Hasta Que Me Comas

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Summary

🩸✨ Descripción de la historia: Eidan siempre sintió que no encajaba en su pueblo… pero lo que menos esperaba era encontrar a alguien aún más roto que él. Una cabaña oculta entre los árboles. Un hombre solitario con ojos de hielo y manos que huelen a sangre. Un cuchillo. Una sonrisa. Un secreto. Silas no buscaba compañía, mucho menos amor. Pero cuando Eidan cruza su puerta, algo en él cambia. No solo le provoca hambre… le provoca deseo. Un deseo que mezcla ternura, locura… y carne cruda. Atrapado entre el miedo y una atracción inexplicable, Eidan empieza a cuestionar todo: su cordura, sus límites, su humanidad. Porque amar a un monstruo no siempre significa huir. A veces, significa dejarte devorar. 🖤 Una historia donde el romance arde entre cuchillos, miradas intensas y secretos que saben a sangre.

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Olor A Hierro Y Madera

Capítulo 1: El Encuentro

El pueblo de Elmsridge siempre fue demasiado callado. Las calles eran tan silenciosas que los pasos se escuchaban incluso con el viento soplando. Era el tipo de lugar donde los secretos se enterraban más rápido que los cuerpos, y donde la gente aprendía desde niño que era mejor no hacer demasiadas preguntas.

Eidan jamás encajó ahí.

Con diecisiete años y un corazón terco, soñaba con huir. Había nacido en ese rincón gris del mapa, criado por su abuela después de que sus padres desaparecieran una noche de tormenta, y desde entonces vivía con un cosquilleo constante bajo la piel. Un presentimiento. Como si algo en ese pueblo lo vigilara. Lo esperara.

Esa tarde, como muchas otras, Eidan tomó su chaqueta y se perdió por el bosque. No era que buscara nada en particular, solo quería escapar. De la rutina. De la soledad. De las pesadillas que siempre lo despertaban con los gritos de su madre que nunca recordaba con claridad.

Pero ese día el bosque estaba… distinto.

Más denso. Más frío. Como si los árboles se inclinaran un poco más, observándolo.

Y fue entonces cuando lo vio.

Una cabaña, escondida tras una colina cubierta de musgo, con ventanas tapiadas por dentro y una chimenea que escupía humo dulce, casi metálico. Eidan no recordaba haberla visto antes. Y eso era raro, porque él conocía ese bosque como la palma de su mano.

La curiosidad lo empujó hacia la puerta, y contra todo juicio lógico, llamó.

—¿Hola? —preguntó, sin recibir respuesta.

El olor era… extraño. Carne asada, pero con un fondo amargo, casi como óxido.

La puerta crujió al abrirse, revelando un interior cálido, limpio… y a un hombre.

Alto. Ropa negra, camisa de lino, cabello lacio y oscuro cayéndole hasta el cuello. Tenía las mangas arremangadas y un cuchillo en la mano. Estaba frente a una tabla de madera, cortando algo que parecía carne cruda, roja, jugosa.

El hombre alzó la mirada y sonrió. Su sonrisa no era amable, ni del todo hostil. Era el tipo de sonrisa que te congelaba los pies.

—Tienes suerte de haber llegado justo a la hora de la cena —dijo con voz grave—. Pasa, no muerdo… a menos que me lo pidas.

Eidan retrocedió, pero sus pies no respondieron del todo. Algo en ese hombre —en su voz, en sus ojos verde oscuro— le hablaba a un rincón oculto de su alma. Uno que él nunca había querido explorar.

—¿Cómo te llamas? —preguntó el hombre.

—Eidan.

—Bonito nombre. Yo soy Silas.

Silas le ofreció una copa de vino tinto, y Eidan la aceptó, intentando ignorar el temblor en sus dedos. Mientras bebía, los ojos de Silas lo recorrían con calma depredadora. Cada sorbo sabía un poco más fuerte. Un poco más metálico.

—¿Qué haces aquí solo, Eidan? —preguntó Silas, sentándose frente a él. El cuchillo aún descansaba en su mano—. ¿Acaso no te han dicho que hay hombres peligrosos en el bosque?

Eidan tragó saliva. El calor de la chimenea se sentía insoportablemente denso.

—No… no sabía que alguien vivía aquí.

Silas inclinó la cabeza, como un cuervo curioso.

—Yo vivo aquí. Me gusta la tranquilidad. Me gusta… cocinar.

Eidan no supo si era el vino, el miedo o algo más, pero sintió cómo su cuerpo se aflojaba lentamente, atrapado en la mirada intensa de aquel extraño.

—¿Qué estás cocinando? —preguntó en un susurro.

Silas sonrió, y en su sonrisa había algo cruel y hermoso al mismo tiempo.

—Un poco de pierna. La traje fresca esta mañana.

Eidan quiso reír, pensar que era una broma, pero la forma en que Silas sostuvo su mirada lo hizo tragar sus dudas junto con el vino.

Y justo cuando iba a levantarse, tambaleante, Silas lo sostuvo por la muñeca.

—¿Sabes? Tú hueles distinto… —dijo con voz baja—. Como si no pertenecieras aquí. Como si fueras especial.

Eidan se estremeció. Su pulso golpeaba contra su garganta.

Silas acercó su rostro al de él, casi rozando su oreja.

—Y me gusta cómo hueles, Eidan…


Fin del capítulo 1.