente, pudiera desprenderse del deber. Observó por el parabrisas cómo pequeñas partículas de humedad comenzaban a deslizarse sobre la superficie, una llovizna sutil.

Malvor cerró la puerta tras él y ajustó el cinturón. El interior se iluminó con un resplandor ámbar.

—¿Y tú? —preguntó Aeon mientras Malvor activaba el vehículo, que arrancó en silencio, casi como un suspiro—. ¿Cómo fue tu día?

—Molesto —gruñó Malvor, quitándose el abrigo con un movimiento áspero para sujetar el volante y arrancar—. Una de las empresas en las que invertí... una farsa. Prometieron una tecnología de diagnóstico instantáneo. Resultó ser una red de ilusiones bien decoradas. Ni siquiera lograron pasar las pruebas de regulación.

—Oh, lamento que eso haya sucedido—murmuró Aeon, girando suavemente en una intersección—. Debe ser frustrante.

—Lo es. Y lo peor es que yo mismo recomendé esa inversión a varios socios. Tendré que dar explicaciones mañana...

Se quedaron en silencio un instante, hasta que Malvor lo miró de reojo, más calmado.

—¿Y tú, genio? ¿Ya hiciste el descubrimiento del siglo?

Aeon soltó una risa que llenó el aire del vehículo con una ligereza que casi podía palparse.

—No tanto. Pero... hoy descubrimos algo interesante. Identificamos un patrón genético bastante preciso relacionado con la diabetes. Es estable y, lo más curioso, es que responde favorablemente a un extracto natural derivado de una planta del distrito verde. Nada invasivo, sin alteración genómica. Solo equilibrio.

Malvor lo observaba como si escuchara una sinfonía.

—No entendí ni la mitad de lo que dijiste... —confesó con una sonrisa ladeada— pero me gusta cómo suena cuando hablas de esas cosas. Es como oír el murmullo del agua en una caverna.

La lluvia, tímida al principio, se convirtió en una danza más marcada contra el techo del vehículo, envolviéndolos en una atmósfera casi íntima mientras que ambos estaban atorados en el tráfico terrestre.

—Ah —añadió Malvor, mientras miraba por la ventana empañada—. Por cierto, ¿sabías que Lirkan todavía no termina su servicio militar?

—¿Lirkan? ¿Aún sigue ahí? —respondió Aeon con una ceja alzada— Ya se está tardando. A mí me pareció una eternidad cuando lo hice. Un infierno seco, y ni siquiera me tocó combate. Solo polvo, gritos y turnos de vigilancia sin sentido.

—¿Te tocó el destacamento de las mesetas? ¿verdad?

—Sí... —dijo Aeon, con un dejo de cansancio en la voz, como si el recuerdo aún llevara el sabor del metal y la tierra—. Cuatro meses con las botas empapadas y las órdenes sonando como ladridos de un dios amargado.

Malvor rió de manera suave —Y pensar que después de todo eso, terminaste rodeado de plantas y genes.

—Bueno, al menos ellas no gritan.

El vehículo avanzaba en silencio por la vía suspendida, bajo la lluvia. Y en esa cápsula de calma, el mundo parecía inmenso y lejano, como si nada oscuro pudiera alcanzarlos jamás. El vehículo avanzaba con suavidad entre las arterias elevadas de Varia, deslizándose como una hoja llevada por una corriente invisible. Afuera, la lluvia golpeaba las superficies de la ciudad con un ritmo hipnótico, y las luces de los rascacielos se deformaban tras el cristal curvo del parabrisas como si el mundo mismo se fundiera con los pensamientos de quienes viajaban en su interior.

Las manos de Malvor, firmes pero relajadas, acariciaban los mandos táctiles integrados al volante de diseño ovalado. La pantalla de navegación proyectaba una ruta suave, bordeada de jardines verticales iluminados con tonos esmeralda y cian.

—¿Y tus padres? —preguntó Malvor tras unos segundos de silencio compartido, su voz surgiendo como una gota que rompe la superficie del agua—. ¿Cómo están?

Aeon desvió la mirada del cristal lateral, donde su reflejo se mezclaba con las luces de la ciudad. Sus orejas se movieron levemente hacia atrás, en un gesto casi imperceptible de introspección.

—Están bien —respondió con suavidad—. Mi madre aún cultiva orquídeas en el patio, y sigue ganando los concursos locales... —hizo una pausa breve—. Mi padre está algo débil últimamente. La edad... ya le pesa más de lo que quiere admitir.

Malvor asintió sin apartar la vista del camino, luego giró levemente el rostro hacia Aeon.

—¿Necesitas solares? —preguntó con tono directo, pero sin dureza—. Podría transferirte algo. Si los medicamentos son caros...

Aeon reaccionó de inmediato, casi con reflejo, negando con una sacudida de cabeza mientras sus manos se tensaban sobre sus propias piernas.

—No. No, Malvor, en serio... No es necesario —su voz era baja, con una mezcla de gratitud y resistencia—. Trabajo en el sector de salud, ya sabes. Tengo descuentos importantes. Los medicamentos de mi padre están cubiertos. No quiero que tengas que preocuparte por eso.

El silencio volvió a instalarse, esta vez teñido de un matiz distinto, hasta que Malvor exhaló con una sonrisa serena, sin ápice de molestia.

—No deberías alterarte así —le dijo con tono apaciguador—. No es una deuda ni una carga. Somos pareja, Aeon. Compartimos el techo, la mesa... el alma. Si algo te afecta, quiero saberlo. No para controlarte, sino para ayudarte.

Aeon bajó un poco la mirada, y su expresión se ablandó. El gesto altivo que le brotaba cuando se sentía incómodo se deshizo lentamente como humo al viento.

—Lo sé —susurró—. Lo siento. No debí reaccionar así. Es solo que... no quiero verte cargando con mis problemas. Supongo que todavía no sé cómo dejar que alguien me cuide.

Malvor no respondió. Solo estiró una mano, la colocó suavemente sobre el muslo de Aeon, y apretó con afecto. Nada más. Nada menos.

El trayecto culminó poco después frente a una de las torres más altas del distrito Zhyen, una zona elevada en Varia donde las residencias parecían colgar del cielo mismo. El vehículo entró en una plataforma flotante que se acopló con precisión al eje de un elevador privado. Un leve zumbido acompañó el ascenso, mientras las paredes de cristal ofrecían una vista panorámica de la ciudad dormida bajo la lluvia.

Aeon observó sin hablar, sus pensamientos viajando más allá de la ventana. Malvor solo lo miró de reojo, como si reconociera el gesto: ese ensimismamiento profundo que a veces parecía aislar a Aeon del mundo.

El elevador se detuvo con un susurro. Las puertas se abrieron a un vestíbulo amplio, decorado con arte cinético y aromas programados que simulaban flores nocturnas. Desde allí, accedieron al pent-house, una morada de líneas suaves, tonos grises y verdes, y tecnología integrada con discreción. El hogar no imponía: susurraba.

Ambos entraron sin hablar. El sonido de sus pasos sobre el piso pulido de piedra clara parecía resonar más por la quietud que por el eco. Dejaron sus abrigos junto a la entrada. Malvor se estiró con un leve gruñido satisfecho.

—Por fin en casa...

Aeon solo asintió, luego se desvió hacia el balcón sin quitarse aún la capa superior. Caminó hasta el borde del ventanal, lo deslizó con un movimiento fluido, y salió al exterior. La lluvia seguía cayendo, ahora en forma de una cortina delicada que no empapaba, sino que parecía limpiar el aire.

Se apoyó en la baranda, observando la ciudad debajo de él como si tratara de encontrar un patrón oculto entre las luces y sombras.

Malvor lo siguió minutos después. Se acercó sin decir palabra, hasta quedar justo detrás de Aeon. Rodeó su cintura con ambos brazos y apoyó el mentón sobre su hombro, en un gesto tan antiguo como el amor mismo. Luego, con la otra mano, sacó un cigarro fino, de diseño vegetal, con una envoltura translúcida y relieves verdes como enredaderas. Lo colocó con suavidad en el hocico de Aeon, quien no protestó, ni siquiera parpadeó. Era un gesto conocido, casi ritual.

Malvor lo encendió con un mechero de plasma. Una brasa tenue iluminó el rostro de Aeon, dándole un aire de melancolía escultural.

—Irónico —murmuró Malvor—. Un experto en salud, fumando en su balcón.

Aeon exhaló el humo sin apartar la mirada del horizonte.

—Estos no hacen daño. Sin nicotina, sin combustión... solo extractos calmantes. Son para relajarse, no para destruirse.

Malvor soltó una risa suave y lo soltó del abrazo, retrocediendo unos pasos.

—Eso dirías incluso si te estuvieran matando lentamente.

—Tal vez —respondió Aeon, con media sonrisa.

Malvor volvió al interior. Poco después regresó con una botella de Alt’Varië, un vino suave de tonos violetas, y dos copas esculpidas con bordes finos. Sirvió con cuidado, el líquido vibrando suavemente al caer, como si contuviera música embotellada.

Le ofreció una copa a Aeon, que la tomó con la misma mano que sostenía el cigarro, y bebió sin prisa. El vino tenía un sabor profundo, ligeramente amargo al principio, pero con un dejo dulce que se deslizaba hacia el pecho como fuego manso.

—¿Alguna vez has pensado... —preguntó Malvor, apoyado ahora en la baranda junto a él— que esta paz... esta vida tan perfecta... tal vez no dure para siempre?

Aeon giró apenas el rostro, intrigado.

—¿Qué quieres decir?

—No lo sé —Malvor jugaba con el borde de su copa—. A veces me pregunto si no vivimos sobre una delgada capa de cristal. Todo se ve perfecto desde arriba... pero abajo, muy abajo, ¿Quién sabe qué se mueve?

Aeon no respondió de inmediato. Solo exhaló el último humo del cigarro, que se elevó como un suspiro hacia las nubes.

—Tal vez... —dijo al fin—. Pero si el cristal ha de romperse, no lo hará esta noche.

Ambos callaron. La ciudad seguía allí abajo, viva, respirando sueños ajenos.

La lluvia se tornaba más suave ahora, como si el cielo estuviera fatigado de llorar. El sonido que antes era un murmullo constante se volvió apenas un roce de cristales deshaciéndose en el aire. Varia, bajo ellos, continuaba brillando con luces tenues como joyas sumergidas en niebla.

Malvor bebía despacio, girando la copa entre sus dedos, atento a Aeon. Éste, con el cigarro ya consumido, miraba el horizonte con esa calma pensativa que siempre lo envolvía cuando su mente comenzaba a derivar hacia aguas profundas.

—¿Alguna vez te has preguntado para qué estamos aquí? —preguntó Malvor, sin mirarlo directamente, como si formularlo de frente lo hiciera demasiado real—. No como especie, sino tú. Yo. ¿Individuos en una era que parece no necesitarnos más que como engranajes?

Aeon suspiró, dejó la copa en la baranda con delicadeza, y cruzó los brazos, apoyándose con el pecho sobre el borde.

—No creo que sea casualidad que estemos vivos justo ahora —comenzó, con voz serena—. Cada uno de nosotros... vino con algo. No sólo por azar genético o voluntad de los padres. Hay un eco más antiguo, más profundo. Yo... nací con el dote de la naturaleza. Siempre la escuché, aún sin palabras. Las plantas... las células... todo tiene ritmo. Orden. Propósito.

Se giró levemente hacia Malvor.

—Y tú tienes el don de la estrategia. No es sólo que sepas mover recursos o leer estadísticas. Tienes instinto. Entiendes el corazón de la guerra... incluso cuando no quieres hablar de ello.

Malvor lo miró, más serio ahora.

—¿Guerra? ¿A eso te refieres?

Aeon asintió lentamente, y su voz bajó un tono.

—Nuestra sociedad, por perfecta que parezca... no estaría aquí si no fuera por milenios de guerras. No estaríamos bebiendo vino en un pent-house flotante si no hubieran caído imperios antes. Si no hubiéramos aprendido con sangre.

Malvor desvió la mirada hacia la ciudad, su expresión endureciéndose apenas.

—¿Y eso te parece justo?

—No —dijo Aeon—. No lo es. Pero a veces la violencia... no es más que el precio que el universo exige por el avance. Cruel, sí. Injusto, también. Pero real.

El silencio volvió a caer entre ambos, aunque esta vez no era una pausa incómoda, sino una respiración compartida entre dos almas enredadas en pensamientos demasiado antiguos para explicarse del todo.

De pronto, Aeon parpadeó. El mundo pareció apagarse. Ya no llovía. Ya no estaba en el balcón.

Frente a sus ojos, una visión emergió con la violencia de un trueno. Un mar de fuego devoraba una ciudad que no era Varia, pero tenía su forma. Edificios colapsando en columnas de humo. Criaturas deformadas, gritando sin sonido. Sergales mutilados, corriendo entre luces rojas y alarmas. Una sombra alta, caminando entre los cuerpos, con ojos encendidos como carbones vivos. Y entonces, un lago negro, quieto, reflejando una luna rota.

Aeon abrió los ojos de golpe, jadeando apenas. La lluvia regresó. La copa aún estaba sobre la baranda. Malvor lo miraba con el ceño fruncido.

—Aeon... Aeon —repitió, tocándole el hombro—. ¿Estás bien? Estuviste... como paralizado. Por más de un minuto. No dijiste nada. Ni siquiera parpadeaste.

Aeon pestañeó, se apartó un poco, e intentó recuperar el aliento. Su hocico temblaba apenas.

—Lo siento... —dijo finalmente—. Es que... tuve otra de esas... visiones. Como las que he tenido últimamente. No suceden seguido, pero cuando lo hacen... es como si algo se colara en mi cabeza. Y no puedo ignorarlo.

—¿Visiones? —repitió Malvor, preocupado.

—Sí... —Aeon se frotó el rostro—. Escenas. De muerte. De destrucción. Como si fuera un recuerdo que no es mío. O un aviso. No sé lo que significan. Tal vez nada. Tal vez es sólo mi mente desconectándose. A veces me pasa cuando... me pierdo demasiado en mis pensamientos. Supongo que es solo eso. Nada importante.

Malvor lo observó por un instante, con una expresión que no era de burla, ni tampoco del todo seria. Luego entrecerró los ojos y dijo con una sonrisa ladeada:

—¿Y no puedes tener visiones más agradables? No sé... como, por ejemplo, tú y yo haciendo el amor en medio de un jardín tropical, rodeados de vino y frutas prohibidas mientras suspiras mi nombre.

Aeon soltó una carcajada repentina, entre nerviosa y aliviada. Le empujó el hombro con el suyo, avergonzado, las orejas echadas hacia atrás.

—¡Eres un idiota! —dijo, aun riendo, el rubor asomando en la piel de sus mejillas, visible incluso bajo su pelaje claro.

—Pero soy tu idiota —respondió Malvor, y alzó su copa en un brindis silencioso.

Aeon respiró profundo, como si el aire por fin volviera a llenarle el pecho. Aún sentía el sabor metálico de la visión reciente en el fondo de su mente... pero por ahora, con Malvor a su lado, el presente parecía resistir los fantasmas del futuro.

Malvor giró la copa entre los dedos por última vez antes de dejarla sobre la mesa de la sala. Observaba a Aeon, quien aún miraba hacia el horizonte desde el umbral del balcón, como si algo invisible siguiera danzando frente a sus ojos.

—Oye —rompió el silencio con una voz suave pero firme—. Siempre hablas de esa pradera. Esa donde fuiste tantas veces a meditar, donde decías que encontrabas paz... pero nunca me has llevado.

Aeon giró el rostro con lentitud. No era reproche lo que percibía en la voz de Malvor, sino una mezcla de curiosidad y una pizca de tristeza camuflada.

—No lo sé... —dijo tras una pausa—. Supongo que... nunca encontré el momento. Siempre hay algo que me reclama. Algo que me ata. Como si relajarme fuera un lujo que no me puedo permitir.

Malvor se acercó un poco, con las manos en los bolsillos.

—Pues deberías. Deberíamos. ¿Por qué no te tomas unos días? Si tú te das vacaciones, yo también. Así podríamos ir juntos. Conocer ese lugar que tanto nombras, lejos de la ciudad, sin protocolos ni pantallas ni responsabilidades.

Aeon se quedó callado, observando la copa que aún tenía entre las manos. El vino, oscuro como el cielo nocturno, se deslizaba apenas en el fondo del cristal. Meditó por un instante, y luego asintió con una media sonrisa.

—Lo pensaré —respondió—. No quiero dejar cosas a medio terminar. Pero... quizás me haría bien. Nos haría bien.

Se llevó la copa a los labios y terminó el contenido de un sorbo lento. El sabor, complejo y cálido, dejó un rastro tenue en su garganta. Luego caminó hacia la cocina, dejando la copa en el fregadero, abriendo el grifo para lavarla con calma. El agua tibia corría entre sus dedos cuando lo sintió.

Un cuerpo, firme y cálido, se apoyó contra su espalda. Los brazos de Malvor rodearon su abdomen como si lo envolvieran en una promesa silenciosa. Aeon se sobresaltó apenas, pero al reconocer el tacto, soltó una risa suave y cerró los ojos.

—Otra vez con tus sorpresas —susurró, divertido.

Malvor no respondió de inmediato. En cambio, inclinó el hocico hacia su cuello, exhalando con profundidad. Lo lamió con lentitud, el calor de su lengua contrastando con la humedad del ambiente. Después, besó la curva del cuello de Aeon, justo donde el pulso vibraba bajo la piel. Aeon ladeó el rostro, negándose con una sonrisa tensa, aunque sin verdadera intención de detenerlo.

—Malvor...

—Shhh —murmuró el otro Sergal, gruñendo apenas, un sonido gutural, ancestral, lleno de deseo—. No digas nada.

Los besos se multiplicaron. Una caricia subió desde la cintura hasta el pecho, mientras la otra mano rozaba con deliberada lentitud el borde de la ropa que aún vestía Aeon. El biólogo intentó resistirse con una débil protesta, pero su cuerpo hablaba en otro idioma, uno que no usaba palabras.

Entre risas suaves y gemidos apenas susurrados, Malvor lo fue guiando por el pasillo hacia la recámara. Las luces se atenuaron automáticamente al percibir su presencia. Se desvestían entre roces, caricias y miradas entrecortadas, como si cada prenda caída fuera un recuerdo, una barrera menos entre ellos.

Aeon terminó recostado de espaldas sobre las sábanas oscuras, con el pelaje aún húmedo por la llovizna. Malvor se colocó sobre él, cubriéndolo como una sombra ardiente. Los besos continuaron, más profundos, más voraces, hasta que el aire entre ellos se volvió espeso.

Malvor gruñó, grave y lento, un sonido cargado de intención. Era un lenguaje propio de su especie, uno que hablaba de deseo, de dominio, de entrega. Aeon lo sintió vibrar en su pecho, y algo en su interior se estremeció.

Respondió con un suspiro que fue más rendición que negación. En ese momento, nada más importaba. Ni la ciudad brillante allá afuera, ni las visiones de ruina, ni las responsabilidades aún pendientes.

Sólo estaban ellos. Dos cuerpos, dos almas, en una danza que sólo ellos entendían.