Capítulo 1 – El joven príncipe
El joven y apuesto Lier Garth Desht, primer príncipe de Kytle del Reino Humano, es muy bien aceptado y valorado por su gente. Ese día regresaba de revisar unos problemas en los cultivos cercanos.
Mientras cruzaba la pequeña ciudad que estaba cerca del palacio real, caminaba acompañado de dos guardias y su mayordomo. Sus pasos eran tranquilos, y a cada instante saludaba con una sonrisa a los mercaderes y pobladores que lo reconocían con respeto.
De reojo, Lesh, una joven que estaba arreglando flores en su puesto, lo miró con atención. Sus mejillas se encendieron y balbuceó para sí misma:
—Ah, ¿ya vieron al príncipe? —susurró con emoción, aunque su voz se perdió un poco entre el ruido—. Está hermoso… tiene un temple… apuesto a que es muy amable.
A su lado, una chica de cabello recogido y expresión escéptica bufó con desdén.
—¿Eres ingenua o idiota? Para mí que ambas. ¿No sabes que todos esos chicos que parecen amables y son guapos son los más cabrones que puede haber? —dijo con tono cortante, cruzándose de brazos.
La florista frunció el ceño.
—Tal vez el príncipe es diferente.
—No. Y solo porque sea príncipe no lo redime de eso.
—Tú no sabes.
—Pues claro que no lo redime. —La desconocida rodó los ojos y chasqueó la lengua con fastidio—. Ashh…
Una voz masculina, suave pero clara, interrumpió la tensión.
—Chicas, ¿todo bien?
La desconocida giró la cabeza con una mueca, dispuesta a responder con un insulto.
—Nada que le incumba, pend… —Se detuvo al ver quién era y su rostro cambió de inmediato.
—Buenos días, joven príncipe. Mis cordiales saludos. —Las dos hicieron una torpe reverencia.
Entre ellas, una niña de no más de seis años dio un paso al frente.
—Buenos días, joven Lier. ¿Vas a ir al pueblo? —preguntó con curiosidad, sosteniendo un pequeño muñeco de tela.
Lier bajó la mirada hacia ella y, sin dudar, se agachó para quedar a su altura.
—Sí, pequeña… pero hoy no. ¿Cómo te llamas? —preguntó con un tono cálido, inclinando ligeramente la cabeza.
—Lyli.
—Qué lindo nombre —sonrió suavemente.
—Chi. —La niña asintió tímidamente.
—Bueno, ya me tengo que ir. Pero, ¿puedes decirme por qué me preguntabas si iba a ir al pueblo? —Lier ladeó un poco la cabeza, manteniendo su voz amable.
—Porque ese chico de ahí lo dijo. —Señaló hacia la esquina, donde un joven alto conversaba con un vendedor de frutas.
Lier arqueó una ceja.
—Pequeña… ¿puedes decirme qué dijo exactamente?
—Sip. Dijo que prepararan todo, ya que el joven Lier va a ir al pueblo.
—Gracias, pequeña Lyli. —Le dio una ligera palmadita en el hombro antes de ponerse de pie.
Se levantó con cuidado, acariciando con suavidad la cabeza de la niña, y luego subió al carruaje con ayuda de su mayordomo.
Una vez dentro, se acomodó junto a la ventana. Apoyó el codo sobre el marco y dejó reposar la barbilla sobre su mano izquierda, mirando sin realmente ver las calles que iban quedando atrás y se perdió en sus pensamientos...
(Lier, en sus pensamientos):
"No he preparado nada… Tengo que revisar algunos documentos antes de irme, y preparar toda mi ropa. También debo dejar arregladas las cosas por mi ausencia. ¿Qué más…? Ah, sí, buscar el pendiente. Y por lo que vi en el mapa, el pueblo está al lado del otro reino… Está muy lejos, pero está. Espero que todo me vaya bien y no tarde más de lo esperado… Mmm, qué más tengo que hacer…"
De pronto, una voz lo sacó de su concentración:
—¡Joven Lier! … ¡Joven Lier! … ¡JOVEN LIER!
—¡¿Eh?! Sí, dígame.
El mayordomo sonrió paciente.
—Ya llegamos al palacio, baje con cuidado.
—Sí —respondió, ajustando su capa.
Descendió con pasos firmes, y al caminar hacia la entrada se percató de que lo esperaban la Reina y la Dama, su otra madre.
—Hola, mamá… mami. ¿Cómo se encuentran el día de hoy? —preguntó con una pequeña reverencia.
La Reina lo miró con dulzura.
—Mi niño, no hay necesidad de reverencia. Me encuentro bien, gracias. En un momento te daré los papeles para que los revises, y también los tuyos.
—Gracias, mamá —respondió Lier con respeto.
La Dama sonrió también.
—Yo también me encuentro bien, gracias, corazón. Por cierto, alguien se encargará de arreglar tu ropa, así que no te preocupes por eso, ¿sí?
—Gracias, mami. Está bien.
—Sí… —dijo ella, tocándole el hombro.
—Entonces, ya me voy a mi cuarto a arreglar los papeles —anunció Lier.
Ambas asintieron a la vez.
—Sí, con cuidado.
—Sip.
El joven príncipe caminó hasta las escaleras y subió al piso de su habitación. Al llegar, abrió la puerta y se dejó caer en su cama, rodeado de los documentos que debía ordenar.
Mientras acomodaba todo, su ceño se fruncía de vez en cuando, y en su rostro se mezclaba la seriedad del deber con una ligera preocupación.
Sabía que lo que venía no era sencillo.