I. Susurros y leyenda
El sol había salido muy temprano esta mañana porque tanto la luz como el calor irradiaban a través de las viejas cortinas, empapaban mi habitación iluminándola, pegando un fuerte rayo de luz a mi nueva aventura. Cada mañana que el sol ilumina elige lo que leeré ese día, hoy no era la excepción, iluminaba la cuarta estantería la más antigua que estaban compuestos por libros de aventuras, orientándome por el iluminar más profundo perseguí su luz que señalaban los dos de un costado el primero que era “El enigma del cuervo” y el segundo que era “El misterio del castillo”.
—“Elowen" — grito mi madre desde la planta baja. Miré los dos libros y cerré mis ojos el susurro de mi cabeza me guiaba a elegir el segundo libro, pero mis pensamientos querían leer el primer libro suspire un poco y hable en voz alta.
—“Ya bajo mamá“.
El susurro, ese compañero silencioso y persistente que se había vuelto mi sombra desde la noche en que mi padre se fue. Antes, mis decisiones eran un reflejo de las expectativas de Windmere, un pueblo dividido entre aquellos que vivían bajo el yugo de las reglas ancestrales y los que bailaban al son de su propia anarquía. Yo, Elowen, la hija del bibliotecario siempre había sido una de las primeras, una tejedora de destinos ajenos, una marioneta de la conformidad.
Pero la muerte de papá lo cambió todo. Fue como si un velo se hubiera rasgado, revelando un camino oculto, iluminado solo por ese susurro que ahora me hablaba, no de lo que debía ser, sino de lo que podía ser. Y, para ser honesta, era un susurro bastante insistente. A veces, casi podía escucharle decir: “Vamos, Elowen, ¿en serio vas a elegir la opción aburrida otra vez?“.
Bajé las escaleras con un paso que intentaba ser ligero, pero que resonaba con el peso de mi indecisión. Mi madre, Elara, estaba en la cocina, batiendo huevos con una furia silenciosa que solo las madres dominan. El aroma a pan recién horneado y café llenaba el aire, un consuelo familiar que contrastaba con la tormenta en mi mente.
—“¿Vas a desayunar hoy o planeas meditar sobre la existencia de los cereales?” —dijo, sin levantar la vista de la sartén. Su tono era mordaz, pero sus ojos, cuando finalmente me miró, mostraban la preocupación que intentaba ocultar. Siempre intentaba ocultarla. Era una de esas personas de Windmere que creían que mostrar debilidad era como invitar a un dragón a cenar.
—“Solo estaba... reflexionando sobre la importancia de la literatura matutina” —respondí, sentándome a la mesa. Elara resopló, sirviéndome un plato de huevos revueltos que parecían haber sufrido una batalla campal.
—“La única importancia de la literatura matutina es que te haga bajar a tiempo para el desayuno. Tu padre... él siempre fue igual. Horas perdido en esos pergaminos viejos. Y mira dónde lo llevó eso”.
La mención de papá siempre dejaba un silencio incómodo en la cocina. Desde su muerte, hacía ya casi un año, el nombre de Alaric, el bibliotecario de Windmere, era pronunciado con una mezcla de respeto y un velado reproche. Él había sido un hombre de libros, de historias, de secretos. Y su muerte, tan repentina, tan... inexplicable, había dejado un vacío que ni siquiera los miles de volúmenes de su biblioteca podían llenar. Oficialmente, había sido un accidente. Un resbalón en el sendero del Bosque Sombrío, una caída fatal. Pero el susurro en mi cabeza, ese traicionero confidente, siempre me decía otra cosa. Me decía que había algo más, algo oculto, algo que hacía casi sonar a todos esos libros viejos los cuales tenían casi referencias de todo este lugar como ese tan aflamado libro “El misterio del castillo” que parecía prometer desvelar algo.
Mientras masticaba mis huevos, mis ojos se posaron en la ventana. Más allá de los tejados de Windmere, en la distancia brumosa, se veía oscuridad en donde se contaba en las calles que se alzaba el Castillo de Eldoria. Una silueta sombría y majestuosa que dominaba el horizonte. Se decía que estaba abandonado, que era un lugar maldito, hogar de fantasmas y leyendas olvidadas. Los ancianos del pueblo advertían a los niños que ni se acercaran, que sus muros guardaban secretos oscuros y que el aire alrededor estaba cargado de una energía maligna. Era el tipo de lugar que te hacía querer investigar, si tenías un mínimo de curiosidad y una pizca de rebeldía. Yo, por supuesto, tenía ambas en abundancia.
—“¿Qué vas a hacer hoy, Elowen?” —preguntó mi madre, interrumpiendo mis pensamientos sobre arquitectura gótica y posibles fantasmas.
—“Pensaba ir a la biblioteca. Hay unos libros que papá estaba revisando... quiero ver si encuentro algo interesante”. Era una verdad a medias. La biblioteca era mi santuario, el único lugar donde me sentía realmente cerca de él. Pero mi verdadera intención era buscar cualquier pista, cualquier indicio que pudiera arrojar luz sobre su último proyecto, o sobre el misterio que, según el susurro, lo había envuelto.
Elara asintió, aunque su ceño fruncido indicaba que no estaba del todo convencida. —“Solo ten cuidado. Y no te distraigas con esas viejas historias de dragones y tesoros. La vida real es más complicada que eso”.
“No me digas”, pensé con sarcasmo. “La vida real es una maraña de decisiones, razones y susurros que te empujan en direcciones opuestas”.
Después de desayunar, me dirigí a la biblioteca. El edificio, una antigua construcción de piedra con techos altos y ventanas arqueadas, era un laberinto de estanterías que olían a papel viejo, polvo y una pizca de magia. Cada libro era un portal, cada página, una aventura. Y en ese momento, mi aventura personal estaba a punto de comenzar.
Subí los escalones de madera que crujían bajo mis pies, un sonido familiar y reconfortante. Al entrar, el aire fresco y el silencio reverente me envolvieron. La luz del sol, ahora más suave, se filtraba a través de los vitrales, creando patrones de colores en el suelo de piedra. La biblioteca de Windmere no era solo un lugar para guardar libros; era un ser vivo, con su propio aliento y susurros. Y hoy, parecía susurrarme el nombre del Castillo de Eldoria, ese castillo tenebroso que dominaba el horizonte.
Me dirigí directamente a la cuarta estantería, esa que el sol había elegido para mí. “El enigma del cuervo” y “El misterio del castillo” me esperaban, sé que en mi casa tenía copias, pero aquí estaban los reales, los que hacían a uno trasportarse a otro mundo. Mis dedos rozaron las cubiertas gastadas. “El enigma del cuervo” era un clásico en el pueblo, una historia de detectives con giros inesperados y un final satisfactorio, yo no lo había leído pero la gente siempre da un spoiler de lo que uno todavía no quiere saber. Era la elección segura, la que mi lógica, mi parte “reglamentaria”, me instaba a tomar. Pero el otro, “El misterio del castillo”, tenía una atracción magnética. Su portada mostraba un castillo sombrío, envuelto en niebla, con una única ventana iluminada, como un ojo que te observaba desde la oscuridad. Era una promesa de lo desconocido, de lo prohibido.
Cerré los ojos de nuevo. El susurro se hizo más fuerte, casi un murmullo audible en mi oído, insistiendo en el segundo libro, creo que el haber intentado escoger otra vez me había atraído al bendito libro. Era el mismo susurro que me había impulsado a investigar la muerte de mi padre, el que me decía que la verdad no siempre se encontraba en los registros oficiales. Era el susurro de mi propia intuición, de mi alma inquieta.
Finalmente, mis dedos se deslizaron sobre la cubierta de “El misterio del castillo” y lo saqué de la estantería. Era un volumen pesado, con páginas amarillentas y un olor a moho y aventura, en cambio el que yo tenía en casa era más de esos libros pequeños y nuevos que parecían resumir los capítulos. Al abrirlo, encontré una inscripción en la primera página, escrita con una caligrafía elegante y familiar: “Para mi valiente Elowen. Que la curiosidad sea tu brújula y la verdad, tu destino, que cada paso que des te abra un camino. Con amor, Papá.”
Mi corazón dio un vuelco. Papá había leído este libro. ¿O quizás lo había escrito? No, la caligrafía no era la suya, pero la dedicatoria sí. Era el verdadero libro que él había poseído, y la había dejado para mí. Esto no era una coincidencia. Esto era una señal.
Me senté en el viejo sillón de cuero junto a la ventana, el lugar favorito de mi padre. La luz del sol caía directamente sobre las páginas, como si el universo mismo conspirara para que yo lo leyera. Comencé a leer.
La historia trataba sobre una joven aventurera que se adentraba en un castillo abandonado, buscando un artefacto legendario y desentrañando una conspiración antigua. La descripción del castillo en el libro era asombrosamente similar al Castillo de Eldoria, hasta el más mínimo detalle: las gárgolas erosionadas, el puente levadizo roto, la torre del homenaje inclinada. ¿Era posible que el autor se hubiera inspirado en nuestro propio castillo, o era algo más profundo?
A medida que avanzaba en la lectura, una extraña sensación de familiaridad me invadió. No era solo la descripción del castillo; eran los personajes, las pistas, los acertijos. Era como si ya hubiera estado allí, en ese castillo de las páginas, o como si el libro me estuviera preparando para algo.
De repente, un pasaje me llamó la atención. Describía un pasadizo secreto oculto detrás de una estantería en la biblioteca del castillo, un pasadizo que conducía a una cámara subterránea. La descripción era tan vívida, tan específica, que mi mente hizo una conexión instantánea.
Recordé una conversación con mi padre, meses antes de su muerte. Estábamos en nuestra propia biblioteca, y él estaba absorto en un mapa antiguo. Me había dicho, casi como un murmullo, que las bibliotecas eran más que simples depósitos de libros; eran guardianas de secretos, y a veces, los secretos se escondían dentro de ellas. En ese momento, lo había tomado como una de sus metáforas poéticas. Ahora, se sentía como una advertencia.
Me levanté del sillón, el libro aún en mis manos. Mi mirada recorrió nuestra propia biblioteca. ¿Podría haber un pasadizo secreto aquí, en nuestra casa, el lugar que papá amaba tanto? La idea era descabellada, pero el susurro en mi cabeza, ese que no me había abandonado desde la mañana, me urgía a investigar.
Comencé a examinar las estanterías, buscando cualquier anomalía, cualquier indicio de que una sección pudiera moverse. Pasé mis manos por los lomos de los libros, por la madera pulida, por las pequeñas imperfecciones. Nada. La biblioteca parecía tan sólida y predecible como siempre.
Pero el susurro no se rendía. “No busques lo obvio, Elowen. Los secretos se esconden a plena vista”.
Mis ojos se posaron en la estantería más grande, la que ocupaba toda una pared y que mi padre había construido él mismo, con un amor casi obsesivo por cada tabla y cada clavo. Era la estantería donde guardaba sus libros más preciados, sus colecciones raras, sus manuscritos personales. Y en la parte inferior, había una pequeña sección de libros que siempre me habían parecido fuera de lugar: viejos tomos de botánica, manuales de carpintería, y un libro sobre la historia de Windmere que nunca había visto a papá leer.
Me acerqué. Había algo extraño en la forma en que esos libros estaban dispuestos. No estaban ordenados alfabéticamente ni por tema, como el resto de la biblioteca. Parecían colocados al azar. Con una punzada de emoción, recordé otro de los dichos de mi padre: “El orden es el disfraz perfecto para el caos, Elowen. Y a veces, el caos es la clave para el orden”.
Tomé el libro de botánica. Pesaba más de lo que debería. Lo abrí, y en su interior, no había páginas de plantas, sino un compartimento hueco. Y dentro de ese compartimento, había un pequeño diario encuadernado en cuero, gastado por el uso, y una llave de hierro forjado, antigua y oxidada.
El susurro en mi cabeza se convirtió en un rugido. Esto era. Esto era lo que había estado buscando. El diario de mi padre. Y la llave... ¿la llave de qué?
Abrí el diario. La primera página estaba en blanco, pero en la segunda, con la caligrafía inconfundible de mi padre, había una sola frase: “El misterio del castillo no es el castillo, sino lo que esconde”.
Mis manos temblaron. Mi padre no había muerto en un accidente. Él había estado buscando algo. Algo relacionado con el Castillo de Eldoria. Y ahora, yo tenía su diario y una llave.
La puerta de la biblioteca se abrió de golpe y mi madre apareció, con una cesta de ropa sucia en sus brazos. —“Elowen, ¿sigues aquí? Creí que ibas a... ¿Qué tienes ahí?”
Rápidamente, escondí el diario y la llave detrás de mi espalda. —“Nada, mamá. Solo... un libro viejo”.
Elara entrecerró los ojos. Su mirada era penetrante, capaz de ver a través de mis mentiras más elaboradas. —“Parece que ese ‘libro viejo’ te ha puesto bastante nerviosa. ¿Es uno de esos de fantasmas? Te he dicho mil veces que no leas esas cosas. Solo te dan ideas extrañas”.
—“No, no es de fantasmas. Es... de historia. La historia del castillo”. Intenté sonar casual, pero mi voz me traicionó con un ligero temblor.
Ella suspiró, dejando la cesta de ropa sucia en el suelo. —“El castillo. Siempre el castillo. Tu padre también estaba obsesionado con ese lugar. No sé qué tiene de especial un montón de piedras viejas y ruinosas”.
“Tiene secretos, mamá“, pensé. “Secretos que mataron a papá“.
—“Bueno, no te quedes aquí todo el día con tus ‘historias’. Tengo que ir al mercado. ¿Necesitas algo?”
—“No, estoy bien. Gracias”.
En cuanto mi madre salió de la biblioteca, cerré la puerta con llave. Mi corazón latía con fuerza en mi pecho. Tenía el diario de mi padre. Tenía la llave. Y tenía el susurro, más fuerte que nunca, guiándome hacia el Castillo de Eldoria.
La vida, en efecto, no era como la escribían, sino como uno la vivía. Y mis decisiones, mis razones, ahora estaban alineadas con el misterio. El enigma del cuervo podía esperar. El misterio del castillo, sin embargo, me llamaba. Y yo, Elowen, no iba a ignorarlo. No esta vez. Mi aventura apenas comenzaba, y el eco de los susurros de mi padre, mezclado con el mío propio, me impulsaba hacia lo desconocido. La pregunta ya no era si seguiría las reglas o el susurro. La pregunta era: ¿qué misterio me esperaba al final del camino? Y, más importante aún, ¿qué dragones, metafóricos o reales, tendría que enfrentar para desvelarlo?
Espero que les guste ♥