Inefable

Summary

Cuando Max, un omega y maestro de preescolar, llega a una nueva ciudad, no espera enamorarse del padre de uno de sus alumnos. Sergio, un alfa viudo y protector se siente atraído por la calidez y la dulzura de Max desde el primer día que se conocen. A medida que pasan más tiempo juntos, ambos comienzan a sentir una conexión inexplicable. Pero, ¿Cómo pueden hacer que su relación funcione cuando Eric, el hijo de Sergio no esté listo para aceptar que su maestro favorito sea ahora el novio de su papá? ¿Podrán superar los obstáculos y encontrar la felicidad juntos?

Genre
Romance
Author
Ari
Status
Ongoing
Chapters
17
Rating
n/a
Age Rating
18+

𝐈. 𝐍𝐮𝐞𝐯𝐨𝐬 𝐈𝐧𝐢𝐜𝐢𝐨𝐬

Max cerró la puerta de su nueva casa en Calabasas, California. El sol aún se estaba poniendo, ya que eran las 6 de la mañana y se dirigía al trabajo.

Seguía adaptándose al barrio y conociendo a sus vecinos. Sabía que necesitaba conocerlos por si necesitaba ayuda en caso de emergencia, ya que era un joven omega soltero que vivía solo.

Aunque el jardín de niños en el que trabajaba estaba en la misma ciudad, Calabasas era enorme, por lo que tardaba en llegar, así que como era el primer día de clases, tanto para él como para los niños, quería llegar temprano.

Ya conocía la escuela y al personal porque los profesores tenían que ir a algunos cursos y a decorar su aula.

Todo se volvió un poco caótico a los pocos minutos de estar en el salón, ya que los niños empezaron a llegar y los padres se despedían y hablaban con sus hijos, algunos se presentaron con él.

Era comprensible, ya que era nuevo y la gente quería conocerlo, así que se presentó con paciencia.

Los niños tenían 4 años y estaban muy emocionados, así que los dejó hablar un rato para que se les bajara la energía antes de presentarse.

Había traído a la escuela algunas de las actividades que solía hacer en la anterior en la que trabajó, sabiendo que ayudaban a calmar a los niños y que funcionaban de maravilla a largo plazo.

Sus alumnos aprendieron desde el primer día la importancia del mindfulness. Max encendió la computadora y reprodujo un vídeo con una voz tranquila que les decía a los niños que cerraran los ojos y respiraran, imaginando que estaban inflando un globo.

Los efectos fueron sorprendentes porque pronto se relajaron y les pidió que se presentaran lo mejor que pudieran.

Tenían 4 años, no había mucho que pudieran hacer, su trabajo era enseñarles y le encantaba.

Amaba ser maestro de preescolar. Siempre fue muy bueno con los niños, paciente, atento y cariñoso, así que para él no era un trabajo difícil.

Además, entendía la importancia de la educación en esa etapa de sus vidas.

Eran como esponjitas ansiosas por absorber, aprender y experimentar.

Entre presentaciones, reglas, explicaciones básicas sobre recompensas por buen comportamiento y trabajo duro y algunas actividades iniciales, la primera mitad del día pasó volando y no tardó en sonar el timbre, lo que significaba que era hora del almuerzo.

Mientras Max les pedía que formaran una fila para lavarse las manos, salieron lentamente a comer y jugar.

Tomó su propio almuerzo y fue a sentarse con su amigo Charles. Un amable omega que había sido su amigo durante años y que de hecho le había recomendado que se cambiara a ese jardín de niños.

—¿Cómo te va?— Preguntó el hombre.

—Bien, son buenos niños.

—Te lo dije —. Afirmo Charles. Era el profesor de primero, así que los alumnos de Max ya lo conocían.

—Sí, son muy lindos y divertidos. Vamos a ver cómo me va. El mindfulness me ayudó—. Respondió mirando a su amigo. Era algo que sólo él hacía y quería convencer a Charles de que lo pusiera en práctica para que al final todo el colegio lo hiciera.

—Puede que lo necesite. Los chicos que tengo son... algo diferente—. Le dijo Charles y silbó. —¿Estás listo para el otro salón?

Trabajaban en una escuela bilingüe, así que la mitad del día era en inglés y la otra en español. Max era el profesor de inglés por supuesto.

Los niños del mismo año compartían los mismos profesores, sólo los cambiaban durante el día.

—Sí, más de lo mismo. Me dijiste que eran muy buenos, ¿verdad?— Le preguntó a su amigo y mientras el hombre asentía una niña caminó hacia Max muy emocionada con una flor en la mano para él.

Sí, le encantaba ser profesor.

La segunda mitad del día fue en otra aula con niños diferentes pero igualmente lindos.

Definitivamente estaba feliz de haber cambiado su lugar de trabajo, considerando también que el salario era mucho mejor.

El primer día de clases se fue con la mochila llena de dibujos hechos a mano y flores, ya que los niños estaban muy contentos de tenerlo como profesor.

Le preocupaba que los niños se volvieran rebeldes o difíciles de manejar, pero salvo algunas excepciones, todos se portaron muy bien y tener un asistente le ayudó mucho.

Le encantaba que sus clases fueran interesantes y dinámicas para sus alumnos, llenas de vídeos, actividades, juegos y manualidades. Max también tenía un grupo de lectura todos los lunes en el que participaban los padres. Cada lunes y martes, según la clase, un padre se presentaba para leer a los niños un libro, que se elegía por orden alfabético y que hacía muy felices a sus alumnos, haciendo que se interesaran por la lectura a pesar de que todavía estaban aprendiendo a leer algunas palabras básicas.

Por supuesto no todo era perfecto, y con esto se refería a los padres. Había algunos que se le insinuaban descaradamente, haciéndole sentir incómodo, sobre todo cuando lo hacía un alfa.

Esto era aún peor teniendo en cuenta que estaban casados. Era increíble considerando que Max era el profesor de sus hijos.

A pesar de que Max tomaba supresores todas las mañanas también era un hombre muy guapo así que era común que los alfas y betas se le acercaran.

Pero aparte de eso, todo iba de maravilla. Los niños lo adoraban y se hizo muy amigo de ellos, aprendiendo rápidamente sus nombres.

Se aseguró de conocerlos muy bien, sus gustos y disgustos, y como era una escuela multicultural, se encargó de aprender sobre sus culturas y tradiciones.

Todos los niños eran geniales, pero como siempre había algunos que se le acercaban más. Sin embargo, había uno con el que Max se llevaba mejor que con el resto.

Eric.

Un pequeño alfa muy lindo, más bajo que el resto, pelo oscuro, ojos marrones, pecas esparcidas por todo el rostro, muy amable y respetuoso con sus amigos. También era muy inteligente y participativo, feliz de tomar clases con él.

Durante la hora del almuerzo, a veces el niño iba y se sentaba con él y Charles para platicar e incluso le ofrecía un poco de su comida aunque Max tuviera la suya, sólo para después regresar a jugar con sus amigos.

Era el alumno más tierno que había tenido.

Y por lo visto al niño también le caía bien. Charles le había dicho que era un chico muy inteligente, lindo y participativo, pero que nunca se había portado con él como lo hacía con Max.

Max sintió que su corazón se hinchaba cuando una vez durante el almuerzo Eric se dirigió a él ya que estaba solo porque Charles había ido al baño y le invitó de sus frambuesas, diciéndole que la fruta le recordaba a él y que era su favorita.

El aroma de Max era una mezcla de frambuesas y arándanos.

Así que esa era una de las razones por las que Eric era muy cercano a él, lo buscaba constantemente y eso hizo que Max se encariñara con él.

Cuando se lo explicó a Charles, el omega castaño le dijo que Eric no tenía mamá, su papá era padre soltero y eso hizo que Max se sintiera aún más cercano a él.

Sí, se preocupaba por sus alumnos, siempre se esforzaba al máximo para ayudarles en todo lo que podía pero con Eric era diferente, Max se sentía identificado con él.

Sí, él ya era mayor. Tenía 12 años cuando perdió a su madre, pero sabía lo que se sentía no tenerla, era horrible.

Ver a tus amigos pasar tiempo con sus mamás, el día de la madre, las vacaciones en general...

Por suerte Eric tenía a su abuela que lo iba a buscar al colegio todos los días y Max pudo ver el vínculo que tenían.

La segunda semana de Septiembre Max pudo conocer un poco más al niño porque como era viernes, Max pidió a los alumnos que dibujaran cuáles eran sus planes para el fin de semana.

Eric compartió emocionado con la clase que esa tarde iba a celebrar el Día de la Independencia con su familia. El niño les habló de la comida, la música y lo que sabía que hacían para esa celebración.

Mientras esperaban a que llegara su abuela, Eric le explicó un poco más sobre la fiesta que iba a celebrar esa noche, intentando describir la comida que se servía durante las celebraciones.

Cuando su abuela llegó, el niño empezó a guardar en su lugar todos los juguetes que había tomado y, mientras tanto, Max hablaba con la mujer.

—Lo siento, profesor Max. Me quedé atrapada en el tráfico porque perdí la noción del tiempo cocinando para esta noche—. Dijo la omega mayor. A pesar de su edad, seguía siendo muy guapa y con mucha clase.

—No se preocupe. Eric me estaba contando todo sobre la celebración.

—¿En serio? Está muy emocionado. Estará toda la familia ahí.

¿Su papá también?

Max tenía curiosidad por él porque nunca lo había visto, pero al parecer Eric y él eran muy unidos.

—¡Abuela!— Dijo Eric y saludó a la mujer, interrumpiendo su tarea de limpieza.

—Hola,mi amor. Tu papá me dijo que te diera esto.

La mujer le dio al niño un juguete de su caricatura favorita y él gritó abrazándola antes de volver al interior del aula.

—Checo siempre me da cosas para que yo se las dé a él y así lo sienta más cerca—.¿Checo?—Sergio, su padre ha estado fuera de la ciudad las últimas semanas por motivos de trabajo. Por eso no lo has conocido.

—Ah. Entiendo.

—Debe regresar en 3 semanas. A Eric no le gusta mucho ver a su padre irse constantemente, así que Sergio decidió hacer un viaje largo para volver con él, en vez de ir y venir.

—Eso es muy inteligente.

—Sí, por eso envía regalos por Amazon cada semana para que yo se los dé. Ha estado viviendo conmigo estas últimas semanas.

—Él es increíble, de verdad—. Comentó Max, mirando a Eric caminar feliz hacia él. —Adiós, niño grande—. Le dijo, arrodillándose frente a él. Le gustaba decirle que era un niño grande a pesar de ser un poco más bajo que el resto.

—Adiós, profesor Max—. Le dijo el niño y lo abrazó. Él le devolvió el abrazo inmediatamente y sintió como su lobo casi ronroneaba al sentir su dulce aroma. A talco de bebé con leche y miel.

—¡Que tengas un buen fin de semana y que te diviertas!— Contestó poniéndose de pie y despidiéndose del niño y de su abuela.

El lunes siguiente Eric volvió a ser el último y lo distrajo preguntándole por su fin de semana y la fiesta.

Su abuela Marilú apareció con una gran sonrisa y Max se dirigió hacia ella.

—Lo siento profesor Max. Pero esta vez he llegado más tarde a propósito.

—Oh.— Dijo confundido.

Eric estaba recogiendo sus cosas y limpiando su lugar.

—Es porque te he traído esto—. Le dijo la mujer, entregándole una bolsa con algo caliente dentro. —Eric dijo que quería que comieras algo del Día de la Independencia, así que te traje esto. Quería esperar hasta que todos se hubieran ido porque ya sabes cómo suelen ser los padres—. La omega puso los ojos en blanco.

—¡Gracias! Es muy amable—. Contestó, abriendo la bolsa. —¿Qué es esto?

—Es pozole—. Dijo Eric con la mochila ya sobre los hombros y la lonchera en la mano.

Max sintió que su corazón se hinchaba mientras se arrodillaba para mirarlo. Era un niño tan generoso.

—Muchas gracias, Eric. Disfrutaré mucho de esto. Y gracias por compartir tu cultura conmigo.

El niño le sonrió y abrazó a su abuela, que le pasó los dedos por el pelo con orgullo.

—De nada.

La mujer le explicó cómo se comía y le entregó una botella con un líquido blanco para que la bebiera antes de marcharse con un Eric muy feliz.

Max se dirigía a su coche cuando otro profesor se acercó a él.

—Eso huele delicioso—. Era Franco, un beta y profesor de español. —Ahora, me siento celoso. ¿Por qué a ti te dan comida y a mí no?

Se rió y se encogió de hombros.

—No lo sé. Eric quería compartirla conmigo.

—¿Qué haces tú que yo no?

—No lo sé, aparte de que dice que huelo como su fruta favorita. No hay mucho que puedas hacer al respecto.

Franco se rió.

—Niños.

—Sí, pero es muy lindo. Uno de los mejores.

—Sí, lo es. Y habla muy bien español. Se nota que su familia habla mucho en español.

—Es muy inteligente—. Afirmó Max, porque saber dos idiomas a esa edad es impresionante.

—Sí, lo es. Comparamos palabras constantemente porque usamos expresiones diferentes y es divertido—. Dijo el otro profesor mientras caminaban por el estacionamiento.

—A lo mejor sabes cómo se llama este plato. No lo recuerdo exactamente, es algo con P...

—¿Pozole?— Preguntó Franco. —Si es así, estoy 100% celoso.

Max volvió a reír mientras se detenía frente a su auto.

—Sí, es eso. Ya te contaré cómo estuvo. Pero por el olor sólo puedo imaginarlo.

—Tal vez necesito ser mejor profesor para que me den comida—. Le respondió el otro hombre y le dio una palmada en la espalda. —Hasta mañana, Max. Que lo disfrutes.

Le dio las gracias y se fue directo a su casa.

Estaba contento de no tener que hacer la comida y siguió las instrucciones que le dio la señora Marilú.

Mientras buscaba la comida en Internet, recordó también el nombre de lo que estaba tomando. Horchata.

Como perfeccionista que era, aprendió a pronunciarlo.

Estaba delicioso.

Poco a poco Eric estaba cambiando su vida.

Sus rutinas eran las mismas todos los días. Hacer ejercicio, ir al trabajo, volver a su casa, hacer la comida, comer, tomar una siesta, asegurarse de que todo estuviera listo para las clases, cenar e irse a dormir.

A veces salía con sus amigos o iba al supermercado, pero casi siempre su rutina era la misma, y le gustaba.

Pero no sabía que estaba a punto de cambiar por completo.

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LAX estaba abarrotado cuando por fin llegó de su estadía de un mes en Chicago.

Había extrañado totalmente el sol en el hermoso sur de California, pero al parecer su aprendiz no.

—Ahh, maldita sea. Me había olvidado del sol—. Exclamó Yuki, entrecerrando los ojos y buscando sus gafas de sol. Había vivido la mayor parte de su vida en Japón, así que no le gustaba el clima californiano.

—¿Cómo puedes olvidarlo? Sólo estuvimos fuera de la ciudad un mes. Tú vives aquí desde hace años—. Contestó, siguiendo a su chófer.

—Eso pasa cuando eres feliz con otro clima, Checo—. Contestó el más joven. —Pero desde luego que he echado de menos todo lo demás. Tengo tantas ganas de una hamburguesa...

Para Yuki, las mejores hamburguesas eran las de California.

Se rió y negó con la cabeza mientras se sentaban en el coche, los llevarían a la oficina para que pudieran recoger sus autos.

—No puedo, hoy tengo que recoger a Eric en el colegio.

—¡Entonces ve a recogerlo y acompáñame a Jack in the box! Sabes que le gustará.

Por supuesto que lo haría.

Eric adoraba a Yuki, tenía una excelente relación con el omega porque era como un niño.

—Sí, lo sé pero no podemos. ¡Mi madre nos está esperando! Pero tal vez para la cena. ¿Qué dices?

—¿Qué?— Preguntó el omega, sorprendido. —¿Lo vas a dejar comer comida chatarra un lunes por la noche?

—Hace un mes que no me ve, claro que lo voy a dejar.

Cuando llegaron a la oficina que consistía en un lujoso edificio, donde pasaba todo el día hasta la hora del almuerzo de lunes a viernes, fue inmediatamente a buscar su auto.

Después de llenar la cajuela con sus maletas se dirigió a recoger a su hijo a su escuela. Iba a tiempo.

Excepto que el tráfico era una mierda.

Algo debía haber pasado y se le estaba haciendo tarde.

Lo último que quería era llegar tarde ese día.

Joder, joder, joder.

Por un momento pensó en llamar a su madre para que lo recogiera, pero Eric sabía que él debía estar ahí, y se le partía el corazón al imaginar su cara de decepción cuando viera a su abuela.

Después de lo que le pareció una eternidad, por fin estacionó el coche en el preescolar y prácticamente corrió hacia el aula que su madre le había dicho que era la de Eric.

Parecía que su hijo lo había sentido, porque en cuanto se detuvo frente a la puerta, Eric se dio la vuelta y corrió hacia él emocionado.

Se arrodilló justo a tiempo para atraparlo en sus brazos mientras su cachorro gritaba lo mucho que lo había extrañado. Después de decirle que él también le había echado de menos, olió el aroma más delicioso e hipnotizante de la tierra.

Una mezcla de frambuesas y arándanos.

Levantó lentamente la vista y se encontró con el ser humano más hermoso que jamás había visto.

Ojos azul cielo, piel pálida y delicada, labios gruesos y rosados, mejillas sonrojadas y cabello rubio.

En ese momento sintió que algo dentro de él se despertaba. Su lobo, que llevaba dormido mucho tiempo, se estaba estirando.

Carajo.

—Encantado de conocerlo Señor Pérez—. Dijo el hombre.

El omega más guapo que había visto nunca.

Se levantó también y se dio cuenta de lo alto que era.Interesante.

—Encantado de conocerlo también...

—Max. Soy el profesor de Eric.

Max.

—¡Sí, el profesor Max es el mejor!— Dijo su cachorro y Checo pudo ver como el hombre se sonrojaba.

—¡Sí! ¡Eso he oído de ti, campeón!— Le dijo a su hijo. —¿Por qué no vas por tus cosas? — Mientras su hijo le obedecía, habló con el hombre más joven. —Siento la tardanza. Acabo de llegar a California y el tráfico aquí era horrible.

—No pasa nada. Suele pasar—. Respondió el profesor, sin darle importancia. —Eric estaba muy emocionado por verlo.

—Sí, le dije que vendría. Sabía que sería desilusionante que mi mamá apareciera en mi lugar.

—Listo—. Dijo Eric, anunciándose y lo tomó en sus brazos, sosteniendo su lonchera en una mano.

—Ahora, vamos a despedirnos del profesor Max. Ya ha hecho bastante por nosotros hoy—. Le dijo a su hijo que despidió con la mano a su profesor. —Gracias de nuevo, ha sido un placer conocerte.

—Igualmente. Señor Pérez—. Respondió el hombre aún sonrojado. —¡Nos vemos mañana Eric!

Entendía perfectamente por qué su hijo siempre hablaba del profesor Max.

No fueron a comer hamburguesas ese día pero sí el viernes por la noche y Eric estaba de lo más feliz pintando en su nuevo libro de colorear con los crayones que acababa de comprarle.

Sus nuggets ya se los había comido porque esa era la condición para poder comer sus papas fritas.

Yuki estaba empezando su segunda hamburguesa después de terminar de colorear con Eric.

—Tío Yuki, hueles muy bien—. Le dijo el niño mientras coloreaba. El supresor del omega estaba desapareciendo.

—Gracias, chico.

Al ver su interacción, Checo se dio cuenta de algo.

Él percibió el aroma de Yuki, al igual que el de Max cada vez que recogía a Eric de la escuela.

—Oye, Yuki...

—Sí, lo sé, lo siento—. Dijo el más joven y Checo negó con la cabeza.

—No, está bien, sólo me has hecho darme cuenta de algo y ahora tengo curiosidad.

—¿Qué?— Preguntó Yuki, comiéndose una papa frita.

—Sabes que en la escuela de Eric la mayoría de los profesores son omegas, ¿verdad?— El hombre asintió, intrigado. —Y es una regla que tienen que usar supresores.

—Sí, lo sé. Casi como en cualquier trabajo.

—Bueno, cuando voy a recoger a Eric, puedo oler el aroma del profesor Max, y Eric también—. Explicó, confundido. —No es intenso, sólo un poco...

—Bueno... o se le está pasando el efecto a esa hora o son almas gemelas—. Checo se atragantó con su comida. —¿Qué? Dices que Eric también puede olerlo.

—¿Almas gemelas? Por favor.

Todo eso era un mito. Era casi imposible que existiera una persona destinada para él, alguien con quien su alma estuviera conectada desde tantos siglos atrás.

—Bueno. Puede ser—. Dijo su amigo y puso los ojos en blanco. —Tal vez se le está pasando el efecto del supresor...

—Mi madre dice que no lo percibe tan fuerte...

No. No puede ser.

Pero tenía sentido por qué su lobo reaccionó la primera vez que se conocieron.

Checo y Eric rápidamente volvieron a sus rutinas. Él lo recogía en el colegio y luego iban a comer a casa de su madre.

El niño creció viéndolo jugar fútbol porque practicaba ese deporte como hobbie algunos fines de semana y se le daba muy bien, por lo que el año anterior su hijo le había pedido que lo llevara a entrenamientos de fútbol.

Eran 2 días a la semana y mientras Eric entrenaba él atendía llamadas o terminaba su trabajo.

Era algo muy simple pero le encantaba, y le gustaba hacer feliz a su cachorro.

A pesar de ser un niño feliz, Checo sabía que Eric deseaba tener un omega en su vida como la mayoría de sus amigos.

Pero aunque su mujer muriera al dar a luz, Checo no tenía interés en encontrar otro. Y su lobo tampoco.

Sí, había tenido encuentros casuales pero nada más. Su principal preocupación era su cachorro, siempre. Y había sido tan fácil por años.

Pero había algo con Max.

Su olor.

Sus ojos.

Su dulzura.

Su cuerpo.

Su torso, su cintura delgada y su trasero perfecto.

A Sergio se le aceleraba el corazón cada vez que iba a buscar a su hijo al jardín de niños y, sin duda, su lobo se había despertado sin que él lo intentara.

Lo hizo una vez que fue a recoger a Eric y vio a Max hablando con otro padre, lo que lo obligó a esperar.

El profesor era muy amable y siempre tenía una sonrisa para todos, excepto que ese día se estaba riendo mucho, mientras el hombre que provocaba eso le dedicaba sonrisas coquetas e intentaba acercarse demasiado a él.

Ese no era el único, en cuanto empezó a prestar atención, al menos dos padres más hicieron lo mismo y su lobo no estaba nada contento.

Sergio no era una persona celosa. Nunca lo había sido.

Pero al parecer su lobo había decidido serlo y le estaba diciendo que hiciera algo al respecto.