Capítulo I
El Estado contra Luka Feraud Lunes, 14 de julio de 2025 13:47 hrs
Todas las miradas sobre mí. Algunos aterrados, otros asqueados y la mayoría incrédulos ante cada declaración acerca de mi persona, de esa imagen de monstruo que eligieron destinarme como si yo no tuviera sentimientos.
Cada una de las personas en este lugar suponen que son mejores que yo, de moral intachable porque no me comprenden, porque son incapaces de hacer las mismas cosas que yo.
No comprenden lo que es amar tanto a una persona, a tal punto en el que soy capaz de cometer locuras con tal de que podamos ser felices. He sido capaz de enfrentar al destino y eso no me hace un psicópata. Diría, más bien, que puedo amar con más fuerza y devoción que el resto de las personas.
El juez escucha atento cada testimonio y todo apunta a que soy culpable de los cargos: privación de la libertad, intento de homicidio, acoso, homicidio doloso, feminicidio.
Puedo ver el temor en los preciosos pero apagados ojos de Aridai.
Intento que me mire sin tener éxito y por eso entiendo que lo han logrado, consiguieron ponerla en mi contra.
Pudimos ser felices juntos.
Pude darle todo lo que ella quisiera siempre y cuando no me abandonara.
Me falló.
¿O fallamos?
Intenté lo que estuvo a mi alcance para que se sintiera amada, para que no hubiera lugar a dudas de que mi corazón y mi vida entera le pertenecen, porque sí, aún cuando ella no esté pensando bien las cosas y me esté haciendo daño, la amo.
¿Qué hice mal? ¿Por qué se fue?
¿Por qué lo hizo? ¿Por qué me abandonó?
Se supone que estábamos felices en nuestro propio mundo, alejados de los prejuicios y de la gente maliciosa que no toleraba nuestra felicidad, que no soportaba la idea de que yo pudiera ser correspondido por Aridai.
Ella me amaba, veía en mí algo que los demás se esforzaban por ignorar. Se supone que éramos perfectos juntos, pero algo cambió.
Me dejó.
Se fue sin al menos explicar por qué, o por quién.
La maldita perra me falló.
Después de todo no es el ángel que supuse. Pudo mantenerme engañado durante años, casi una década.
El juez me pide que pase a declarar.
Me piden jurar y eso hago.
Levanto la mano derecha y juro decir toda la verdad, nada más que la verdad, por mucho que no estén preparados para escucharla.
Todos piden siempre saber la verdad, a sabiendas de que pocas veces es tolerable. Pocos podemos manejar y aceptar la verdad.
El fiscal se pone de pie, acomoda en un movimiento ligero el cuello de su saco. Se acerca hacia donde me encuentro sin apartar su mirada de la mía, he de suponer que con el propósito de intimidarme.
—Muy bien, señor Feraud. ¿Podría describirnos cuál era exactamente su relación con Aridai Montenegro?
Mis ojos la buscan por instinto. Esta vez nuestras miradas coinciden pero ella aparta la suya casi enseguida.
Logro distinguir pánico en su expresión, como si fuera su libertad o su vida la que está en juego y quiero saber por qué, quiero entender qué hice mal.
—Fuimos pareja hasta hace unos días.
—Pareja —asiente lentamente el fiscal, parece meditarlo —. Me parece curioso que nadie además de usted, ni la misma Aridai, supiera de esta supuesta relación. Tengo entendido que desaparecieron juntos a principios de marzo. Lo extraño es que ella no le dijo a nadie sobre ustedes.
—Nadie nos apoyaba. Querían convencerla de que soy malo para ella.
—¿Acaso no terminó muerta Natalia Morgan, su ex prometida? ¿No fue una noticia nacional acaso la violencia con la que fue asesinada? Casualmente unos días antes de su boda.
Hay muchas teorías sobre la muerte de Natalia. La más popular es que por razones desconocidas, murió a manos mías.
Es fácil juzgar desde afuera.
—Yo amaba a Natalia.
—La amaba —ironiza, arquea ambas cejas pero se mantiene con el semblante serio —. ¿Cuánto tiempo transcurrió después de su deceso para que buscara a la señorita Montenegro? ¿Una semana? ¿Dos?
—¿Quiere saber si yo la maté para poder estar con Aridai sin quedar como un poco hombre? Por supuesto que no, señor. Todos han creído esa imagen de psicópata sobre mí, pero en cada historia hay dos versiones.
—Responda la pregunta, señor Feraud.
—Fui sincero con Natalia. Ella tenía derecho a irse con alguien que la amara tanto como yo a Aridai.
—No fue eso lo que le pregunté, señor Feraud.
Sobo el puente de mi nariz, empiezo a perder la paciencia. ¿Qué espera? Ya todos aquí decidieron que soy culpable, como siempre, sin darme una oportunidad.
—Rompí con ella dos semanas antes de la boda, ¿de acuerdo? —dejo escapar un suspiro, pues aunque ellos no lo crean, lamento lo que sucedió con Natalia —. Nunca quise hacerle daño.
—Pero lo hizo. No importa si era su intención o no, porque finalmente, lo hizo. La mató.
—Yo no soy culpable de otra cosa sino de haberme enamorado de Aridai, eso por supuesto que eso a nadie le gustó nunca. Por eso estamos aquí. ¿Quiere saber la verdad? Se la voy a contar, porque yo no soy el monstruo que usted pinta y Aridai...
Hago una pausa para mirarla, un suspiro se me escapa seguido de una breve risa amarga.
—Aridai no es la pobrecita víctima que todos piensan.