🐈⬛ I - Raven
Sí, para protegerte me debo convertir en el villano; con deleite, acepto tu odio.
—Raven
Había dos cosas que odiaba desde que llegaba al palacio del Imperio de la Luna. La primera, el maldito compromiso que tenia con el emperador Wolfgang. Y la segunda, al emperador Wolfgang.
—Princesa, por favor. Coma un poco mas el día de hoy —la acompañante que me dejo el imbécil, era por mucho la persona más amable que había conocido en estos tres días.
El apetito había desaparecido y aunque sabía que debía comer para no perder energía, no podía tolerar la comida. De la cólera que tenía en contra de Wolfgang, todo me daba náuseas, las cuales al final terminaban en un dolor de cabeza infernal con el estomago revuelto.
—No tengo hambre —solo pobre el jugo de naranja, la mitad de la fruta picada se quedó en el plato.
Negándome a volver el estomago trata de calmar el pulso errático. Relajarme era por mucho lo que menos lograría en esté lugar.
Centre mis pensamientos en Wolfgang.
Debía hablar con él.
Había perdido la cuenta de todas las veces que intenté me recibiera, en cada una de ellas se me negó confrontarlo, me estaba evitando y eso era muy cobarde de su parte. Sin darme cuenta tenía los puños de mis manos apretados con fuerza sobre el regazo, hoy me tendría que recibir aunque en eso se me acabará lo último que tenia de energías.
Me levante de la mesa en dirección al lugar donde posiblemente estaba ese idiota.
—Princesa?— llamo Blanca— No valla a cometer una locura—la ignore y seguí el camino hasta llegar a las escaleras.
Blanca me pisaba los talones tratando de impedir lo inevitable.
Casi corriendo baje las escaleras pasando por la amplia entrada en el vestíbulo, gire al pasillo de la izquierda en dirección a la biblioteca e ignore cada mirada sorprendida de los guardias. No es que hubiera muchos tampoco, en el castillo de mi padre había cuando menos uno a cada cuatro metros de distancia, crecí con todas las miradas fijas sobre mi seguridad, que el día dé hoy me sentí extrañamente fuera de lugar sin tanta supervisión.
Los guardias dentro del palacio de Wolfgang eran pocos, se podía contar con los dedos de una mano. El único lugar que siempre parecía estar custodiado por tres guardias era la biblioteca del palacio, donde Wolfgang pasaba la mayor parte del tiempo, sin embargo el día de hoy se encontraban afuera del salón del trono, donde probablemente se encontraba en esta ocasión.
Detuve los pasos frente a las puertas inmensas de roble talladas con incrustaciones de oro. Dos de los guardias en cada lateral me ofrecieron un leve inclinación de cabeza. A excepción de la descarada, quien se encontró de brazos cruzados en medio de las enormes puertas.
¡Su querida!
Me observó con desdé.
—No puede pasar en este momento— hablo Amelia, la morena alta era la hermana melliza del general de la guardia y por supuesto mano derecha del imbécil. Sabia perfectamente que no le agradaba en lo más mínimo el que yo estuviera aquí, y también sabia, que así como yo lo hacia, odiaba el compromiso que me amarraba su preciado emperador.
—No olvides tu lugar — espete — Yo, soy la princesa del reino del sol.
La cólera aumentó con un calor incontrolable desde el pecho hasta la garganta.
—El emperador Wolfgang ha dado una orden y la cumpliré aunque...—no la dejé terminar
— No me importa lo que tu amante te ordeno— la empuje apartándola de la puerta. Sus ojos color miel fulminantes eran espadas atravesando en mi cuerpo. — Voy a entrar
—¡Princesa! Por favor, regresamos a su alcoba—Ignore el ruego de Blanca, se iba a llenar de cañas verdes en menos de una semana.
Apenas la observe por el rabillo de ojo apretando ambas manos contra sí, tratando de disminuir la preocupación y sus ojos cansados se entornaron en angustia.
— No me obliga a apartarla princesa — volvió la vista a la zorra que tenia en frente.
Era ligeramente un poco más alta que yo, pero eso no me iba a detener.
— Atrévete— La rete.
Podía ser atrabancada pero cobarde jamás, el forcejeo termino demasiado pronto cuando un grito disgustado se escuchó por todo el pasillo.
—¡Amelia!— la reprimenda nos sobresalto a todos. El general Foregan, el hermano de la descarada llega a nosotras con una mirada penetrante y pesada.
— Deja pasar a la princesa Georgiana— Ordeno, agradecía que alguien supiera el lugar que le correspondía. Ojos miel se encontraron con los míos, algo apenados pero no lo suficiente como para perdonar la falta de su hermana.
—Su majestad pidió que nadie lo molestara y...
—Esa orden no aplica a la princesa Georgiana— le dio una mirada dura, la morena se aparto de mala gana maldiciendo entre dientes, triunfante le di una última mirada antes de entrar al Salón.
— ¡Conoce tu lugar!— grazne y abre las pesadas puertas de par en par.
En el interior se extendía un salón enorme, al fondo se divisaba la plataforma a doble altura, con un par de escalones bajo un dosel de un azul oscuro, el cual era casi similar a los ojos del imbécil sentado en el trono. Nuestras miradas se conectaron y por un momento me negué a apartar la vista y dejarle ganar esta pequeña batalla.
—¡Por dios, Georgiana!—exclamó mi padre disgustado por la intrusión
Los murmullos de los guardias no se hicieron esperar. Un contraste bastante evidente, Wolfgang solo ocupaba cuando mucho dos guardias aparte del general Foregan y su querida. Mí padre en su lugar, dentro y fuera del palacio como mínimo siempre tenia a quince guardias a su alrededor. Con la boca seca y la respiración pesada fije la atención en papá, estaba aquí y solo por ese hecho me permití perder nuestra pequeña batalla de miradas.
Molesto o no, había venido por mi.
No me iba a dejar aquí.
No con el imbécil frente a mi.
Corrí en dirección a papá. No me importaba si me veía como una niña de cinco años que solo quería la protección de su padre.
—¡Padre está aquí!—mi voz sonó entrecortada, casi llore cuando me arroje a sus brazos
—Georgina, esta no es la manera correcta de irrumpir en el salón del emperador— reprendió. Me encontraba tan aliviada de verlo que no me importó
— Si alguien me hubiera avisado que usted se encontraba aquí no habría accionado tan temerariamente...—le ofreció una de mis sonrisas más genuinas como disculpa.
Esperaba un milagro, un milagro para que este acuerdo no se hiciera realidad.
—Y habría sido paciente a esperar a hablar con...—gire la cara en dirección al trono. El tipo se encontraba igual que siempre, frío como una estatua, sin expresión. Sereno y apacible. —Wolfgang.
Tan solo pronunciar su nombre me daba asco, las náuseas volvieron a revolverme el estómago. Sentí el momento en que papá se tensó y la ceja de Wolfgang se elevo un poco.
— El emperador y yo estábamos en medio de una charla importante— observe al supuesto emperador.
Sus ropas siempre se encontraban manchadas de barro y la mitad de su armadura puesta. Como si estuviera esperando una señal para seguir expandiendo su poder. Como si no fuera suficiente, ser dueño de cinco reinos. La espada parecía no despegarse de él. Aun así era un hombre joven. Tal vez de unos veinticinco años. Con esa mandíbula apretada y ese semblante inexpresivo que me daban rabia.
—Vuelve a tu alcoba — no supe distinguir si era una orden o una petición.
Levante la cara en su dirección
Sus ojos se expandieron profundizando el zafiro en ellos cuando inclinaba la cabeza esperando mi respuesta, retándome a desobedecerlo y eso hice.
-¡No! — ojos azules imperturbables no se apartaron de mi vista. El tiempo que su mirada y la mía chocaron negándose a apartarse fue eterno, hasta que papá rompió ese intercambio de miradas.
—Deberás obedecer la orden del emperador— definitivamente no estaba ayudando en esta pequeña batalla
— Me quiero ir— masculle volviendo la vista al hombre que se supone debería protegerme de un tirano como Raven Wolfgang
—¡Eso es imposible!— soltó el imbécil, poniéndose de pie.
Mi pulso se pausa ante la acción. Sus palabras fueron calmadas pero por alguna razón daban más miedo que un grito. Era alto, cabello largo, ondulado, totalmente de un azabache profundo, llegaba un poco al inicio de su cuello, en este momento lo tenía atado de una forma desaliñada que era ofensivo que no se le viera bien. La cicatriz en su mejilla derecha era aproximadamente de unos una vez centímetros. Lo realmente increíble era que aún con esa marca en el rostro solo se veía más atractivo de lo que ya era.
O mas intimidante .
Había escuchado historias y rumores, todos apuntaban a describirlo como una bestia sin humanidad y empatía.
— ¡No quiero estar aquí!— espete de vuelta, esparciendo esos pensamientos estúpidos, pero él solo soltó un suspiro cansado y con pasos calculados se acercó a nosotros.
—Piensa lo que hablamos Aníbal— se detuvo frente a papá desviando la mirada hacía mi, no había nada en ella, era indescifrable. Ignore el pulso acelerado en mis venas, su cercanía me provocaba una sensación dé consuelo pese a la rabia que sentía por él en este momento.
—Necesitas comer, de lo contrario podrías enfermar
¿Qué?
Me tomo con la guardia baja
Dé todo lo que pudo haberme reprochado, jamás me imaginé que fuera la falta de apetito en los últimos días. Sin darme tiempo de procesar por completo sus palabras, paso con calma a mi lado y sin poder evitarlo lo siga con la vista hasta que se perdió fuera del salón.
—No puedo estar aquí —me quejé regresando la atención a papá, ignorando lo último que dijo Wolfgang.
Papá cambio su apariencia a uno más serio. Antes de responderme le dio una mirada a su guardia real, la cuál en silencio salió del salón como la bestia lo había hecho minutos antes.
—No esta a discusión Georgiana— lo había molestado definitivamente, se apartó caminando de un lado a otro. Tratando de hacerme entrar en razón. Su ceño se frunció y su mueca en disgusto apareció.
Esa mirada dura estaba decidida.
—Es tu prometido y por tu seguridad es esencial que estés bajo su protección.
—No me quiero casar con él— grite.
Desde que papá había irrumpido en mi alcoba para decirme que me iba al lado de mi prometido. Sentía un dolor punzante en el pecho, sinónimo de su traición por haberme dejado en manos de la bestia del imperio de la luna.
—Algún día lo entenderás
—No lo amo— lágrimas comenzaron a salir sin permiso.
—Mi pequeña, tu no tienes derecho a elegir.— Estaba arruinándome la vida. El dolor en el pecho no provenía de un golpe, provenía de la traición que sentía por qué papá en lugar de mantenerme a salvo parecía satisfecho de su decisión y orgulloso de mi peor pesadilla.
—Prefiero morir—gruñí, segundos después sentí la bofetada dejándome un escozor en la mejilla, era la primera vez que papá me levantaba la mano.
Retrocedí incrédula.
—¡Georgiana! — trastabille dos pasos ignorando su llamado y corri en dirección a la alcoba — ¡Georgiana!— su grito se perdió en el interior del salón.
De su lado no encontraría ningún tipo de ayuda. ¿Acaso ese era mi destino, ser reclamada por un hombre solo por capricho? No pude más, ya no podía hacer nada. El compromiso era un hecho. Lagrimas caían por mis mejillas, estaba tan enojada con papá y con el maldito emperador.
Él era el culpable de todo lo que me estaba sucediendo.
Hace apenas unos minutos atrás me había enfrentado a Amelia con orgullo y decisión y ahora me veía salir del salón en un desastre de lágrimas involuntarias. Pase con pisadas fuertes a su lado y Blanca me siguió de inmediato.
—Princesa, ¿se encuentra bien?— la ignora subiendo las escaleras, no podía verme más patética que en este momento.
Llegue a la alcoba dejándome caer en la cama, escondiendo la cara entre las sabanas ahogue un grito con la almohada. Quería explotar y gritar tanto como me fuera posible.
Quiero desaparecer
Quería huir
Quería llorar como cuando tenía cinco años.
Cuando se llora por un dolor físico y no por uno emocional.
— ¿Princesa? —Insistió Blanca.
— Vete— solté entre sollozos— quiero estar sola.
Sí tan solo no le hubiera salvado la vida hace un año, hoy tendría libertad de elegir con quien compartir mi vida y felicidad. Papá no había dado explicación hace cinco días, simplemente irrumpió sin invitación en mis aposentos anunciando que mi prometido había llegado. Estaba tan sorprendida como para procesar la información de un supuesto prometido.
Me había dejado en shock.
—¿Qué está diciendo Padre?
—Vístete— ordeno — te vas en media hora—en plena madrugada y procesando la información no me había preocupado por ningún vestido, ni mucho menos maquillaje o perfume.
—Acaso papá sabia del noviazgo que mantenía con Fausto?—no se lo preguntó a nadie en particular, más bien era un cuestionamiento a mí misma. Tal vez se había dado cuenta y me estaba echando del palacio para que me fuera con él.
La idea cruzo en mi mente y baje feliz para encontrarme con Fausto. Si estar a su lado significaba vivir en austeridad, como plebeya, yo lo aceptaba. Lo amaba completamente. Y sabia que como general de la guardia real de papá tal vez estaría privada de comodidades, pero no me importaba.
No me importaba porque lo amaba
La sorpresa terminó en mi desmayo al entrar al salón del rey y encontrarme con el emperador Raven Wolfgang, sus ojos azules se posaron inmediatamente en mi al entrar en su campo de visión. No sabía lo que estaba pasando, así que como dictaban las normas inclinaba la cabeza brevemente en reverencia ante el emperador.
El nerviosismo comenzó a inundarme y mi cuerpo era plenamente consciente del hombre evaluándome de pies a cabeza, me sentí incómoda y expuesta.
—Nos vamos —gruño atípicamente. —Es un viaje largo de cinco días— sin entender del todo voltee a ver a papá esperando una explicación, en su lugar Raven nos dio la espalda y salió del salón.
El general Foregan permaneció sin moverse de su sitio en mi espera.
Había un extraño brillo en sus ojos miel.
¿Lástima?
—Ve con él —Anunció papá y el miedo me inundó. Las lagrimas comenzaron a caer negándome a creerlo.
¿Me ofrecí como una moneda de cambio? Me sentí tan herida, asustada, enojada y engañada por ambos hombres, los cuales parecían haber cerrado un trato y yo era el pago del emperador.
—Princesa, permítame guiarla— el general se acercó con delicadez como si temiera a mi reacción y segundos después de que la cabeza comenzó a darme vueltas. Todo se nubló de repente y caí en una oscuridad inmensa.
Cuando desperté fue en el carruaje del emperador. Asustada por lo sucedido los recuerdos volvieron a mi y las lágrimas comenzaron a mancharme las mejillas. Estaba totalmente segura que los sollozos eran audibles para toda la guardia imperial. Agradecía un poco que él se hubiera ido en su caballo y que me dejara la pequeña privacidad del carruaje solo para mi en ese momento desgarrador.
Fausto, mi único pensamiento era Fausto.
¿Qué le iba a decir?
¿Cómo iba a reaccionar?
¿Cuándo lo volvería a ver?
Mordí el interior de mi boca causando que el sabor metálico de la sangre inundara cada unas de las papilas gustativas en el interior, tan solo recordar ese día me sofocaba, con movimientos torpes limpie el desastre de lagrimas sobres mis mejillas al escuchar los toques en la puerta. Todo parecía tan silencioso en este palacio que cuando algo perturbaba esa quietud se levanta una ansiedad casi palpable en lo profundo de mi interior.
—Quiero estar sola— grite, pensando qué tal vez era Blanca. Pero volvieron a sonar tres toques un poco más insistentes
—Largo — masculle hundiendo un poco más la cara en la almohada. Al momento sentí como la puerta se abrió y levante la cara de golpe, viendo quien era capaz de desobedecer una orden al entrar sin permiso al la alcoba de una dama.
Inmediatamente sentí la opresión en los pulmones impidiéndome respirar con normalidad cuando me encontré con la mirada penetrante de Raven.
— Tu padre espera despedirse de ti
— Se puede ir—me levanté llena de frustración pasando en dirección al baño — No quiero verlo.
Sin esperarlo me tomo por el brazo obligándome a quedarme. El agarre de su mano no era fuerte, mas bien rozaba lo delicado. Como si cuidara romper algo, algo que ni yo misma sabía.
Lo encare
—¿Qué?
—Puedes comportarte como la adulta que eres?— esas palabras me molestaron. Bruscamente zafé el brazo de un tirón
— Puedo, pero no quiero— gruñí —No cuando me venden al mejor postor como una pierna de carne en el mercado.
Soltó un suspiro cansado antes de hablar — ¿Qué puedo hacer para que nos tratemos con cordialidad y amabilidad?
— Nada— su mandíbula se contrajo moviendo con sutileza la cicatriz de su rostro, me alegraba verlo molesto, al menos no era la única que lo estaba pasando mal.
—El general Fisher se encargara de tu protección hasta el día de la boda— la incredulidad en esas palabras frías me golpeó.
Él estaba mintiendo
Fausto no podía estar aquí
De ninguna manera.
— Se encuentra despidiendo a tu padre— me quede estupefacta procesando la noticia, con el corazón golpeándome en las costillas sentí como el peso de todos estos horribles días se desvanecían en esas palabras tan duras del idiota frente a mi. De a poco salí del trance caminando hacia la salida. Sintiendo como una mirada zafiro no perdía detalle de cada uno de mis movimientos y dándome cuenta que aun con esas palabras teñidas de amargura, él no hizo nada para impedirme ir al encuentro con el hombre que tanto amaba, apenas salí de la alcoba corrí hacia el salón de visitas. No me importó dejarlo y mucho menos que notara la sorpresa, pasando de una confusión a felicidad en mi cara al escuchar el nombre de Fausto.
Fausto estaba aquí y eso era lo único que me importaba. Llegue a la enorme sala rodeada de tapices, muebles de lujo y arte en cada rincón de las paredes. Ahí en medio de todo lo ostentoso se encontraba él, su mirada marrón reparó en mi pequeña figura y el saltó de mi corazón bombeo sangre a mil por hora. Nadie podría impedir que me arrojara a sus fuertes brazos en este momento. Corrí a su encuentro casi con las lagrimas vislumbrándose en las esquinas de mis ojos cuando el grito sonoro del general Foregan alertó a todos, deteniéndome a medio camino.
—¡Majestad! — exclamó con alerta y preocupación.
— ¡Majestad!, — volvió a gritar— Renegados están atacando las fronteras.
Fausto se acerca a mi en protección. La guardia de papá detrás de él. Y como si mi subconsciente fuera en contra del razonamiento, deje el lado de Fausto y camine en dirección a la entrada donde la guardia imperial esperaba a Wolfgang.
Quien bajo las escaleras corriendo. No había miedo, ni indecisión. Era todo lo contrario, su mandíbula apretada, ligeramente una mueca de ojo se dejaba ver en ese rostro imperturbable.
— Quiero mi caballo listo en dos minutos— ordenó al general quien le tendió su espada, la cual hasta ese momento me di cuenta que no la portaba como de costumbre, la coloco en su lateral izquierdo, antes de levantar la vista y encaminarse en mi dirección.
Involuntariamente retrocedió chocando la espalda con el pecho firme de Fausto.
—El palacio se quedará protegido por Mil guardias. La fortaleza es impenetrable— le informó a papá quien se interpuso en su camino antes de que llegar a nosotros— La teniente Foregan se quedará a tus órdenes rey Baudry
— Pero majestad yo...
—¡Es una orden!—soltó tajante, Amelia no discutió más, guardo silencio ofreciéndole una pequeña reverencia mientras le entregaba su capa de piel negra y se giraba en dirección la salida del salón al escuchar llegar al general.
—Su caballo está listo señor
—Vamos—musito
Antes de salir de la sala se detuvo y por alguna razón mi respiración se estanco. Sentí la tensión en el aire cuando volteo ligeramente la cara en dirección a Fausto quien ya se encontraba a mi lado.
—Si en mi ausencia algo le llega a suceder a la princesa, con tu vida me pagas general Fisher— mi cuerpo rígido se tensó ante esas palabras, lo había amenazado y definitivamente no estaba bromeando.
Su mirada brincó a mi padre como si estuviera midiendo el valor de ambos hombres a mis costados— Rey Baudry...— dejó colgando las palabras un par de segundos antes de continuar— Le vuelves a tocar un solo cabello a la princesa Georgiana. Y, te aseguro. Que encontrarás en cenizas tu preciado reino, a tu regreso—y sin esperar respuesta salió al combate.
— Infeliz— masculló Fausto.
Esto era tan raro y extraño, ¿estaba amenazando a los dos hombres a mi lado?. No entendía absolutamente nada. Una parte de mi me dijo que era un maldito que solo se había aprovechado de su poder para comprometerse conmigo y la otra, la menos coherente me decía que me estaba protegiendo.
Cuatro días habían pasado desde el caos, la situación en el imperio cada vez se volvía más tensa, papá había dicho que Raven Wolfgang había sido muy condescendiente con los Renegados de las fronteras. En su lugar él hubiera matado a todos, brindando un mensaje claro a las demás naciones. Me sentí asqueada al escuchar esas palabras provenientes del hombre que me dio la vida. Pero que me podía esperar si fue precisamente ese mismo hombre el que me vendió a un extraño.
Por su parte habían llegado noticias al palacio que Wolfgang simplemente había contenido el ataque y los Renegados al verso superados huyeron a los bosques donde probablemente la mitad encontraría la muerte.
Hoy todo el palacio se encontraba esperando la llegada de su emperador.
El movimiento había crecido una vez se dio el aviso que no tardaría en llegar.
En su ausencia pensé que podría hablar con Fausto lo cual no era posible por qué Amelia siempre estaba presente. Quería preguntarle muchas cosas, y explicarle otras tantas. Tenía que decirle que era una víctima.
Que lo amaba
Que solo esperaba que el me pidiera huir y yo lo seguiría.
Había tantas cosas pendientes por aclarar, me preguntaba si es que el estaba aquí para sacarme de esta cárcel.
Quería saber su sentir
Sus ideas
Su proceder a partir de ahora, pero sobre todo sus aviones y si esos aviones me incluían a mi.
El bullicio sé escucho y era claro que la guardia imperial había llegado, señal que Raven estaba de regreso. Cuatro días en su ausencia no había muchos cambios en el palacio. Solo silencios entre tres desconocidos que nos conocíamos bastante bien pero que por alguna razón ya no se sentía bien platicar con tanta familiaridad entre nosotros, y lo entendía.
Al menos yo lo entendía.
Sentir que papá me traicionó era sin duda el inicio de la pérdida de confianza que alguna vez llegue a tenerle. Lo mismo pasaba con Fausto porque tal vez el creía que yo lo traicioné.
Me dirigí hacia la entrada del palacio para recibir a mi supuesto prometido. Recordando la última vez que lo vi volver de un combate.
Me sentí extrañamente un poco preocupada.
En la entrada el bullicio creció, pero eran inconfundibles las dos siluetas que sobresalían entre la multitud de guardias. Uno de ellos, el general Foregan quien entorno la vista observando a su hermana. La cual tenia la mirada fija en el otro hombre joven, de cabellos azabaches con una cicatriz en el rostro cubierto por el barro.
Wolfgang absorto en sus pensamientos, se encontró bajando de un caballo negro. El animal era imponente, al verlos a los dos juntos, parecían uno solo. Sus ropas y armadura se encontraron manchas de sangre. Quise acercarme y preguntar pero no me atreví. Fausto se encontraba cerca observando todos sus movimientos. Así que me limité a mantenerme en mi lugar. Cerca de la escalera en el vestíbulo.
Había un rasguño en su mejilla derecha un poco más arriba donde se encontraba la cicatriz. Una vez bajo del cabello ignoro a absolutamente a todos en su espera, y sin decir media palabra paso a grandes zancadas dentro del palacio. Amelia y el general lo siguieron detrás esperando alguna indicación o información al respecto pero él simplemente se dirigió a Blanca. Que hasta ese momento se acercó en su presencia. Sus cabellos blancos iban recogidos en un moño improvisado.
Apenas se detuvo frente a él, su mirada se llenó de ternura.
—Prepárenme agua, deseó asearme
— En seguida majestad—asintió ella en una reverencia antes de dirigirse a la cocina
—!Amelia!— la aludida corrió a su lado al momento — Dame el informe
— Todo se ha mantenido en calma dentro del palacio. Justo como usted lo dejo antes de su partida. El ministro mando un mensaje. El cual se encuentra en la biblioteca en su espera, el agua que solicitó para los empleados de la plantación de tabaco fue entregada en sus hogares, se les abasteció con la probabilidad de que no sufran por falta de agua en un mes entero.
—Asegúrate que antes que se les agote, se les vuelva a abastecer
—Así lo haré majestad
—Ve a ayudar a los heridos de la guardia—no era tan déspota después de todo
—Como usted desea majestad— definitivamente cada palabra que escupía Raven era como una plegaria para ella, no importaba el tono con el que se lo decía—El doctor ya viene en camino, atenderá sus heridas pronto.
—No hace falta, llévalo con los heridos
—Pero majestad...
—Amelia, mis ordenes son mandatos que se deben cumplir— Mascullo — Yo mismo atenderé mis heridas.—resoplé, que cosa más absurda. Realmente dudaba que como mínimo las limpiara.
—Lo siento majestad—Amelia inclina la cabeza— llevare al doctor con los heridos en cuanto llegue.
— ¡Aarón! — el general dio dos pasos al frente— Ve a que te atiendan también
—Gracias. Me retiro majestad— Con una reverencia desapareció en la salida junto a su hermana.
La vista de Wolfgang por fin se encontró con la mía pero aparte esos ojos azules tan pronto que me sentí un tanto extraña. Fausto se acerca a mi. Gesto que provocó que el emperador apretara la mandíbula antes de ignorarnos y subir las escaleras a su alcoba.
—¿Qué mierda?— susurre
— ¿Princesa, te preocupa algo?— negué ofreciéndole una sonrisa. Era la primera vez que nos encontramos tan cerca después de los últimos cuatro días. Sus labios estaban apretados en una línea firme, su ceño levemente fruncido desde su llegada, su cabello castaño ligeramente revuelto como si se lo hubiera jalado mas de una vez.
Avancé dos pasos en su dirección deteniéndome apenas lo escuché decir. —Esta vivo—cerro ambos puños a sus costados— esperaba que...
— No lo digas— Odiaba a Wolfgang pero no lo quería ver muerto y no me gustó escuchar a Fausto insinuar algo parecido.
— El sabe lo nuestro
—Que?— mi mandíbula cayo al suelo
— No es momento para hablar. — dijo viendo de reojo a los dos guardias del palacio — A media noche te veo en el jardín cerca de la torre y hablaremos—Asentí antes de que se fuera.
Subí los escalones en dirección a mi alcoba. Tenia que pensar en una manera de llegar al jardín de la torre sin que los guardias o alguien más me viera. Esperaba que a media noche todos estuvieran dormidos y que el patrullaje de los guardias no fuera en los pasillos o cerca de la torre.
Ensimismada en mis pensamientos llegue a la puerta de mi alcoba. Por estúpida voltee hacia la puerta frente a mis aposentos. La alcoba de Wolfgang. ¿Seria muy desconsiderado de mi parte no preguntar si se encuentra bien?, medita un momento mis siguientes acciones, si iba a comprobar sus heridas ¿Qué le diría?,
¿Estás bien?
¿Alguna herida grave?
¿Por qué demonios no permite que te revise el doctor?
Y lo más importante ¿Por qué me preocupaba?. El impulso me hizo caminar hacia la puerta opuesta a la mía.
Toque ligeramente esperando respuesta.
No la hubo
Volví a dar tres toques como él lo había hecho anteriormente y la puerta se abrió dé a poco. Una de sus cejas se elevó al verme de pie frente a su alcoba. Mi respiración se atascó cuando ladeó la cabeza estudiando la situación.
Se veía sorprendido.
—¿Tú?
— Yo
— ¿Qué sucede?—preguntó, alejándose de la entrada en dirección al sofá lateral. Donde se quitó la capa negra.
— ¿Puedo revisar tus heridas?
-No
—Se pueden infectar si no las atiendes
—¿Y eso te preocupa?
- No
—Entonces que haces aquí?— Ni yo misma lo sabía.
—Caridad humanitaria—apenas salieron esas palabras de mi boca, me arrepentí al ver su semblante un poco herido.
—No necesito tu lástima princesa— me dio la espalda quitándose los guantes y chaleco de cuero el cual tenia no solo un corte en el pecho, tenia cerca de cuatro cortes distribuidos en zonas críticas.
— No me voy a ir, hasta que no me permitas revisarte— se detuvo de su actividad testaruda de quitarse la armadura y con una calma inquietante coloco la espada sobre la mesa en el centro, al levantar la vista en mi dirección ladeó la cabeza levemente, parecieron minutos los que se tomo estudiándome antes de darme la espalda otra vez.
— Cuida tus palabras princesa, la próxima ocasión las puedo llegar a malinterpretar y te aseguro que no te voy a dar la oportunidad de huir como ahora. — mis mejillas se encendieron en un color carmín apenas me percaté de lo que pudo haber entendido.
— No me vuelvo a preocupar por ti— gruñí, saliendo del lugar más nervioso que nunca.
