Introducción
Querido lector:
Debo admitir que las advertencias no son de mi agrado. Es simple, considero que si decides correr el riesgo de leer, en parte se trata de la maravilla de sorprenderte con lo que pueda suceder, sea bueno o malo, hermoso o desagradable, real o irreal. Es parte de lo que implica la lectura: ignorar el riesgo de lo que pueda pasar… al igual que en la vida.
Teniendo esto en cuenta, aquí está mi única advertencia. Este libro abordará temas muy sensibles para algunos, fetiches demasiado extremos para otros, o incluso demasiado suaves para otro grupo. Todo lo narrado aquí es ficción, y si se asemeja a la realidad, es porque ocurre en un contexto del mundo real. Y si parece una fantasía, es porque, en ese día en particular, quise traer un poco de magia a esta dura existencia.
Espero que lo leas, lo juzgues, lo ames, lo odies, te repugne y te deleite, eso es lo que deseo. Y si no, al menos espero que sean tres minutos de tu día en los que puedas relajarte.
Así que, aquí vamos...
“Hoy es el primer día de mi nueva vida. He recitado mis votos perpetuos; oficialmente soy una de las esposas de Cristo y servilmente me entrego a Él.”
—Yocasta —la llamó una voz amable y sublime.
—Hermana María, ¿qué pasa?
—Ya está aquí el nuevo sacerdote. Vamos, tenemos que ir a verlo.
Con poca prudencia, el par de devotas llegó a examinar la novedad. Esperaban que este hombre fuera mucho más flexible y reflexivo que su anterior sacerdote y, por supuesto, mucho más centrado en su labor de entrega al Señor. Yocasta tenía claro que su antecesor no lo era; por eso el hombre claudicó.
—Hermanas, es un placer unirme a su congregación. Mi nombre es Caín —era un joven muchacho, de sonrisa amplia y mirada sensual, cuya sotana se apretaba fogosamente a su cuerpo como una segunda piel.
Yocasta lo examinó por un tiempo prolongado, intentando desvelar la esencia de este nuevo agregado a su congregación. Ella era conocida en su comunidad por su afable personalidad: cálida, tierna y servicial. Era la encargada de encaminar a las almas perdidas y a las nuevas reclutas dispuestas al servicio de Dios. Pocas lo lograban y muchas menos permanecían, pero no por esto la ardua labor de Yocasta desfallecía. Esperaba que este joven muchacho no fuera un impedimento para sus metas.
Lo que nadie sabía era que, a pesar de su recta apariencia de religiosa consagrada, la serena mujer guardaba celosamente un viejo secreto…
—¿Dónde lo quiere?
—Dámelo en la boca.
El hombre aceleró el ritmo de su mano, frotando violentamente su firme miembro, dando de vez en cuando suaves golpes sobre mis prístinos labios, que parecían rezar por un poco del elixir que se exasperaba por salir.
—Agh —gimió afligido el hombre—. Sabina, tan fina como siempre —me sonrió animado, esperando una respuesta de mi parte. Sugerente, relamí mis labios, sintiendo el líquido viscoso que se había escapado de mi boca.
—Tan delicioso como siempre —di una buena actuación.
Poco después salí de la habitación y conté los billetes. Este hombre siempre me daba una propina abundante. Guardé el dinero entre mi escote. Era mi último cliente del día. Agradecí que este fuera un tipo tranquilo.
Volví a mi apartamento e hice el recuento de las ganancias. Suficiente para los gastos, y tal vez un pequeño gusto.
Sabina fue el nombre que elegí. Empecé en este negocio cuando cumplí veinte años. Estudiaba un oficio sin futuro para el que nunca fui buena… no importa. Una de mis compañeras me lo aconsejó. Al principio me negué, incluso me mostré indignada, pero por las deudas y mi falta de habilidad, lo tomé. Además, no lo quería admitir, pero la idea de ser deseada y vilmente usada por hombres al azar me parecía tan sucia como excitante.
No mentiré y diré que siempre fui casta e inocente, que algún villano genérico se acercó a mí con la idea de la lujuria representada en una manzana para corromperme. No. Me corrompí yo sola. Tan pronto como descubrí mi propio sexo, abusé de él tantas veces que perdí la cuenta. Me desconcertaban las niñas pulcras que negaban autosatisfacerse o no tener interés por esto en absoluto. ¿En qué valle de mojigatería estarían viviendo? Me gusta el sexo y no temo admitirlo.
Trabajaba como independiente, sin ningún chulo o padrote, como prefieran llamarlo. La mayoría de las veces mis clientes me contactaban por mis anuncios en internet para encontrarnos en un hotel o en los llamados “hoteles del amor”, y en ocasiones alquilaba una habitación donde el gobierno nos había designado un espacio: allá donde las putas son permitidas, donde todos están seguros de lo que hay. Algunos nos repudian, otros nos idolatran, otros simplemente nos ven como un mal necesario. A mí, no puedo negarlo, simplemente me gustaba mi trabajo.
Escribo esto porque quiero plasmar la historia de esos clientes, aquellos… por los cuales cambió mi destino, sin saber cómo ni cuándo… Me condenaron a mi propio infierno.