1: El regreso de Maddie
Ella... Maddison Hilinger.
Pacticaba ballet en la academia más cara de la ciudad. Su familia era de esas que no necesitaban presentación: apellido largo, dinero viejo y gestos ensayados. Su madre, a quien solo había visto un par de veces, parecía sacada de una revista: rubia impecable, mirada afilada. Su hermana Mariana iba un par de grados arriba de nosotros. Pero Maddison... era diferente.
No solo bonita. Era hermosa de una forma poco convencional. Ojos verdes de esos que te hacen desviar la vista por vergüenza. Piel canela, cabello rubio entonces. Pero no era su físico lo que dejaba huella: era la forma en que existía. Alegre, suave, con una presencia que no necesitaba volumen. Siempre tenía una sonrisa. Y no una de esas falsas que usan los ricos para caer bien: era real.
Esa mañana, su aparición nos sacudió. Muy de pronto, jamás me lo hubiera imaginado.
Yo estaba sentado en uno de los bancos del patio, rodeado de voces conocidas y risas que ya no me hacían gracia. Jennifer —mi novia— estaba sobre mis piernas, hablándole al grupo, gesticulando más de lo necesario.
—¿Irán a la fiesta de Jackson? —preguntó mientras se acomodaba, presionando intencionalmente su cuerpo contra el mío.
No dije nada. Sentí la incomodidad escalarme por la espalda. Siempre me costó lidiar con el contacto físico en público, y Jennifer lo sabía. Lo hacía a propósito. Para provocarme o para probar un punto que nunca entendí del todo.
Mis amigos —si se les podía llamar así— se reían, como si yo fuera una criatura extraña. No sabían que lo mío no era mojigatería, era miedo. Miedo real. A sentir demasiado. A no poder controlarlo.
—Mientras haya cerveza y polvos mágicos, estaré ahí —dijo Enderson, con esa voz que usaba cuando se quería hacer el gracioso. No funcionaba.
Su comentario me revolvió el estómago.
Odiaba todo eso. Las fiestas vacías. El humo. Las risas huecas. Esa vida no era para mí. Nunca lo fue.
Antes de que Jennifer dijera algo, me adelanté:
—Ni lo pienses, Jennifer.
—¡Por favor! —hizo un puchero—. ¡No puedo creer que seas tan aburrido, Troy!
Encogí los hombros. No era una sorpresa.
—¡Te juro que si no vas, voy a...!
—¿Llorar y ser una pesadilla en mi cabeza todo el día? —interrumpí, apenas con voz.
Ella se quedó quieta un segundo. La cara se le puso roja de rabia.
—¿Me estás llamando fastidiosa?
Retrocedí de inmediato, sintiendo ese familiar nudo en el estómago.
—Lo siento —susurré, acercándome a su oído.
Se levantó como si hubiera sido empujada y se cruzó de brazos frente a mí. Me fulminó con la mirada.
—Aunque no estés de acuerdo, vas a ir conmigo. Te guste o no —espetó.
Los chicos estaban callados, pero se notaba que querían reírse. Ya los conocía: Jennifer dominaba todo, y yo, como siempre, lo permitía. No por falta de carácter, sino porque las peleas me destrozaban. Prefería ceder a soportar el caos.
—Bien, lo pensaré —cedí—. Pero no hagas tanto escándalo.
Ella pareció calmarse un poco. Apenas.
—¿Cuándo es la fiesta? —pregunté, derrotado.
—Mañana —dijo Jonathan. Luego me miró con una sonrisa cómplice—. ¿Irás a la carrera esta noche?
Asentí. Y antes de que Jennifer pudiera protestar, Enderson gritó:
—¡Hey! ¿Esa no es Maddison?
Nos giramos todos al mismo tiempo. El nombre me golpeó como un ladrillo. Sentí un latido extraño en el pecho. No podía ser.
Pero lo era.
Allí estaba. Cruzando el patio como si el tiempo no hubiera pasado. Ya no tenía el cabello rubio; ahora lo llevaba castaño oscuro. Pero sus ojos, su andar, esa luz imposible de ignorar... era ella. Era Maddie.
Me quedé paralizado. Todo dentro de mí se contrajo. No supe si era alegría, miedo o las dos cosas a la vez. Solo pude observarla. Cada paso que daba parecía un eco del pasado.
Los demás comenzaron a murmurar. Chicos lanzaron piropos idiotas. Silbidos. Comentarios. Maddison los ignoró con una elegancia que hizo que me doliera verla tan intacta.
Jennifer bufó a mi lado.
—Uy, qué flaca está. Se ve raquítica. El cambio le cayó pésimo.
—¿La conoces? —pregunté, aún sin despegar la mirada casi boquiabierto.
—Sí. Estuvo conmigo en ballet —me mira de reojo con recelo— ¿Por qué? ¿Acaso te interesa?
—No. Este... Digo... no la reconocí. Eso es todo.
Mentí. Y ella lo notó.
—¡Hey, pero está buenísima! —dijo Enderson sin filtros—. Tremendo culo y pocas tetas, tal como me gustan.
Jonathan lo empujó. Se rieron como siempre: sin alma.
—Vamos a ver quién se la liga primero —dijo Jonathan.
—Seguro que yo. Porque tú con esa cara de abort... —no alcanzó a terminar, porque Jonathan le metió otro empujón.
Yo no dije nada. Mi atención seguía fija en Maddison, que ya se alejaba. Sentí una punzada de rabia al pensar que ellos iban a intentar acercarse.
—Guácala, hablan como si esa mujercita fuera un trofeo —dijo Jennifer, cruzada de brazos— No sé en dónde tendrán la cabeza.
—Bueno, mi querida Jenni, yo puedo decirte dónde la tendré pr...
—¡Cállate! —Jonathan le dio un golpe seco en la nuca antes de que terminara.
Jennifer se giró hacia mí, tomándome del brazo.
—Vámonos, mi amorcito.
—¿A dónde? —pregunté, descolocado.
—Lejos. No quiero volver a ver la cara de la vieja esa de ciencias.
—Estoy de acuerdo —dijo Jonathan, guiñando a Enderson—. Nosotros, este... creo que vamos a la cafetería, a mí se me antojó un café. Nos vemos al rato.
Mentira. Sabía perfectamente que iban tras Maddison. Me hervía la sangre del coraje. Pero no dije nada. No era asunto mío. ¿O sí?
—Vamos, mi amor —insistió Jennifer.
La seguí. Sus curvas se movían con seguridad, y todos la miraban. Yo también. Pero no de la misma manera. No con deseo superficial.
Yo la quería. Pero no sabía si de la forma correcta.
Llevábamos cinco meses de relación. Jennifer era hermosa, intensa, brillante. Y a veces, completamente incontrolable. Pero me gustaba su compañía. Me hacía sentir acompañado. Me hacía sentir... algo. Y a veces, eso bastaba.
Aunque... ese día, por primera vez en mucho tiempo, supe que no era suficiente.
En realidad, nunca me sentí suficiente.