A Piece of You | JohanNorth

Summary

Johan es dueño de un elegante bar restaurante en la ciudad, donde dos veces por semana aparece North sin falta, el mismo chico que conoció de la universidad, y el que nunca dejó de gustarle. No se han hablado nunca. Hasta que una noche, Johan decide hacer algo diferente.

Genre
Romance
Author
zess
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

A Night to Remember

Pasaban de las siete cuando lo vio llegar.

A esa distancia, lo primero que lo alcanzó fue su perfume. Era delicado, casi etéreo, pero escondía una nota masculina que sobresalía como un susurro firme entre tantos otros. Johan pensó, con la misma rendición de siempre, que estaba equivocado si creía que North no podía volverse aún más hermoso que con sus prendas cotidianas.

Su nariz ligeramente respingada armonizaba con los lunares dispersos sobre la piel pálida de su rostro. Sus labios lucían más rosados que de costumbre, y su cabello —aunque un poco más largo de lo que solía llevarlo— caía peinado con un descuido estilizado que suavizaba aún más sus facciones. Era un contraste extraño: su aspecto entero tenía algo de infantil y, al mismo tiempo, una belleza que parecía fuera de este mundo.

No sabía exactamente cuándo había comenzado a admirarlo con esa mezcla de anhelo y resignación. Quizá en el segundo año de universidad. O tal vez antes. Tal vez desde la primera vez que lo escuchó reír.

—Dime que no estás acosando con la mirada a tu primer amor —la voz de Hill lo sacó del trance. Apareció de la nada, cruzado de brazos frente a él—. Otra vez.

Johan soltó un suspiro, uno que le arañó las costillas por dentro.

—Recuérdame cómo es que sabes eso.

Hill le dedicó una de esas sonrisitas condescendientes.

—Tú mismo me lo dijiste, Jo —hizo una pausa breve—. La primera vez que North vino, pero estabas muy borracho como para recordarlo.

Johan evitó rodar los ojos.

Su mirada se posó nuevamente en la figura de North. Sentado en la misma mesa de siempre, cerca del ventanal. Miraba la puerta cada vez que alguien entraba.

—¿Qué día es hoy? —preguntó.

Hill se acercó a la barra y, como si fuera sacado de una vieja película de detectives en blanco y negro, comenzó a limpiarla con aire distraído.

—Es viernes, ¿por qué?

—Él no viene los viernes.

Era una observación, que en un principio, podría parecer obsesiva. Sin embargo, Hill no lo juzgó. Él también estaba curioso.

North visitaba el lugar religiosamente los martes y jueves. Siempre la misma mesa frente al ventanal. Pedía un café sencillo, que luego atiborraba de azúcar, y un trozo de pastel: almendra los martes, trufa y moka los jueves. Generalmente se quedaba allí, en silencio, con su laptop abierta frente a él.

Pero era viernes por la noche. North vestía de seda y no con una de sus camisas coloridas. Sin laptop. Sin café y sin pastel.

—Está esperando a alguien —dijo Johan, con la voz grave y contenida en el pecho.

Y ese pensamiento, ese simple hecho, le supo a Johan como un trago del whisky más barato. Repugnante en la garganta.

Hill suspiró, apoyando el trapo húmedo sobre la barra.

Lo miró sin necesidad de palabras durante un par de segundos, y luego soltó:

—¿Por qué no haces algo?

Johan no respondió de inmediato. Su mirada seguía fija en North, como si pudiera memorizar cada gesto, cada parpadeo.

—Está en una cita —dijo finalmente.

—Su cita aún no está aquí —remarcó con firmeza.

—No puedo interrumpir eso.

Hill frunció ligeramente el ceño.

—¿Aunque tengas el poder para hacerlo? ¿El dinero? ¿El nombre?

Johan inhaló profundamente.

—Aún con todo eso... —murmuró—. No sería capaz.

Hill se quedó en silencio un momento. Luego bajó la mirada y sonrió apenas, con ese tono de complicidad que siempre surcaba en su rostro.

—Entonces haz algo que sí puedas.

Johan alzó una ceja, sin entender.

—Haz que tenga una noche agradable.

La mirada de Hill era optimista.

—Aprovecha la única cosa que no has intentado desde que lo volviste a ver —sugirió, cruzando los brazos con calma—. Estar cerca. Sólo eso.

Johan permaneció en silencio, procesando lo que Hill acababa de decirle. Luego, sin pronunciar una palabra, se irguió lentamente y caminó hacia el perchero junto a la barra.

Tomó uno de los paños de lino gris —los que usaban los meseros del turno nocturno— y se lo colocó sobre el hombro izquierdo, dejándolo caer con naturalidad, como si llevara años haciéndolo. El contraste con su camisa negra era sutil pero elegante.

Arremangó las mangas de la camisa hasta los codos, revelando sus antebrazos firmes y las venas tensas por la mezcla de nervios y decisión.

Luego buscó el delantal del local. Era de lona gruesa, color carbón, con costuras visibles en hilo mostaza y un bolsillo al frente que aún tenía dentro una libreta. Se lo colocó con cuidado, cruzando las tiras por detrás y ajustando el nudo con un leve tirón. El metal de los herrajes tintineó suavemente.

Cuando se giró hacia Hill, su expresión era más serena.

—Yo me encargo —dijo.

Johan caminó hacia la mesa de North con pasos firmes, la espalda recta, las manos relajadas a los costados. Ni una pizca de nervios, al menos no visibles. Su postura era la de un hombre profesional.

Pero algo dentro de él cambió en cuanto sus ojos se posaron en él.

North.

Sentado solo, con una camisa blanca que parecía más suave que la luz que entraba por el ventanal, y un chalequito tejido en tonos neutros que le daba un aire de calidez casi indecente para el frío que hacía afuera. Sus mejillas estaban levemente sonrojadas, quizás por el viento, quizás por el entusiasmo. Y sus labios —rosados, húmedos, naturalmente curvos— parecían... demasiado...

Johan tragó seco. Se detuvo justo al lado de la mesa, ajustó sutilmente el delantal en su cadera y se aclaró la garganta, como si eso pudiera borrar lo evidente.

—Bienvenido a Northern Lights —saludó, su voz profunda y medida, con esa serenidad que usaba con los clientes—. ¿Deseas ordenar algo?

North levantó la mirada con una sonrisa radiante. Tenía esa clase de energía desbordante; confiada y casi peligrosa por lo desarmante que era.

—Estoy esperando a alguien —dijo con esa voz suya, esta era la primera vez que se dirigía a él directamente—. Pero un vaso con agua estaría bien mientras tanto.

Johan asintió, conteniendo el impulso de preguntar por quién esperaba.

—¿Con gas o sin gas?

North frunció apenas los labios, pensativo, la luz cálida del local hizo brillar cada curva como si estuviera hecho de cristal.

—Con gas está bien —respondió finalmente, con una dulzura simple.

Johan asintió de nuevo. Quería quedarse, decir algo más, pero no quería parecer fuera de lugar. Así que se giró con la intención de marcharse, cuando una voz suave lo alcanzó por detrás.

—Disculpa...

Se detuvo.

Volteó despacio, con la misma mesura con la que llegó.

—¿Eres nuevo? —preguntó North, ladeando un poco la cabeza. Su tono no era curioso, era amigable.

Johan lo miró por un segundo.

—Administro el lugar.

North asintió con un leve movimiento de cabeza. No dijo nada más.

Johan se retiró, con el corazón latiendo con fuerza.

La noche avanzaba con el ritmo familiar de los viernes. El murmullo de los comensales se elevaba entre copas tintineantes, platos bien presentados y las risas moderadas que llenaban el aire sin sobrepasar el límite de lo íntimo.

Johan atendía a los clientes más exigentes en la barra, los que pedían cócteles por nombres pretenciosos. Tenía una forma elegante de agitar la coctelera, precisa al cortar cítricos, y meticulosa al elegir las botellas. Siempre lo hacía con ese modo impasible que parecía venirle de nacimiento.

Cada tanto, su mirada encontraba un punto fijo: la mesa cerca del ventanal.

North seguía allí. Esperando.

Habían pasado treinta minutos desde que llegó. A Johan le bastaba un vistazo para hacer un recuento mental. Tres visitas al sanitario, más agua con gas —un vaso servido por Hill, otro por una mesera nueva que apenas si notó su presencia—, y una llamada que atendió entre murmullos.

Pero sobre todo, el gesto que denotaba cual impaciente y nervioso estaba.

Los ojos de North regresando una y otra vez a la pantalla de su celular, como si el simple acto de mirar pudiera hacer vibrar el aparato por arte de magia.

Johan no era ingenuo. El optimismo no formaba parte de su vocabulario.

Empezaba a temer lo peor.

Quizá la persona que North esperaba no aparecería. Que esa luz con la que entró al lugar se apagaría en cualquier momento frente a él. Y que Johan —que ni siquiera era parte de la historia— se volvería testigo de la decepción.

Pero qué pedazo de imbécil se atrevería a dejarlo plantado.

Apretó la mandíbula al remover una bebida. El hielo sonó más fuerte de lo habitual.

Hill apareció detrás suyo, dejando un plato vacío sobre la bandeja de devolución.

—Sigue esperando —comentó, acercándose a él.

Johan no respondió. Se limitó a terminar el cóctel con una ramita de romero encima.

Hill lo miró de lado, luego volvió la vista hacia la mesa solitaria.

—Si sigue mirando el teléfono así... —añadió en voz más baja.

Johan le lanzó una mirada breve. Hill también se dio cuenta.

—¿Y si no viene? —preguntó el camarero con preocupación.

Johan limpió la barra con un trapo seco. Luego dejó el vaso a un lado y se enderezó un poco.

—Entonces esta noche será larga para los dos —dijo finalmente, sin levantar la voz.

Y volvió a servir otra ronda de tragos, como si el hecho de mantenerse ocupado pudiera evitar que sus ojos regresaran —una vez más— a North.

Más tarde, cuando la mayoría de clientes de la barra se dieron por servidos, Johan se permitió una vez más centrar su entera atención en North. Fue casi automático, no se dio cuenta cuando sus pies se movieron.

Tenía los labios abultados y una expresión que casi rozaba la tristeza. Johan se acercó con cautela y lo sobresaltó al hablar.

—¿Todo bien? —preguntó—. ¿Necesitas algo?

North alzó la vista de golpe, parpadeó un par de veces y sonrió, como si la situación no le afectara realmente.

—¿Eh? Ah, no, estoy bien. Gracias. —Bajó el teléfono a la mesa, haciendo una pequeña pausa—. ¿Crees que haya tránsito a esta hora? —preguntó de repente.

Johan inclinó la cabeza.

—O tal vez... se olvidó —murmuró ahora, para sí mismo—. ¿Y si un camión lo atropelló? —soltó una risa, mirándolo de nuevo—. ¿Te imaginas?

Su silencio hizo que su sonrisa se desvaneciera en segundos. Avergonzado.

—Uh, eso estuvo mal. Olvídalo.

Que lindo.

—Sólo... ¿me puedes traer algo para tomar? —susurró—. Tú escoge, no soy exigente.

Johan asintió.

—Ya regreso.

Johan se dio la vuelta sin decir una palabra más y caminó con paso decidido hacia la cocina, ignorando la mirada curiosa que Hill le lanzó desde el otro extremo de la barra. El vaivén de las puertas metálicas fue el único sonido que rompió el murmullo del local.

Dentro, el calor y el aroma a pan recién horneado lo envolvieron de inmediato. No buscaba cualquier postre. Se dirigió directamente al pastelero. Le pidió su especialidad, un postre con centro líquido de chocolate amargo, servido sobre crema y decorado con frutos rojos.

Después, se dirigió a la cava personal que mantenía bajo llave. Seleccionó una botella de champagne, fría al tacto, con la etiqueta dorada brillando bajo la luz de la cocina. Era un gesto impulsivo, pero la imagen de North mirando su teléfono con esa sombra de decepción en los ojos fue suficiente para actuar de inmediato.

Regresó al salón principal con sus ofrendas sobre una bandeja de plata.

Al llegar a la mesa, colocó el postre frente a North. El cambio en su expresión fue exactamente como Johan lo imaginó. Sus ojos, que antes reflejaban la luz superficial de la pantalla del celular, ahora brillaban con una calidez genuina al ver aquella delicia de chocolate oscuro y vibrantes tonos rojos. Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios sin que pareciera notarlo.

En un gesto elegante, Johan colocó una copa a un lado. Sostuvo la botella con una mano, el pulgar asegurando el corcho, mientras con la otra desenroscaba el alambre. El estallido fue sutil, y el humo blanco se disipó en el aire. Sirvió con cuidado, viendo cómo las burbujas ascendían en un dorado efervescente.

North lo miró, completamente sorprendido, con las cejas apenas arqueadas.

—¿Y esto? —preguntó, su voz apenas un susurro.

Por primera vez esa noche, Johan le regaló una sonrisa. No era la sonrisa cortés ni profesional del administrador. Era una que cruzaba todos los límites, nacida desde lo más profundo. Una sonrisa honesta.

—Dijiste que yo escogiera —respondió con voz grave.

Sabía que estaban a punto de cumplirse los cuarenta y cinco minutos desde que North había cruzado la puerta. Quería borrar ese tiempo de espera, reemplazar la ansiedad con algo inolvidable.

Estuvo a punto de retirarse, de volver a su guarida detrás de la barra, cuando la voz suave de North lo detuvo.

—¿No quieres sentarte?

Johan se quedó inmóvil. Lo observó con atención, absorbiendo la imagen frente a él: sus ojos, que ya no buscaban a nadie en la puerta, sino que lo miraban a él con una invitación silenciosa; el pequeño lunar justo debajo de su ojo izquierdo; su cabello ligeramente desordenado y esponjoso, como si se lo hubiera despeinado con las manos una y otra vez.

Bien. A la mierda, pensó.

Con una lentitud deliberada, Johan se sentó frente a él.

North le sonrió.

Johan supo dos cosas en ese instante.

Quería ver esa sonrisa todos los días por el resto de su vida... y que también quería llevarlo a un lugar oscuro y besarlo hasta que ambos se quedaran sin aliento.

North tomó la pequeña cuchara, rompió la corteza delicada del postre y observó cómo el chocolate líquido se derramaba lentamente. Se llevó un trozo a la boca, y sus ojos se cerraron un instante en puro deleite.

—Esto está muy bueno —dijo, con la voz melosa por el dulce.

Y entonces hizo algo que descolocó por completo a Johan.

North tomó otro trozo con la cuchara —una porción perfecta de bizcocho y chocolate fundido— y extendió la mano sobre la mesa.

—¿Quieres? —le preguntó, ofreciéndoselo.

El mundo pareció detenerse. El bullicio del restaurante se desvaneció hasta convertirse en un zumbido lejano. Johan, en lugar de sólo tomar la cucharilla con su propia mano, la levantó y envolvió con sus dedos la muñeca de North. La piel era suave; la sorpresa hizo que su pulso se acelerara bajo el pulgar de Johan. Se inclinó lentamente, sin romper el contacto visual, y tomó con los labios el chocolate de la cuchara que North aún sostenía, temblando ligeramente.

North apartó la mano de inmediato, como si el contacto le hubiera quemado, y la dejó caer sobre su regazo. Evitó su mirada, pero Johan alcanzó a ver —con una satisfacción casi victoriosa— cómo un sonrojo dulce comenzaba a extenderse por sus mejillas y su cuello.

North intentó cambiar de tema, recomponerse. Con un leve tartamudeo que lo hizo parecer aún más adorable, finalmente levantó la vista y dijo:

—Soy North.

Asintió, reconociendo la presentación.

—Johan.

—Así que... P’Johan... ¿Cómo... cómo terminaste administrando este lugar?

La pregunta de North quedó suspendida en el aire, con una intimidad recién descubierta. La forma en que usó el honorífico, como si fuera algo natural entre ellos, provocó que algo se asentara en el pecho de Johan.

Se reclinó ligeramente en su silla, adoptando una postura relajada que contradecía por completo lo que sentía por dentro.

—Siempre quise tener un bar —comenzó, con ese tono grave y tranquilo—. Así que, después de graduarme en administración, busqué la manera de abrir mi propio local. Esto fue el resultado.

North lo escuchaba con una atención que iba más allá de la cortesía. Sus ojos estaban fijos en él, genuinamente curioso, escuchando cada palabra. Qué lindo, volvió a pensar Johan, como si esa idea se hubiera instalado en su mente para repetirse con cada nuevo gesto.

—Es genial —dijo North, y la sinceridad en su voz fue tan evidente que a Johan le tembló el estómago—. Es mi lugar favorito para trabajar.

Apenas dijo eso, pareció darse cuenta de lo que había confesado. Una risa nerviosa se le escapó mientras agitaba una mano en el aire.

—Bueno, no es que trabaje aquí exactamente —se corrigió rápidamente—. Soy programador en una empresa de videojuegos. Sólo me escapo cuando necesito café y un cambio de ambiente.

Johan asintió con lentitud, dejando que las piezas encajaran. Un programador. Tenía sentido.

—¿Videojuegos?

El rostro de North se iluminó al instante. Asintió, entusiasmado, y la energía que lo caracterizaba pareció liberarse de golpe.

—Sí. Principalmente, el diseño de los personajes y la de los personajes no jugables, para que sus comportamientos se sientan realistas y así el mundo del juego parezca vivo y...

Se interrumpió a media frase, como si acabara de darse cuenta de que estaba divagando. Una expresión de disculpa cruzó su rostro.

—Lo siento. A veces suelo aburrir a la gente cuando hablo de mi trabajo.

Sus ojos, que un momento antes brillaban, ahora parecían ensombrecidos por la duda. Johan lo notó de inmediato. El cómo se encendía por dentro cuando hablaba de lo que amaba, y ese entusiasmo casi infantil que era imposible disimular. Era adorable. Y absolutamente fascinante.

—No es aburrido —dijo Johan, con una firmeza que incluso sorprendió al propio North—. Suena como algo que te queda bien.

El efecto fue inmediato. North bajó la mirada hacia la copa de champagne a medio beber, y el sonrojo regresó, esta vez extendiéndose no sólo por sus mejillas, sino también por la punta de su nariz y el borde de sus orejas, teñidos de un rojo suave.

Johan se preguntó, con una mezcla de intriga y anhelo, qué otras partes de su cuerpo se pondrían de ese color si seguía mirándolo así.

North tomó un sorbo de champagne. Tal vez para calmarse, tal vez para ganar tiempo. Dejó la copa con un cuidado exagerado sobre la mesa. El silencio que se formó entre ellos no era incómodo.

Entonces North levantó la vista, como si por fin hubiera asimilado algo, y en sus ojos, una pregunta que pareció haberse estado gestando toda la noche.

—Phi... ¿nos conocemos de antes?

Johan dudó un momento. El aire entre ellos se volvió delicado, y temía que una respuesta equivocada pudiera echar todo a perder. Iban tan bien. Pero, al mismo tiempo, sentía que la pregunta de North no era una simple coincidencia; era el reflejo de una familiaridad que se negaba a permanecer enterrada. Pasó mucho tiempo desde la universidad, y Johan sabía, con mucha certeza, que si no hacía algo pronto, sus sentimientos —acumulados a través del tiempo— terminarían por hacerle perder la cabeza.

Asintió levemente, una concesión mínima que, sin embargo, se sintió como ir a ciegas.

—Recuerdo haberte visto en la universidad —respondió. Y, para suavizar el golpe, añadió—: Nunca hablamos, de todas formas. Facultades diferentes.

North se quedó pensativo, procesando la información. Sus labios se entreabrieron mientras murmuraba un simple «oh».

Luego alzó la mirada, y dijo:

—Con razón sentía como si te conociera de siempre. Estudiamos en el mismo lugar —soltó otra risita avergonzada.

Johan tragó en seco. Su mente se quedó en blanco, incapaz de articular siquiera una respuesta ante una afirmación tan inocente... y, al mismo tiempo, tan devastadoramente íntima. Sin embargo, no tuvo tiempo para intentarlo. El teléfono de North vibró sobre la mesa, un zumbido breve pero insistente. Él desbloqueó la pantalla, revisó apenas un segundo, y luego lo dejó boca abajo con un gesto firme.

No iba a llegar.

Johan lo observó con detenimiento: sus pestañas largas proyectando sombras sutiles sobre el leve sonrojo que aún persistía en sus mejillas. Carraspeó, forzando su voz a salir.

—¿Es tu cita? —preguntó, con una calma que no sentía—. ¿Quieres que me vaya?

North no respondió de inmediato. Simplemente tomó la servilleta de lino y empezó a doblarla y desdoblarla entre los dedos, un gesto nervioso que delataba sus verdaderos pensamientos.

—Ni siquiera fue idea mía —murmuró al fin, en voz baja—. Un amigo insistió.

Apoyó un codo sobre la mesa y llevó la mano a su cabello, peinándolo hacia atrás entre los dedos en un intento por recomponerse. Johan lo observó sin interrumpirlo, dándole espacio, pero North pareció darse cuenta de su vulnerabilidad y, en un movimiento casi instintivo, se enderezó en su asiento.

—Lo siento —se disculpó, con una mirada preocupada—. No debería estar quitándote el tiempo. Seguro estás muy ocupado.

Y ahí estaba. La oportunidad. La puerta de salida que North le ofrecía. Podía tomarla, volver a la seguridad de su barra, y dejar que la noche terminara como tantas otras.

Sin embargo, Johan se preguntó si podía permitirse un poco de egoísmo. Sólo esta vez. Si podía, por una noche, aprovecharse de una situación que el destino parecía haberle servido en bandeja de plata.

—No me estás quitando el tiempo, North —dijo, y su voz sonó más grave que de costumbre.

Se inclinó hacia adelante, acortando la distancia entre ellos. Con un gesto lento y deliberado, extendió la mano sobre la mesa. No buscó la de North directamente; en su lugar, cubrió sus dedos, deteniendo el juego inquieto con la servilleta. El calor de su piel contra la de él fue inmediato. Esperando, que con ese simple gesto, pudiera quitarle toda la ansiedad de encima.

North se quedó completamente quieto, con los ojos fijos en los suyos.

—La verdad —continuó Johan—, creo que... me alegra que no haya venido.

North lo miró, con los labios entreabiertos, completamente conmocionado. Parecía incapaz de formular una respuesta coherente; su mente luchaba por procesar la confesión implícita en esa frase. El sonrojo en sus mejillas se intensificó, y su mirada era una mezcla de sorpresa, confusión y algo más.

Justo cuando el silencio se volvía casi insoportable, una figura apareció junto a su mesa. Era uno de los meseros más jóvenes, con el rostro pálido y una expresión de pánico contenido.

—Khun Johan, disculpe la interrupción —dijo el joven, con voz temblorosa—. Hay un problema con el sistema de pagos. La terminal principal no responde y la tarjeta de la mesa siete, la del señor Suthilak, ha sido rechazada tres veces. Está... muy molesto.

La realidad del restaurante se estrelló contra su burbuja. Johan sintió una punzada de frustración. El tipo era un inversor importante y un cliente notoriamente impaciente. Era una situación que sólo él podía manejar con la diplomacia necesaria.

Con un suspiro casi imperceptible, Johan retiró su mano de la de North. La pérdida del contacto se sintió como un golpe frío. Se giró hacia él, y en su mirada había una urgencia que no tenía nada que ver con el problema con el que tenía que lidiar.

—Por favor —dijo, su voz casi una súplica—. Espérame. No tardo.

Sin esperar respuesta, se levantó de la silla y siguió al mesero, dejando a North solo con el postre a medio comer.

Cuando Johan finalmente regresó al salón principal, después de calmar al señor Suthilak con una botella de vino de su reserva personal y reiniciar manualmente todo el sistema de terminales, el ambiente en Northern Lights había cambiado. Estaba más tranquilo. La mayoría de los comensales ya no estaban, quedaban apenas unas pocas parejas en rincones apartados y los habituales en la barra.

Su mirada voló de inmediato hacia la mesa junto al ventanal.

Estaba vacía.

Un nudo helado se formó en su estómago. Sobre la mesa sólo quedaba la copa vacía, los restos del coulant de chocolate y la botella de champagne, aún casi llena.

Pero no tuvo tiempo de pensar lo peor; la gabardina con la que North había entrado seguía ahí, cuidadosamente colgada en el respaldo de la silla.

Hill estaba recogiendo los platos de una de las mesas cercanas. Johan se acercó a él con el corazón latiéndole contra el pecho.

—¿Viste a dónde fue? —preguntó, con la voz más tensa de lo que pretendía.

Hill dejó los platos en su bandeja y asintió. Su expresión era tranquila, como si supiera exactamente lo que estaba pasando por la mente de Johan.

—Salió por la puerta de servicio —dijo, señalando con la cabeza hacia el fondo del local.

El callejón. El lugar donde estaban los contenedores de basura, apenas iluminado por una única bombilla.

Johan no lo pensó dos veces. Caminó con paso decidido hacia la puerta y la empujó. El aire frío de la noche lo golpeó, un marcado contraste con la calidez del restaurante.

North estaba de espaldas a la puerta, con los brazos cruzados, mirando hacia la pared de ladrillos del edificio de enfrente. El sonido metálico de la puerta al cerrarse hizo que se girara casi al instante, sobresaltado.

—Me dijeron que estabas aquí —dijo Johan, su voz suave en el silencio del callejón. Hizo una pausa, acortando la distancia entre ellos—. ¿Estás bien?

North asintió, aunque no parecía del todo convencido.

—Sí, estoy bien. Sólo... necesitaba un poco de aire. —Su mirada se desvió por un momento—. ¿Todo está bien allá dentro? No fue por ausentarte, ¿cierto?

Johan negó un par de veces mientras se acercaba un poco más, hasta que sólo unos pocos pasos los separaron.

—Nada que una botella de vino caro no pudiera solucionar —explicó brevemente.

North suspiró, parecía más tímido que nunca, evitaba su mirada. Después de un momento de silencio, finalmente habló, su voz apenas un murmullo.

—¿Lo que dijiste... era en serio?

Johan lo miró. La tenue luz del callejón hacía que sus rasgos parecieran aún más delicados.

—La persona que te dejó plantado esta noche —dijo Johan, admitiendo con descaro—, me ha hecho el favor más grande de mi vida.

North abrió la boca para protestar, quizá por pura incredulidad, pero Johan no le dio la oportunidad.

—Me gustas, North —confesó, las palabras saliendo de él como un suspiro contenido por años—. Me gustas desde hace mucho tiempo.

La confesión de Johan, directa y sin adornos, hizo que North se tambaleara desconcertado. El aire pareció escaparse de sus pulmones, y sus ojos, ya grandes por la sorpresa, se abrieron aún más. Sólo pudo articular un pequeño «¿qué?» en un susurro sin aliento.

Johan apretó la mandíbula y exhaló, sintiendo cómo la opresión en su pecho —esa que había cargado por años— comenzaba, por fin, a aliviarse. Estaba hecho. Sin embargo, al ver la expresión de North, se contuvo.

—Lo siento —fue esta vez Johan quien se disculpó, su voz más suave—. Siento si parece que me estoy aprovechando de la situación.

Aunque, en el fondo, sabía que era exactamente eso, pero no lo dijo en voz alta.

—Es sólo que... ya no podía guardármelo más. Así que no me disculpo por lo que siento. Me gustas —confesó, su mirada seria y honesta—. No tienes que responder.

North intentó decir algo, pero su boca sólo se abrió y cerró un par de veces, sin que ningún sonido saliera.

Johan decidió cambiar de tema.

—Ya es tarde —dijo, con un tono más práctico—. Puedo llamarte un taxi para que regreses a casa.

Pero North ignoró por completo la sugerencia. Dio un paso hacia adelante, acortando la distancia entre ellos, invadiendo un poco más su espacio personal. Sus ojos, ahora llenos de una intensidad que Johan no había visto antes, se encontraron con los suyos.

—¿Desde cuándo? —fue lo primero que salió de sus labios.

Johan no respondió de inmediato, sorprendido por la pregunta. North, al no obtener respuesta, insistió, esta vez con la voz un poco más firme.

—¿Desde cuándo sientes eso?

—Desde la universidad —respondió Johan, la palabra escapando de él casi en automático.

North desvió la mirada, procesando la información.

—¿Por qué nunca lo dijiste? —preguntó, su voz teñida de una mezcla de curiosidad y reproche—. ¿Por qué nunca intentaste acercarte?

Johan se permitió observarlo de verdad, tratando de encontrar en sus ojos algún recuerdo lejano de aquellos días. Ahora que lo tenía así, tan cerca, la diferencia de altura se notaba más. La punta de su nariz estaba roja por el frío y, aunque apenas perceptible, podía notar un ligero temblor en su cuerpo. También se fijó en el cuello de su camisa, estaba mal doblada, revelando una porción de piel.

—Lo intenté —respondió Johan con honestidad.

Por supuesto que lo que hizo, pero cada vez...

—Siempre había algo que lo evitaba —añadió, el recuerdo de cada intento fallido deslizándose por su mente.

North ladeó la cabeza, esperando que continuara.

—El día que decidí hablarte por primera vez, después de una clase, una chica se te acercó y te pidió tu número. Te vi sonreírle y… no quise interrumpir —contó, recordando la punzada de celos—. Otro día, en la cafetería, te vi solo y caminé hacia tu mesa, pero justo cuando estaba a punto de llegar, tus amigos aparecieron y te arrastraron fuera.

Era como si el universo conspirara para mantenerlo alejado.

North lo escuchó en silencio, sin apartarse. Parecía un poco avergonzado por lo que oía, como si, de alguna forma, se sintiera responsable.

—La tercera vez me rechazaste.

North frunció el ceño.

—¿Te rechacé? ¿Cuándo?

—Teníamos un amigo en común —soltó una leve risa al recordarlo—. Lo tenía harto, porque de lo único que podía hablar era de ti. Él intentó hablarte sobre mí, pero en ese momento ya estabas saliendo con alguien.

Un destello de entendimiento cruzó por los ojos de North.

—¿Todo ese tiempo? —preguntó, su voz apenas un susurro—. ¿Hasta hoy?

Johan asintió. Y entonces, animándose, alzó una mano y, con delicadeza arregló la camisa de North. Sus dedos rozaron con atrevimiento la piel suave y cálida de su cuello, enviando una corriente eléctrica a través de ambos.

—Cuando te vi entrar al bar por primera vez, después de tanto tiempo, me sentí feliz. Abrumado —confesó, su voz volviéndose más cálida—. Aún no sabía cómo acercarme, pero con sólo verte era suficiente para mí.

Todo fue rápido.

North acortó lo poco que quedaba entre ellos. Lo hizo sin decir nada, sin dudar. Se puso de puntillas, apoyando las manos en los hombros de Johan para equilibrarse, y sus labios, suaves y tímidos, tocaron los suyos por apenas unos segundos.

Fue un roce breve, pero dejó a Johan en un estado de ligera conmoción.

North bajó lentamente, aún sin quitar sus manos de sus hombros. Y, en un movimiento puramente instintivo, Johan persiguió su boca, inclinándose para encontrarla de nuevo... pero se detuvo a escasos centímetros.

Podía sentir el calor que emanaba de North, el brillo húmedo que cubría sus labios bajo la tenue luz del callejón, lo llamaban con desesperación.

Era una agonía.

—Ya no tienes que contenerte —murmuró North.

Johan dejó de pensar.

Envolvió a North entre sus brazos, apresándolo contra su cuerpo en un abrazo posesivo. Y sus labios, por fin, se tocaron.

Sabía cuánto deseaba esto.

Fue lento al principio. Un roce suave, un intento desesperado por saborear el momento con la calma que se merecía. Quería memorizar la textura de sus labios, la forma en que encajaban perfectamente con los suyos. Sin embargo, sintió cómo el cuerpo de North se pegaba más a él, sus manos aferrándose a la tela de su camisa, y ya no pudo ser gentil.

Con un gruñido bajo que murió en la boca de North, Johan terminó acorralándolo entre la pared fría del callejón y la solidez de su propio cuerpo.

El beso subió de intensidad, volviéndose más desordenado. North intentó seguirle el ritmo, jadeando contra su boca, devolviendo la presión con una urgencia sorprendente. Johan chupó su labio inferior —una petición silenciosa— y, cuando North entreabrió la boca para él, su lengua se deslizó dentro. Pudo sentir el lejano y dulce sabor del chocolate y el champagne. Adictivo. Era el sabor de esa noche, el sabor de North.

North se aferró a él con más fuerza mientras un pequeño gemido se escapaba de su garganta. El sonido casi hizo que Johan perdiera la cabeza. En respuesta, mordió suavemente el labio inferior de North, tirando de él antes de separarse.

Sólo se escuchaban sus respiraciones agitadas en medio de la oscuridad del callejón de Northern Lights.

La mano de Johan subió para sostener el rostro de North, su pulgar acariciando sus labios hinchados y húmedos. Los presionó suavemente, sintiendo el aliento cálido rozar su piel.

—No tienes idea —dijo Johan, su voz ronca— de lo mucho que quería hacer eso.

Los ojos de North estaban nublados por el deseo, su pecho subía y bajaba rápidamente y sus labios estaban enrojecidos. A pesar de todo, logró esbozar una sonrisa temblorosa, una que hizo que el corazón de Johan diera un salto en el pecho. Inclinó la cabeza, sus narices rozándose ligeramente en un gesto de ternura.

—Para que lo sepas —susurró North, su voz dulce y sin aliento—, esta ha sido, por mucho, la mejor cita que he tenido.

Que lindo.

¿Por qué tenía que ser tan lindo?