El ruido blanco
Al salir del ascensor en el piso 34, te envolvía, un zumbido constante de cientos de teclados y conversaciones a media voz que se mezclaban con el olor a café caro y a la ambición envasada al vacío. Llamaban a este espacio de trabajo abierto un “ecosistema de colaboración”, pero yo lo llamaba una jaula de cristal. Desde mi escritorio, podía ver la silueta de Manhattan recortada contra un cielo del color del estaño.
Intentaba perderme en los números, en la fría y reconfortante lógica de un informe de control de calidad. Códigos de producto, porcentajes de defectos, métricas de envío, pero hoy, ciertas palabras se abrían paso a través del murmullo como agujas imposibles de ignorar.
—…abogado, creo. Joven. Dicen que era de esos que lo tienen todo.
La voz de Sarah, melosa y afilada. Me esforcé por no levantar la vista, por mantener mis ojos fijos en la pantalla que brillaba con una luz azulada y estéril.
—Es el patrón, ¿no? —replicó Leo, el de contabilidad, con su tono de sabelotodo lúgubre—. Jóvenes, atractivos, profesionales. El “Carnicero de Invierno” va de compras por LinkedIn.
Un escalofrío recorrió mi espalda, una corriente helada que no provenía de los enormes ventanales. El Carnicero. Un nombre ridículamente teatral para una realidad tan brutal. Llevaba semanas siendo el ruido de fondo de la ciudad, una historia de terror para contar en la máquina de café.
Habían mencionado en las noticias que estuvo en otra ciudad y que ahora estaba aquí. Y vamos, no es que se hayan enterado porque subió una historia de Instagram, si no porque los hechos hablan por si solos, o más bien... la manera tan teatral en la que deja los cuerpos.
Obras de arte, es la palabra. Dependiendo de la ocasión.
Cortados en partes, drenados o como si el mismo demonio se los comiera; sin embargo, siempre estaban pintados como si un artista lo hiciera. A veces ya no se lograba ver su rostro por cómo lo dejaban, pero las pruebas de ADN confirman cualquier duda.
Y entonces, las palabras de Sarah resonaron en un lugar más profundo.
—Lo peor es que fue en su propio apartamento. Ni siquiera en tu propia casa estás seguro.
Sentí un picor en la nuca, esa sensación eléctrica de que unos ojos estaban fijos en mí. Levanté la cabeza lentamente, barriendo con la mirada el vasto y diáfano paisaje de escritorios y personas. La mayoría tecleaba, hablaba por teléfono, vivía dentro de su propia burbuja.
Entonces vi a Marcus.
Estaba al otro lado de la sala, de pie junto a la impresora, pero no estaba mirando la máquina. Me estaba mirando a mí... fijamente. Había una intensidad en su mirada que siempre me había incomodado, una especie de evaluación depredadora. Cuando nuestros ojos se cruzaron, una sonrisa lenta y torcida se dibujó en sus labios. Fue una sonrisa que desnudaba y tasaba. Asintió una vez, de forma casi imperceptible, y luego se dio la vuelta como si nada.
Mi corazón martilleaba contra mis costillas. ¿Qué había sido eso? ¿Una simple coincidencia? ¿O era yo, que con la tensión del día estaba viendo amenazas donde no las había? Me froté los ojos y volví a mi informe. Precisión, detalle y control. Eso era lo que necesitaba.
Una hora después, volví a mi escritorio con un café que me había costado siete dólares y que sabía a decepción. Mi pequeño rincón de orden estaba tal y como lo había dejado: el teclado impoluto, el monitor alineado con el borde del escritorio, el pequeño cactus solitario.
Casi.
Había algo nuevo, algo que no debería estar ahí. Un cuadrado de color amarillo canario pegado justo en el marco negro de mi monitor: un post-it.
Por un segundo, pensé que sería una nota de trabajo. Pero no había ningún número de caso, ningún “llámame, por favor”. Solo una única frase, trazada con una caligrafía impecable, casi caligráfica, con una tinta negra y densa que parecía absorber la luz.
“Me gusta cómo la luz de la tarde entra por esa ventana”.
La sangre pareció drenarse de mi rostro, dejando mi piel fría y tirante. Releí la nota, una y otra vez, mientras el zumbido de la oficina se desvanecía hasta convertirse en un ruido blanco. Mis dedos, temblorosos, se acercaron a la ventana a mi izquierda. La luz pálida de un sol invernal se derramaba sobre mi escritorio, creando largas sombras y bañando mi silla vacía en un resplandor fantasmal. La misma luz del momento exacto que describía la nota.
Esto no era de Marcus. Su estilo era la confrontación, no la sutileza.
Arranqué el papel del monitor. Se sentía extrañamente pesado, cargado con el peso de la mirada de alguien. Volví a escanear la oficina, pero ahora no veía colegas. Veía un centenar de sospechosos.
El comedor de Global Reach era un estudio antropológico del estrés corporativo. A mediodía, el espacio abierto se llenaba de un estruendo de bandejas, microondas pitando y el murmullo colectivo de cien conversaciones simultáneas. Era el único lugar donde la jerarquía se difuminaba, donde podías ver a un becario compartiendo mesa con un director de departamento, ambos devorando ensaladas de quinoa en boles de plástico. Me senté en una mesa apartada, tratando de que mi sándwich de pavo no supiera a cartón, intentando encontrar un resquicio de normalidad en un día que se había vuelto surrealista.
Pero la normalidad era un lujo que ya no podíamos permitirnos.
En las enormes pantallas planas montadas en las paredes, que normalmente mostraban gráficos de rendimiento de la empresa o anuncios internos, ahora se veía el rostro serio de una presentadora de noticias. El logo de un canal local giraba en la esquina inferior. Nadie podía evitar mirar.
La imagen cambió a una fotografía. Un hombre joven, sonriendo a la cámara en lo que parecía una foto de perfil profesional. Tenía el pelo oscuro, una mandíbula definida y una mirada inteligente y segura. La imagen del abogado que había sido asesinado.
—Dios, míralo —dijo Sarah, que se había sentado frente a mí junto con Leo. Pinchaba su ensalada con una energía nerviosa—. Era guapísimo y tan injusto.
—Injusto y jodidamente aterrador —añadió Leo, masticando ruidosamente un puñado de patatas fritas—. El tipo este, el Carnicero, tiene un criterio más estricto que el departamento de admisiones de Harvard. Joven, exitoso, atractivo… Es como si buscara en una aplicación de citas para saber a quién va a matar.
La cámara volvió a la reportera, que hablaba con gravedad desde una calle cubierta de una fina capa de nieve sucia. Detrás de ella, la entrada de un edificio de apartamentos de ladrillo rojo estaba acordonada con cinta policial amarilla. Mi sándwich se hizo una bola en mi estómago. El mundo exterior, con su violencia real y tangible, se había colado en nuestra burbuja de aire acondicionado y Wi-Fi gratis.
—Me pregunto quién será el siguiente —murmuró Sarah, más para sí misma que para nadie. Su pregunta flotó en el aire de la mesa, cargada de una morbosidad que nos hizo a todos sentirnos un poco sucios.
Leo soltó una carcajada seca, un sonido áspero que hizo que varias cabezas se giraran hacia nosotros.
—Bueno, por primera vez en mi vida, estoy encantado de no haber ganado la lotería genética —dijo, pasándose una mano por su incipiente calvicie y señalando su rostro con una patata frita—. Soy calvo, uso gafas gruesas y mi mayor logro del año pasado fue montar un mueble de IKEA sin que me sobraran tornillos. Estoy completamente a salvo. El Carnicero ni siquiera me miraría dos veces.
Sarah le dio un codazo, pero no pudo reprimir una pequeña sonrisa. Era humor de trinchera, el único mecanismo de defensa que nos quedaba. Reírse para no gritar.
—Eres el casi nuevo y sigues con esa chispa de picardía —dijo Sarah con una sonrisa—. ¿Cuántos años deben pasar para que dejes los chistes?
—Muchos más. Tantos como sean posibles hasta terminar con mi misión.
Ambos rieron, pero yo no podía reír. Solo podía mirar la pantalla, la imagen del edificio acordonado, y sentir el peso del post-it arrugado en mi bolsillo. La broma de Leo no me pareció graciosa. Porque a diferencia de él, yo no podía estar tan seguro.
Las veces que alguien me decía “eres tan guapo como un modelo” o “si no trabajaras aquí, podrías ser actor”, ahora ya se sentían como si me dijeran: “eres el siguiente”.
Pasé el resto de la tarde en un estado de alerta máxima, mi cuerpo tenso como la cuerda de un violín. El post-it amarillo estaba ahora arrugado en el fondo de mi bolsillo, pero sentía su presencia como si estuviera al rojo vivo, quemándome a través de la tela. Cada vez que alguien pasaba por mi escritorio, mi cabeza se levantaba de golpe. Cada notificación del chat de la empresa hacía que mi corazón diera un vuelco. El zumbido de la oficina se había convertido en una sinfonía de posibles amenazas.
Justo cuando empezaba a pensar que podría sobrevivir al resto del día, un nuevo mensaje apareció en mi pantalla.
De: Asistente del Sr. Finch.
Para: Erick Asunto: Reunión
Erick, el Sr. Finch solicita tu presencia en su oficina ahora. Gracias.
El mensaje era tan frío y aséptico como una aguja hipodérmica. El Sr. Alistair Finch es el socio principal. El fantasma del último piso. Un hombre que pertenecía a una era de contratos firmados con pluma estilográfica y acuerdos cerrados con un apretón de manos en clubes exclusivos para hombres. Rara vez se dignaba a bajar a nuestro ecosistema de ruido y cristal. Y nunca, jamás, me había convocado de forma tan abrupta.
Mi pulso se aceleró. ¿Por qué yo? ¿Qué había hecho? Mi mente, ya envenenada por la paranoia, se disparó. La nota. De alguna manera, él lo sabía. O peor aún, él era el origen.
Me levanté, sintiendo que mis piernas eran de plomo. El trayecto a través de la oficina fue una tortura. Cada par de ojos que se levantaba de un monitor parecía seguirme. Vi a Sarah susurrando con Leo; cuando pasé, se callaron abruptamente. Más adelante, Marcus me observaba desde su escritorio, con los brazos cruzados y una expresión indescifrable en el rostro. No sonreía esta vez, simplemente miraba, como un halcón siguiendo el errático vuelo de un gorrión.
La oficina del Sr. Finch estaba en una esquina, aislada del resto por un pesado muro de roble y una puerta que parecía la entrada a una cámara acorazada. La asistente, una mujer con la expresión de quien ha visto demasiados secretos, me hizo un gesto con la cabeza.
El silencio fue lo primero que me golpeó, no había cubículos ni paredes de cristal, pero si había estanterías de caoba que llegaban hasta el techo, repletas de libros encuadernados en piel. Un globo terráqueo antiguo en una esquina. Y detrás de un escritorio inmenso, tan grande como un coche pequeño, estaba él.
Alistair Finch era más pequeño de lo que su reputación sugería, con un cabello plateado peinado meticulosamente hacia atrás y unos ojos de un azul pálido y acuoso que parecían verlo todo. Estaba puliendo una antigua navaja de plata para abrir cartas con un paño de seda. El suave shhh, shhh del paño sobre el metal era el único sonido.
—Erick. Gracias por venir —dijo, sin levantar la vista. Su voz era grave y pulida como la madera de su escritorio—. Toma asiento.
La puerta se cerró detrás de mí con un clic suave y definitivo que resonó en el silencio. Me senté en una de las sillas de cuero, que suspiró bajo mi peso. Finch dejó la navaja a un lado, alineándola perfectamente con el borde de un secante de tinta.
—He estado revisando los informes de calidad del lote 88-B. Los auriculares —dijo, juntando las yemas de sus dedos—. Buen trabajo.
Esperé. ¿Eso era todo? Un cumplido que podría haber enviado en un correo de dos líneas. El silencio se estiró, volviéndose incómodo, pesado.
—Tienes un buen ojo para el detalle, Erick —continuó, y esta vez sí me miró. Sus ojos pálidos me recorrieron de arriba abajo, sin prisas—. Una mente precisa. Es un bien escaso en estos tiempos de distracciones constantes.
Se levantó y caminó lentamente hacia la ventana que había detrás de mí. Pude sentir su presencia a mi espalda, demasiado cerca. Apoyó una mano en el respaldo de mi silla. Sentí el calor de sus dedos a escasos centímetros de mi nuca.
—Un hombre con tu… potencial… debe ser cuidadoso. Esta ciudad, esta empresa… puede ser un lugar voraz para el talento joven. Hay que saber navegar las corrientes. Yo estoy observando tu carrera con gran interés.
Su mano se posó en mi hombro. El contacto fue ligero, casi paternalista, pero me erizó el vello de los brazos. Fue una presión breve pero cargada de una extraña posesividad.
—Eso es todo —dijo, volviendo a su escritorio como si nada hubiera pasado—. Puedes retirarte. Sigue con el buen trabajo.
Salí de la oficina sintiéndome mareado, como si hubiera estado conteniendo la respiración bajo el agua. La banalidad de la excusa —hablar de un informe— hacía que el encuentro fuera aún más extraño y siniestro. No se trataba de los auriculares: se trataba de mí. Él quería verme, evaluarme y tocarme.
