El Lamento de las Paredes

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Summary

En una aldea olvidada por los mapas —y por Dios— Marian vivía con su madre, Josefina. Ella tejía frazadas para no pensar. Para no llorar. Porque en ese lugar, quien lloraba... era escuchado. Y lo que el bosque escucha, nunca lo devuelve igual. Marian era todo lo que el mundo no sabe cuidar: buena, inocente, con una sonrisa limpia que parecía pecado. Una noche, cuando Josefina tuvo que salir, la casa empezó a sangrar. El muro respiró. Y la puerta fue golpeada. Lo que siguió fue más que horror. Fue lo que pasa cuando la codicia y el dolor se cruzan en una casa rota. Marian fue ofrecida como carne al muro a cambio de oro. Y Josefina… regresó solo para encontrarse con el vacío. Esta no es una historia de demonios. Es una historia de madres que gritan cuando ya nadie las oye. De hijas que vuelven del otro lado para que el silencio no sea el final. Y de lo que pasa cuando el dolor no encuentra justicia... solo hambre.

Genre
Horror
Author
Musa Oshin
Status
Complete
Chapters
1
Rating
5.0 1 review
Age Rating
16+

Donde no hubo justicia... habrá carne.

En una aldea tan vieja que ni los mapas la nombran, donde la humedad pudre más rápido que la muerte, vivían Josefina y su hija Marian.

No había iglesia. Ni médico. Ni cementerio.

Solo árboles podridos. Y silencio. Y casas que crujían incluso cuando nadie se movía.

Gente callada. Gente que bajaba la mirada en vez de saludar. Gente que sabía —porque lo habían visto o porque lo habían perdido— que el bosque a veces escucha. Y lo que el bosque escucha... nunca lo devuelve igual.

Josefina tejía. No por pasión. Por necesidad. Tejía como quien reza. Sin mirar. Sin pensar. Frazadas gruesas, de lana áspera, tejidas con dedos cansados y esperanza muerta. Tejía para no recordar. Para no llorar. Porque en esa aldea, quien lloraba... terminaba siendo escuchado.

Marian tenía dieciséis años y una sonrisa limpia. Tan limpia que dolía. Tan limpia que parecía un pecado.

Era una niña dulce. Tan dulce que parecía tonta para ese mundo. Creía que si uno daba amor, el mundo lo devolvía. Pero el mundo... el mundo que la rodeaba no era así. Todo lo puro se pudre más rápido.

Allí, en ese rincón olvidado por Dios, las emociones eran privadas. El sufrimiento se escondía como la mierda: nadie quería olerlo, pero todos vivían en él. Si alguien lloraba, se lo tragaba. Si alguien gritaba... no volvía a hablar.

A veces, lo que no se dice, se pudre. Y a veces, lo que se pudre... cobra vida.

Josefina partió al pueblo vecino con un nudo en el pecho que no supo nombrar. No era miedo. Era algo más antiguo. Una advertencia que no venía de afuera, sino de adentro. Como si su sangre recordara algo que su mente aún no sabía. Una memoria que no le pertenecía... pero la apretaba igual.

—No abras la puerta, Marian —dijo antes de irse.— ¿Aunque sea un pedido?—Aunque sangren en la puerta. Aunque supliquen. Aunque digan mi nombre. No abras.—Sí, mamá...

Pero Josefina sabía que esa sonrisa era la de los inocentes. La que siempre va justo antes del primer grito.

Esa noche, Marian tejía con los pies helados, envuelta en una manta. La televisión mostraba una película vieja, doblada al español, con voces que no coincidían con las bocas.

Y entonces... la pared respiró.

Primero fue una gota. Después, una línea delgada. Roja. Viscosa. Como si la casa sangrara. Como si el dolor saliera por las grietas.

Una mano blanca y huesuda emergió lentamente del muro. Fría. Lenta. Callada. Como un pensamiento oscuro.

Y entonces, golpearon la puerta.

—¿Quién es? —preguntó Marian, asomándose por la ventana sin abrir.

Afuera: un hombre. Alto. Sucio. Apestaba a alcohol, tierra mojada... y algo más. Algo podrido. Tenía una cicatriz mal cerrada en el labio, ojos inyectados de odio y una voz hueca.

—Una frazada. La más gruesa. Para el viernes. Te pago el doble.

—No puedo. Toma más días...

—¡Maldita inútil! ¡Te vas a arrepentir!

Golpeó la puerta con rabia. Una. Dos. Tres veces. La madera vibró. Se fue escupiendo maldiciones.

Marian cerró la puerta. Aseguró las ventanas. Volvió al tejido. Intentó seguir viendo la película.

Pero la sangre ya no era una línea. Era un rostro. Pegado al muro. Con ojos sin párpados que la miraban sin parpadear.

Y entonces... un susurro le rozó la nuca:

No estás sola.

Se le heló el cuerpo. No supo si llorar o correr. Esa frase se le quedó clavada como una astilla bajo la piel.

Cuando se quedó dormida sin querer, el candado de la puerta ya no estaba.

Volvió el hombre. Pero esta vez no venía solo. Con él, otro más joven. Más callado. Con los ojos muertos. Parecía haber enterrado algo... o haberse enterrado a sí mismo.

Entraron como si ya conocieran la casa. Revolvieron todo. Tomaron lana, monedas, telares.

El joven se detuvo frente al muro húmedo. Vio algo. Entre las grietas.

—¿Oro...? —susurró.

Golpeó con una barra de hierro oxidada.

El muro gimió. Sangró. Pero también brotó oro.

No sólido. Oro vivo. Venas doradas, gruesas, palpitantes, como raíces que buscan cuerpos.

Y entonces... la pared habló:

Si me dan carne... les daré oro.

Los dos se miraron. Ya no como hombres. Sino como bestias.

—¿Qué carne? —preguntó el joven.

La de ella.

El rostro de Marian apareció en el muro. Con los ojos blancos. Como si ya estuviera muerta.

El oro crecía, brotando de las grietas como si la casa diera a luz.

La codicia hizo el resto. El mayor la sujetó. El joven sacó un cuchillo oxidado.

—No... por favor... mi mamá va a volver pronto...

Más dolor. Más riqueza.Más gritos. Más poder.

Le arrancaron los ojos. Uno cayó en el fuego. El otro rebotó contra su telar.

Le abrieron el pecho. Le sacaron el corazón. Y el muro vibraba con cada alarido. Como si cada grito abriera otra vena de oro.

Uno de los hombres bebió su sangre. El otro vomitó. Luego bebió también.

Ya no eran ellos. Ya no había humanidad.

Y Marian aún respiraba cuando le cortaron la lengua.

La colgaron como un trofeo. Una marioneta vacía. Y de uno de sus ojos vacíos...caía una lágrima que no terminaba de caer.

Esa fue la semilla del demonio.

Cuando Josefina regresó al amanecer, lo supo sin necesidad de entrar. El silencio la escupió en la cara. La puerta estaba abierta. La casa olía a muerte... y a algo más. Algo antiguo. Crudo. Demasiado cálido.

Entró. Y la vio.

El cuerpo de Marian colgaba del techo. Vacío. Deshecho. Los ojos arrancados. El pecho abierto. Una marioneta con una lágrima seca pegada a la mejilla.

Josefina gritó. Gritó como se grita cuando se rompe la última cuerda del alma. Cayó de rodillas. Se arañó el rostro. Vomitando llanto. Suplicando al aire...pero nadie vino.

Las casas de la aldea cerraron sus puertas. Las cortinas se corrieron. Porque así era ese lugar: donde el dolor ajeno es un estorbo, no una alarma.

Con sus propias manos, Josefina enterró a su hija en el patio trasero. Lodo, uñas rotas, sangre de madre.

Y esa noche, mientras intentaba no morir... vio algo en la pared.

No era una mancha. Ni una sombra. Era Marian. Reflejada. Mirándola. Con los ojos que ya no tenía.

Mamá... ellos me hicieron esto. Ayúdame...

Josefina se volvió ceniza por dentro. Dejó de hablar. Dejó de comer. Solo tejía. Pero no eran frazadas. Eran símbolos.

Y luego los quemaba.

Se adentró en el bosque. A la colina maldita. Allí donde nadie iba, porque decían que La Lengua de los Muertos aún respiraba.

Una anciana que había sido desterrada por practicar brujería con cuerpos de niños no bautizados. Vivía entre raíces podridas, cuervos ciegos y velas negras clavadas en huesos.

Josefina ofreció su sangre. Su nombre. Y su cordura.

La anciana la aceptó con una sonrisa sin dientes. Y le entregó un libro: “El Cantar de los Muros Rojos”.

Un grimorio de piel humana. Escrito con placenta seca y tinta de hiel.

“Donde hubo dolor sin justicia, habrá sangre sin fin.”

Josefina aprendió. Rituales. Sellos. Maldiciones. Y lo más importante: cómo hablar con el demonio del muro.

Porque el demonio no pide permiso. Solo busca grietas para entrar.

El primero fue fácil. Estaba en el bosque, deshecho, balbuceando como un niño quemado.

Decía que los ojos de la niña lo miraban desde todos lados. Que su voz salía de los insectos. Que no podía dormir porque “ella le hablaba por las moscas”.

Josefina lo drogó con una infusión de veneno. Lo ató a una silla en medio de su casa. Encendió las velas. Dibujó los sellos con tierra de tumba.

Y repitió el ritual.

El muro volvió a sangrar. Y Marian emergió.

Ya no era una niña. Era un hueco lleno de odio.

Mamá... quiero mis ojos.

Josefina se los arrancó.

Quiero mi corazón.

Se lo abrió con las manos.

Quiero su alma.

Y la ofreció sin temblar.

El demonio devoró el cuerpo. Las raíces doradas lo absorbieron. Y el oro volvió a brillar.

El segundo había huido. Pero Josefina lo encontró. En otro pueblo. En un hostal barato.

Se había rapado. Se hacía llamar con otro nombre. Vivía temblando, como si su sombra lo siguiera con cuchillo en mano.

Josefina entró como una mujer cualquiera. Lo miró. Le sonrió. Y lo besó.

Un beso envenenado.

Él se paralizó. Ella lo amarró con hilos sagrados. Le cortó los genitales con una navaja ritual. Le arrancó la lengua con tenazas. Le abrió el pecho como quien abre fruta podrida.

Marian lo devoró. Primero los pies. Luego el vientre. Después el cráneo.

Y al final... el alma.

Cuando el segundo murió, Marian apareció frente a su madre.

Mamá... ahora puedo dormir.

—¿Y tú...? ¿Y yo? —preguntó Josefina.

Tú no.¿Por qué?Porque el demonio... ahora vive en ti.

Josefina ya no es Josefina.

Vaga por el bosque. Desnuda. Cubierta de barro, sangre, ceniza y telas rotas. Habla con la voz de Marian. Y también con otras voces.

Dicen que si entras en esa casa...el muro te escucha. Te muestra tu propio rostro... gritando.

Dicen que el oro aún brota. Y que si lo tocas...tu piel empieza a pudrirse desde dentro.

Porque el demonio ya no espera carne.

La elige. La llama. La busca.

Y cuando brilla el oro en las paredes... alguien está a punto de desaparecer.

🎬

Se dice que Josefina ya no es un cuerpo. Es un canal. Una grieta. Un altar ambulante.

Y que la aldea entera está marcada. Porque el demonio quiere más. Más hijas. Más madres. Más dolor.

Y mientras haya alguien llorando en silencio... habrá oro. Y habrá carne.