Prólogo
¿Es el alma más pecaminosa que el cuerpo?
La carne es vendida a la maldad. La busca… y la halla. Nada le complace más que entregarse a la voluptuosidad, al deseo de ir siempre al límite. Usa el presente como excusa del futuro, encontrando así consuelo en su desvío, descanso en su aberración y justificación en su injusticia.
Pero, ¿No es acaso más temible el corazón del hombre que su cuerpo?
Lo físico no es causa, sino reflejo de lo invisible: responde a lo que nace en lo profundo. El pecado brota primero desde el alma —desde el corazón— y cuando lo hace, el cuerpo no tarda en tomar la escena con dominio, deseando con ansias que su compañero le obedezca.
Y al supuesto compañero, nada le fascina más que someterse: se rinde al pecado, a la rebeldía, a la lujuria. Y no con vergüenza, sino con confusión, el alma se excusa a sí misma, diciendo:
—“¿No fue él quien me incitó primero? ¿No fue su debilidad la que me arrastró?”
La carne, ahora convertida en amo orgulloso, ríe entre dientes, sabedora de que su plan ha funcionado. Como Pilato, se lava las manos, dejando tras de sí solo dudas en el esclavo.
Ninguno de estos dos es mejor que el otro, pero está claro: entre ambos no producen bien alguno.
Pero, ¿Qué es realmente el bien? ¿Cómo puedo afirmar que, por ejemplo, 'aquel es bueno y este otro no'?
Cuando el hombre busca su moral, su conciencia, se encuentra a sí mismo en una caja: desconcertado y perdido. Sabe que su cuerpo es frágil ante la tentación y que su alma, corrompida por el pecado, no es una guía confiable. ¿Dónde están, entonces, sus buenas obras? ¿Son realmente parte de él? ¿Le nacen con naturalidad?
El bien le ha sido revelado, pero no le es propio sin ayuda de lo Alto. En él está el anhelo de lo justo, pero sus fuerzas se inclinan hacia la astucia. ¿Cómo confiar en el juicio de alguien más hábil para el mal que para el bien? Eso es una obviedad: no se debe.
(No piensen que mis palabras nacen de la desesperanza. Puede parecer trágico, sí… pero no hay verdadera confianza en el hombre si en él solo mora la carne, si está desprovisto del Espíritu de Dios.)
Volviendo: el amo autoproclamado —la carne— disfruta sus días sin corrección, sin confrontación y, en definitiva, sin verdad. Sabe que el alma posee mayor entendimiento, mayor fuerza, y que en lo profundo aún desea ser libre. Por eso actúa rápidamente: le corta las alas y la encierra de nuevo bajo su mandato.
Sus ideales, sus sueños y sus buenas obras le son arrebatadas al sometido. Pero no es el amo el hurtador, sino el mismo desamparado. Abandonar su propio ser le hace ser igual de culpable que el otro. Rechaza el Regalo del Padre, creyéndose la víctima, el esclavo.
A pesar de esto: los papeles están decididos. En cuanto le dio paso a la cautividad, esta le sostuvo de brazos y piernas. Y no quiere dejarlo en libertad.
El actuar de los que lo atan está a la orden de su palabra y él no piensa usar esto para su beneficio. O más bien: convierte su ruina en bienestar.
Normaliza —gracias a la influencia de ellos— el extravío; le encuentra sabor a su perdición. Por esto no opone resistencia.
Y ahora bien, considerando a todos los malos y perdidos: ¿Puede nombrarse al peor? ¿Podemos defender a muerte a alguno de estos? ¿O solo nos queda desertar nuestra tarea: juzgar?
El que decide encarcelar al que tiene potencial sería, quizás, el más apedreado. Tal vez ellos, que lo atan, también serían objeto de acusación. Pero para mí: el que se deja encarcelar, aun habiendo conocido la libertad; lleva una culpa mayor, una carga más pesada.
El corazón, también llamado "el esclavo" y ahora "el culpable", le da un nuevo significado a él mismo: no es más el representante del sentir humano, sino que ahora es el más engañoso y perverso de entre todas las cosas.
Y debido a esto, pienso que aun así, él —el esclavo— es más necesitado del perdón. Lo busca, casi sin saberlo, de mayor manera que otros, a pesar de que el perdón es necesidad de todos.
Hablando almáticamente y con evidencia: su crimen es mayor, pero su quebrantamiento también lo es. Y lo convierte en el mayor criminal y, aunque parezca contradictorio, también en el más inocente.
El que busca, halla. Y el corazón busca el bienestar real, no una vida perdida. No lo sabe, pero quiere ser libre; de manera verdadera y completa. Y por eso busca el perdón, y lo encuentra por gracia. Obteniendo redención y libertad como consecuencia, sin siquiera merecerlo; pero recibiendo, ahora gustosamente, Su Regalo.
Y si el amo adquiere, luego de cometer tanto mal, la apertura de cárcel; ¿cuánta libertad puede obtener él, quien ha sido considerado —en interioridad— menos inicuo?
Así es como encontramos un caso especial, paradójico.
El cuerpo no puede recibir libertad alguna. No decidió rechazar su humanidad como el esclavo, es verdad. Pero este mismo exceso de humanidad es el que lo despoja de su perdón.
El esclavo —el corazón, el alma— duda. Piensa en el pasado más que en el presente, le asusta más el futuro que lo anterior, y su inseguridad lo lleva a permanecer en lugares inhóspitos.
Pero el amo —la carne— sabe con certeza dónde debe estar. Conoce su lugar. Y cuando se siente parte, lo identifica. Aun así, nada le parece más cómodo que la incomodidad y decide, por cuenta propia, alejarse de su hogar.
Repitiendo mis palabras: todos necesitan el perdón, pero no todos lo buscan. Y el amo pertenece a ese grupo: ve la libertad como ajena a la redención, como contrincante de la humillación.
Creer que “ser libre es desatar la rebeldía” es ideología del amo, nacida del orgullo e ignorancia. Desde lo terrenal.
Por esto, lamentablemente: no será justificado, no aún. Las verdaderas leyes difieren de las nuestras y van más allá de lo que creemos razonable.
Si dejamos de lado el crimen de rechazar el Regalo, y si desnudamos en profundidad a cada uno, podemos identificar —quizás— la diferencia base entre ellos.
El interior, según yo, es más fácil de oír que de ver. Uno no puede ver a través del alma y del cuerpo. Mas estos hablan. Susurran.
Agudizando nuestro sentido, es posible percibir las señales. Acercando nuestro oído al pecho, podemos oír los dos latidos, las dos voces:
—“¿Cómo podré verlo, ahora, a los ojos?”
...
—“A veces siento remordimiento y, sin embargo, yo he pasado cosas peores que él, por lo que debe aprender.”
...
—“Sé que puedo huir de esto, pero… ¿debería? Sufro, aunque al menos tengo algo de alimento aquí. No, no pertenezco…”
...
—“Conozco sus pensamientos, su sentir. Es hasta divertido ver la ingenuidad del corazón.”
...
—“¿Cuántas personas pasaron cosas peores y son, aun así, más valientes que yo, que muero de hambre?”
...
—“Solo disfrutaré de esto un tiempo. Luego me arrepentiré, y asunto terminado.”
...
—“Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti.”
El alma es dueña de la duda, como dijimos, pero gracias al Padre conoce la respuesta correcta. Su duda puede ser reemplazada con respuestas. Y, al haber sido derramado de estas, nada más le queda que volver a casa.
Si el corazón —que es tan engañoso— puede encontrar la Verdad, solo es cuestión de tiempo antes de que el cuerpo ceda.
Vivir en la rebeldía, disfrazada de libertad, es un lujo para los amordazados. Y sin embargo… es motivo de huida para los Libres, para los que conocen Espíritu, para los que manejan Cuerpo y Alma.
Quizás, ninguno de estos dos es más pecaminoso que el otro,
pero su decisión de volver o no es lo que los diferencia.