HOECHLIN EMPIRE
Suena la alarma a las 7:00 a.m. Me levanto de un salto, recordando que papá me dijo que el señor Don me esperaría a las 8:00 a.m.
Me meto en la ducha rápidamente, lavándome el cabello y los dientes con la misma prisa. Apenas salgo, envuelvo mi cabello en una toalla y me siento frente al tocador para secarlo. Abro el armario y escojo un vestido negro: ni demasiado elegante ni demasiado casual. Lo combino con unos tacones y un bolso del mismo color. Me encanta el negro. Me maquillo de forma natural. No quiero que el señor Hoechlin piense que voy a una gala, pienso con diversión.
Cuando termino, bajo las escaleras y me dirijo al comedor. Mi padre, su esposa y mi hermana Andrea ya están desayunando.
—Buenos días.
—Buenos días, hija. Te ves hermosa. ¿A dónde vas?
¿En serio? ¿No puede recordarlo?
Ruedo los ojos con discreción y beso la mejilla de Andrea antes de sentarme junto a ella.
—Te dije que hoy iría a buscar trabajo. En la empresa de tu mejor amigo, el señor Don —recalco con intención.
Papá parpadea un par de veces, como si intentara recordar.
—Oh, sí... lo olvidaba.
—Sigo insistiendo en que no tienes necesidad de trabajar. Si lo hicieras, podrías hacerlo con tu padre —interviene Katiuska con su tono dulzón y falso.
Respiro hondo. Mi relación con Katiuska es pésima, y no pretendo verla jamás como una madre.
—Gracias, Katty, pero ya tengo dieciocho y no quiero ser una mantenida.
—¡Noreidys! —exclama papá, molesto—. ¿Cuántas veces te he dicho que moderes tu lenguaje?
Andrea intenta contener una risa. Yo simplemente me levanto y miro a papá con seriedad.
—Lo siento, papá, pero mamá me enseñó que hay que luchar por lo que queremos sin depender de los demás.
Papá se queda pensativo, lo cual aprovecho para despedirme con un beso en la mejilla a Andrea y a él.
—¿No piensas desayunar? —pregunta Katiuska con fingida preocupación.
—No, se me quitó el hambre —respondo con sequedad—. Además, tengo que llegar temprano. Adiós, familia.
Salgo de la casa y me meto en mi auto. Estoy frustrada. Papá simplemente no me entiende. Pero no puedo hacer nada al respecto. Me concentro en mi destino y conduzco hasta la Hoechlin Empire.
Al llegar, la primera impresión me deja boquiabierta. El edificio parece aún más grande por dentro que por fuera. Me dirijo a la recepción.
—Disculpe, ¿en qué piso está la oficina presidencial?
—Décimo piso, señorita —responde la recepcionista.
Agradezco y tomo el ascensor. Al llegar, me encuentro con una gran sala y una puerta enorme que, supongo, conduce a la oficina del señor Don. Cerca de allí, una mujer trabaja en un escritorio. Parece ser la secretaria. Me acerco.
—Hola.
—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarla? —pregunta con una sonrisa.
—Busco al señor Don Hoechlin.
—¿Tiene cita?
—Sí, vengo para la entrevista de trabajo.
—Oh, entonces es para el puesto de secretaria de su hijo, el señor Tyler.
Parpadeo sorprendida. No sabía que era para su hijo, pero da igual.
—Sí, claro.
—¿Su nombre?
—Noreidys Díaz.
—Muy bien, el señor Don pidió agendarla anoche. Por cierto, mi nombre es Diana.
—Un placer, Diana —respondo con una sonrisa.
Diana toma el teléfono y marca.
—Señor Don, la señorita Díaz está aquí para la entrevista.
Se escucha una voz del otro lado.
—Dile que en unos minutos la recibo.
Diana cuelga.
—El señor Don la recibirá en breve.
En ese momento, la puerta de la oficina se abre de golpe. Un hombre sale de allí con el ceño fruncido y azota la puerta tras él. Es alto, con cabello oscuro como la noche y unos impresionantes ojos verdes. Su traje azul marino le queda perfecto. Se detiene un instante y me observa de arriba abajo. Su mirada es intensa, demasiado.
Me remuevo incómoda y miro a otro lado. Cuando vuelvo a mirarlo, su expresión sigue siendo seria. Sin más, se dirige al ascensor y desaparece.
—El señor Don la puede recibir ahora. ¡Suerte! —dice Diana con una sonrisa.
Diana abre la puerta y me guiña un ojo antes de dejarme entrar. En el enorme escritorio al final de la oficina, un hombre mayor me sonríe.
—Pase, señorita Díaz.
Diana cierra la puerta tras de mí.
—Un placer conocerla. Su padre me ha hablado mucho de usted. No la veía desde que era una niña.
—No lo recuerdo bien, pero lo mismo digo. Mi padre habla mucho de usted.
—Yo mismo haré la entrevista. Me gusta conocer al personal que entra en mi empresa, y como mi hijo está ocupado...
—Me parece perfecto.
La entrevista es extensa, pero me siento confiada. Mi rendimiento académico ha sido excelente.
Al final, el señor Don sonríe.
—Felicidades, tienes el trabajo.
—¡Muchas gracias!
—Espero que no tengas inconvenientes con mi hijo Tyler. Es bastante exigente.
—No se preocupe, señor.
Nos damos la mano y salgo de la oficina.
Al salir, veo a Diana tomando café.
—¿Y bien? —pregunta emocionada.
—¡Sí! ¡Me dieron el trabajo! El señor Don es muy amable.
—Sí, es un buen hombre. Ojalá su hijo fuera igual... —ríe—. Bueno, espero que te vaya mejor que a sus antiguas secretarias.
Levanto una ceja.
—¿Cuántas secretarias ha tenido?
—Contigo, seis.
Abro los ojos sorprendida.
—¿En todos sus años de trabajo?
—No, en este año. Perdí la cuenta del año pasado.
Trago saliva. ¿Tan exigente es?
—¿Quieres café? —ofrece Diana.
La verdad es que mi estómago está vacío y necesito algo caliente.
—Sí, claro.
Diana me sirve una taza justo cuando suena el teléfono.
—¿La señorita Díaz sigue ahí? —pregunta la voz en el auricular.
—Sí, señor, aquí está.
—Hazla pasar.
—El señor Don quiere verte de nuevo —dice Diana.
Tomo mi café y regreso a la oficina.
—Se me olvidó darte estos papeles. Entrégaselos a tu padre personalmente.
—De acuerdo, señor. ¿Algo más?
—¿Tyler ya llegó?
—No lo he visto.
—Bien, ya puedes retirarte.
Salgo de la oficina, concentrada en los papeles, cuando...
¡¡¡¡FUSH!!!!
Siento cómo mi café caliente se estrella contra un traje azul marino.
Levanto la vista, horrorizada.
Es él.
El hombre de ojos verdes.
Me mira con furia.
Mi piel se vuelve pálida.
¡Me quiero MORIR!
A veces es imposible evitar la... ¿mala suerte?