1 - A Escondidas

—Me encanta cuando estamos así... —Dijo Sean, besando el pelo de Harry mientras acariciaba su espalda.
—No más que a mí... —Aseguró Harry, aferrado al pecho desnudo y cálido de su novio.
—Tengo que irme, bonito.
—¿Algún día cambiarán las cosas?
—Eeeeh... Claro, solo hay que esperar un poco... No es tiempo de tener esta conversación, lo sabes, ¿verdad precioso? —Preguntó, Sean, vistiéndose apresurado.
—Lo sé, —suspiró Harry, sin poder evitar el dolor que le causaban esas palabras.
—Bésame, nos vemos en la escuela.
Harry le devoró la boca, para dejar su recuerdo en los labios de su novio.
Una vez que sintió la puerta cerrarse, se derrumbó en su cama y sin darse cuenta, se durmió. Así lo encontró su mamá, una hora después.
—¡Harry! ¡Despierta! ¿Otra vez lo mismo?
—¿Qué pasa, mamá?
—¿Cómo que qué pasa, Harry? Estoy segura que otra vez estabas aquí con ese “novio” tuyo, —dijo haciendo comillas en el aire.
—Sean, mamá. Se llama Sean, deberías saberlo ya.
—Nunca me acostumbraré a llamarlo por su nombre, no mientras tengan una relación tan poco sana. Y sabes que no me gusta que venga, ¿podrías tú entenderlo?
—No sé por qué te molesta tanto, pero no tenemos dónde más estar...
—Hay mil lugares donde ir con un novio, hijo. Hay parques, cines, teatros, museos, conciertos, heladerías y bla bla bla. Contéstate tú por qué no van a esos lugares. Y ahora levántate y ayúdame con la cena.
—Ya voy...
Harry se levantó, se dio una ducha rápida y se puso apenas un pantalón de pijama y una polera sin mangas. Ayudó a pelar y picar algunas verduras, y cuando estuvo listo, se sentaron a cenar, justo cuando llegaba André, el padre de Harry.
—Hola bebé, —saludó a Amy. —Hola hijo. Vengo muerto de hambre, ¿qué hay de cenar?
—Hola papá... Apenas pasta y salsa boloñesa...
—¿Cómo apenas? Estás muy desagradable, Harry.
—¿Otra vez anduvo por aquí ese chico? —Preguntó André, entendiendo de a dónde venía el malestar que sentía en su esposa.
—Sí, lo mismo de siempre, —confirmó.
—Harry, —murmuró, —sabes lo que pensamos de tu relación con Sean. ¿Por qué insistes en traerlo? Recuerda que apenas tienes diecisiete, y hacemos lo posible por apoyarte en todo, pero no abuses.
La cara de Harry medía dos metros, estaba aburrido de esa conversación. Sus padres no lo entendían.
—Lo sé, y les agradezco mucho que lo hagan, pero parece que ustedes no entienden que yo estoy enamorado y que él me ama también.
—No es manera de amar, y lo sabes. Y ya no quiero hablar más de esto, —dijo molesto, André. —¿Cómo estuvo tu día, bebé? —Preguntó cambiando de tema.
—Bien cariño, lo de siempre. Muchos pacientes en la consulta, y no faltan los problemas. Hoy llegó una señora reclamando porque se le había salido la tapadura de una de sus muelas. Cuando le pregunté si había comido algo duro, confesó su responsabilidad y me dijo que su hija le llevó manzanas, nueces y almendras... Imagínate, ¿qué esperaba? Le dije como cien veces que la tapadura era temporal por mientras el dentista le terminaba el tratamiento, pero la señora no entendió.
—Tienes tanta paciencia, bebé. No sé cómo lo haces.
Y Harry miraba y escuchaba a sus padres hablar y darse miradas llenas de amor, y le daba un poco de pena no poder tener lo mismo con Sean. Se ofreció a lavar los platos, mientras sus padres se sentaban a ver una película. Después intentó estudiar, pero se durmió en medio de aburridos números.
Despertó molesto, con el horrible sonido de la alarma. Se levantó maldiciendo, y se metió a la ducha. Después de vestirse, ordenó su mochila. Tenía examen de matemáticas a primera hora y no había estudiado. Pasó por la cocina, donde encontró un sándwich y una manzana, con una nota de su mamá.
“Ten un buen día, y suerte en tu examen. Te quiere, mamá“.
Guardó la fruta en uno de los bolsillos de la mochila, y salió de su casa masticando su pan. Caminó hasta la parada de buses, que estaba a tres cuadras, y tuvo suerte de que el bus que esperaba llegó en apenas dos minutos.
Después de un viaje de casi media hora, se bajó a dos cuadras de la universidad. Una vez que iba entrando, alcanzó a dar tres pasos, cuando vio a su novio arrinconando a una de sus compañeras, mientras sus amigos lo alentaban a “concretar” su juego.
Como siempre, Harry se unió a los gritos. Sabía que Sean no llegaría a besarla, pero su pobre corazón sufría demasiado.
Diez minutos después, se encontraron en el baño.
—Bonito, ya no te pongas así, tú sabes cómo es esto... —Intentaba consolar a un Harry que estaba a punto de llorar.
—Nunca me voy a acostumbrar a que tengamos que escondernos, que no podamos andar de la mano... ¿Por qué? —Preguntó muy angustiado, Harry.
—Precioso mío, soy el capitán del equipo de fútbol, se espera de mí que ande con todas las porristas, nuestros amigos así lo dicen... Y sabes que yo aún no me atrevo a decir que soy gay, —susurró. —Por favor, entiéndelo...
—¿Hasta cuándo?
—Nos queda un mes de clases, y luego en la universidad todo será distinto, te lo prometo.
—Está bien...
—Te amo bonito, no lo olvides... Que eso te ayude a soportar esto... Para mí tampoco es fácil...
—Lo siento, lo siento... Yo entiendo, en serio. Ahora vete.
Se dieron apenas un beso rápido y Sean salió. Dos minutos después, salió Harry.
Estaban reunidos en el pasillo con sus amigos, conversando de esa última conquista del capitán.
—Debiste besarla, —dijo Chris.
—Es la más bonita de la clase, —opinó Charles.
—Es cierto, —confirmó Harry, con la voz ligeramente temblorosa.
—Ya será. Prefiero dejarla con las ganas, ya saben cómo es esto, —explicó Sean, sonriendo engreído. —Cuando quiera la tengo.
—¿Te vas a acostar con ella? —Fue el turno de Theo.
—¿O va a ser como con Marion, que no pudiste? —Preguntó Sam, con cizaña.
—Marion nunca me gustó tanto, por eso no la llevé a la cama. Pero si quiero lo hago ahora, —contestó Sean a la defensiva.
—Ahí viene el profesor, mejor entremos antes que nos repruebe, —dijo Harry, feliz de ya terminar con esa conversación tan estúpida y superficial.
Cada vez le costaba más participar de ellas. Llevaba ocho meses de relación con Sean, y ese mismo tiempo tolerando esas mal llamadas conversaciones entre amigos, esas participaciones en momentos horriblemente incómodos, esa relación que solo se volvía real entre las cuatro paredes de su habitación.
Sean desde el primer momento le advirtió de que las cosas serían así, y a Harry incluso le pareció divertido en los primeros días. Era como de películas tener un romance secreto; pero pronto entendió lo difícil que sería todo desde ahí en adelante.
Llevaba ocho meses a la sombra de lo que debía ser y representar Sean. Verlo coquetear con las chicas más lindas de la escuela, recibir mensajes a toda hora de sus amigos que lo incitaban a lanzarse a ellas, ojalá a todas en el menor tiempo posible, porque eso hacía un capitán de fútbol, ¿no?
Y Sean también sufría. Venía de una familia donde era hijo único, y su mamá había muerto cuando él tenía apenas doce años, producto de un accidente, un choque entre el bus donde viajaba y un camión. Se quedó a cargo de su padre, un hombre machista y orgulloso de su hijo hombre, quien perpetuaría su apellido, y lo haría abuelo de una docena de nietos. Pensar en asumirse gay, para Sean, era prácticamente aceptar que lo echaran a la calle luego de una gran golpiza. Tenía miedo de la reacción de su papá, y eso Harry lo entendía. Pero lo que no podía entender, era tener que representar un papel de chico hetero en la escuela y frente a quienes se llamaban sus amigos. Pero Sean también tenía miedo de que lo corrieran del equipo. Los gays eran objeto de burla, eran los solitarios, eran los desplazados, los que nadie quiere. Eso decía Sean, aunque para Harry no era así.
Y Harry soportaba porque amaba con su vida a su novio, porque Sean pese a todo, era dulce, amable, tierno y preocupado cuando podían ser ellos mismos, sin caretas. En la casa de Harry, todas las tardes después de la escuela y antes de que llegara Amy, cocinaban, veían películas, jugaban, estudiaban, se reían y se amaban. Recuperaban el tiempo perdido con creces, y eso ayudaba a Harry a soportar mejor los momentos en que debían aparentar ser solo amigos.
A veces lograban darse un beso apurados en el baño, o mandarse un papel con un mensaje garabateado rápido. Un roce de sus manos cuando caminaban, una mirada cuando nadie los veía.
La madre de Harry, era la confidente de su hijo, y conocía la historia de ese noviazgo desde que era un simple gusto del uno por el otro. Y por lo tanto, conocía todos los pormenores de la relación y por eso, estaba muy en desacuerdo y molesta con la situación.
Más allá de que Harry fuera su hijo, nadie debería tener que ocultarse, menos un par de chicos enamorados que recién comenzaban a vivir. Le dolía profundamente cuando escuchaba llorar a Harry algunas noches o cuando simplemente lo veía derrotado después de un día particularmente difícil.
Jamás olvidaría una tarde en que Harry le contó cómo tuvo que soportar ver a Sean, darle un beso a una chica; y aunque fue en la mejilla, el mundo de Harry se trizó. Lo abrazó con todo su amor de madre, y siempre intentaba darle fuerzas para terminar con lo que ella decía, era una mala y falsa relación. Pero Harry no podía dejar de comparar un mal día, con lo maravilloso que era estar entre los brazos de su amado novio.
El padre de Harry sabía por su esposa lo que sucedía, y evitaba involucrarse mucho, a petición de Amy. De lo contrario, simplemente habría tomado a su familia, y se hubiesen mudado a otra ciudad. Así de drástico. Claramente no estaba de acuerdo con lo que estaba sucediendo, le desgarraba su alma el ver a su pequeño sufrir por una relación oculta. Solo esperaba, con toda su alma, que las cosas cambiaran antes de que su hijo quedara completamente dañado.
El día jueves en la tarde, y como siempre, estaban en la casa de Harry. Sean había preparado una pizza y Harry había limpiado todo. Comieron entre besos y migajas, sonriendo felices, conversando animados. Fue un momento especialmente bello, que fue coronado con una sesión de sexo maravilloso, de completa entrega, de besos llenos de amor.
—Te prometo que poco a poco esto cambiará, —dijo Sean. —No voy a dejarme influenciar por los chicos para acercarme a alguna de las porristas...
—¿De verdad?
—Claro que sí, —Aseguró. —Te mereces que me esfuerce, y lo voy a hacer...
—Te amo...
—Te amo, bonito... Mucho... Debo irme...
—¿Solo diez minutos más? Quiero que me abraces...
—Está bien... Ven acá.
Estaban tan cómodos, que no se dieron cuenta de que se quedaron dormidos. Hasta que llegó Amy. Solo sintieron los ligeros golpes en la puerta, y se dieron cuenta de la situación. Se levantaron y vistieron en tiempo récord, nerviosos.
—¿Harry? ¿Por qué tienes la puerta con seguro?
—¡Ya voy mamá!
Se acercó a abrir la puerta, y lo primero que vio Amy, fue a Sean.
—Hola, —saludó molesta.
—Hola señora Amy... Perdón por estar acá, ya me voy. —Le dio un suave y rápido beso a Harry y salió.
Harry se quedó en silencio y la cabeza gacha.
—Mira Harry, que sea la última vez. Tu papá ya no quiere saber más del tema, y está a punto de pedir que lo trasladen a Liverpool y sabes lo que eso significa.
—Ustedes no pueden hacerme eso... Mamá, dime que es mentira... ¿Quieren matarme? ¡Sean es mi vida!
—¡Que te respete entonces! Y tú también debes hacerlo, Harry. ¿Cuánto más vas a aguantar? ¿Qué va a pasar si las cosas nunca cambian?
—Van a cambiar, Sean me lo prometió...
—¿Y tú sigues creyendo en ilusiones? Tienes que entender que una cosa es que él no pueda mostrarse en su casa, pero diferente es tener que dárselas de conquistador con cuanta chica linda aparezca, eso no se hace Harry. Ojalá y lo entiendas.
Harry ya no habló más, solo él sabía que las cosas empezarían a ser diferentes.
Amy salió de la habitación, dejándolo solo.
Y en la soledad de su habitación, y pese a todo, sonrió. Porque recordó cada segundo de esa tarde tan increíble que pasaron juntos, en que se sintió mejor que nunca, en que Sean lo amó con más intensidad. Se sentía feliz, se sentía en el cielo y anhelaba que ya llegara la siguiente tarde en que pudieran compartir, antes del fin de semana, en que no podían verse.
Esa noche, la cena con sus padres fue en un silencio incómodo. Nadie habló, los tres por diferentes motivos, los tres pensando en que ojalá las cosas fueran diferentes.
Harry había soñado muchas veces con que, en esas cenas, Sean estuviera presente. Que conversaran los cuatro, que su novio se sintiera parte de una verdadera familia, que entendiera que había personas que lo aceptarían tal y como era, sin máscaras. Irían de vacaciones juntos, tendrían la venia de los padres de Harry para estar juntos en cualquier lugar y hora, y quizás, hasta aceptarían que vivieran juntos cuando cumplieran los dieciocho años. Era tan fácil en la mente de Harry, ¿cómo podía ser tan difícil, si había amor de sobra?
André pensaba en cómo era posible que un padre no apoyara a su hijo. Si bien, él mismo fue un hombre machista, todo cambió cuando conoció a Amy. Ella le enseñó la importancia de la igualdad en la pareja, de lo valioso que era poder hablar de cualquier tema sin miedos, de llegar a acuerdos. Y cuando tuvo a Harry, aprendió que pasara lo que pasara, él sería un padre apañador, compañero, cómplice. Le dolía saber que Sean no tenía una buena figura paterna, porque sabía cuánto podía dañarlo, y eso repercutiría en Harry.
Amy pensaba en lo injusto que era para su hijo haberse enamorado de alguien con tantos problemas. Harry merecía que lo respetaran, que no lo escondieran, que alguien lo tomara orgulloso de la mano y lo llevara en un viaje repleto de amor. Pero no, su hijo se había enamorado hasta la médula de ese chico, y ella era consciente de lo complejo que era tener sentimientos por alguien con problemas. Ella lo vivió antes de conocer a André.
Y así como empezó la cena, terminó. Los padres de Harry se fueron a dormir temprano, mientras Harry creaba en su cama, escenarios ficticios donde él y Sean eran libres y felices.
Al día siguiente, viernes, todo parecía tranquilo en la escuela. Las clases pasaron con normalidad, y tenían todo que ver con preparar los exámenes finales. Apenas quedaba un mes de clases y había mucho que estudiar.
Al terminar su última clase del día, Harry caminó hacia la salida, para poder irse a casa, donde diez minutos después llegaría Sean. Sin embargo, todo su mundo colapsó cuando vio una imagen que jamás podría olvidar en su vida.
Estaba su novio, abrazando a la misma chica del otro día, mientras sus amigos estaban un poco más allá divertidos mirándolos, y alentándolo a dar un paso más. Harry rogaba en su interior porque eso no pasara, pero su respiración se volvió errática y difícil. Apenas cinco segundos después, lo inevitable. Sean la besó en los labios y apretó su cintura, en medio de los vítores de los demás que veían la escena.
Harry estaba sin palabras, con los ojos nublados de lágrimas, con un dolor horrible en cada fibra de su cuerpo. El mundo por completo se oscureció a su alrededor, dejó de tener sentido su vida, su realidad, su presente y más aún, un futuro que no llegaría jamás. Sus manos como un gélido paisaje, se sintieron más vacías que nunca, sus labios se volvieron secos y sus oídos retumbaban como en la peor pesadilla. No podía caminar, no podía reaccionar, solo podía ver a Sean besando eternamente a la chica linda, la chica que siempre sería más que él, la chica que tenía la fortuna de que no la escondieran.
Apenas pudo caminó rápidamente, siendo detenido por uno de sus amigos.
—¿Dónde vas? Tenemos que celebrar esta nueva conquista de nuestro capitán.
—No me siento bien, creo que me cayó mal el almuerzo, quiero vomitar...
—Ooooh, anda al baño, ¿te acompaño? Quizás necesitas un poco de agua.
—Prefiero irme a casa...
—¿Y dejar a Sean solo? ¡No puedes! No te lo perdonaría. Respira profundo y míralos. Hacen una pareja increíble, mira cómo la toma... Creo que esos van a terminar en la cama esta noche... ¿Cuánto apuestas?
—No es necesario apostar, —dijo Harry, mareado y con la vista nublada. —Está claro que se gustan y qué mejor que llevarla a la cama... Me voy...
—Buuu, qué aburrido. Pero vete, tienes muy mala cara. Yo les aviso a los demás.
—Gracias, nos vemos el lunes...
Harry caminó arrastrando los pies. Tuvo que afirmarse de uno de los pilares que estaban a la entrada de la escuela. No soportaba tanto dolor, y no se sentía capaz de llegar a su casa. Se sentó en el suelo, y llamó a su mamá para que fuera a buscarlo.
Amy apareció corriendo casi veinte minutos después, y su corazón de madre se hizo trizas.
—Santo Dios, Harry, ¿qué pasó?
—¿Puedes llevarme a casa?
—Vamos...
Amy ayudaba a Harry a ponerse de pie, cuando escucharon gritos alegres. Pudieron ver cómo Sean volvía a besar a la linda chica, ahora en la entrada de la escuela, donde todos podían verlos.
La mirada de Sean se cruzó, primero con los ojos de Amy y luego con los de su novio, y se sintió morir. Supo que había pasado el límite.
Y Amy entendió todo, no hacían falta más palabras. Tomó a Harry y lo subió a un taxi. Logró llevarlo hasta su cama, y lo acostó. Harry ardía en fiebre.
Le puso paños en la frente, le dio medicina, pero Harry no reaccionaba. Media hora pasó en medio de la desesperación de ver tan mal a su pequeño, que deliraba a ratos y llamaba a Sean.
El timbre de la casa resonó por todo el lugar.
Amy abrió, sabiendo muy bien a quien iba a encontrar.
—¿Qué haces aquí? —Preguntó enojada.
—Señora, yo necesito hablar con Harry, explicarle, contarle...
—¡Nada! —Interrumpió. —No te quiero volver a ver aquí ni cerca de mi hijo. ¿Ya estás contento y conforme? ¿O necesitas más tiempo para seguir dañándolo?
—Las cosas no son lo que parecen.
—No, son peores. Lo sé. No te bastó herirlo por meses, ocultar su relación. ¿Ahora también lo humillas y pisoteas?
—Nunca haría eso...
—¿No? ¿Entonces? ¿Vas a gritarle a los cuatro vientos que tienes una relación con un chico?
—No puedo hacerlo...
—Exacto. No puedes hacerlo, pero sí puedes besar chicas, y lastimar a mi hijo. No lo mereces, vete.
—¡Por favor!
—¡Qué te vayas!
Y Amy cerró la puerta de golpe, dejando a un Sean destruido.
Sí, sabía que había cometido un gran error, quizás el peor de su vida. Pero la presión era mucha y cada vez peor. Intentó por semanas evitar ese momento, pero no tenía más opción. El año iba a acabar y no había besado a ninguna de las porristas, todo quedaba siempre en coqueteos o abrazos como mucho. Y sus amigos lo notaron, por eso le exigieron que hiciera lo de besar a la chica.
Sean caminó hacia su casa completamente devastado. Y apenas llegó, se encontró con su padre, que lo esperaba para conversar.
—¿Dónde estabas? ¿Por qué vienes con esa cara de culo?
—Un mal día, papá... Solo eso...
—¿Cuándo vas a traer alguna novia? Estás bastante viejo para no tener algo con alguna chica. ¿Me vas a decir que no hay ninguna en la escuela que te guste?
—No papá... No tengo tiempo, ser capitán del equipo de fútbol me quita mucho tiempo y tengo que estudiar... Si no saco buenas calificaciones me quitan el puesto...
—Tienes razón. Entonces, espero que para las vacaciones las cosas cambien. No me gustaría saber que andas en los mismo pasos que el chico ese que es tu compañero, que es un maricón gay. Qué horrible debe ser para sus padres tener un hijo enfermo, los compadezco.
—Sí... debe ser espantoso... Voy a estudiar, papá...
—Acuérdate que te toca preparar la cena.
—Sí, yo lo hago...
Sean subió a su habitación, y se desplomó en su cama a llorar en silencio. Sabía que había perdido a su amor, a su Harry, a su razón. Le envió cerca de veinte mensajes, lo llamó, pero solo encontró silencio, uno que le ardía en el pecho.
Y Harry no tenía idea de nada, porque dos horas después seguía envuelto en los calores de la fiebre, aunque lentamente se iba a haciendo menor su temperatura. Amy no se había separado de su lado, y no sabía si quería que Harry volviera a estar consciente, porque estaba segura de que el dolor de lo que pasó era demasiado para soportar.
Pero inevitablemente, eso pasó. Luego de que a Harry le bajara la fiebre, se durmió cerca de tres horas, y cuando despertó, le costó un poco darse cuenta de dónde estaba y por qué. Hasta que las imágenes empezaron a aparecer, una tras otra, como un flash en su cara, restregándole la traición de Sean. Otra vez la sensación de estar paralizado apareció, otra vez las ganas de querer morir, otra vez la presencia del vacío, la ausencia de calor.
Lloró, lloró con la almohada en la cara, lloró con rabia, con pena, con delirio y verdad; con ferocidad y lamentos, con angustia y realidad, porque entendió que eso que había pasado ese día, seguiría pasando una y otra vez, y que su novio jamás podría salir de ese círculo, hasta que hiciera su vida lejos de su padre y eso significaba un par de años quizás, porque Sean tampoco quería hacer el intento de trabajar y estudiar, pensaba que era demasiado. No se atrevió a esforzarse, y era claro en ese momento, que no lo haría, ni siquiera por Harry. Y Harry por fin lo entendió.
Pasarían mil años y le iba a doler toda su vida. Ya nada tenía sentido, ya todo había acabado. Lo que pasara en adelante con su vida no le importaba. Había quedado vacío, y nada podría remediarlo, ni siquiera la mejor explicación de Sean... ¿Quería escucharlo? Sí, quería, quería verlo y escucharlo y pensar en seguir, porque era lo que hace una persona enamorada, pero no. No más. Nunca más.
Amy sabía que Harry estaba llorando, pero no entró a verlo. Le dio su espacio para que botara lo que más pudiera su pena, ella estaría lista y dispuesta para cuando su hijo la necesitara. André ya había llegado, y estaba en el sofá con su esposa, solo esperando. Casi murió cuando supo lo que había pasado, y en conjunto con Amy, pensaron seriamente en la mudanza.
Liverpool tenía una de las mejores universidades públicas, y estaban seguros que alguna carrera podría interesarle a Harry. Solo esperaban que su hijo pudiera levantarse de tan horrible experiencia.
A eso de la medianoche, Harry fue a la cocina por un poco de agua. Después al baño, y se espantó al ver su reflejo tan mal. Tenía los ojos rojos e hinchados, su piel fantasmal de lo pálida, su pelo enmarañado. Parecía un cadáver, porque lo era. Una parte de él había muerto hace unas horas atrás.
Volvió a su cama, y se arropó bien. Hacía frío. Pero no podía dormir, así que tomó su celular y se dedicó a leer los mensajes de Sean.
“Hablemos bonito... Por favor no nos hagas esto...”
“Todo tiene solución si hay amor, precioso. Lo sabes”.
“Esta vez fue la última, te lo juro, por favor créeme...”
“Sabes que te amo, dame una última oportunidad...”
“Harry, mi vida, por favor contesta...”
El último mensaje era de hace apenas diez minutos. Contestó.
“Jamás podría perdonarte, y me duele el alma. Te entregué lo mejor de mí, te creí cada vez que me aseguraste que ya no más, que las cosas cambiarían, pero nunca fue verdad. No vale la pena que hablemos o que intentemos arreglar las cosas porque yo ya estoy roto, porque yo ya entendí que lo tuyo es cobardía... Y no me lo merezco, nunca me lo merecí, y pese a todo, seguiste adelante. Era más fácil dejarme que hacerme sufrir, ¿por qué continuaste con nuestra historia? Este dolor de mi pecho no se va, no me deja en paz, no sé cómo se hace para volver a vivir. Tu imagen besándola se repite como un espiral en mi mente y me hiere. No vuelvas a escribirme”.
Apretóenviar, y dejó su teléfono a un lado. Pronto tenía una llamada de Sean entrando. Suspiró, pero contestó.
—Dime...
—Bonito mío, por favor escúchame... Lo siento tanto, por favor perdóname... —dijo Sean llorando despacio. Se notaba la angustia en su voz. —Siempre voy a lamentar el haberte herido, el haber hecho cosas que te dañaran... Siempre te mereciste todo y yo apenas te di migajas... Precioso de mi corazón, volvamos a intentarlo, déjame intentarlo, conquistarte de nuevo... Te juro que terminando las clases todo el mundo sabrá que estamos juntos, que te amo y siempre te he amado... ¿Harry? ¿Estás ahí? Dime algo...
—Tienes razón... Me diste migajas, sobras, lágrimas... No vuelvas a llamarme, no me mandes mensajes, no me lo merezco... Vete con tus amigos de mierda, con tu equipo de fútbol, que ellos te consuelen, yo no lo haré más. Adiós.
—Harry, ¡espera!
—Qué.
—Te amo y sé que me amas, podemos hacerlo juntos, podemos empezar desde cero... te juro que sí, bonito, te lo juro que sí. Trabajaré y estudiaré para poder irme de casa y no depender de mi papá y en la universidad todos nos verán ser felices, es una promesa, una nueva, una de verdad... Harry, créeme...
—Adiós, Sean... Adiós.
Harry colgó muriendo de pena. Le creía cada una de las palabras a Sean, cada silencio, cada pregunta y cada respuesta las creía, porque era Sean, su novio, su amado novio, por quien hubiese hecho mil locuras, a quien le entregó todo lo que era. Le creía, todo le creía. Era fácil hacerlo, era fácil intentarlo, pero no era justo. Estaba a una llamada de pedirle que fuera a envolverlo entre sus brazos, que le devolviera el calor que había perdido, que lo besara hasta que olvidara todo lo que había pasado, que le hiciera el amor con intensidad y vehemencia, que lo llenara de nuevos momentos y nuevas experiencias... Pero no era justo. Quería olvidar ese día, esas horas muertas, ese dolor que seguía lacerando su piel; quería sentir otra vez que lo amaba más que a nadie en el mundo, que solo Sean sea su motivo, que por siempre fuera el hombre de su vida, que podían ser felices en algún tiempo que no era el hoy. Pero no era justo.
Tuvo que apagar el teléfono porque los mensajes y llamadas iluminaban la pantalla del teléfono cada treinta segundos. La cabeza le dolía y le martillaba de una manera horrible, tenía mucho asco. Corrió al baño y devolvió todo lo que tenía en el estómago, haciendo un pequeño escándalo, cuando no pudo evitar llorar sentado en el suelo.
André se levantó a preparar un té de manzanilla, mientras Amy ayudaba a su hijo a llegar a la habitación. Una vez en su cama, su papá le dio a beber el té y Amy lo arropó. Cada uno se acostó al lado de Harry, dándole calma, y seguridad. Fue la única manera en que Harry pudo dormir unas horas aunque en sus sueños seguía estando con Sean, y eran libres y felices.
El fin de semana pasó en silencio. Los padres de Harry le dieron todo el espacio a su hijo, para que hiciera lo que pudiera. No quiso desayunar ni almorzar ninguno de los dos días, pero sí cenó apenas un trozo de pizza.
El domingo en la noche, Amy se atrevió a hablar con su hijo.
—Sé que quizás no te sientes preparado, pero necesito saber cómo estás, qué piensas hacer.
—¿Puedo ir mañana a la escuela?
—¿Para qué?
—Nunca les dije a los idiotas esos que soy gay, y sé que no tengo por qué hacerlo, pero quiero ir y restregárselo en sus caras...
—¿Y después?
—No quiero volver...
—Puedo ir a hablar para que des exámenes, ¿te parece eso?
—No, no quiero volver.
—Te queda apenas un mes, hijo.
—¿No podemos mudarnos? ¿Y que yo termine de estudiar en Liverpool?
—La mudanza no es algo tan fácil ni rápido, pero puedo ir a la escuela y pedir que te cierren el año con las calificaciones que tienes.
—Eso sería increíble... ¿Puedo dormir con ustedes?
—Claro que sí... Las veces que quieras y necesites.
Temprano se acostaron, después de que André hiciera varias llamadas.
Al día siguiente, Harry se bañó y se vistió. Desayunó una manzana, y luego se fue a la escuela. Iba intentando respirar profundo, mantenerse controlado y tranquilo.
Lo primero que vio apenas llegó, fue a Sean esperándolo.
—Harry, viniste... —Saludó feliz y esperanzado.
—No fue por ti, —contestó pasando de largo.
Tuvo sus clases como siempre, y al finalizarlas, buscó a algunos amigos para despedirse. Su mamá ya estaba hablando con el director, iban a juntarse a la salida.
Caminó hacia la cafetería, donde encontró a su grupo de “amigos”, incluido Sean, que se notaba estaba triste y desolado.
—¡Harry! —Saludó Theo. —¿Dónde estabas?
—No creo que con alguna porrista, nunca le han gustado, —dijo Sam, conocido por su humor tan poco amable.
—Tienes razón, no me gustan, no me gustan las mujeres, Sam.
—¿De qué hablas? —Preguntó Charles.
—Soy gay, ¿lo entienden? G A Y.
Un pequeño silencio apareció.
—¿Lo eres? Nunca lo noté, —afirmó Chris, —pero a mí me da lo mismo lo que te guste.
—A mí igual, —confirmó Theo.
—A mí no, qué asco, —escupió Sam. —Di algo Sean.
—Eres muy valiente...
—De todas maneras, me da igual lo que opinen. Vine a despedirme, me largo de esta escuela. Fue un gusto conocerlos, Chris, Theo y Charles. Pero a ti Sam, y a ti Sean, hubiera deseado no haberlos conocido jamás. Por mí, púdranse.
Harry se dio la medio vuelta, y salió, encontrándose con su mamá.
—¿Pudiste despedirte?
—Sí, mamá. Espero no volver nunca a este lugar.
—Nunca digas nunca, pequeño. Uno no sabe las vueltas que da la vida. Mejor digamos, que si vuelves, sea en condiciones muy distintas. ¿Vamos por un helado?
—No tengo ganas...
—Pero yo sí, así que me acompañas.
Estuvieron toda la tarde dando vueltas por el centro comercial, con la excusa de Amy de que Harry necesitaba ropa nueva.
—No me dijiste cómo te fue con el director.
—Le tuve que contar lo que había sucedido, y me entendió y te entendió. Va a pedirle a los profesores que te cierren el año con las calificaciones que tienes, aunque eso no sea muy bueno para tu promedio final. ¿Ya sabes que te gustaría estudiar?
—Lo he pensado mucho, pero creo que ingeniería...
—¿Ingeniería? ¿Tú? ¿Qué pasó con literatura?
—Literatura es lo que íbamos a estudiar con Sean, y no quiero tener nada que ver...
—Pero, entonces, no te gustaba tanto.
—¿La verdad? Amo con mi vida la literatura.
—Entonces no hay más conversación. Te matrículas tú o lo hago yo. Deja libre a ese chico, él pude hacer lo que quiera, no pienses en él, ya no más.
—Tienes razón, mamá. No voy a cambiar lo que soy ni lo que quiero por él.
—Eso es, pequeño. Ahora vamos a casa y preparemos una rica cena para tu papá, a ver qué noticias nos tiene.
Esa noche, Harry quiso dormir solo. Necesitaba un poco de espacio para llorar, y seguir botando su pena. Había tenido un destello de esperanza cuando confesó su homosexualidad a sus amigos, de que Sean asumiera también su verdad, pero no pasó.
Y sí, volvió a llorar. Volver a verlo le despertó todo su amor, le revivió todo lo que sentía por ese chico, absolutamente todo. Lo necesitaba, lo quería a su lado con sus besos, su presencia, sus migajas. Estaba a una llamada de distancia, de decir sí, te espero hasta las vacaciones... Pero una vez más, una voz en su interior le dijo que no era justo.
Suspiró una y mil veces, como si esos suspiros pudieran llevarse un poco de su pena. Pero no pasaba, nada podía calmar a su aflicción ni la amargura que empezaba a corroerlo, ¿pasaría algún día todo ese dolor? ¿Podría la distancia darle una tregua?
Su papá tenía la autorización para mudarse cuando quisiera, por lo que Harry y Amy, viajarían al día siguiente a Liverpool a buscar casa o departamento para empezar cuanto antes con el cambio y una nueva vida.
Al mediodía del día martes ya estaban en la nueva ciudad, y fueron a visitar algunos lugares para ver si lograban conectar con alguno que fuera a ser su nueva morada, y sí, encontraron un departamento de muy buen tamaño, tres habitaciones y una bonita cocina, ubicado cerca del centro. Desde ahí pasaron a almorzar, y luego fueron a la universidad de Liverpool a conocerla, y también Amy aprovechó de dejar su hoja de vida en algunas consultas dentales. Disfrutaron mucho el viaje, aunque la mayor parte del tiempo, Harry estuvo en silencio.
Al volver a casa, de inmediato empezaron a guardar la mayor cantidad de cosas, para poder mudarse el fin de semana. Y ese fue un momento difícil para Harry, porque aparecieron todas las cartas, fotos, discos, peluches y regalos que había compartido con Sean durante esos ocho meses. Los miró uno a uno, recordó cada momento, y lloró una vez más. No estaba listo para dejar ir esas cosas, así que las metió en una bolsa de basura y las dejó en una esquina.
Esa noche, Sean fue a buscar a Harry a la casa, y esa vez, André lo recibió.
—Buenas noches señor...
—¿Buenas noches? ¿Qué quieres?
—¿Puedo hablar con Harry?
—Claro que no. Él te dijo que ya no lo busques, y ni Amy ni yo vamos a permitir que te vuelvas a acercar a nuestro hijo. Por favor, vete.
—Yo lo amo tanto... —Dijo comenzando a llorar. —Por favor, déjeme verlo una vez más...
Y el corazón de André se conmovió.
—Lo siento, pero no puedo hacerle eso a mi hijo. Intenta seguir adelante, ojalá algún día puedas ser libre y no tener que esconder lo que eres ni lo que sientes.
—¿Podría, por lo menos, decirle que me mande un mensaje... a cualquier hora?
—Lo haré, pero no lo voy a obligar, lo sabes. Ahora vete, es tarde para que andes solo en la calle.
—Adiós, señor...
André cerró la puerta y miró a Amy con cara de pesar.
—Ay, bebé... Ese chico está muy mal...
—Lo sé, esto no ha sido fácil para ninguno de los dos... Y él, además, está solo, no tiene quien lo acompañe.
—Casi lo hago pasar, pero no es justo para nuestro Harry.
—Así es. Nuestro deber es con nuestro hijo, y espero con todo mi corazón, que Sean encuentre consuelo y un nuevo motivo para seguir adelante. ¿Le vas a decir que le mande un mensaje?
—No sé por qué me comprometí a hacerlo, pero bueno... Dudo que Harry quiera hacerlo, de todas maneras.
—Sí... Ayúdame a empacar algunas de tus cosas.
—Vamos, hermosa.
Amy sonrió y le tendió la mano a su esposo.
Cuando terminaron de organizar algunas fotos, y ropa, pasaron a decirle buenas noches a Harry, que estaba abrazado a la bolsa de basura llena de recuerdos.
A Amy ya no le quedaba más corazón para romper. Se agachó y sutilmente le quitó la bolsa a su hijo, y André lo ayudó a levantarse.
—Vino a buscarte... —Contó André.
Los ojos de Harry se iluminaron durante un segundo, para luego volver a apagarse.
—¿Debería verlo? —Preguntó con esperanza.
—Eso solo lo sabes tú, —respondió Amy. —Lo que sea que decidas, estaremos aquí.
—Gracias...
Harry se acostó a dormir, pero antes de cerrar los ojos, le envió un mensaje a Sean.
“Sé que viniste a buscarme, pero no sé qué quieres de mí. ¿Hay, de verdad, algo importante de lo que hablar?”
La respuesta llegó casi de inmediato.
“Dame la oportunidad de hablarte por última vez. Te juro que si después no quieres volver a saber de mí, respetaré tu decisión”.
“Mañana a la salida de la escuela”.
“Gracias, bonito de mi corazón”.
Harry se durmió con una pequeña esperanza en su sangre y despertó con más ánimo. Se duchó con ganas, se vistió con esmero, desayunó con apetito.
—Vas a verlo, ¿verdad? —Preguntó Amy.
—Sí... Quiero saber qué tanto necesita decirme.
—¿Quieres que te acompañe?
—No... Puedo hacerlo solo.
—Bien, espero que salga todo bien. ¿Vas a esperarlo a la salida de la escuela?
—Sí...
—Muy bien. Tienes tiempo, ¿puedes preparar el almuerzo? Necesito ir a la consulta a arreglar unos documentos.
—Yo cocino, mamá. No te preocupes.
—Ya me voy, nos vemos hijo...
Harry quedó solo y se dedicó a limpiar y cocinar. A la hora indicada salió camino a la escuela, llegó diez minutos antes de la salida. Estaba de pie en uno de los pilares, cuando vio a lo lejos a Sean y su grupo de amigos que se acercaban sin haberlo visto. Se escondió un poco, no quería hablar con todos ellos, pero pudo escucharlos.
—El video que le tomaste a Ashley es de lo más caliente que he visto... ¿Todo eso te comiste? Eres mi ídolo, —decía Sam.
—Cállate, —pidió Sean, —no me gusta que hablen de eso, es un secreto.
—No puedes hablar en serio. Te acostaste con ella anoche, grabaste un video super hot, y ahora no quieres que hablemos de ello, ¿quién te entiende? —Preguntó Sam.
—No quiero que hablen mal de ella, es eso...
—Creo que a ella le da lo mismo, sino no lo hubiese hecho, así de simple.
—Dudo que ella supiera que Sean la estaba grabando, ¿o me equivoco? —Habló Chris.
—Claro que no lo sabía, —aseguró Theo.
A esa altura, las lágrimas de Harry eran un mar en su hermoso rostro.
—Cambiando de tema, —dijo Sam, —¿alguno ha vuelto a hablar con Harry – gay?
—¿Por qué te importa? —Cuestionó Theo.
—Porque no puedo creer que nos haya engañado tanto tiempo. Menos mal no es contagioso, —¿cierto amigo? —Preguntó abrazando a Sean.
—Sí, qué horrible. Ya no se puede confiar en nadie, es un verdadero asco, bien lo dijiste.
—Bueno, nos vamos, —dijeron a un tiempo Theo y Chris. —Nos vemos mañana.
—Me voy con ustedes, —avisó Sam, dejando solo a Sean, quien rezaba porque Harry no llegara todavía.
Sin embargo, pronto lo vio sentado en el suelo, entendiendo que no tenía ya ninguna opción de ser siquiera escuchado.
De todas maneras se acercó y se sentó al lado de Harry.
—Lo siento... —Susurró. —Te juro que puedo explicarlo...
—Habla... Te escucho...
Esas palabras descolocaron a Sean, no las esperaba.
—Lo de Ashley es... Tuve que hacerlo, ya sabes...
—Lo sé.
—Eeeeh, lo demás... también lo sabes... Harry, perdóname... Si estás conmigo es más fácil.
—Lo sé...
—¿No vas a decirme algo más?
—¿Sirve de algo?
—Te amo, sé que no pudiste dejar de amarme, ¿me equivoco?
—Te amo, Sean... y por eso me duele tanto, por eso ya no puedo estar cerca de ti... No me merecía esto, terminaste de matarme, me diste una última puñalada y no sé si lo pueda soportar.
—Podemos hacerlo, de verdad...
—No podemos... Me voy de Londres, y espero no volver jamás. Adiós para siempre...
Harry se puso de pie y caminó por horas, hasta que se hizo de noche y no podía seguir ignorando las llamadas y notificaciones de mensajes en su teléfono. Se detuvo en algún lugar, que no recordaba conocer, y llamó a su mamá.
—Por Dios, Harry, ¿dónde estás?
—No sé, solo caminé y ahora estoy perdido...
—Toma un taxi y vente.
—Pero no tengo cómo pagarlo...
—Lo pagas acá, no te preocupes de eso.
—Está bien...
—Llámame cuando lo hayas tomado.
—Sí, mamá...
Colgó y pidió un taxi.
Se demoró casi media hora en llegar a su casa, pero lo hizo finalmente cerca de las nueve de la noche.
Amy lo estaba esperando en la puerta, junto con André. Pagaron la carrera, y entraron con Harry hasta la cocina. Lo hicieron sentar y comer algo.
—¿Nos vas a contar qué pasó?
Y Harry, en medio de más lágrimas, les contó lo que había pasado. Sus padres no podían creer lo que estaban escuchando y simplemente lo abrazaron.
Lograron que se durmiera en medio de los dos, recibiendo caricias y mimos de sus padres.
—Agradezco a Dios que ya falta menos para que nos vayamos... —Susurró André.
—Sí... No soporto más esta situación, no quiero ver más a Harry así, y sé que falta mucho para que pueda si quiera, empezar a sanar...
—¿Crees que quiera ir a terapia?
—Lo dudo. No por ahora, tal vez más adelante, pero sería muy bueno.
—Sí... Debe tener muchas cosas guardadas que no puede verbalizar con nosotros.
—Así es cariño... ¿Vamos a dormir aquí?
—Sí, bebé.
—Anda a cambiarte y vienes, para que después vaya yo y no lo dejemos solito.
—Voy.
Esa noche lograron dormir algo mejor. Y el fin de semana apareció sorpresivamente. Se levantaron temprano y rápidamente cargaron las cajas en el camión, y todos los muebles y electrodomésticos. André se iría en el camión, y Amy y Harry en tren, para recibirlos.
A última hora del domingo, pudieron terminar de acomodar todo.
Y se sentía como el comienzo de una nueva vida, para los tres.