Tras el velo del Cristal

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Summary

Tras la inexplicable desaparición de su familia, Zack Quinn solo quiere una cosa: que lo dejen en paz. Atrapado en una rutina agobiante y consumido por la duda, busca refugio en la invisibilidad, convencido de que nada importa y está roto más allá de toda reparación. Para Sarah Kaene, él no es un chico roto. Es la grieta que amenaza con quebrar su ‘teoría del velo de cristal’, una anomalía que no puede ignorar. Mientras Quinn lucha por desaparecer, Kaene se obsesiona con probar que su existencia es la clave que desafía todo lo que ella cree saber y quizás ser la pieza que necesita para atreverse a enfrentar su propio dolor.

Status
Complete
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

Tick tack... tick tack... tick Tack...

Otra vez lo mismo. Otro día idéntico. Los mismos rostros, los mismos gestos acartonados, los mismos eventos que se suceden sin sentido.

Nada cambia.

Nada puede cambiar.

Tick Tack... Tick tack... tick tack.

Todo encaja en un ciclo perfecto, una rueda que gira sin fin, como las manecillas hipnóticas del reloj que observo en la pared frente a mí. Se mueven con una precisión implacable, sin prisa pero sin pausa. Un reflejo exacto de mi vida, repitiéndose una y otra vez, el universo en su forma más cruda dejándome ver que no puedo escapar de su monotonía.

tick tack... tick Tack... Tick tack...

La forma en que las manecillas se deslizan en un bucle infinito entre los números es casi una burla. Un recordatorio silencioso de lo que yo nunca seré capaz de hacer: dar ese paso final, romper el ciclo y acabar con todo.

Tick tack... tick Tack... Tick Tack...

También me hace pensar que no importa cuántas veces lo intente. Siempre volveré a este mismo lugar, a esta misma silla, a este mismo instante. Como si el tiempo mismo conspirara para mantenerme aquí, atrapado en un presente eterno.

Tick tack... Tick tack..

—Señor Quinn.

Tic-

Mi mente se estanca por un segundo. Parpadeo un par de veces, desorientado, saliendo de ese trance momentáneo.

La voz del maestro de literatura corta el silencio con ese tono condescendiente que usan los adultos cuando creen que eres un caso perdido.

—Espero que esta clase no lo esté aburriendo demasiado —dijo, con una sonrisa que no llega a sus ojos.

Las murmullos de mis compañeros llenan el aire, mezclándose con el eco de las manecillas del reloj. Algunos ríen, otros susurran, «¿Qué le pasa?» «Es solo un bicho raro» «Cuando se queda mirando así me da miedo». Pero todos me miran de reojo, como si fuera un espectáculo andante de un solo hombre.

—No, señor —respondio, con una voz que suena más plana de lo que esperaba.

El maestro asiente, su mirada clavada en mí, intentando descifrar qué hay detrás de mis palabras. No lo logrará. Nadie lo hace.

Tick tack... Tick tack... Tick tack...

El sonido del reloj vuelve a dominar mis pensamientos, llevándome de vuelta a ese lugar oscuro y familiar...

—¡Señor Quinn!

Levanto la mirada. Ahora estaba molesto por alguna razón.

—¿Sucede algo, señor?

—Lo mismo de siempre. No hizo su ensayo ni presta atención en clase.

Suspira profundo, harto de mí, seguro al punto de solo querer ignorarme. A mí también me gustaría lo mismo. Pero por alguna razón, algo dentro de él lo detiene.

—¿Qué hago con usted? —pregunto como si realmente quisiera escuchar una respuesta de mi parte.

—Nada, señor.

No había nada que pudiera hacer.

Hizo un gesto de frustración, su mano derecha resbalando por su rostro con irritación contenida.

—A diferencia de usted, Quinn, alguien sí tomó en serio esta tarea.

Se dio la vuelta, tomó uno de los trabajos apilados en su escritorio, lo levantó y, sin dejar de mirarme, dijo:

—El ensayo de la Señorita Kaene sobre el velo de cristal es impresionante. Una forma muy imaginativa de ver al mundo. Aunque la hipótesis de que desaparecemos sin ninguna razón de peso detrás, puede calificarse de arriesgada.

Miré hacia ella. Tenía el ceño fruncido antes de que él siquiera terminara de hablar.

Sarah Kaene.

La chica que, a pesar de no destacar físicamente por su figura delgada, tenía ese aire de misterio que hacía que todos reaccionaran a cada cosa que decía o hacía. Por mi parte, me importaba lo mismo que me importaba una mierda.

—Igual vale la pena que ella pase al frente y comparta su trabajo con la clase. Y nos explique por qué llegó a estas conclusiones.

No se movió de inmediato. Se quedó en su asiento, con la mirada fija en el escritorio del maestro.

El silencio en la sala se extendió por unos segundos, cargado con la expectativa de todos.

Entonces, sin decir una palabra, se puso de pie. Caminó hasta el escritorio, tomó su ensayo de las manos del maestro y, sin siquiera mirarlo, se giró y salió del aula.

La puerta se cerró tras ella con un sonido seco.

Silencio.

Por primera vez en toda la clase, el maestro pareció quedarse sin palabras.

Poco después se escuchó un murmullo en el fondo. Algunos intercambiaron miradas, otros soltaron una risa ahogada. La sombra de Kaene, una vez más, llenaba el aula, incluso cuando no decía nada.

Yo solo volví a mirar el reloj.

Tick tack...

Un rato más tarde, la hora del almuerzo llegó.

Estaba sentado en mi rincón habitual de la cafetería, empujando con desgana el puré de papas y las bolas de carne que pretendían ser comida. La mesa del fondo era mi refugio, un lugar donde mi presencia pasaba desapercibida la mayor parte del tiempo. Y eso era exactamente lo que quería: ser invisible. O casi.

¿Por qué “casi”?

Porque siempre había una excepción a la regla.

Ese sujeto pelirrojo con pecas por toda la cara.

Oliver.

Se dejó caer en el asiento frente a mí con la naturalidad de quien cree que es su derecho divino. Ni siquiera se molestó en pedir permiso. Nunca lo hacía.

—¡Quinn, hermano! —exclamó con esa energía desbordante que parecía sacada de otro planeta—. ¿Cómo va la vida?

—Igual que ayer.

—Uf, eso suena deprimente.

—Porque lo es.

Oliver soltó una risa corta mientras apuñalaba una bola de carne con el tenedor. La miró con desdén antes de llevársela a la boca, dudando de su calidad, pero decidido a comérsela de todos modos.

—Dime que no estás otra vez en modo filósofo. ¿O sigues atrapado en tu bucle existencial?

—Oliver.

—Dime —tragó.

—Te lo he dicho mil veces.

—¿Qué me largue? —volvió a meter más comida en su boca.

—Exacto. Tú mismo lo dijiste.

—¿Y para qué? —murmuró, masticando con más entusiasmo del necesario—. Si me quieres aquí, Quinn. Lo sé. Lo siento en mi alma.

Suspiré resignado.

No lo quería aquí.

No quería a nadie.

Simplemente me había rendido con él. Oliver era como una garrapata: se aferraba sin importar cuánto intentaras sacudírtelo de encima. Pelear contra eso era agotador y, al final, inútil.

Antes era mi mejor amigo.

Ahora solo era "Ese sujeto"

—¿Y hoy qué toca de cena? ¿Lo mismo de siempre?

—¿Qué te importa? Déjame en paz.

—Sabes que no lo haré, Quinn —dijo con una risa contenida—. Entonces, ¿Qué te pareció lo de Kaene? —preguntó de repente, cambiando de tema con la velocidad de quien no tiene filtro.

Fruncí el ceño.

—¿Qué de Kaene?

—Oh, vamos —dijo, inclinándose hacia adelante como si estuviera compartiendo un secreto de estado—. Todo el mundo está hablando de eso. Se largó de clase después de que el maestro la pusiera en el pedestal. Lo de su ensayo, lo del ‘velo de cristal’ y toda esa mierda poética.

Rodé los ojos.

—No me interesa.

—Antes sí te interesaba. No dejabas de hablar de ella.

—Ahora no.

—Y, sin embargo, aquí estamos, hablando de eso.

Lo fulminé con la mirada, pero Oliver solo rio como si mi irritación fuera lo más gracioso del mundo.

Me detuve un segundo, considerando si valía la pena seguir la conversación. Al final, cedí.

—Bien. Ilumíname, Oliver. ¿Qué tiene de interesante lo que pasó hoy con Kaene?

—Quinn, te lo digo en serio —respondió, bajando un poco la voz—, tú eres el único que ha logrado salir del juego de Kaene. Eso te hace especial.

—No me hagas reír —murmuré, clavando el tenedor en el puré con más fuerza de la necesaria.

—No es broma —insiste Oliver, ignorando mi tono—. Todos están obsesionados con ella. Pero tú... tú ahora eres diferente. No sé si eso te hace un genio o solo un imbécil.

Lo miré fijamente, tratando de descifrar si estaba siendo sincero o solo buscaba una reacción. Con Oliver, nunca se sabía.

Bajé la cabeza y revolví el puré de papa con el tenedor.

—Simplemente ya no me interesa lo suficiente para prestarle atención.

No solo a ella, sino a muchas cosas más importantes en mi vida.

—Entiendo el por qué...

—Ese no es tu problema, ni siquiera deberías estar aquí en primer lugar.

—Lo sé, pero lo estoy, ¿no? —suelta una carcajada—. Y no hay nada que puedas hacer para evitarlo.

Lo dice como una verdad absoluta, y lo peor de todo es que quizás tenía razón.

Lo malo de ser un agujero vacío, no es ser un agujero vacío, sino que, sin quererlo, a veces los demás pueden verse arrastrados a tu abismo.

Después del timbre final, me dejé arrastrar por los pasillos, rodeado de gente que, si tuviera el poder, haría desaparecer de un soplido. Y entonces la vi. Kaene. Estaba frente a su casillero, abriéndolo con esa indiferencia que parecía definirla. Recordé las palabras de Oliver, sobre cómo a todos les encantaba hablar de ella. Hubo un tiempo en que me intrigaba.

Terminó de abrir el casillero y, de repente, una carta cayó al suelo tras ella. Se agachó con un gesto de molestia, la recogió y, sin siquiera mirarla, la partió por la mitad.

Sus dedos se movieron con una naturalidad inquietante, desgarrando el papel hasta reducirlo a tiras en cuestión de segundos. No hubo drama, ni rebeldía, ni siquiera un atisbo de curiosidad. Para ella, era un gesto casi rutinario, algo que hacía sin darle mayor importancia.

Pero para los demás, ese acto era otra razón para seguir hablando de ella, para tejer historias y especulaciones. Para Kaene, era solo otra carta más. Para el resto, era un enigma.

Para mí, ahora, una más del montón.

Cerró su casillero con un golpe seco, caminó hacia el zafacón más cercano y, sin vacilar, arrojó los restos de la carta dentro. No mereció más de cinco segundos de su atención.

Y sin mirar atrás, desapareció por la salida.

A un lado de mí, escuché los susurros de los demás, los comentarios entre dientes, las especulaciones. Pero esta vez, algo me hizo clic, al igual que yo, ella solo quería que la dejaran en paz.

Tal vez éramos más parecidos de lo que pensaba.

O tal vez no...

No importa.