CECILE III

All Rights Reserved ©

Summary

CECILE III 🔥 El caos ya no es un accidente. Es una elección. Y yo siempre decidido el caos. Con la llegada de Dimitri Volkov, un ruso capaz de reducirlo todo a cenizas por la mujer que desea, la red de poder y placer que construimos comienza a quebrarse. Amara es su obsesión, y su ambición amenaza con destruirlo todo. Lucien y Bruno, enemigos jurados, se ven obligados a forjar una alianza imposible para proteger lo que aman… aunque eso signifique arrancarme en dos. Entre ellos, soy la herida abierta y la úni El deseo se mezcla con la traición, las alianzas se convierten en cadenas y el amor ya no es refugio, sino arma de guerra. En este mundo, no hay corazones intactos, solo cuerpos marcados y almas que arden entre el placer y la perdición. Cuando el caos gobierna, ¿hasta dónde puede sobrevivir el amor?

Status
Complete
Chapters
21
Rating
n/a
Age Rating
18+

El León, el Demonio y el Lobo

La respiración de Lucien era pesada, marcada, como si acabara de sobrevivir a una guerra. La piel de Amara brillaba bajo la luz tenue, desnuda sobre las sábanas revueltas. Aún podía sentirlo dentro de ella, el eco de lo que habían hecho, pero no era la sensación de haber sido poseída: era la certeza de haberlo dominado. Lucien se incorporó despacio, el sudor bajando por su espalda mientras la observaba. El demonio que todos temían estaba ahí, desnudo, vulnerable y con la mirada fija en una mujer que había derrumbado todos sus muros.

—No vuelvas a dejar que nadie te toque así —murmuró, voz rota y autoritaria a la vez.

Amara sonrió con calma, esa calma peligrosa que no pedía permiso para entrar en sus sombras.

—¿Y tú? ¿Vas a dejar de hacerlo?

Lucien bajó la cabeza, sus dedos rozando la mejilla de ella con algo que parecía ternura, aunque no lo diría nunca en voz alta.

—No solo el cuerpo, tambien el alma.

Ella lo miró directo a los ojos, sin pestañear.

—Por eso me amas.

Lucien no respondió, pero algo en su respiración cambió. No era un sí, pero tampoco un no. Era la clase de silencio que pesa más que cualquier palabra.

Nadie planeó lo que vino después de esa noche. Amara empezó a quedarse más seguido, primero dos días, luego una semana. El loft, que siempre había sido un espacio frío, comenzó a llenarse de señales invisibles de ella: un libro en la mesa de noche, una blusa colgada en la silla, su perfume mezclado con el de Lucien. Una mañana cualquiera, mientras ella se abrochaba el vestido frente al espejo, él dijo sin levantar la vista de su teléfono:

—Quedate aquí para siempre.

Amara giró la cabeza, arqueando una ceja.

—¿Eso fue una orden o una súplica?

Lucien se acercó hasta quedar detrás de ella, la mano en la curva de su cintura.

—Una advertencia.

No hubo más discusión. Esa noche el loft dejó de ser suyo. Pasó a ser de ambos.

Dieciocho meses después

El sonido de la cafetera automática llenó el aire. Amara se estiró en la cama, sintiendo el lado de Lucien vacío. Siempre se levantaba primero. Siempre dejaba una taza lista para ella. No porque fuera un gesto romántico, sino porque había aprendido cada detalle de lo que le gustaba. Era su manera silenciosa de decirle que pertenecía ahí.

Vivían juntos sin anunciarlo. Nadie lo sabía. Nadie debía saberlo. Era su secreto más feroz. Lucien entró en la habitación, el cabello húmedo, la camisa a medio abotonar.

—Despierta, CEO —dijo con una sonrisa apenas perceptible.

Amara abrió un ojo.

—No me llames así en la cama.

—En la cama te llamo de muchas formas. Esa no es la peor —contestó él, acercándole la taza.

Ella tomó un sorbo y lo miró por encima del borde.

—Sabes que esto no es amor normal, ¿verdad?

Lucien se inclinó sobre ella, la mirada fija.

—No. Es peor.

MESES ATRÁS

El recuerdo aún estaba fresco. El viñedo en Italia, las luces cálidas, Lorenzo tomando la mano de Sandra como si el mundo entero hubiera desaparecido. Amara y Cecile estaban a su lado cuando Sandra les entregó el verdadero regalo.

—A partir de mañana, la empresa será suya. Amara, serás la CEO. Cecile, tu segunda. No les estoy dando una compañía. Les estoy entregando MI ESFUERZO.

Amara no dudó. Asintió como si esa corona siempre hubiera sido suya. Cecile sintió el peso caerle en los hombros y la adrenalina recorrerle la sangre. Ese momento selló su vínculo: no enemigas, no amigas, pero unidas por algo mucho más grande que ambas.

Sandra partió a Italia con Lorenzo después de la boda. Desde allá, enviaba cartas y fotos, pero ya no era parte del tablero. Ahora era el turno de ellas.

PRESENTE

La vida de Bruno y Cecile era una mezcla de ternura y brutalidad. No tenían un cuento de hadas; tenían algo mejor: una verdad. Bruno era el líder sereno, implacable cuando se trataba de protegerla. Cecile, más fuerte, más mujer que nunca. Sus noches terminaban en risas o en sexo contra la pared. A veces ambos.

Una madrugada, después de hacer el amor, Bruno la observó mientras ella se soltaba el cabello.

—Eres otra.

Cecile arqueó una ceja.

—¿Eso es bueno o malo?

Él se inclinó para morderle suavemente el hombro.

—Es perfecto. Esta versión sabe amar y matar en el mismo movimiento.

Cecile sonrió contra sus labios. Porque era verdad.


Los dias pasaron, las semanas fueron humo. Lucien odiaba las fiestas, pero esa noche Amara lo obligó a romper la regla. El loft estaba iluminado con velas bajas, una botella de whisky caro y un pastel con un 32 marcado en azúcar.

—No me gustan las celebraciones —dijo él al entrar, aunque sin filo.

Amara lo miró desde la mesa.

—No es una celebración. Es un recordatorio de que sigues vivo.

—Habia dias en los que sentirme vivo era la peor condena.

—Hay dias en los que quisera meterme a tu mente y saber ¿Que es lo que te quema tanto?

Lucien giraba el vaso de whisky entre los dedos. La luz de las velas hacía que su expresión pareciera más joven, pero sus ojos seguían cargando años de guerra interna.

—Cuando tenía 13 años —empezó, sin mirarla—, mi padre me llevó a su oficina y me dejó solo con cinco hombres armados. Me dijo: “Si quieres quedarte, sobrevive. Si quieres irte, muere”.

Amara no se movió. No había compasión en su rostro, solo atención absoluta.

—Aprendí rápido que nadie te da nada gratis. Ni afecto, ni respeto, ni siquiera tu nombre. Todo se gana. Todo se cobra.

Se bebió el resto de whisky de un trago y soltó una risa corta, sin humor.

—A los 15 ya sabía negociar armas y a los 17 ya sabía que el placer era una herramienta más letal que una pistola.

Amara se inclinó hacia adelante, sus manos rozando las de él.

—¿Y tu madre?

Lucien bajó la mirada, una sombra cruzando sus facciones.

—Mi madre me enseñó a seducir, pero también me enseñó a desconfiar. Decía que el amor es un arma de doble filo: si lo das, te mata; si lo usas, conquistas.

Hubo un silencio pesado. Amara respiró hondo.

—Por eso eres como eres. Por eso necesitas tener el control hasta cuando amas.

Lucien levantó la vista y por primera vez en años, no intentó esconder nada.

—Sí. Pero contigo no me pasa eso, eres luz para mi, y si te pierdo, pierdo todo.

Amara se acercó y le quitó el vaso de las manos. Lo dejó en la mesa y se sentó sobre él, a horcajadas, sujetándole el rostro con firmeza.

—No tienes que perderlo todo, Lucien. Solo tienes que dejar que te ame sin miedo.

Él la miró,no como el demonio o el amante posesivo, sino como un hombre que había sobrevivido a base de cicatrices.

—¿Y tú vas a enseñarme eso?

Amara sonrió, rozándole los labios.

— Yo voy a quemarte hasta que aprendas a ser humano.



Era una noche cualquiera en la oficina de Bruno. Los ventanales dejaban ver la ciudad iluminada y el eco de pasos de Cecile acercándose con dos tazas de café.

—¿Sigues trabajando? —preguntó, dejándole una en el escritorio.

Bruno asintió, sin levantar la vista de la carpeta que tenía frente a él. Había algo en su expresión que no era estrés habitual, sino alerta.

—Llegó esto —dijo al fin, extendiéndole una carta con el sello rojo y dorado de la Asociación de Corporativos Internacionales. Cecile la tomó, sintiendo la textura gruesa del papel.

La abrió despacio. Las palabras “Congreso de Magnates – Tallinn, Estonia” resaltaban en tinta negra elegante.

—¿Un congreso? —preguntó ella.

—No cualquiera. Solo invitan a los líderes que controlan más del 40% del mercado global. Es casi un tablero de ajedrez disfrazado de seminario.

Cecile leyó la fecha y levantó la vista.

—Es en tres semanas.

Bruno dejó el bolígrafo, por fin mirándola.

—Alguien quiere que estemos ahí. Este tipo de invitaciones no son casualidad.

—¿Sabes quién?

Bruno negó con la cabeza.

—Eso es lo que me preocupa.

Cecile apoyó la cadera en el escritorio, cruzando los brazos.

—Entonces no vas solo.

Él arqueó una ceja.

—No es un viaje romántico, Cecile. Es una reunión de lobos que no se dan la mano sin esconder una navaja.

Ella se inclinó, su tono bajo pero firme.

—Perfecto. Entonces llévame. No pienso dejarte rodeado de depredadores sin mí.

Bruno la observó un segundo más de lo necesario, esa mezcla de orgullo y miedo que solo Cecile sabía despertarle.

—Sabes que si vienes… no puedes fallar ni un movimiento.

—Bruno… —ella sonrió de lado, inclinándose hasta quedar a centímetros de su boca—. Yo no fallo.

Bruno dejó la carta en la mesa y suspiró.

—Esto no es un simple evento, Cecile. Es una trampa con champagne.

Cecile iba a responder cuando el teléfono de Bruno vibró. Un mensaje cifrado, remitente desconocido. Solo decía: “No faltes. Lleva a tu reina.”

La sangre se le enfrió. Ese tipo de lenguaje no era corporativo. Era guerra.

—Bruno… —Cecile tomó el móvil, leyendo el mensaje—. Esto no es una invitación. Es una declaración.

Él iba a contestar cuando el teléfono volvió a vibrar, esta vez encriptado en la línea privada que solo unos pocos conocían. Bruno contestó.

—Riveroll.

El silencio al otro lado duró un segundo demasiado. Luego, una voz grave y familiar.

—Nos veremos en Tallinn.

Bruno apretó los dientes.

—Lucien.

La risa baja de Legrand llegó como un cuchillo elegante.

—No te sorprendas. Cuando convocan a los reyes, no dejan a nadie fuera del tablero.

Cecile intercambió una mirada rápida con Bruno.

—¿Tú también recibiste la invitación?—Dijo bruno con voz serena.

—Más que una invitación —contestó Lucien, y la voz bajó hasta volverse un susurro peligroso—. Es una advertencia.

Bruno sintió la tensión en los músculos de su mandíbula.

—¿Sabes quién lo organiza?

Lucien no dudó.

—Sí. Y si estoy en lo correcto, esto no es un congreso. Es un cebo.

Un silencio. Cecile se inclinó hacia el teléfono, su voz cortante.

—¿Cebo para qué?

La respuesta de Lucien fue una sola palabra que heló la sangre en la habitación:

—No lo se.

El aire se volvió denso.

Lucien cortó la llamada, pero no antes de soltar algo que hizo que Cecile se enderezara.

—Nos vemos en Estonia. Y Cecile… —una pausa, casi un guiño—. Cuida a tu rey. Yo llevaré a la mía.

La línea murió.

Bruno y Cecile se miraron en silencio, la tensión cortando el aire. Afuera, la ciudad seguía brillando, ajena al hecho de que acababan de mover la primera pieza de una guerra que nadie estaba listo para pelear.


Y a miles de kilómetros en un castillo medieval lleno de lujo , Dimitri Volkov sonrió al escuchar que sus cartas habían llegado a destino.


El avión descendió entre montañas blancas. Cecile apoyó la frente contra la ventana y sonrió.

—Es hermoso.

Bruno le tomó la mano.

—Tú eres hermosa.

Unas horas después, una junta lo apartó de ella. Cecile decidió caminar sola por el pequeño pueblo cubierto de nieve. El aire frío quemaba dulce en los pulmones.

La campana de la puerta sonó cuando entró a la cafetería. El olor a pan recién hecho le calentó las manos.

Y entonces lo vio.

Un hombre enorme, cabello rubio cenizo en desorden, tatuajes asomando bajo la camisa arremangada, ojos grises como tormenta. Tenía una niña en el regazo y un cisne de papel en los dedos. Cuando sus miradas se encontraron, Cecile sintió que el mundo se detenía. Él fue el primero en hablar, su acento ruso rozando cada palabra como si la saboreara.

—¿Quieres intentarlo? —le tendió otra servilleta, la sonrisa apenas marcada.

Los dedos de Cecile rozaron los de él.

—¿Quién eres?

El hombre dobló el papel lentamente, ojos fijos en ella.

—Recuerda este momento, ptichka. Siempre es bueno ver al lobo antes de que muerda.

Cuando se levantó, la cafetería se sintió más fría.

“Dimitri Volkov un hombre majestuoso de 1.90. Tatuajes que contaban historias que nadie sobrevivía para repetir. Ojos grises que parecían medir cada alma. Su cuerpo era un mapa de guerra y deseo. Un depredador con la paciencia de un santo y la crueldad de un dios. Esa noche, bajo la nieve, Dimitri sonrió. Porque había olido sangre en el aire”

Nota del autor:

Tragame tierra y escupeme en los brazos de Dimitri 🌝