La vida que nos toco

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Summary

Una niña insegura y tímida debe aprender ser fuerte antes las adversidad de un mundo desconocido y fuera de su imaginación

Status
Ongoing
Chapters
16
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1 llegada


“...Lia, Italia, ¿sigues despierta? Sé que fue un viaje largo y estás cansada... pero ya viste lo hermoso que está allá afuera” —dijo mi padre con una mezcla de emoción y ternura mientras conducía por un camino serpenteante.

Los rayos del sol se colaban tímidamente por los cristales del auto, proyectando formas doradas sobre los asientos. Fue lo primero que vi cuando por fin decidí apartar la vista del teléfono, luego de perder la señal por completo. Me asomé por la ventanilla y quedé fascinada ante un bosque inmenso y profundo, donde árboles antiguos se alzaban majestuosos, como guardianes silenciosos de aquel lugar olvidado por el tiempo. Avanzábamos a gran velocidad, pero el paisaje parecía detenido en una quietud sagrada, como si el mundo se hubiera pausado para recibirnos.


Volteé discretamente hacia mi madre, quien seguía dormida en el asiento del copiloto. Su rostro mostraba una expresión serena pero dolorosa. Sabía que en su interior había tormenta: hacía apenas unos días, su madre —mi abuela— había fallecido, y desde que recibió la noticia, parecía estar atrapada en un estado de shock. Yo nunca la conocí, así que no sabía muy bien cómo sentirme. Había tristeza, sí, pero también curiosidad y confusión. ¿Quién había sido esa mujer que ahora nos reunía sin siquiera estar presente?


Mi padre, atento, me miró por el retrovisor. “Lo siento, pequeña. Sé que teníamos planes diferentes para estos días, pero estas cosas pasan.” Su voz era calmada, pero cargada de una melancolía que no intentó esconder.


“Lo sé...” respondí tras una breve pausa. “Oye, papá, ¿tú ya habías venido aquí antes?”


Él negó con la cabeza. “No, nunca. Tu mamá no solía hablar mucho de tu abuela. Pero tengo un mapa que ella guardaba, supongo que con eso bastará para no perdernos. Relájate, muñequita. Yo te aviso cuando lleguemos.”


Poco después, giramos hacia la derecha, siguiendo un estrecho sendero envuelto entre árboles que formaban un túnel natural. La luz parecía filtrarse en haces místicos, como si el bosque mismo nos guiara. Sentí un escalofrío... no de miedo, sino de anticipación.


“¿Es por aquí, papá?”, pregunté, intrigada.


Él revisó el mapa brevemente y asintió. “Sí. Ya casi llegamos.”


Y entonces lo vimos: una gran casa roja se alzaba entre la vegetación, rodeada por un extenso jardín salpicado de flores silvestres y arbustos desordenados. Parecía sacada de una postal antigua. Según mi padre, éramos de los primeros en llegar. Detuvo el auto frente a la entrada, y sin esperar, abrí la puerta y bajé de un salto. No aguantaba seguir sentada... el aire libre me recibía como una promesa.


La puerta principal ya estaba abierta de par en par. Se me erizó la piel. ¿Alguien nos esperaba?


“Quédate cerca, Italia,” me advirtió mi padre. “Voy a bajar las cosas y a despertar a tu mamá.”


Me quedé junto al auto, observando la casa, el jardín, y el sendero que habíamos recorrido. Algo en mí sabía que ese lugar estaba lleno de historias, secretos, recuerdos que no me pertenecían... pero que, de algún modo, me llamaban.


La casa parecía sacada de un sueño antiguo. Estaba decorada con miles de objetos sonoros, colgando de techos, marcos y árboles: pequeños como campanillas de cristal, grandes como espirales de metal, y algunos tan extraños que no podía imaginar su propósito. Nunca había visto algo igual. Lo fascinante era que se movían con el viento como si tuvieran voluntad propia: giraban, tintineaban, bailaban entre sí en una coreografía misteriosa. La música que emitían no seguía ritmo alguno, pero tenía algo hipnótico, como si el bosque y la casa conversaran a través de ellos.


“Papá... ¿qué son esos?” pregunté, sin apartar la mirada de sus movimientos atrapantes.


“Son campanas de viento, Italia. Antiguamente se usaban como un tipo de timbre: avisaban cuando alguien entraba a la casa. Aunque aquí parecen más decorativas que funcionales,” respondió mi padre con voz atenta y serena.


Luego añadió con dulzura: “Mejor entra, corazón. No te vaya a dar un golpe de aire, que apenas te estás levantando.”


Obedecí. Crucé el umbral y sentí cómo el calor del sol se apagaba al entrar en la penumbra interior. La casa tenía una atmósfera apagada, cargada de una tristeza suave pero persistente, como una melodía que nunca termina. Había algo en el aire: una melancolía que me acariciaba sin saber por qué. Jamás había sentido algo así... una mezcla de nostalgia ajena y silencio profundo.


Di algunos pasos más, y entre la quietud escuché un sonido familiar: los botones de una consola portátil. Al girar la cabeza, encontré a mi primo sentado en un viejo sofá, con los ojos clavados en la pantalla de su juego.


“Veo que no pierdes la costumbre,” le dije, sonriendo. Él levantó la vista, me devolvió la sonrisa y respondió: “A una princesa no se le abandona en el castillo.”


Me reí. Por primera vez desde que llegamos, sentí que no estaba sola.


“Por lo menos ahora somos dos. Ya encontraremos algo que hacer aquí,” agregó, como si leyera mi mente.


“¿Y mis tíos?” pregunté.


“Mi papá salió, dijo que volvería en un rato. Mi mamá anda limpiando arriba. Sabes cómo es, no puede estar quieta.”


Su tono era casual, pero debajo había silenciosa que flotaba por toda la casa. Tal vez todos sentíamos algo parecido, incluso si no lo decíamos.


Mi padre entró con paso sereno, como si la casa le infundiera una solemnidad inevitable. Extendió la mano hacia Jonathan, quien le respondió con un apretón breve pero firme.


“¿Qué tal el viaje? ¿Todo en orden?”, preguntó mi padre, intentando romper la tensión con su tono habitual, cálido y directo.


Jonathan respondió con un leve gesto afirmativo, aún sumido en su juego, aunque noté que tenía la atención puesta en todo lo que ocurría. No era indiferente—sólo contenía sus palabras.


Poco después, mi madre apareció en el umbral. Caminaba despacio, como si el aire mismo pesara. Su rostro revelaba la batalla interior que aún libraba. Sin decir mucho, se acercó a mi padre, quien la rodeó con el brazo.


“Bueno,” dijo él, en voz baja pero firme, “los adultos debemos hablar. Si van a explorar la casa, tengan cuidado con los insectos. En especial cerca de los árboles grandes… hay zonas con mucho follaje.”


Jonathan me miró en cuanto ellos se alejaron, sus ojos brillando con esa chispa que sólo aparece justo antes de una travesura.


“¿Salimos? Vamos a explorar un poco. Tal vez encontremos algo que valga la pena,” susurró con entusiasmo.


Le sonreí y asentí. La casa estaba rodeada por un bosque vasto y casi mágico, de esos que parecen tener secretos en cada rincón. Al fondo, entre la niebla dorada del atardecer, se distinguía un árbol enorme, de tronco retorcido y copa ancha, como un faro natural al final del paisaje.


Salimos con prisa y emoción, como si algo nos llamara desde dentro del bosque. No había un camino marcado—solo terreno virgen tapizado por hojas, raíces y sombras juguetonas. Decidimos que el primero en llegar al gran árbol sería el ganador, aunque no establecimos ninguna regla clara. Nuestra emoción nos impulsaba más que cualquier competencia.


Corrimos en direcciones ligeramente distintas, zigzagueando entre ramas, esquivando raíces como obstáculos en una carrera improvisada. En algún punto de la ruta, Jonathan desapareció de mi vista, tragado por la espesura verde.


Me detuve, con el corazón latiendo fuerte por la carrera y la adrenalina. Y fue entonces que la vi.


Una casa.


No era como la anterior. Esta era más pequeña, como una réplica oculta en medio del bosque. Su estructura estaba cubierta por enredaderas, musgo y hojarasca, casi completamente camuflada entre los árboles. Las ventanas parecían ciegas, pero intactas. Había una calma extraña alrededor, como si el bosque contuviera la respiración ante su presencia.


Me acerqué lentamente, con pasos cautelosos. La curiosidad me ganaba, pero una parte de mí sabía que esa casa no estaba abandonada... al menos no por completo. ¿Quién la construyó? ¿Era parte de la propiedad? ¿La conocía mi abuela?


"¡Jonathan!" grité, esperando que mi primo me escuchara. No hubo respuesta. Decidíentrar sola.


Al entrar, la oscuridad casi palpable me envolvió, reduciendo mi visibilidad a casi cero. Solo unos pocos rayos de luz del ocaso se filtraban por la ventana, iluminando débilmente el estrecho pasillo. El aire estaba cargado de polvo que danzaba en el aire, haciéndome toser. Las paredes parecían haber sido devoradas por la humedad y la maleza.


Me acerqué a una gran habitación, pero estaba inaccesible, como si el tiempo la hubiera tragado. Seguí adelante, y a pocos metros, una puerta entreabierta me llamó la atención. La luz que emanaba de ella parecía un faro en la oscuridad. "¿Será la salida?", me pregunté con una mezcla de esperanza y temor.


Pero al entrar, mi corazón se detuvo. El salón principal yacía en ruinas, como si el bosque mismo hubiera reclamado su territorio. La sensación de abandono era palpable, como si nadie hubiera pisado aquel lugar en siglos.


De pronto, mi pie resbaló y caí sentada. Al levantarme, vi algo que me hizo helar la sangre: una trampa. Pero no era una jaula... Era algo más siniestro. Un muñeco, inmóvil y silencioso, parecía mirarme con ojos vacíos.


"¿Qué secreto escondes?", le susurré, mi voz apenas audible. Al intentar quitar la parte superior, vi un movimiento casi imperceptible. Mi corazón latió con fuerza. "¿Necesitas ayuda?", pregunté, mi voz llena de dudas.


Pero entonces, vi algo que me dejó sin aliento: árboles maduros habían crecido por encima de las viejas soldaduras, como si el tiempo mismo hubiera sido manipulado. La pregunta resonó en mi mente: "¿Cómo es posible que esto sea así?".