1 El nuevo entrenador
Lía
El gimnasio olía a resina vieja, a sudor de muchas generaciones y a desinfectante barato. Las luces fluorescentes zumbaban de forma constante, creando sombras largas en el suelo encerado. Las pelotas botaban con ritmo irregulares. Golpes secos. Rebotes. Murmullos. Risas.
Era martes, pero tenía sabor de lunes. El tipo de día en que te preguntas por qué demonios sigues aquí.
Yo estaba sentada contra la pared, rodillas dobladas, rodilleras medio sueltas, estirando sin mucha fe mientras Emma me imitaba de forma torpe.
- Estás tan rígida que pareces un palo de escoba - se burló ella, con una sonrisa torcida.
Su coleta se movía como un látigo.
- Y tú pareces un pato intentando hacer yoga - le devolví, sin mucho humor.
Emma resopló divertida y me sacó la lengua.
Fue una de las pocas que todavía reía hoy. El rumor de la renuncia de Axel había recorrido el equipo como un virus. Nadie quería admitirlo en voz alta, pero estábamos todas nerviosas.
Bueno... casi todas.
Clara estaba en el otro extremo de la pista, lanzando saques con violencia exagerada, tan concentrada que parecía entrenar para matar a alguien. Su grupito la rodeaba con esa risa falsa de las que quieren caerle bien.
Yo no pensaba acercarme.
Suspiré y me concentré en mis tobillos. Me dolían, como siempre. Había aprendido a convivir con eso. Con el dolor. Con la presión. Con las malditas expectativas de ser la que salva los balones imposibles. El líbero. La última defensa.
A veces me sentía menos jugadora y más parachoques humano.
Fue en ese momento que escuché la puerta del gimnasio abrirse con un golpe seco.
- ¡Silencio, chicas!
El grito de la directora rebotó en las paredes como un disparo. Automáticamente todas las conversaciones se apagaron. El sonido de las pelotas rodando por el suelo parecía un trueno en la quietud repentina.
Giramos la cabeza al unísono. Como un solo cuerpo.
La directora avanzaba con paso marcial. Tenía el ceño fruncido más de lo habitual. Sus tacones golpeaban el suelo con un clac-clac metódico que hacía temblar hasta a las más gallitas.
Y no venía sola. Caminaba junto a él.
- Como ya saben, el entrenador Axel ha presentado su renuncia - anunció con una pausa estudiada, para que todas tragáramos saliva - Por motivos personales.
Sonó falso hasta la médula. A Axel no le interesaba nada que no fuera él mismo.
Vi algunas miradas incómodas. Nadie lloraba su partida, pero nadie quería sorpresas. Las sorpresas en este equipo solían ser malas.
Yo me crucé de bazos, arqueando una ceja.
La directora respiró hondo y continuó:
- Así que, a partir de hoy, contarán con un nuevo entrenador.
Fue como si el aire se encogiera. El murmullo se detuvo. Yo solté el aire muy despacio.
En mi cabeza ya me imaginaba el clásico dinosaurio del deporte: barriga cervecera, bigote sudado, polo con el logo del club y una panza colgante. Voz ronca de whiskey barato y la dignidad por el suelo.
Pero no.
El hombre qua apareció detrás de ella rompió mi esquema como una patada a una puerta.
Primero vi las botas negras, gastadas pero firmes. Luego el pantalón deportivo oscuro, ceñido a los muslos. Después la camiseta negra de tirantes. Su cuerpo era puro filo. No de gimnasio de postureo, sino de alguien que usaba la fuerza para sobrevivir. Tatuajes negros recorrían sus brazos como enredaderas, cruzaban el hombro y se perdían en el cuello. Era imposible no mirarlos. Cada línea parecía contar una historia violenta. El pelo negro caía sobre la frente de forma desordenada, como si no le importara. O peor: como si quisiera que así fuera.
Y esos ojos. Oscuros. Serios. Vacíos de cualquier amabilidad.
No miraban. Pesaban. Juzgaban. Me sostuvieron la mirada durante unos segundos.
Yo me sentí de pronto desnuda, vulnerable. Me forcé a no apartar la mirada. Un nudo se formó en mi estómago. No era miedo exactamente. Era algo más turbio. Algo que me daba rabia sentir.
El tipo paró a un lado de la directora sin decir nada. Cruzó los brazos. Esperó.
Ella respiró con dificultad y anunció:
- Les presento a Kael Drystan. Su nuevo entrenador.
Silencio absoluto.
Ni un carraspeo. Ni una risa nerviosa. Ni un susurro. Solo el zumbido de las luces y el crujido de las pelotas olvidadas.
Kael no sonrió. No saludó. Solo dejó que nos tragáramos su presencia como un trago amargo.
Yo sentí la tensión recorrer el equipo como un escalofrío colectivo. Emma estaba tiesa a mi lado.
- Joder - susurró casi inaudible - ¿Nos hemos metido en un cuartel del ejército?
- Cierra el pico - le ordené, pero sin poder apartar la vista de él.
Kael paseó su mirada de un lado a otro. Despacio. Midiéndonos.
No se detenía en ninguna demasiado tiempo. Salvo en mí.
Cuando me tocó, me hirvió la sangre. Sabía que me estaba evaluando. No como jugadora sino como persona.
Me recordaba a un depredador midiendo a su presa.
Y por dios... parte de mí no quería ser la presa, quería ser el rival.
La directora carraspeó. Kael no se movió.
- Kael tiene amplia experiencia en el extranjero - parecía recitarlo, como para convencernos más a nosotras que a él - Ha trabajado con equipos de alto nivel. Ha aceptado el puesto con una condición: resultados.
"Resultados"
La palabra se quedó flotando. Vi a Clara fruncir los labios con suficiencia. A otras compañeras tragar saliva.
Yo me enderecé. Tenía las manos sudorosas y las sequé en los muslos. No por miedo, sino por ansiedad.
La directora no se molestó en suavizarlo:
- Las pruebas de selección comienzan hoy mismo. Nadie tiene el puesto asegurado.
Eso cayó como un martillo. El equipo ya estaba dividido, pero ahora las grietas se abrían del todo.
Algunas bajaron la cabeza. Otras se pusieron rígidas. Un par casi lloran.
Yo sonreí apenas.
Que empiece la pelea.
Kael dejó pasar un silencio brutal antes de hablar. Cuando lo hizo, su voz fue un rugido contenido.
- Quiero compromiso.
La palabra retumbó.
- Quiero esfuerzo, sudor y sacrificio.
Otra pausa. Mirándonos como un juez.
- Quiero jugadoras dispuestas a sangrar por cada punto.
Alguien respiró hondo con un sollozo contenido.
Emma temblaba a mi lado. Yo no me moví.
Su voz era grave, áspera. Tenía esa cualidad que no pedía respeto. Lo exigía.
- Si alguna no puede dar eso, la puerta está ahí.
Silencio. El aire pesaba. La directora no dijo nada.
Kael paseó la mirada otra vez. Cuando me encontró, yo alcé la barbilla.
"Hazlo más difícil", le dije sin palabras.
Él lo entendió. Sonrió apenas. Fue casi imperceptible. Fue la cosa más peligrosa y honesta que había visto en años.
Emma me dio un codazo en las costillas.
- Deja de mirarlo como si fueras a pegarle. O a follártelo.
- Cállate - le espeté, sin poder evitar mi propia sonrisa.
Kael dio un paso al frente. El eco retumbó. Su sombra cayó sobre nosotras.
- Que empiece el juego - dijo con voz grave.
El gimnasio entero contuvo la respiración.
Y supe, con absoluta certeza, que nada volvería a ser igual.
•••
Las palabras quedaron colgando como un eco violento en el gimnasio. Nadie se movió al principio. Era como si necesitáramos un segundo para digerirlas.
Incluso la directora dudó. Vi el tic en su mandíbula antes de asentir y retirarse sin más. Ni un" suerte", ni un "ánimo".
Solo nos dejó con él.
Kael no dijo nada. No sonrió. No dio la bienvenida. Esperó.
Fue Emma quien se atrevió a romper el silencio con un murmullo:
- Hostia, qué motivador.
Me costó no soltar la carcajada. No por humor, sino por histeria. Mi pulso estaba por las nubes. No sabía si por el miedo, el orgullo o esa rabia que me hacía sentir viva.
Kael giró sobre sus talones lentamente, escaneando el grupo.
- Fila. Una sola línea. Ya.
Nadie protestó.
Hubo un breve caos de zapatillas chirriando, rodilleras cayéndose, insultos bajos, pero en diez segundos estábamos todos en fila. Unas con la espalda recta. Otras hundidas como si quisieran desaparecer.
Yo elegí el medio. No porque quisiera destacar. Sino para que él me viera.
Él caminó despacio frente a nosotras. El sonido de sus botas contra el suelo era hipnótico. Su sombra pasaba como una guadaña. Su mirada pesaba.
- Nombres. Empezando por la izquierda.
Clara no tardó ni un segundo. Voz alta, fría.
- Clara Martínez. Capitana.
Kael alzó apenas una ceja.
- Capitana, ¿eh? Ya veremos.
Clara apretó los labios.
Una a una fueron diciendo sus nombres. Las voces variaban entre temblorosas y seguras. Algunas tartamudeaban. Otras se tragaban la saliva.
Cuando llegó mi turno respiré hondo.
- Lía Corvin. Líbero.
Sus ojos se detuvieron en mí. Oscuros. Quietos.
No parpadeé.
Noté algo casi imperceptible en su expresión. Un reconocimiento. Un retorcido respeto. O tal vez un desafío. No dijo nada.
Emma se presentó justo después.
- Emma Torres. Punta.
Kael le clavó la vista cuando ella tragó saliva.
- ¿Punta o relleno?
Emma se atragantó con el aire.
- ¿Perdón?
- Si estás en la pista es para sumar puntos. Si no puedes, sobras.
Emma parpadeó como un conejo en luces altas. Yo tuve que morderme la lengua para no reírme. Ella me lazó una mirada de odio.
Cuando terminaron todas. Kael inspiró hondo y habló sin prisa:
- Vamos a dejar algo claro - su voz era como grava cayendo sobre metal - No me importan sus notas. No me importa su historial. No me importan sus excusas.
Silencio absoluto.
- Yo no vine a hacer amigas. Vine a ganar.
Alguien tragó saliva muy fuerte.
•••
El silbato sonó como un disparo.
Kael se paseaba por la línea lateral con los brazos cruzados, la camiseta negra pegada al pecho y esa cara de funeral que parecía tatuada.
- Calentamiento, quince minutos. Y por" calentamiento" no quiero decir contonearse como en una pasarela - su voz resonó en el gimnasio - Quiero sudor. Quiero ver si al menos tenéis condición física para terminar un set.
Rodé los ojos mientras me ajustaba las rodilleras.
Emma bufó en voz baja a mi lado:
- Mira que es simpático el tío. Un encanto.
- Cállate y corre - le espeté, aunque estaba igual de molesta.
Empezamos a dar vueltas al gimnasio. Para la quinta, ya estábamos sudando como caballos. En la octava, sentía las piernas quemadas. Kael no decía nada. Caminaba despacio, siguiendo con la mirada a todas. Como un carcelero que decide quién se escapa y quién no.
Cuando terminamos, nos detuvo con un gesto.
- Bien - su tono decía "mal".
Luego nos hizo formar dos filas.
- Recepción. Quiero ver si sabéis algo tan básico como no romperle la nariz a la colocadora.
Se colocó detrás de la red y empezó a lanzar balones, rápidos y bajos. Algunas lograban alzarlos. Otras no tanto. Cuando llegó el turno de Emma, vi cómo se tensaba. El primer balón se le escapó. El segundo también. Kael detuvo la pelota con el pie y la miró como si fuera un insecto bajo un microscopio.
- ¿En serio? - dijo en voz grave.
Emma tragó saliva.
- Lo... lo repito.
- ¿Para qué? ¿Para fallarlo otra vez?
- Oye - di un paso al frente antes de pensar.
El silencio se tragó al grupo. Emma me miró con horror. Kael levanto una ceja, despacio, como si le costara no reírse.
- ¿Algún problema, Corvin?
- Sí. Tengo un problema con que trates a mi amiga como si fuera basura.
Se oyeron un par de respiraciones contenidas detrás de mí. Kael se giró del todo hacia mí.
- Oh, interesante. Una capitana que contesta.
- No soy la capitana - dije con tono seco - Soy la que dice que, si vas a gritarnos, al menos seas un poco original.
Su mandíbula se tensó.
- ¿Crees que esto es un campamento de verano?
- No. Pero tampoco es el ejército.
El ambiente estaba tan cargado que me sorprendía que el sudor no se incendiara.
Kael se acercó un paso. Yo no retrocedía. Podía sentir su respiración.
- Te aviso, Corvin. No tengo tiempo para delicadas.
- Genial. A mí no me gustan los entrenadores tiernos, pero tampoco los imbéciles.
Hubo un murmullo ahogado detrás de mí. Emma susurró mi nombre, suplicante. Pero ya estaba encendida.
Kael no apartó los ojos.
- Te veo muy cómoda dando discursos. ¿Quieres probarlo tú?
- Encantada.
Me lanzó el balón con fuerza, sin previo aviso. Lo recibí, aunque me dolió en las muñecas. Él se limitó a sentir.
- Otra.
Me la tiró aún más baja. La alcé.
- ¿Eso es todo? ¿O vas a enseñarme a montar una tienda de campaña? - le dije, con un guiño de ojo.
Se le encendió una chispa peligrosa en los ojos. Sonrió apenas.
- Bien. Así se habla. Pero tu amiga no es tú. - dijo con tono amenazante.
Me di la vuelta hacia Emma. Le hice un gesto con la cabeza.
- ¡Vamos! Otra vez.
Ella tragó aire, respiró profundamente. Kael no dijo nada, pero la miraba como si analizara cada célula de su cuerpo. Esta vez, Emma lo alzó. Torcido, pero pasó.
Yo aplaudí.
- ¡Eso es! - grité.
Kael alzó un dedo.
- De nuevo - exigió.
Emma temblaba, pero lo intentó. La tercera fue mejor.
- Así si - musitó él, apenas audible.
Me giré hacía Kael.
- ¿Ves? No necesitas tu encanto habitual para motivarla.
Se me quedó mirando con esa maldita calma suya.
- Que interesante. Me vas a decir ahora cómo hacer mi trabajo.
- Solo digo que, si querías ver fuego, aquí lo tienes - le señalé con la mano abierta a todas - No necesitamos miedo. Solo necesitamos que no nos traten como basura.
Silencio. El eco del gimnasio lo llenaba todo. Las chicas nos miraban con los ojos enormes.
Kael me sostuvo la mirada. Ni un parpadeo. Luego, muy lento, dijo:
- Muy bien. Todas, a sus posiciones.
Volvió a lanzar balones. Más difíciles. Más rápidos. Pero esta vez nadie se atrevió a quejarse. Emma falló menos. Todas sudamos sangre.
Cuando por fin sonó su silbato, casi todas se dejaron caer al suelo. Me limpié la frente con el antebrazo. Kael se acercó.
- Corvin. - le llamó, en tono autoritario.
Lo miré con el corazón aun latiendo desbocado.
- ¿Qué?
- No vuelvas a cuestionarme delante de todas.
- Depende - le sostuve la mirada con la barbilla alzada - No vuelvas a trata a nadie como una mierda.
Durante un segundo no dijo nada. Luego asintió apenas.
- Nos vemos mañana. Trae mejores rodilleras.
Y se alejó.
Emma vino corriendo y me abrazó.
- ¡Estás loca! - me gritó.
- Lo sé - le respondí, con una sonrisa torcida mientras todo mi cuerpo ardía de cansancio - Pero alguien tenía que hacerlo.
•••
El vestuario olía a humedad y derrota. Me dejé caer en el banco como un saco de patatas herido. Tenía los muslos temblando y las manos todavía rojas de tanto recibir.
Emma se sentó a mi lado con un gemido dramático.
- Que me lleven en ambulancia. Estoy muerta. No finjo, Lía. Estoy clínicamente fallecida.
Me encogí de hombros, aunque hasta ese gesto dolía.
- Bah. Sobreviviste.
- ¡Sobreviví para contarlo! - se revolvió como una diva - Para advertir a las siguientes generaciones: ¡no so acerquéis a ese psicópata tatuado con complejo de general soviético!
- Podría ser peor.
- ¿Peor? ¿Cómo? ¿Con látigos? ¿Con minas antipersona en la pista?
Rodé los ojos. Me quité rodillera y la lancé a la bolsa.
- Exageras.
- Ah perdona, no sabía que estabas tan enamorada de la tortura medieval.
- Es efectivo.
- ¡Sí! - dijo, palmoteando sus muslos con sarcasmo - Súper efectivo. Mis músculos han firmado un tratado de paz con la gravedad porque se rinden.
La miré de reojo, divertida.
- Al menos así dejas de saltar como una cabra descoordinada.
Me lanzó la botella de agua vacía.
- Te odio.
- Mentira. Me amas.
Emma resopló. Se inclinó hacía mí con cara de conspiradora.
- Vale, pero seamos sinceras. Ese Kael... da miedo.
Hice un sonido pensativo mientras me quitaba la camiseta empapada.
- Sí. Un poco.
- Un poco dice. Tiene pinta de hacer la declaración de hacienda con un cuchillo en la mesa.
- Al menos sabría sumar.
- ¡Oh, por supuesto! Un hombre de recursos - alzó las cejas con dramatismo - Experiencia en "el extranjero". Ajá. Traducción: matón a sueldo con máster en intimidación.
No pude evitar soltar una carcajada baja.
- Podrías hacerle un currículum.
- Ya lo hice mentalmente: "Kael Drystan, especialista en gritar a mujeres jóvenes hasta que se arrepientan de nacer".
- Mucha demanda laboral para eso.
- Sí, supongo que en la mafia es un plus.
Me limpié el sudor de la frente con la toalla. Noté el ardor en mis brazos, en las rodillas. Cada músculo protestaba.
Emma me estudió un momento, frunciendo el ceño.
- Hablando en serio... ¿tú estás bien? Te he visto hoy. Parecías a punto de morderle la yugular.
- Eso fue después de que él intentara perforarme el alma con la mirada.
- Ah vale, consentido mutuo de asesinato.
- Sí, un vínculo sano.
Emma se empezó a reír y no pudo parar. Su risa se contagió y acabé cubriéndome la cara con la toalla, intentando no atragantarme.
Al cabo de un rato, se calmó.
- En serio, tía. ¿Qué piensas de él? - preguntó seriamente.
Bajé la toalla despacio. Respiré hondo.
- Que es un capullo.
- Concuerdo.
- Pero un capullo que sabe lo que hace.
Emma puso los ojos en blanco tan fuerte que casi se le fueron para atrás.
- Ugh. El "chico malo" del entrenamiento. Cómo no.
- Cierra la boca - le dije, señalándola con un dedo - No es así.
- Ah, ¿no? ¿Entonces por qué te tensas más que un cable de acero cada vez que te mira?
- Porque... - me detuve - Porque es irritante.
- Mmmm - entrecerró los ojos como una bruja que olfatea mentiras - Seguro.
- No pienso discutir esto.
- Ay, cariño, no tienes que discutir. Tus mejillas te delatan solas.
Le di un manotazo flojo en el brazo.
- Pesada.
Ella sonrió con aire victorioso.
- Solo digo que te cuides. Tiene pinta de romper más corazones que tobillos.
- Si me rompe algo será la paciencia.
Emma se levantó estirándose.
- Pues anda, vamos. Antes de que venga y nos dé otra charla motivación al estilo "Full Metal Jacket".
- Te imaginas - dije, alzando la voz con imitación grave - "Quiero verlas sangrar, señoritas".
Emma puso voz ridícula:
- "Sí, señor sádico. ¿Quiere sal en la herida o limón?"
Nos reímos las dos, un eco chillón en el vestuario vacío.
Al final, me quedé unos segundos sentada mientras ella guardaba sus cosas. Me pase los dedos por el vendaje de la rodilla.
Y aunque no se lo dije... por dentro me sentía rara. Cansada. Pero viva. Y con el estómago hecho un nudo.
Porque, joder, ese hombre era un capullo. Pero maldita sea, eso hacía que quisiera ser la mejor.
Incluso si tenía que odiarlo para lograrlo.