Se quedó donde no dolía… pero tampoco se vivía.
En una casa olvidada, donde el viento no entraba y el silencio pesaba,
había un pequeño capullo escondido en una grieta de la pared.
Dentro vivía una mariposa.
Había escuchado historias de otras mariposas.
Unas decían que al salir del capullo, murieron.
Otras, que el mundo afuera era hermoso, lleno de flores y luz.
Ella era fuerte.
Luchadora.
Pero había un miedo que no podía vencer: el miedo a morir.
Sentía que sus alas aún no estaban listas.
Así que se quedó dentro… esperando.
Día tras día.
Una semana pasó.
Su cuerpo empezó a sentirse pesado.
Le costaba respirar.
Sabía que ya era hora de salir,
pero algo en su mente le decía que aún no.
El miedo se hizo más fuerte que su esperanza.
Entró en pánico.
—¿Y si salgo y muero? —pensaba—.
—¿Y si me quedo y me ahogo?
Escuchaba otras mariposas pasar afuera,
pero hacía ruido para no oírlas.
No quería que le recordaran que aún no volaba.
Sus alas empezaron a marchitarse.
Su miedo crecía.
Y su corazón, aunque aún latía,
ya no soñaba con volar.
Solo respiraba cuando sentía que se ahogaba.
Pero incluso entonces,
prefería el ahogo a enfrentar el cielo.
Y así…
día tras día,
se quedó en su capullo, su único refugio.
Su cárcel segura.
Hasta que un día,
ya no respiró más.
No porque muriera de miedo,
sino porque el miedo no la dejó vivir.
Reflexión final:
“A veces, lo que más tememos no es morir...
sino atrevernos a vivir.”