Paciente 0: El destino de las sombras

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Summary

Gunnar creía que su mayor desafío era graduarse del instituto. Estaba equivocado. Un brutal ataque en un callejón familiar destroza su realidad, dejándolo con heridas que, milagrosamente, se desvanecen momentos después. ​Esa misma noche, la vida que conocía es desmantelada por una verdad aterradora: sus padres no son sus padres, y él no es del todo humano. Es un superviviente del Proyecto Quimera, un experimento clandestino que recombina ADN humano y animal, y sus creadores, una organización en la sombra conocida como la Asociación, quieren recuperar su propiedad. ​Cazado por soldados de élite y una secta de mutantes fanáticos que ven su apariencia normal como una impureza que debe ser purgada, Gunnar es arrojado a un mundo de marginados.

Status
Ongoing
Chapters
8
Rating
n/a
Age Rating
18+

La sangre que no es mía

El joven Gunnar caminaba lentamente a casa en su último día de clases antes de la graduación. Su andar meditabundo reflejaba la nostalgia que sentía por los años que dejaba atrás; cada paso parecía estar impregnado de recuerdos. Estaba a solo unos bloques de su hogar, a punto de cruzar el lúgubre pero familiar callejón que se dirigía a la antigua casa colonial donde vivía con sus padres. Recordaba los últimos cinco años que había pasado en este pequeño pueblo, sus nuevos compañeros y se preguntaba cuánto tiempo pasaría antes de olvidar sus nombres y sus rostros. Reflexionaba sobre si debió esforzarse más en conocerlos, pero ya era demasiado tarde para lamentarlo. Decidió que lo mejor era disfrutar de estos últimos días como estudiante, aprovechando la última caminata en uniforme, con la expectativa de que sus padres lo esperaban para cenar.

El callejón, con sus paredes de piedra desgastadas por el tiempo y sus faroles de hierro forjado, siempre había tenido un aire de misterio. Sin embargo, a pesar de su apariencia sombría, para Gunnar era un lugar reconfortante, un recordatorio constante de su hogar y de la vida que había llevado hasta entonces en aquel tranquilo pueblo.

Mientras cruzaba este tramo, escuchó ruidos. Eran sonidos sutiles, apenas perceptibles, pero suficientes para acelerar su corazón. Los asoció con gatos, ya que en el sector rural donde vivía no ocurrían crímenes; solo algunas desapariciones, que la gente atribuía a fugas amorosas. Sin embargo, la frecuencia de esos sonidos lo puso en alerta. Miraba hacia los lados, intentando discernir lo que había a su alrededor, pero solo alcanzaba a ver siluetas difíciles de definir. Poco a poco, los ruidos parecían acercarse. Trató de convencerse de que solo eran gatos, pero la pesadez de los pasos lo inquietaba, como si algo más estuviera al acecho.

Todo sucedió en un instante. Sintió un líquido tibio recorriendo su espalda desde el hombro. Gracias a un golpe de suerte, el ataque no impactó en su cabeza mientras una sombra enorme se deslizaba a su lado. Era la criatura más extraña que había visto en su vida. Aunque la penumbra la envolvía, podía distinguir su prominente estatura: una figura que recordaba a un hombre, pero con garras en lugar de dedos, brazos desproporcionadamente largos y anchos, y piernas delgadas que parecían estar al revés, con rodillas invertidas.

Ante esta perturbadora visión, Gunnar quedó paralizado, incapaz de creer lo que tenía frente a él, algo que ni siquiera en sus peores pesadillas había imaginado. Lo que para él fueron minutos de terror, en realidad no duró más que un segundo. Un dolor punzante y la sensación de adormecimiento en su brazo lo sacaron de su estado de shock. En ese momento, solo pudo pensar en correr con todas sus fuerzas.

Sin embargo, el callejón, con su camino irregular y sus piedras sueltas, no era el lugar más adecuado para una rápida huida. Su habitual torpeza en los deportes de velocidad se hizo evidente, y a pocos metros de haber comenzado a correr, tropezó y cayó pesadamente sobre las piedras. Intentó protegerse con el brazo, pero la herida lo limitaba, y terminó estampándose de cara contra el suelo. Aturdido por el golpe, solo pudo escuchar un fuerte estruendo que lo hizo voltear. Allí, entre los ladrillos de una pared destrozada, vio a esa extraña criatura que lo acechaba.

Gunnar se levantó a duras penas, cada músculo protestando como si le clavaran agujas. El dolor que le recorría el cuerpo era un recordatorio constante de que esa criatura esa cosa podía estar aún tras él. Pero cuando giró la cabeza, solo encontró el callejón vacío, iluminado por los faroles que parpadeaban como si también estuvieran asustados.

No supo cómo llegó a casa. Un momento estaba corriendo por el callejón, el siguiente ya tenía la mano en el picaporte de la puerta familiar, con los nudillos blancos de tanto apretar. El sonido de su propia respiración, entrecortada y salvaje, le ensordeció los oídos.

Al cruzar el umbral, el aire cálido de la casa le golpeó la cara como un reproche. La luz tenue del pasillo dibujaba sombras alargadas que se retorcían en las paredes, pero nada era tan inquietante como lo que vio en la cocina: Alana y Erik, sentados rígidos a la mesa, con las tazas de té olvidadas frente a ellos. El reloj de péndulo marcaba segundos que sonaban como latidos de un corazón moribundo.

Alana se levantó y se acercó rápidamente a él, tomando sus manos con evidente miedo.

-Esa... cosa casi me mata -murmuró Gunnar, frotándose el hombro ensangrentado mientras la voz le quebraba- Y ahora ustedes me miran como si ya lo supieran.

Erik se abalanzó hacia la ventana, escaneando la calle con mirada militar antes de volverse hacia el joven. Sus dedos inspeccionaron la herida con precisión quirúrgica, pero fue el temblor en sus manos lo que delató su calma fingida.

-Escúchame bien -susurró, bajando el tono como si las paredes pudieran oír- Lo que te atacó fue una persona. Un sujeto de prueba del Laboratorio 7 que escapó hace setenta y dos horas.

Los ojos de Gunnar se dilataron, reflejando el resplandor amarillento de la lámpara. -¿Un humano? -La palabra le quemó la lengua- ¿Qué clase de monstruosidad...?

-Proyecto Quimera -interrumpió Erik, limpiándose las manos en el pantalón con movimientos espasmódicos-. ADN humano recombinado con secuencias animales, nanotecnología de soporte vital... los llamamos "híbridos", pero respiran y sangran como nosotros.

El silencio que siguió fue tan denso que Gunnar sintió el peso de cada partícula de polvo flotando en el aire. Su mente rebobinó cada encuentro con la criatura: las pupilas verticales, el olor a desinfectante mezclado con feromonas animales...

-¿Y tú cómo sabes tanto? -logró articular, notando por primera vez las bolsas violáceas bajo los ojos de Erik, las arrugas que no estaban ahí la semana pasada.

El hombre intercambió una mirada con Alana antes de responder, mientras afuera un relámpago iluminaba el retrato familiar colgado en la pared.

-¿Cómo es posible que algo así esté sucediendo? ¿Por qué nunca me lo mencionaste antes? -preguntó Gunnar, su voz temblando entre la incredulidad y la angustia.

-Hijo, quería protegerte de todo esto -respondió Alana, su mirada llena de preocupación- Nunca pensé que tendríamos que enfrentarnos a las consecuencias de esos experimentos. La verdad es que, creímos que habíamos dejado atrás ese oscuro capítulo de nuestras vidas. Pero ahora que estás involucrado, necesitas saber la verdad.

El mundo se desmoronaba a su alrededor. La revelación le impactó como un puñetazo en el plexo solar, dejándole sin aire. Preguntas atroces brotaron en su mente como hongos venenosos: ¿Acaso él también sería un monstruo? ¿Por qué aquellos a quienes llamó padres le ocultaron la verdad?

Alana exhaló lentamente, como si el peso de sus palabras necesitara todo el aire de la habitación y dijo:

-Gunnar, hay algo que necesitas saber -la voz de Alana se quebró como cristal bajo presión- No somos tus padres. Te encontramos siendo un niño... perdido y solo en el mundo.

El reloj dejó de existir. Las palabras de Alana no eran sonidos sino cuchillas que le rebanaban el pasado, convirtiendo cada recuerdo familiar en una mentira cuidadosamente cosida.

-¿Qué quieres decir? -murmuró, incapaz de procesar lo que estaba escuchando.

-Cuando eras tan solo un bebé, tuvimos la fortuna de encontrarte. Formamos parte de un grupo de científicos que se oponía a los experimentos en el laboratorio. Originalmente, los propósitos de las investigaciones eran para ayudar a la humanidad, pero jugar a ser dioses cegó al gobierno. Trabajábamos en una sección en la que experimentábamos con adultos que se ofrecían voluntariamente para modificar sus cuerpos, pero un día, mientras estábamos investigando, escuchamos tu llanto. Descubrir que secuestraban bebés para muestras nos aterró, y no dudamos ni un segundo en rescatarte. Desde ese día, te consideramos nuestro hijo y hemos tratado de protegerte de tu origen.

El suelo bajo sus pies dejó de ser sólido. Cada recuerdo, cada risa compartida, cada "te quiero" recibido, todo se desintegraba como papel quemado. Gunnar clavó la mirada en Alana y Erik, escarbando en sus pupilas buscando un rescoldo de verdad. Solo encontró el mismo pánico que ahora le helaba las venas. Sus manos ¿eran siquiera sus manos? temblaban como hojas en tormenta. La garganta se le cerró, tragando palabras imposibles.

-¿Qué... demonios soy entonces? -El susurro le desgarró la garganta, mezcla de ácido y desesperación.

-¿Terminaré como esa... cosa? -La voz ya no sonaba humana. Era el chillido de un animal acorralado oliendo su propio matadero.

-La verdad, hijo, es que no lo sabemos. Te hemos hecho controles médicos desde que te rescatamos, y no hemos encontrado ninguna anomalía en tu cuerpo. Parece como si los experimentos que hicieron en ti no tuvieran ningún efecto.

Sin poder creer lo que escuchaba, se alejó un paso, apoyando sus manos en sus hombros como si buscara consuelo en su propio abrazo. Extrañamente, ya no sentía dolor, pero eso lo inquietaba aún más; asociaba la falta de dolor con el duro golpe que había recibido contra las piedras y una creciente sensación de desconexión con su propio cuerpo.

-¿Y si algo cambia? -murmuró, su voz apenas un susurro, mientras luchaba por procesar la nueva realidad que se le presentaba.

Su madre adoptiva se acercó nuevamente a él.

-Hijo, hay que revisar esa herida en tu hombro - dijo con voz suave pero firme.

Tocando la espalda de su hijo, lo guió lentamente hasta su oficina, donde tenía el botiquín para realizar las curaciones. Mientras empapaba una gasa en iodo povidona, descubrió su hombro y se dio cuenta de que su madre se acercaba con la gasa en la mano, pero se detuvo de repente, como si algo la hubiera paralizado.

-Hijo, tu hombro... -murmuró, pero Gunnar ya había notado que algo no estaba bien.

Confundido, miró por primera vez su herida, que imaginaba debía verse horrible por las garras de esa criatura. Sin embargo, al inspeccionar su piel, se dio cuenta de que no había nada. Su ropa estaba ensangrentada, su piel también, pero no había herida; su piel estaba lisa, sin siquiera un rasguño.

Asustado, comenzó a tocar su cara, buscando los rasguños por el golpe contra las piedras, pero tampoco logró sentir ninguno. Sin poder contener la creciente ansiedad, corrió rápidamente hacia el baño para observarse mejor en el espejo. Al mirarse, solo pudo ver tierra y sangre, pero su rostro estaba intacto.

-¿Qué está pasando? -se preguntó en voz alta, sintiendo que la realidad se desvanecía a su alrededor

Sus padres lo siguieron corriendo hacia el baño, mirándolo asustados en silencio. Erik luego de verlo, quedó con la mirada perdida, atrapado en sus pensamientos.

Recordó sus inicios como científico. En aquel entonces, era un profesional altamente motivado por salvar a la humanidad. Cuando lo contrataron en el laboratorio de la asociación, experimentó una gran felicidad, ya que se dedicaban a encontrar curas para enfermedades incurables, y personas en estado terminal se ofrecían como voluntarios para ser sujetos de prueba. Durante los primeros meses, Erik fue testigo de los grandes avances que los pacientes experimentaban. Sin embargo, poco a poco comenzó a percibir que algo oscuro se ocultaba tras esas mejoras. A pesar de los avances, nunca vio a nadie ser dado de alta. Simplemente, un día dejaba de verlos.

Intrigado por lo que estaba sucediendo, Erik conoció a Alana, otra investigadora que trabajaba en una sección de pruebas en animales. Alana, al darse cuenta de que el objetivo de Erik era genuinamente ayudar a las personas, lo presentó a un grupo de científicos que se dedicaban a revelar los secretos más oscuros de la empresa. Juntos, descubrieron que, aunque los pacientes mostraban mejoras en sus enfermedades, semanas después comenzaban a manifestar signos de violencia y malformaciones en sus cuerpos. Parecía que, con el tiempo, podrían llegar a transformarse en criaturas salvajes. Además, surgieron rumores de que estas mutaciones ocurrían debido a la incompatibilidad de las modificaciones genéticas en adultos, lo que llevó a la empresa a secuestrar bebés para investigar este problema.

Erik, preocupado, comenzó a mirar a su alrededor.

-Tenemos que huir de este lugar. Si esa criatura te encontró, la asociación no tardará en darse cuenta de que aquí se esconde uno de los bebés que desaparecieron hace años.

Gunnar, confundido, dejó de mirarse en el espejo y se volvió hacia sus padres, tratando de alejar la idea de que se transformaría en un monstruo por el momento. Su padre se comportaba de manera extraña, corriendo de un lado a otro de la casa. Entró a la cocina, abriendo todas las llaves de gas, mientras su mente giraba en pánico y desconcierto. Luego, se dirigió a su despacho y comenzó a recoger unos maletines.

-¿Qué estás haciendo, papá? -preguntó, sintiendo que la situación se volvía cada vez más caótica.

Erik lo miró brevemente, la preocupación pintada en su rostro.

-No hay tiempo para explicaciones, hijo. Necesitamos salir de aquí antes de que sea demasiado tarde.

Erik se inclinó hacia adelante, sus nudillos blanquecinos aferrados al borde de la mesa. Cada palabra salía como un disparo:

-Los experimentos comparten un vínculo genético. Se huelen unos a otros como animales. -Un tic nervioso le recorrió el párpado izquierdo-. Hoy hubo una brecha en el laboratorio. Nos avisaron... pero no a tiempo. Ese monstruo que te atacó no fue casualidad. Es una cacería.

Sus dedos trazaron círculos sobre la superficie de madera, como si ya estuvieran calculando el radio de la explosión.

-La casa debe desaparecer. Todo rastro. O ellos vendrán por lo que queda... y por nosotros.

El aire se espesó de repente. Abrió la boca pero ningún sonido salió. Las paredes que lo vieron cruzar esta última etapa de su juventud, el suelo que memorizaba sus pasos, los rincones llenos de ecos familiares... todo convertido en polvo. Pero los ojos de Erik -duros como acero al rojo vivo- no dejaban espacio para réplica.

-¿Estás seguro de que eso es lo que debemos hacer? -preguntó, su voz temblando entre el miedo y la incredulidad.

Erik asintió, su expresión grave.

-No hay otra opción. Si nos encuentran, no solo perderemos nuestras vidas, sino que también podrías ser capturado y sometido a más experimentos.

Gunnar miró a su alrededor, sintiendo el peso de la decisión que se avecinaba. La casa que había conocido toda su vida, llena de recuerdos y momentos felices, ahora se convertía en un lugar de peligro inminente.

-¿Y si hay otra manera? -insistió, buscando desesperadamente una salida que no implicara destruir todo lo que conocía.

Erik se acercó, colocando una mano en su hombro.

-Lo siento, hijo. A veces, las decisiones más difíciles son las que debemos tomar para proteger a quienes amamos.