ραятє ύиι¢α
Sunoo se sentó en el borde del muelle, sus piernas colgando sobre las aguas oscuras del puerto de Yokohama. La noche era serena, el cielo despejado, como un lienzo profundo tachonado de infinitas estrellas que titilaban suavemente sobre él. Lejos, el faro emitía destellos intermitentes, como si fuera una señal para aquellos que se habían perdido en la inmensidad del océano… o de la vida.
Habían pasado tres noches desde que NI-KI se fue sin decir una palabra. Tres noches en las que Sunoo se había quedado despierto, contando las estrellas, esperando que, de alguna manera, su amigo lo llamara, que rompiera el silencio con un mensaje, una señal de que estaba bien. Pero hasta ahora, solo el viento, el faro y el sonido del mar habían respondido a sus preguntas. Sunoo pensó en el coro de una vieja canción que tanto a él como a NI-KI les gustaba cantar: "How many nights does it take to count the stars?" ¿Cuántas noches más tendría que pasar así, preguntándose si NI-KI estaba bien? ¿Cuánto tiempo tomaría arreglar su corazón?
Habían sido amigos inseparables desde el momento en que se conocieron, en una cafetería pequeña, escondida entre las estrechas calles de Seúl. Sunoo aún recordaba cómo NI-KI, con su cabello desordenado y su risa contagiosa, había tropezado con una pila de libros, haciendo que todo el café se volviera a mirarlo. En lugar de sentirse avergonzado, NI-KI se había reído, capturando la atención de Sunoo de inmediato. Desde ese momento, habían compartido risas, secretos y sueños en un idioma que se construía a medio camino entre el coreano y el japonés, entre gestos y miradas que no necesitaban palabras.
Pero había algo que Sunoo nunca había dicho. Algo que guardaba en lo más profundo de su corazón, temeroso de que al hacerlo se rompiera la frágil burbuja de felicidad que habían creado juntos. "All I ever wanted was the truth," se repetía a sí mismo. Todo lo que siempre quiso era la verdad, pero ¿era la verdad algo que NI-KI estaba listo para darle?
La última vez que se vieron, NI-KI había estado extraño, más callado de lo normal. Había evitado el contacto visual y sus respuestas eran breves, como si quisiera alejarse lo antes posible. "¿Estás bien?" le había preguntado Sunoo una y otra vez, recibiendo siempre la misma sonrisa forzada y un vago "Estoy bien, de verdad". Pero Sunoo sabía que no era cierto. Algo estaba mal. Lo sentía en su pecho, como una presión constante, un eco de algo que aún no comprendía del todo.
Sunoo suspiró, abrazando sus rodillas mientras la brisa marina despeinaba su cabello oscuro. Se preguntó cuántas noches más necesitaría para contar todas las estrellas, para encontrar una respuesta en la oscuridad infinita que lo rodeaba. "How many nights have you wished someone would stay?" resonaba en su mente. ¿Cuántas noches había deseado que NI-KI se quedara? Cada una de esas noches, las estrellas habían sido sus únicas compañeras, susurrándole historias de amores perdidos y secretos inconfesables.
De repente, su teléfono vibró en el bolsillo de su chaqueta, interrumpiendo sus pensamientos. Lo sacó con rapidez, su corazón latiendo con fuerza en su pecho. Era un mensaje de NI-KI.
NI-KI: "Lo siento, Sunoo. Necesitaba tiempo."
Sunoo se quedó mirando la pantalla, su mente luchando por procesar las palabras. Tiempo. ¿Tiempo para qué? Sintió una mezcla de alivio y confusión. Al menos, NI-KI estaba bien… pero la incertidumbre continuaba. Sunoo se dio cuenta de que este era solo el principio. Un viaje que, como las estrellas en el cielo, parecía no tener fin.
Sunoo respiró hondo y decidió responder.
Sunoo: "Estoy aquí. Siempre estaré aquí. Solo quiero la verdad."
Envió el mensaje y levantó la mirada hacia el cielo. Las estrellas parecían brillar más intensamente esa noche, como si supieran que, a pesar de todo, el verdadero viaje acababa de comenzar.
(. . .)
El aire era frío, cortando suavemente la piel de NI-KI mientras caminaba por las calles desiertas de Tokio. Apenas había coches, apenas había ruido; era una de esas noches que parecían guardar secretos en cada rincón oscuro. Cada paso que daba se sentía más pesado, como si estuviera caminando bajo el agua, sumergido en un océano de pensamientos confusos y emociones enmarañadas. El mensaje de Sunoo había llegado poco después de que enviara el suyo, una respuesta rápida y precisa que lo hizo detenerse en seco.
“Estoy aquí. Siempre estaré aquí. Solo quiero la verdad.”
La verdad. Esa palabra resonaba en su mente como una campanada en la distancia. ¿Qué verdad quería Sunoo? ¿Y estaba él listo para revelarla? Había tantas cosas que NI-KI no sabía cómo decir, tantas emociones que había enterrado, pensando que de alguna manera desaparecerían si las ignoraba. Pero ahora, enfrentado a la insistencia de Sunoo, se dio cuenta de que ese momento había llegado. Era hora de enfrentar su miedo más profundo.
Se detuvo en un pequeño parque, uno que solía visitar cuando necesitaba pensar, con un estanque en el centro donde los peces koi nadaban despreocupados bajo la luz de la luna. Miró su reflejo en el agua. Su propio rostro le parecía ajeno, como si fuera un extraño mirándolo desde el otro lado. ¿Quién era ahora? ¿Quién se había convertido después de todo lo que había sucedido?
NI-KI cerró los ojos por un momento, recordando la última noche que había pasado con Sunoo. Había sido una noche como esta, fresca, con un aire de calma que normalmente lo habría tranquilizado. Pero esa noche, todo había sido diferente. Sentía un peso en el pecho, una sensación de ahogo que no podía explicarle. Había deseado tanto poder decirle a Sunoo lo que sentía, pero las palabras se habían quedado atrapadas en su garganta.
Había visto el dolor en los ojos de Sunoo, ese destello de preocupación cuando él se despidió apresuradamente. NI-KI sabía que no podía ocultar lo que estaba pasando, pero tampoco sabía cómo enfrentarlo. “Solo quiero la verdad”, había dicho Sunoo. Pero, ¿cómo podía explicarle que la verdad lo aterrorizaba? Que cada vez que cerraba los ojos, veía su futuro desenredándose como un hilo roto, un camino incierto que lo alejaba cada vez más de todo lo que amaba.
Sacó su teléfono, contemplando la pantalla con dedos temblorosos. ¿Cómo empezar? ¿Cómo encontrar las palabras que pudieran describir lo que estaba sintiendo? Sus dedos se movieron por su cuenta, escribiendo algo antes de que su mente pudiera detenerlos:
NI-KI: “No sé si puedo darte la verdad que buscas, Sunoo. Pero quiero intentarlo. Necesito verte.”
Envió el mensaje antes de que la duda lo detuviera, antes de que el miedo lo paralizara de nuevo. Cerró los ojos y respiró hondo, dejando que el aire frío de la noche llenara sus pulmones, sintiendo un pequeño destello de alivio al hacerlo. Había dado el primer paso, pequeño pero crucial. Ahora solo quedaba esperar.
Mientras tanto, Sunoo permanecía en el muelle, su mirada fija en el horizonte oscuro donde el cielo se encontraba con el mar. Su teléfono vibró de nuevo, y leyó el mensaje de NI-KI, su corazón latiendo más rápido con cada palabra.
“No sé si puedo darte la verdad que buscas, Sunoo. Pero quiero intentarlo. Necesito verte.”
Sunoo exhaló profundamente, una mezcla de alivio y ansiedad llenando su pecho. Quería entender a NI-KI, quería estar ahí para él, como siempre lo había estado. Pero algo en el tono del mensaje lo hizo preguntarse si estaba preparado para lo que estaba por venir. ¿Qué verdad podía ser tan difícil de compartir?
La luna se alzaba en el cielo, brillante y llena, y Sunoo no pudo evitar sonreír ante la ironía. La misma luna que brillaba sobre NI-KI ahora brillaba sobre él. A pesar de la distancia, aún compartían el mismo cielo, el mismo resplandor suave que iluminaba sus pensamientos más oscuros.
Sunoo se levantó lentamente, sintiendo la firmeza del muelle bajo sus pies. Tenía una decisión que tomar. Y ya sabía cuál sería.
Sunoo: "Voy para allá," escribió en su teléfono, sus dedos rápidos y seguros. "Dime dónde estás."
Envió el mensaje y comenzó a caminar, su corazón latiendo con fuerza, su mente llena de preguntas y sus ojos alzados hacia el cielo. Las estrellas parecían brillar con más fuerza esa noche, como si supieran que dos almas estaban a punto de encontrarse bajo su luz infinita.
(. . .)
Sunoo tomó el primer tren de la madrugada desde Yokohama hasta Tokio. El vagón estaba casi vacío, salvo por unas pocas almas perdidas que parecían estar huyendo de algo o, quizás, buscando a alguien. Miró por la ventana, observando cómo las luces de la ciudad pasaban a toda velocidad, destellos fugaces que se desvanecían en la oscuridad. Su mente estaba lejos de ahí, atrapada en pensamientos de NI-KI, en los recuerdos que compartían y en las palabras no dichas que llenaban el espacio entre ellos como una niebla densa e impenetrable.
Cuando llegaron a la estación de Shibuya, Sunoo bajó del tren y revisó su teléfono. NI-KI le había enviado su ubicación, y parecía que estaba a solo unas pocas cuadras de distancia. Su corazón latía con fuerza en su pecho mientras caminaba por las calles iluminadas de Tokio, sintiendo cómo el frío de la madrugada se filtraba a través de su chaqueta.
Cada paso lo acercaba más a NI-KI, y al mismo tiempo, más a la verdad que tanto temía pero que necesitaba conocer. “How many nights have you wished someone would stay?” resonaba en su mente. Había pasado tantas noches deseando que NI-KI se quedara, tantas noches preguntándose si alguna vez encontraría la manera de decirle lo que realmente sentía.
Finalmente, llegó al parque pequeño donde NI-KI solía ir cuando quería estar solo. El viento soplaba suavemente, haciendo que las hojas de los árboles susurraran en un idioma que solo la naturaleza conocía. A lo lejos, vio la figura de NI-KI sentado en un banco junto al estanque, con la cabeza gacha y los hombros encogidos. Sunoo se detuvo por un momento, observándolo, sintiendo una mezcla de alivio y angustia al verlo allí, tan cerca y, sin embargo, tan distante.
Se acercó lentamente, sus pasos resonando en el silencio de la noche. NI-KI levantó la vista cuando escuchó el sonido, y por un segundo, sus ojos se encontraron. Había algo diferente en la mirada de NI-KI, algo que Sunoo no había visto antes: una vulnerabilidad que lo hacía parecer más joven, más frágil.
—Gracias por venir —dijo NI-KI con una voz apenas audible, casi como si temiera que el viento se llevara sus palabras.
Sunoo se sentó a su lado, sin saber exactamente cómo empezar. El silencio entre ellos era denso, lleno de todas las cosas que habían quedado sin decir, de todos los sentimientos que habían quedado atrapados en los recovecos de sus corazones.
—Siempre vendría por ti, NI-KI —respondió Sunoo finalmente, rompiendo el silencio. Su voz era suave pero firme, cargada de una sinceridad que no podía esconder.
NI-KI asintió lentamente, sin apartar la mirada del agua. Había tantas cosas que quería decir, tantas cosas que necesitaba explicar, pero las palabras no parecían estar de su lado.
—Lo siento —dijo finalmente, su voz quebrándose un poco. —Lo siento por irme así. Lo siento por no explicarme… por dejarte en la oscuridad.
Sunoo se inclinó un poco hacia él, tratando de buscar sus ojos, de conectar con él de alguna manera.
—Está bien —susurró—, pero necesito saber… ¿por qué?
NI-KI se mordió el labio, su mirada fija en el reflejo de la luna sobre el estanque. Estaba tan acostumbrado a esconder lo que sentía, a guardar sus emociones como si fueran secretos que nadie más debía conocer. Pero ahora, frente a Sunoo, sintió que ya no podía seguir así.
—Tenía miedo —confesó finalmente, su voz temblorosa. —Miedo de que… si te decía la verdad, podrías dejarme.
Sunoo frunció el ceño, sorprendido.
—¿De qué estás hablando? Nunca te dejaría.
NI-KI respiró hondo, luchando por mantener la calma.
—He estado sintiendo cosas… cosas que no puedo explicar. —Hizo una pausa, buscando las palabras correctas. —Sunoo, tú eres lo más cercano que he tenido a un hogar desde que llegué aquí. Pero siento que… que hay algo más, algo que no entiendo del todo, y me asusta.
Sunoo sintió cómo su corazón se aceleraba, como si de repente todo cobrara sentido. Las miradas furtivas, los silencios incómodos, las sonrisas que duraban un segundo más de lo normal.
—¿Estás diciendo que…? —Sunoo no terminó la frase, esperando a que NI-KI lo confirmara.
NI-KI asintió, sus ojos llenos de emoción.
—No sé lo que significa exactamente. Solo sé que cada vez que estoy contigo, quiero que el tiempo se detenga, quiero que ese momento dure para siempre. Como si… como si fuera infinito.
Sunoo sintió una oleada de emociones abrumarlo. ¿Cuántas noches había pasado deseando que NI-KI se quedara? ¿Cuántas veces había contado las estrellas, esperando una señal de que no estaba solo en lo que sentía? Ahora, finalmente, las palabras estaban ahí, entre ellos, claras como el reflejo de la luna en el agua.
—Yo siento lo mismo, NI-KI —dijo finalmente, con una sonrisa tímida pero sincera. —Nunca supe cómo decírtelo, pero siempre lo he sentido.
Los ojos de NI-KI se llenaron de lágrimas, una mezcla de alivio, miedo y algo más profundo, algo que parecía llenar el vacío que había sentido durante tanto tiempo.
—Entonces, ¿qué hacemos ahora? —preguntó NI-KI, su voz quebrada pero esperanzada.
Sunoo tomó su mano con suavidad, entrelazando sus dedos como si estuviera sellando una promesa.
—Contamos las estrellas juntos —respondió—, y dejamos que el tiempo haga el resto. Porque sé que, aunque nos lleve toda una vida, cada momento contigo vale la eternidad.
NI-KI sonrió, con los ojos llenos de lágrimas, y por primera vez en mucho tiempo, sintió que tal vez, solo tal vez, todo estaría bien. La noche se sentía más ligera, y las estrellas, más brillantes, como si ellas también estuvieran celebrando este pequeño infinito que acababan de descubrir juntos.
(. . .)
La luz del amanecer comenzaba a teñir el horizonte de tonos naranjas y rosados mientras Sunoo y NI-KI caminaban lentamente por el parque. No se habían soltado la mano desde el momento en que decidieron enfrentarse a la verdad, como si temieran que el contacto pudiera desvanecerse en cuanto se soltaran. A pesar del frío de la madrugada, sentían el calor de sus manos entrelazadas, una chispa de conexión que los mantenía unidos en medio de la incertidumbre.
La confesión de NI-KI aún resonaba en el aire, cada palabra flotando alrededor de ellos como un susurro inacabado. Sunoo sentía una mezcla de alivio y vértigo en su pecho, como si estuviera al borde de un precipicio, mirando hacia un futuro que nunca había imaginado posible, pero que ahora lo atraía con fuerza irresistible.
Finalmente, NI-KI rompió el silencio, su voz suave pero decidida.
—Nunca había dicho eso a nadie —murmuró, casi como si hablara para sí mismo—. Siempre tuve miedo de lo que podría significar… de lo que tú podrías pensar.
Sunoo apretó su mano con más fuerza, asegurándole que estaba allí, que no iba a dejarlo caer.
—Lo entiendo, NI-KI. Yo también sentí miedo, durante mucho tiempo. Pero estoy aquí. Estamos aquí. Y eso es lo único que importa ahora.
NI-KI asintió, pero Sunoo notó que había algo más en su mirada, algo que aún no había revelado. Algo oscuro que seguía pesando sobre él. Se detuvieron cerca de un árbol grande, uno que había visto incontables estaciones cambiar a lo largo de los años. Sunoo giró hacia él, buscando sus ojos, tratando de leer lo que pasaba por su mente.
—¿Qué sucede? —preguntó con suavidad—. Siento que hay algo más. No tienes que contármelo ahora, pero quiero que sepas que estoy aquí para escucharte… para lo que sea.
NI-KI respiró hondo, su pecho subiendo y bajando mientras luchaba por contener las lágrimas. Había una lucha interna en sus ojos, una batalla entre la necesidad de hablar y el miedo de que sus palabras pudieran cambiarlo todo.
—Hay algo que no te he contado —empezó con dificultad, su voz apenas un susurro. Sunoo lo miró con preocupación, apretando suavemente su mano, dándole el tiempo que necesitara para continuar.
—Antes de conocerte, en Japón… hubo alguien más —continuó NI-KI, su voz temblorosa—. Una persona a la que amé profundamente. Pensé que era para siempre, pero… rompió conmigo. Me dejó cuando más lo necesitaba, y yo… nunca pude superar ese miedo. Nunca pude dejar de pensar que, tarde o temprano, todos se irían.
Sunoo sintió un dolor en el pecho al escuchar esas palabras, pero no era por celos ni resentimiento. Era empatía, una comprensión profunda de lo que NI-KI había vivido. Sabía lo que era sentir ese vacío, esa herida que se negaba a sanar. Se acercó un poco más, su otra mano tocando la mejilla de NI-KI con ternura.
—No soy esa persona, NI-KI. Y no me iré. No importa lo que pase, estoy aquí contigo. —Sunoo hizo una pausa, sus ojos llenos de sinceridad—. Pero también entiendo que sanar lleva tiempo, y no te voy a presionar. Podemos tomarnos todo el tiempo que necesites.
NI-KI asintió lentamente, sintiendo cómo una lágrima rodaba por su mejilla. Las palabras de Sunoo eran como un bálsamo, una promesa de que no estaba solo, de que había alguien dispuesto a caminar con él, a ciegas en la oscuridad, hasta que encontraran su camino de vuelta a la luz.
—Gracias —susurró NI-KI, inclinándose hacia Sunoo, su frente tocando suavemente la del otro. Sentía su respiración, lenta y tranquila, como un latido que resonaba al unísono con el suyo.
Por un momento, el tiempo pareció detenerse. Las primeras luces del amanecer se reflejaban en el agua del estanque, y las sombras de la noche se retiraban, dejando espacio para un nuevo día, para un nuevo comienzo.
—¿Qué haremos ahora? —preguntó NI-KI después de un largo silencio, su voz cargada de esperanza y de un miedo latente a lo desconocido.
Sunoo sonrió, sus ojos llenos de una determinación tranquila.
—Viviremos. Día a día, paso a paso. No hay un camino marcado para nosotros, y eso está bien. Aprenderemos a ser valientes juntos.
NI-KI asintió de nuevo, esta vez con una pequeña sonrisa en sus labios. Sunoo tenía razón. No sabían qué les depararía el futuro, pero por primera vez en mucho tiempo, NI-KI se sentía un poco más ligero, un poco más capaz de enfrentar lo que fuera que viniera después.
Se pusieron de pie, aún tomados de la mano, y comenzaron a caminar por el parque, bajo los primeros rayos del sol. No sabían cuánto tiempo les tomaría sanar, cuántas noches más tendrían que contar las estrellas, esperando encontrar respuestas. Pero en ese momento, bajo ese cielo despejado, supieron que, juntos, podrían enfrentar la eternidad.
Caminaron en silencio, pero sus corazones latían con una sincronía perfecta. Cada paso era un avance hacia un futuro incierto, pero lleno de promesas. Y aunque no podían ver el final del camino, sabían que lo recorrerían juntos.
A lo lejos, las campanas de un templo empezaron a sonar, marcando el inicio de un nuevo día. Y bajo ese mismo cielo, entre las sombras que se desvanecían y la luz que tomaba fuerza, dos almas que habían estado perdidas se encontraron, listas para enfrentar cualquier cosa, incluso si eso significaba contar cada estrella, una por una, hasta el infinito.
(. . .)
Ese día fue como ningún otro. Sunoo y NI-KI se aventuraron lejos, mucho más allá de los límites de la ciudad, dejando atrás el ruido, las luces, las sombras de su pasado y de su presente. Encontraron un lugar escondido, un rincón apartado del mundo, donde solo existían ellos y la naturaleza que los rodeaba. El sonido suave del río fluyendo a lo lejos, el susurro de las hojas movidas por el viento, el canto de los pájaros al amanecer. Era como si el universo los hubiese llevado de la mano hasta ese santuario íntimo, un refugio donde finalmente podrían ser completamente ellos mismos.
Caminaron sin prisa, sin preocuparse por el tiempo, dejando que el sol iluminara sus rostros y el viento acariciara sus cabellos. Había algo liberador en estar tan lejos de todo, en sentir que no había ojos curiosos, ni expectativas, ni prejuicios. Solo estaban ellos dos, y el mundo a su alrededor era vasto e infinito, tan infinito como la inmensidad del cielo que los cobijaba.
Pasaron el día explorando, riendo, hablando de cosas que nunca antes se habían atrevido a compartir. Sunoo observó a NI-KI moverse con una libertad que nunca había visto antes. Su risa era clara y despreocupada, y sus ojos brillaban con un resplandor nuevo, como si todo el peso de sus dudas se hubiera desvanecido al cruzar el umbral de ese lugar. NI-KI, por su parte, se sentía ligero como el viento, lleno de una energía nueva que lo impulsaba a seguir adelante, a descubrir más sobre este nuevo territorio, y más aún, sobre este nuevo comienzo con Sunoo.
Cuando el sol comenzó a esconderse tras las montañas, el cielo se tiñó de un suave tono violeta, y la primera estrella se asomó tímidamente en el horizonte. Sunoo y NI-KI encontraron un claro, un espacio abierto rodeado de altos árboles que se erguían como guardianes silenciosos. Se sentaron en la hierba, sintiendo la frescura del suelo bajo sus cuerpos, y simplemente miraron hacia arriba, contemplando cómo las estrellas empezaban a llenar el firmamento, una por una, como pequeños destellos de esperanza.
La noche se hizo más profunda, envolviendo el mundo en una manta de oscuridad salpicada de luces plateadas. El aire se volvió fresco, acariciando sus rostros con un toque suave. La luna, llena y brillante, se alzó majestuosamente, lanzando su luz pálida sobre ellos, bañando el claro en un resplandor suave y etéreo. Era como si todo el universo conspirara para crear ese momento, ese instante perfecto solo para ellos dos.
Sunoo y NI-KI se miraron, sintiendo la enormidad de lo que compartían, de lo que estaban a punto de decir. Las palabras eran innecesarias en ese momento, pero ambos sabían que había llegado el momento de ser completamente sinceros, de desnudarse el alma, de mostrar todas las cicatrices, todos los miedos, todas las esperanzas.
—Sunoo —susurró NI-KI, su voz apenas un eco en el silencio de la noche—, quiero que sepas todo de mí, sin nada que esconder. Porque estar contigo, aquí, ahora, me hace sentir que finalmente puedo ser yo mismo, sin miedo.
Sunoo lo miró, sus ojos llenos de una luz suave que reflejaba las estrellas.
—Estoy aquí, NI-KI. Estoy aquí para todo lo que quieras compartir, para todo lo que venga.
Y así, bajo el manto de la noche, comenzaron a hablar. Se contaron sus secretos más profundos, los sueños que nunca habían revelado a nadie, las inseguridades que a veces los hacían tambalear. Sunoo habló de su infancia en Corea, de los momentos de soledad, de las veces que había sentido que no encajaba en ningún lugar, hasta que encontró la música, y luego, hasta que encontró a NI-KI. NI-KI, a su vez, compartió sus miedos, su temor de no ser suficiente, de ser siempre el que se quedaba atrás, de amar tanto que sentía que podría desbordarse.
Y con cada palabra, con cada confesión, sintieron que una carga invisible se levantaba de sus hombros. Se acercaron más el uno al otro, sus manos entrelazadas, sus cuerpos cada vez más próximos, hasta que no quedó espacio entre ellos. El latido de sus corazones se sincronizó, palpitando en un ritmo suave, constante, como un mantra que repetía la misma verdad una y otra vez: "No estás solo. Estoy aquí."
La luna brillaba intensamente sobre ellos, y la naturaleza guardaba un respetuoso silencio. Sus ojos se encontraron en la penumbra, y en ese cruce de miradas, se dijeron todo lo que sus palabras no podían expresar. Sunoo, con una sonrisa tranquila, levantó una mano y tocó suavemente la mejilla de NI-KI, como si estuviera tocando algo precioso y frágil. NI-KI cerró los ojos, sintiendo el calor del toque de Sunoo, dejando que esa caricia traspasara cada capa de miedo, de duda, de inseguridad.
No hubo prisas, no hubo miedo. Solo una paz infinita, un entendimiento profundo de que estaban exactamente donde debían estar. Sunoo se acercó aún más, su aliento cálido sobre la piel de NI-KI. Lo besó, suavemente al principio, como si temiera romper la magia de esa noche, y luego más profundamente, con más certeza, con más verdad.
El beso era suave, lento, lleno de ternura, de promesas, de amor. Era el tipo de beso que no necesita palabras, porque ya lo dice todo. NI-KI respondió con igual intensidad, sus manos encontrando el camino hacia la nuca de Sunoo, acariciando su cabello, sintiendo la suavidad de su piel bajo sus dedos.
Se tumbaron juntos sobre la hierba, mirando el cielo estrellado, abrazándose como si fueran una sola entidad. Las estrellas parecían parpadear más intensamente, como si también fueran parte de ese momento, como si las luces del cielo danzaran en armonía con sus corazones. La brisa susurraba secretos antiguos, y el canto lejano de un búho parecía una melodía dedicada solo a ellos.
Allí, bajo ese manto celestial, se entregaron el uno al otro de la manera más pura, más sincera. Se entregaron no solo sus cuerpos, sino también sus almas, sus sueños, sus temores, todo lo que eran y todo lo que esperaban ser. Se fundieron en un abrazo que parecía no tener fin, un abrazo que los conectaba con la eternidad, como si la noche misma los estuviera abrazando también.
Y cuando finalmente la luna se inclinó hacia el horizonte, dejando paso a las primeras luces del alba, NI-KI y Sunoo se quedaron allí, entrelazados, con el cuerpo cálido del otro como único refugio. Se miraron a los ojos, y en ese silencio compartido, en esa quietud perfecta, entendieron que habían encontrado algo más allá de las palabras, algo más allá de lo tangible.
Habían encontrado el infinito en la mirada del otro, en el toque del otro, en la promesa silenciosa de que, sin importar lo que sucediera, siempre tendrían ese cielo estrellado, siempre tendrían esa noche, siempre se tendrían el uno al otro.
(. . .)
Bajo el manto estrellado, el mundo se redujo a dos corazones latiendo al unísono. Sunoo y NI-KI, envueltos en una suave luz plateada, se miraban a los ojos como si en ese cruce de miradas pudieran descifrar todos los misterios del universo. Las estrellas, testigos silenciosas de su entrega, parecían brillar más intensamente, como si también celebraran la unión de esas dos almas que, de alguna forma inexplicable, se habían encontrado en el vasto entramado de la vida.
Sunoo sintió cómo el tiempo se desvanecía en el aire, cómo las horas se volvían momentos eternos en los que cada caricia, cada roce de piel, se sentía como la primera vez. Deseaba seguir sintiendo esa conexión única, esa energía vibrante que fluía entre ellos, esa corriente invisible que los mantenía atados, sin dejar espacio para nada más. Se acercó más a NI-KI, su respiración apenas un suspiro en la quietud de la noche.
—¿Te parece bien si…? —empezó a decir, sus palabras quedando en el aire como una petición tímida, casi insegura. No quería romper la magia de ese momento, no quería parecer egoísta al querer más, al querer todo.
NI-KI lo miró, y su sonrisa fue una respuesta antes de que siquiera pudiera articular una palabra. Asintió con suavidad, su rostro lleno de una comprensión profunda, de un entendimiento que solo ellos compartían.
—Sí, Sunoo —susurró—. Me parece perfecto.
Sunoo se dejó llevar por la felicidad que lo inundaba, por la certeza de que no había otro lugar donde quisiera estar. Con cuidado, acercó su rostro al de NI-KI y lo besó, con una dulzura renovada, como si fuera la primera vez, como si cada beso fuese un redescubrimiento del otro. NI-KI respondió con la misma intensidad, sus labios moviéndose en perfecta armonía, encontrando un ritmo propio, un lenguaje único que solo ellos entendían.
Esa noche se convirtió en un sinfín de momentos entrelazados, de suspiros y sonrisas, de miradas profundas que hablaban más que cualquier palabra. Cada beso era un universo en sí mismo, una explosión de sensaciones que llenaba cada rincón de sus cuerpos y de sus almas. Sunoo sentía que con cada caricia de NI-KI, con cada roce de su piel, estaba siendo descubierto, desvelado, amado de una manera que nunca había conocido.
NI-KI, por su parte, se dejó llevar por la calidez de Sunoo, por la forma en que sus manos se deslizaban suavemente por su espalda, por la manera en que sus dedos se entrelazaban con los suyos, firmemente, como si no quisieran dejarlo ir nunca. Y cuanto más lo sentía cerca, cuanto más se sumergía en la profundidad de esos ojos brillantes, más se daba cuenta de que Sunoo era su refugio, su puerto seguro en medio de cualquier tormenta.
Las horas pasaron sin que se dieran cuenta. La noche, que había comenzado con una quietud casi mágica, se volvió un mosaico de risas suaves, de susurros compartidos, de confesiones murmuradas contra la piel. Había algo sagrado en la forma en que se entregaban, algo eterno en la forma en que sus cuerpos se movían juntos, siguiendo el compás de una melodía que solo ellos podían escuchar. Y, sin embargo, cada gesto, cada beso, cada caricia era tan natural como respirar.
Se besaron una y otra vez, como si cada beso fuera una declaración de amor renovada, una promesa de que no importaba cuántas noches pasaran, siempre sería especial. Se besaron hasta que sus labios estuvieron hinchados y sus corazones desbordaban de felicidad pura. Y, aun así, no tuvieron suficiente.
—Quiero que esto nunca termine —susurró Sunoo contra los labios de NI-KI, sus ojos llenos de un anhelo profundo, de un amor tan vasto que parecía abarcar todo el cielo estrellado sobre ellos.
NI-KI sonrió, su mirada suave y llena de ternura.
—No terminará, Sunoo. Siempre seremos nosotros, aquí, en este lugar, bajo estas estrellas. —Sus palabras eran un susurro, pero en el silencio de la noche, resonaban con fuerza.
Y así, continuaron, sin detenerse, sin preocuparse por el paso del tiempo. Se amaron una y otra vez, redescubriéndose con cada gesto, con cada movimiento. Sunoo trazó el contorno del rostro de NI-KI con la yema de sus dedos, como si estuviera dibujando un mapa hacia su corazón. NI-KI respondió acariciando el cuello de Sunoo, sintiendo la suavidad de su piel bajo su tacto, grabando en su memoria cada pequeño detalle, cada pequeño rincón.
Se miraron, y en ese intercambio de miradas, encontraron todas las respuestas que habían estado buscando. Sunoo vio en los ojos de NI-KI la seguridad de un futuro juntos, un futuro en el que no importaban las tormentas, porque sabían que siempre tendrían esa noche, ese momento en el que todo era posible. Y NI-KI, al mirar a Sunoo, vio reflejado su propio amor, vio la certeza de que, sin importar lo que el mundo les pusiera en el camino, siempre encontrarían la manera de regresar el uno al otro.
La luna, en su esplendor, fue testigo de cómo sus cuerpos se movían en perfecta sincronía, de cómo se entrelazaban una y otra vez, encontrando nuevos ritmos, nuevas formas de amarse. Las estrellas continuaban brillando sobre ellos, como un manto de luz que los protegía, que los mantenía unidos en esa burbuja de amor y de intimidad.
Y cuando la noche llegó a su fin, cuando el primer rayo de sol se asomó tímidamente por el horizonte, Sunoo y NI-KI seguían abrazados, sus cuerpos entrelazados, sus corazones latiendo al mismo ritmo. La brisa de la mañana acarició sus rostros, trayendo consigo el fresco aroma del amanecer, pero ninguno de los dos quiso romper el hechizo de ese momento.
—¿Estás bien? —preguntó Sunoo suavemente, su voz cargada de preocupación y cariño.
—Estoy más que bien —respondió NI-KI con una sonrisa tranquila—. Estoy exactamente donde quiero estar.
Y así, en el abrazo del nuevo día, entendieron que el amor verdadero no era perfecto, no era siempre fácil, pero era inquebrantable, era infinito. Se besaron una vez más, sellando esa promesa silenciosa de que, no importaba cuántas noches más contaran estrellas, siempre tendrían esa certeza: se tenían el uno al otro, y eso era todo lo que necesitaban.
(. . .)
Sunoo despertó con los primeros rayos del sol que se filtraban entre las ramas de los árboles, acariciando su rostro con una tibieza delicada. Durante un segundo, todo parecía en su lugar. Su corazón aún latía con la serenidad que la noche anterior había sembrado en él. Pero, al abrir los ojos y girarse hacia el lado donde esperaba ver a NI-KI, se encontró solo. El lugar vacío junto a él, la ausencia palpable de ese cuerpo que había sentido tan cerca durante toda la noche, le hizo sentir un vacío en el pecho que no había anticipado.
Se incorporó lentamente, parpadeando, intentando despejar el sueño de sus ojos. Su mente aún estaba confusa, atrapada entre la realidad y el recuerdo de la noche pasada, llena de risas, caricias, de esa conexión tan intensa que había sentido con NI-KI. Pero ahora, todo eso parecía tan lejano. Buscó a su alrededor, con la esperanza de que NI-KI estuviera simplemente a unos pasos de distancia, tal vez recogiendo algunas flores o contemplando el amanecer. Pero no había rastro de él. Solo el sonido suave del viento moviendo las hojas, el murmullo distante del río.
Sunoo se levantó, sintiendo una sensación de inquietud que empezaba a crecer dentro de él. Caminó alrededor del claro, llamando a NI-KI con voz queda, tratando de no dejar que la desesperación se colara en su tono.
—NI-KI… —murmuró al principio, casi como si no quisiera que nadie más escuchara. Luego, más fuerte—. ¡NI-KI!
No hubo respuesta. El eco de su voz pareció extenderse a través de los árboles, devolviéndole solo el silencio como respuesta. Sunoo sintió que su corazón comenzaba a latir más rápido, una mezcla de confusión y una punzada de miedo que no podía ignorar.
"¿Por qué se iría NI-KI? ¿Por qué justo después de lo que habían compartido?"
Mientras el pensamiento tomaba forma en su mente, una idea amarga comenzó a instalarse en el fondo de su ser. ¿Fue todo eso real para él? ¿Fue solo un momento pasajero? La duda era un veneno que empezaba a recorrer su cuerpo, una sombra que empañaba el recuerdo de la noche anterior.
"¿Y si NI-KI solo lo había querido para ese momento? ¿Solo para una noche de pasión y nada más?" La posibilidad golpeó a Sunoo como un puñetazo en el estómago, dejándolo sin aire, paralizado.
Su mente empezó a desatarse en todas direcciones. Repasó cada instante de la noche anterior, buscando alguna señal, algo que le hubiera advertido de lo que ahora temía. Pero no encontraba nada. Todo había sido tan sincero, tan puro. Cada beso, cada caricia, cada susurro había sido real… ¿o no?
Sunoo sintió un nudo en la garganta. Las palabras que NI-KI le había dicho resonaban en su mente: "Siempre seremos nosotros, aquí, en este lugar, bajo estas estrellas." ¿Habían sido solo palabras vacías? ¿Había sido solo un juego?
"No… no puede ser", pensó Sunoo, tratando de aferrarse a esa idea, a esa certeza que había sentido tan claramente la noche anterior. Pero, al mismo tiempo, la realidad de la soledad a su alrededor era imposible de ignorar. Estaba allí, solo, en medio de la nada, después de una noche que había significado tanto para él.
El sol subía en el cielo, y Sunoo se quedó allí, con los brazos rodeando su propio cuerpo como si intentara protegerse del frío que de repente parecía apoderarse de su piel. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla. La dejó caer, sin limpiarla, sintiendo su sal sobre los labios. "¿Por qué NI-KI haría esto? ¿Por qué lo dejaría justo después de encontrar lo que habían encontrado juntos?"
Cerró los ojos y trató de calmar su respiración, de encontrar algún sentido a lo que estaba pasando. Recordó la mirada de NI-KI, la forma en que lo había sostenido durante toda la noche, la ternura de sus caricias. Todo eso no podía haber sido falso. "No… NI-KI no haría algo así. Pero entonces, ¿por qué se fue?"
Sunoo pensó en todas las conversaciones que habían tenido, en todos los momentos en que NI-KI había mostrado una vulnerabilidad que pocas veces había dejado ver. Recordó cómo NI-KI había hablado de sus miedos, de no ser suficiente, de no saber si era capaz de amar completamente, sin reservas. Quizás, pensó Sunoo, era eso. Tal vez NI-KI se había asustado. Tal vez había sentido que lo que compartieron era demasiado, demasiado intenso, demasiado real, y había huido por miedo a lo que eso podría significar.
Sunoo se mordió el labio, tratando de apartar las lágrimas. Quizás solo necesitaba tiempo… Quizás NI-KI estaba lidiando con sus propios fantasmas, con sus propios miedos. Pero aún así, una parte de él no podía evitar sentirse herido, abandonado.
"¿Era tan difícil para NI-KI quedarse?" preguntó Sunoo en su mente, sintiendo el peso de la soledad más que nunca. Pero mientras esa idea se asentaba, otra, más oscura, comenzó a crecer: "¿Y si realmente NI-KI solo lo había querido por una noche? ¿Si había sido simplemente un deseo fugaz, una llama que se extinguía al amanecer?"
Sunoo sintió una punzada de dolor en el pecho, una mezcla de desilusión y confusión. No quería creerlo, pero la duda estaba ahí, creciendo con cada minuto que pasaba, con cada rayo de sol que se alzaba más en el cielo.
Se quedó allí, en el claro, con los brazos alrededor de sí mismo, mirando hacia el horizonte como si esperara ver a NI-KI aparecer en cualquier momento, corriendo hacia él, con una explicación, con una disculpa, con cualquier cosa que pudiera llenar ese vacío que ahora sentía tan profundamente. Pero el tiempo pasaba, y el claro seguía vacío.
Sunoo se dejó caer sobre la hierba, sintiendo cómo la mañana se desplegaba a su alrededor con una belleza indiferente. Las lágrimas, que había estado conteniendo, comenzaron a caer en silencio, trazando caminos salados por sus mejillas. Sentía un vacío en el pecho, un hueco donde antes había habido esperanza, donde había habido la certeza de un amor verdadero.
¿Fue todo una ilusión? se preguntó, mirando al cielo, buscando alguna respuesta en las nubes que se movían lentamente. Pero no había respuestas, solo un silencio abrumador que le devolvía su propia incertidumbre.
(. . .)
Los días comenzaron a desdibujarse en una bruma interminable de tristeza para Sunoo. Cada amanecer era una repetición cruel del anterior; cada noche, una lucha solitaria contra la oscuridad que ahora sentía en su interior. La ausencia de NI-KI era un dolor constante, un peso en el pecho que no desaparecía con el tiempo, sino que se volvía más pesado con cada día que pasaba sin respuesta, sin una explicación.
Sunoo caminaba por las calles de la ciudad como un fantasma, su mente atrapada en un bucle de preguntas sin respuesta. Se despertaba cada mañana con la esperanza de encontrar algún mensaje, una llamada perdida, cualquier señal de NI-KI. Pero su teléfono siempre estaba silencioso, tan vacío como se sentía su corazón. Intentaba distraerse, perderse en las actividades diarias, en las risas de sus amigos, en la música que solía amarlo tanto, pero nada podía llenar el vacío que NI-KI había dejado.
En las noches, cuando el mundo se callaba y quedaba solo con sus pensamientos, era cuando más lo sentía, como un eco que resonaba en la soledad de su habitación. Las palabras de la canción que solía escuchar juntos se repetían en su mente, como un mantra doloroso:
"How many nights have you wished someone would stay? Lie awake only hopin' they're okay…"
¿Cuántas noches había pasado Sunoo deseando que NI-KI estuviera ahí, a su lado, explicándole por qué se había ido, por qué lo había dejado justo después de lo que habían compartido? Sunoo no podía dejar de pensar en esos ojos brillantes que lo miraban como si él fuera todo, en esos labios que le habían susurrado promesas de un futuro juntos bajo las estrellas. Promesas que ahora parecían huecas, como un eco lejano que se perdía en la inmensidad de su dolor.
Trató de comprender. De encontrar alguna lógica en la partida repentina de NI-KI. Quizás había tenido miedo, quizás no estaba listo para amar de esa manera, tan profundamente, tan completamente. Pero nada de eso lo consolaba. ¿No merecía al menos una explicación? ¿Algo que calmara esa tormenta de emociones que lo atormentaba cada día, que lo mantenía despierto cada noche?
"If I tried, I know it would feel like infinity…" La letra de la canción le dolía como nunca antes. Esa sensación de que todo lo que estaba viviendo, este ciclo de anhelo y pérdida, se extendería para siempre, como si su corazón estuviera atrapado en una eternidad de espera, de amor no correspondido.
Los recuerdos lo invadían, golpeando su mente como olas incesantes. Recordó la suavidad de la piel de NI-KI bajo sus dedos, el sonido de su risa en medio de la noche, la forma en que sus cuerpos se habían entrelazado bajo la luz de las estrellas. Todo había sido tan real, tan palpable, tan perfecto… ¿Cómo podía haber terminado de esa manera?
Los días se convirtieron en semanas, y las semanas en meses. Y NI-KI nunca volvió. Sunoo dejó de esperar encontrarlo en las esquinas de las calles que alguna vez habían recorrido juntos, dejó de mirar su teléfono a cada rato, con la esperanza de un mensaje que nunca llegaba. Pero, a pesar de todo, una parte de él seguía aferrada a la idea de que tal vez, solo tal vez, un día aparecería, de alguna forma, con una explicación, con una disculpa, con algo que pudiera sanar esa herida abierta en su corazón.
La ausencia de NI-KI no era solo una falta de compañía; era como si el mundo hubiera perdido su color, como si cada canción, cada atardecer, cada risa estuviera teñida de melancolía. Sunoo ya no se sentía completo, se sentía como si una parte de él hubiera sido arrancada sin previo aviso, dejándolo solo con la sombra de lo que una vez fue.
Cada noche, antes de dormir, miraba el cielo a través de su ventana, buscando alguna señal, alguna estrella fugaz, algo que le dijera que NI-KI estaba pensando en él, que en algún lugar bajo ese mismo cielo, su nombre aún era pronunciado con cariño, con añoranza. Pero la noche siempre le devolvía el mismo silencio abrumador, la misma soledad.
"How many nights does it take to count the stars? That's the time it would take to fix my heart..." El infinito. Así era como se sentía, como si su dolor, su amor no correspondido, se extendiera para siempre, sin un final a la vista.
Sunoo comenzó a escribir cartas que nunca enviaría, páginas llenas de emociones que no podía contener. Le escribía a NI-KI como si pudiera escucharlo, como si sus palabras pudieran atravesar la distancia, el tiempo, el vacío que los separaba. Le contaba cómo lo extrañaba, cómo había intentado seguir adelante, cómo a veces, en los momentos más inesperados, su risa o su olor aparecían en su mente como si fuera ayer cuando se habían visto por última vez.
Pero NI-KI nunca respondió a esas cartas no enviadas, nunca apareció en los lugares donde Sunoo esperaba encontrarlo, nunca volvió a la vida de Sunoo de la forma en que él tanto deseaba. Y Sunoo se dio cuenta de que tenía que encontrar una manera de vivir con ese vacío, con esa ausencia que dolía tanto como el primer día. Porque, a pesar de todo, no podía dejar de amar a NI-KI. No podía borrar de su corazón lo que habían compartido, aunque ahora le parecía que había sido solo un sueño, una ilusión que se desvanecía con el amanecer.
"Infinity." Pensó Sunoo una vez más. Eso era lo que sentía. Un amor que no tenía fin, un amor que lo había atrapado en un ciclo de recuerdos, de deseos no cumplidos, de noches interminables mirando las estrellas y esperando algo que tal vez nunca llegaría.
Y así, Sunoo siguió adelante. No porque hubiera dejado de amar a NI-KI, sino porque había aprendido a vivir con la idea de que a veces, los amores más grandes, los más profundos, los que más nos marcan, son aquellos que no tienen un final feliz. Aquellos que nos dejan con la sensación de haber tocado el infinito, solo para darnos cuenta de que el infinito también puede ser sinónimo de soledad.
(. . .)
Sunoo nunca pensó que el destino lo llevaría a encontrarse con NI-KI en un lugar tan improbable, tan cargado de expectativas ajenas. Sus padres lo habían invitado a una cena especial en la casa de un amigo de la familia, algo que en un principio no había despertado mucho interés en él. "Una reunión familiar", le habían dicho, con una sonrisa que él no supo descifrar. Pero la insistencia fue tanta que, al final, se rindió.
El salón de la casa de los amigos de sus padres estaba decorado con un gusto tradicional, y la conversación fluía alrededor de la mesa con una cordialidad forzada. Sunoo se sentía incómodo, fuera de lugar, pero no fue hasta que levantó la vista y lo vio que su corazón se detuvo por un instante. Allí, al otro lado de la sala, estaba NI-KI.
NI-KI, con su cabello oscuro cayendo sobre su frente, con esa misma mirada intensa que había aprendido a amar. Pero su expresión era diferente ahora; parecía distante, casi ausente, como si su cuerpo estuviera presente pero su mente estuviera muy lejos. Alrededor de él estaban sus padres, sonriendo, hablando animadamente con los padres de Sunoo. Y cerca de ellos, dos chicas, una de rostro amable y juvenil, la otra un poco más mayor, ambas hermosas, perfectamente vestidas para la ocasión.
Sunoo sintió un nudo en el estómago cuando se dio cuenta de lo que estaba sucediendo. No hacía falta ser adivino para comprender las intenciones detrás de aquella cena. Era una reunión arreglada, una especie de presentación para que tanto él como NI-KI consideraran la idea de formar pareja con las chicas allí presentes. Todo era tan evidente, tan perfectamente planeado, que casi le dio risa. ¿Qué pensaban sus padres? ¿Que esto era un mercado de matrimonios?
Pero la risa murió en su garganta cuando vio a NI-KI sonreír educadamente a la chica más joven, asintiendo con la cabeza mientras ella hablaba. NI-KI, el mismo NI-KI que había huido de él sin una explicación, ahora parecía estar dispuesto a seguir el juego de sus padres, a cumplir con sus expectativas sin rechistar. Sunoo sintió una oleada de dolor y rabia recorrer su cuerpo. No podía entenderlo. ¿Cómo podía NI-KI simplemente aceptar todo esto? ¿Cómo podía actuar como si lo que habían compartido, esa noche bajo las estrellas, no hubiera significado nada?
—Sunoo, querido, ven aquí —lo llamó su madre, su voz llena de una dulzura que lo irritó aún más en ese momento—. Quiero presentarte a Yuna. Ella es la hija mayor de nuestros amigos. Tiene tu misma edad.
Sunoo asintió mecánicamente, forzando una sonrisa mientras extendía la mano hacia la chica que lo miraba con timidez. Era linda, sin duda. Tenía una sonrisa cálida y los ojos brillantes, pero Sunoo no podía ver nada más allá de eso. Todo lo que sentía era un vacío amargo, una desilusión profunda que parecía filtrarse por cada poro de su piel. Al otro lado de la sala, NI-KI mantenía una conversación con la otra chica, la de la edad de NI-KI, y los padres de ambos intercambiaban miradas satisfechas, como si todo estuviera yendo según lo planeado.
—Es un placer conocerte, Sunoo —dijo Yuna con una voz suave, rompiendo el incómodo silencio entre ellos.
—El placer es mío —respondió Sunoo, sin atreverse a mirar en dirección a NI-KI, aunque sentía su presencia como un imán irresistible.
Apenas pudo concentrarse en lo que Yuna decía. Su mente estaba atrapada en ese único pensamiento, esa única pregunta que se repetía una y otra vez en su cabeza: ¿Por qué? ¿Por qué NI-KI haría esto? Se sintió traicionado, perdido en un mar de confusión. Pero, por encima de todo, sentía una profunda tristeza. Porque no importaba lo mucho que intentara convencerse de lo contrario, él aún amaba a NI-KI, más de lo que podría explicar, más de lo que podría siquiera admitir.
Finalmente, no pudo más. Necesitaba saber, necesitaba entender. Aprovechando un momento en que las conversaciones parecían haberse relajado, Sunoo se disculpó educadamente y se acercó a NI-KI, su corazón latiendo con fuerza en su pecho. NI-KI lo vio acercarse y, por un breve instante, en sus ojos apareció una chispa de algo, quizás sorpresa, quizás miedo.
—Necesito hablar contigo —susurró Sunoo, intentando mantener su voz firme, aunque sentía que se quebraría en cualquier momento.
NI-KI asintió, sin decir nada, y lo siguió hasta una esquina más apartada del salón, lejos de las miradas curiosas de los adultos y de las dos chicas. Cuando estuvieron solos, Sunoo sintió que la rabia y el dolor que había estado conteniendo durante meses comenzaban a salir, como un torrente imparable.
—¿Qué estás haciendo aquí, NI-KI? —preguntó, su voz más aguda de lo que había planeado—. ¿Por qué estás actuando como si nada hubiera pasado, como si todo estuviera bien?
NI-KI lo miró en silencio durante un largo momento, su expresión era ilegible. Finalmente, suspiró y respondió con voz baja, casi inaudible.
—Mis padres… ellos saben sobre nosotros, Sunoo. Lo descubrieron, y… —se interrumpió, mordiendo su labio inferior, como si buscara las palabras correctas—. Ellos no lo aceptan. No quieren que estemos juntos. Quieren que me case con una chica, que haga lo que se espera de mí.
Sunoo sintió que el suelo se desmoronaba bajo sus pies. Había sospechado algo así, pero escuchar a NI-KI decirlo con tanta claridad, con tanta resignación, lo golpeó como un puñetazo en el estómago.
—¿Y eso es todo? —susurró—. ¿Solo vas a obedecer? ¿Vas a sacrificar lo que sentimos por cumplir con lo que ellos quieren?
NI-KI bajó la mirada, evitando los ojos de Sunoo. Había una tensión en su mandíbula, una lucha interna que era evidente.
—No es tan fácil, Sunoo —dijo finalmente—. No puedo simplemente… deshonrar a mi familia. No puedo ir en contra de ellos, no puedo…
—Pero, ¿y nosotros? —interrumpió Sunoo, sintiendo que su voz temblaba—. ¿Y lo que sentimos? ¿Acaso no te importa? Yo estaba dispuesto a dejar todo, a enfrentar a mis padres, al mundo, por ti. Pero tú… tú simplemente te fuiste.
NI-KI apretó los puños, su rostro reflejando un dolor que parecía tan profundo como el de Sunoo.
—Nunca dejé de amarte, Sunoo —confesó en voz baja—. Esa noche… fue real. Todo fue real. Pero ellos… me encontraron, me confrontaron. No podía…
Sunoo sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas. Parte de él quería abrazar a NI-KI, decirle que no importaba, que lo amaba de todas formas. Pero otra parte se sentía devastada, como si un abismo se hubiera abierto entre ellos.
—Entonces, ¿esto es todo? —preguntó, su voz apenas un susurro—. ¿Te rendiste? ¿Nos rendiste?
NI-KI levantó la mirada, sus ojos llenos de lágrimas no derramadas, y en ellos Sunoo vio una tristeza infinita, una lucha interna que quizás nunca se resolvería.
—No es lo que quiero, Sunoo —respondió, con voz rota—. Pero es lo que debo hacer.
Y así, en esa sala llena de risas y conversaciones ajenas, donde el destino parecía estar decidido por todos menos por ellos, Sunoo entendió que, a pesar de todo lo que habían compartido, a pesar de todo el amor que aún existía, había cosas que nunca podrían cambiar.
Y mientras el resto de los invitados seguía charlando y sonriendo, ajenos a la tormenta que se desataba en los corazones de Sunoo y NI-KI, él sintió que el infinito de su dolor apenas comenzaba.
(. . .)
La mañana del matrimonio de NI-KI era un cuadro de perfección tradicional. La iglesia estaba decorada con flores blancas y cintas doradas, el ambiente impregnado con el aroma de las rosas frescas y el murmullo expectante de los invitados. Las familias, tanto la de NI-KI como la de su novia, estaban allí para celebrar la unión, para ver a dos jóvenes, Moon Yu-Ri y Nishimura Riki, iniciar un nuevo capítulo en sus vidas. La ceremonia prometía ser un despliegue de rituales y promesas, con una solemnidad que, en teoría, debía ser el broche final a una historia de amor en construcción.
Sunoo, desde su lugar en la última fila, observaba con una mezcla de angustia y determinación. A pesar de haber decidido no casarse el día anterior, a pesar de las súplicas y las presiones de sus padres para que siguiera adelante con su propio compromiso, él había optado por estar allí, en esa iglesia, en ese preciso momento. No podía evitarlo. Ni siquiera la dignidad o la presión social podían hacerle olvidar el amor que sentía por NI-KI.
La ceremonia comenzó con el usual protocolo: la entrada de la novia, la procesión de los padrinos, y los discursos emocionados de los padres. Pero Sunoo no podía concentrarse en nada más que en el hombre que estaba a punto de unir su vida con alguien que no era él. Cada palabra del oficiante, cada ritual, parecía un recordatorio doloroso de la brecha insuperable que se había abierto entre ellos.
Finalmente, el oficiante se dirigió a la pareja con las preguntas tradicionales, su voz resonando con una autoridad que acentuaba la seriedad del momento.
—Moon Yu-Ri y Nishimura Riki, ¿venís a contraer matrimonio sin ser coaccionados, libre y voluntariamente? —preguntó el oficiante, mirando a ambos con una seriedad que imponía respeto.
La sala quedó en silencio, expectante. La respuesta de NI-KI se hizo esperar, pero cuando finalmente habló, la palabra que salió de sus labios fue un cortante “No”.
Un murmullo de sorpresa se extendió por la sala. Los rostros de los padres de ambos jóvenes se llenaron de incredulidad y confusión. La novia de NI-KI se quedó paralizada, con lágrimas comenzando a asomar en sus ojos. Sunoo sintió un temblor en su corazón; un rayo de esperanza, una chispa de lo que podría ser, se encendió en medio del caos emocional.
El oficiante, claramente desconcertado, volvió a preguntar, intentando aclarar la situación.
—¿Podéis explicar vuestra respuesta, Nishimura Riki?
NI-KI, con la mirada fija en el suelo, finalmente levantó la vista. Sus ojos se encontraron brevemente con los de Sunoo, una mezcla de dolor y arrepentimiento visible en ellos. La decisión no fue fácil, y el peso de la verdad estaba claro en cada palabra que dijo.
—No estoy aquí por mi propio deseo —dijo NI-KI con voz firme pero temblorosa—. Estoy aquí porque mis padres así lo desean. No puedo continuar con esto sin ser honesto. Mi corazón pertenece a otra persona, alguien que no está aquí.
La sala estalló en murmullos. Sunoo sintió cómo una mezcla de emociones lo invadía. Alivio, tristeza, esperanza. La verdad estaba al descubierto, pero no de la forma en que había soñado. NI-KI estaba allí, reconociendo su verdad, pero el daño ya estaba hecho. Las emociones que Sunoo había guardado durante tanto tiempo ahora se manifestaban, un torrente de sentimientos que fluía sin control.
El oficiante, con la compostura algo perdida, intentó restablecer el orden.
—Esto es… inesperado. Nishimura Riki, si no estás dispuesto a seguir adelante con esta unión, debes comunicar tu decisión a los presentes.
NI-KI asintió con gravedad, y volvió a mirar a Sunoo, que ahora estaba de pie, avanzando lentamente hacia el altar. Cada paso parecía un eco de sus propios sentimientos, de la lucha interna entre la esperanza y la realidad. Sunoo no sabía qué hacer, pero sabía que tenía que actuar. Su corazón le decía que era el momento de hacer escuchar su voz, de luchar por el amor que había estado guardando tan celosamente.
Cuando Sunoo llegó al altar, los ojos de todos estaban fijos en él. La tensión en el aire era palpable. Miró a NI-KI, y en ese instante, se sintió más cerca de él que nunca, aunque una barrera invisible aún los separaba.
—NI-KI —dijo Sunoo, su voz resonando con una sinceridad que llenaba la sala—, si esta boda no se ha llevado a cabo por tu elección, y si tu corazón sigue perteneciendo a otro lugar, entonces ¿por qué no lo reconocemos ahora? No podemos seguir adelante con algo que no es verdadero, algo que no es justo para ninguno de nosotros.
NI-KI lo miró con los ojos llenos de lágrimas, su propio corazón desgarrado por la decisión que había tomado. La verdad que ambos sabían, pero que ninguno había querido enfrentar por completo, estaba al descubierto. Sunoo lo vio bajar la mirada nuevamente, la lucha interna reflejada en su expresión.
La sala estaba en un estado de shock, pero Sunoo sentía que, de alguna manera, esta interrupción era un paso hacia adelante, una manera de enfrentar la verdad que tanto habían evitado. Los padres de ambos jóvenes estaban visiblemente alterados, pero el peso de la verdad no podía ser ignorado.
Finalmente, el oficiante, con un gesto de resignación, se volvió hacia la sala.
—Parece que esta ceremonia no puede continuar como estaba prevista. Nishimura Riki y Moon Yu-Ri, si deseáis tomar otro camino, será necesario discutirlo más tarde con vuestros respectivos familiares.
Y así, con la ceremonia suspendida y la verdad expuesta, el tumulto de emociones continuó en la sala. Sunoo y NI-KI se encontraron en un rincón apartado, con los padres y los invitados todavía procesando lo sucedido.
El silencio entre ellos era pesado, lleno de palabras no dichas y sentimientos reprimidos. Finalmente, NI-KI habló, su voz temblando.
—Lo siento, Sunoo. No sabía cómo hacer esto de otra manera. Mis padres…
Sunoo lo interrumpió, no porque quisiera ser brusco, sino porque necesitaba expresar lo que sentía.
—No tienes que pedir disculpas, NI-KI. Solo... díme la verdad. ¿Todavía sientes lo mismo por mí?
NI-KI levantó la vista, sus ojos encontrando los de Sunoo, y por un breve instante, el mundo parecía detenerse.
—Sí, Sunoo. Siempre lo he sentido. Pero no sabía cómo luchar contra todo esto. Mis padres, las expectativas…
Sunoo asintió, entendiendo el peso de la situación. Aunque la boda estaba cancelada, y aunque el futuro aún era incierto, había un rayo de esperanza en la verdad que ambos habían reconocido.
—No sé qué nos depara el futuro —dijo Sunoo—, pero al menos ahora sabemos que no estamos solos en esto.
Y mientras el caos continuaba a su alrededor, Sunoo y NI-KI se encontraron nuevamente en un momento de conexión, sabiendo que, aunque el camino por delante fuera incierto, al menos no estaban caminando en la oscuridad.
(. . .)
El salón de la iglesia estaba envuelto en un silencio incómodo. La ceremonia se había interrumpido abruptamente, y la multitud de invitados, que se había reunido para celebrar una boda, ahora estaba en espera de respuestas. Mientras la confusión reinaba entre los presentes, los padres de NI-KI se dirigieron hacia él con expresiones de decepción y enojo. Su padre, Nishimura Hiroshi, y su madre, Akiko, avanzaron hacia él, rodeados de una aura de autoridad que hacía que el aire se volviera denso.
Sunoo observó desde la distancia, con el corazón acelerado. La escena que se desarrollaba ante él era un eco de sus peores temores. NI-KI se mantenía en pie, su cuerpo tensado y su mirada baja. No estaba seguro de cómo había llegado a este punto, pero sabía que la verdad debía salir a la luz.
—¡Nishimura Riki! —exclamó Hiroshi, su voz retumbando en el espacio—. ¿Cómo te atreves a hacer esto? ¿Atraer a nuestra familia a esta situación vergonzosa? ¿Por qué no puedes simplemente hacer lo que se espera de ti?
Akiko, a su lado, parecía igualmente frustrada. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, no sólo de decepción, sino de un dolor profundo. Se volvió hacia su hijo con una mezcla de desesperación y reproche.
—No entiendo por qué estás haciendo esto —dijo Akiko, su voz quebrada—. Has causado mucho daño. ¿Cómo puedes seguir insistiendo en este camino? ¿Qué tienes que decir por ti mismo?
NI-KI, en lugar de responder de inmediato, permaneció en silencio, su expresión un enigma de dolor y resignación. El silencio entre ellos parecía interminable, y Sunoo sintió cómo su propia ansiedad se incrementaba con cada segundo que pasaba.
Finalmente, NI-KI levantó la cabeza, mirando a su padre y luego a su madre, y luego a toda la multitud que los rodeaba. Sus ojos encontraron los de Sunoo, que estaba parado al fondo, y sintió un peso enorme sobre sus hombros. En ese momento, el silencio se hizo tan pesado que parecía casi palpable.
—Mamá, papá —dijo NI-KI, su voz temblando pero decidida—. Ya no puedo seguir con esta farsa.
Los padres de Moon Yu-Ri, que estaban al lado, se tensaron al escuchar las palabras de NI-KI. La novia, Moon Yu-Ri, estaba a un lado, visiblemente herida, con el rostro pálido y los ojos llenos de lágrimas.
—La verdad es que… —NI-KI continuó, mirando a la multitud con una sinceridad dolorosa—. No estaba dispuesto a casarme con Yu-Ri porque mi corazón no está aquí. Mi corazón está con alguien más.
Las palabras de NI-KI hicieron que un murmullo de sorpresa y asombro recorriera a los presentes. Sunoo sintió que su pecho se oprimía al escuchar la confesión de NI-KI. La realidad estaba sobre ellos, sin filtros, sin pretextos.
—El amor que siento no es algo que pueda ocultar —prosiguió NI-KI, su voz cargada de emoción—. No es algo que pueda ignorar simplemente por cumplir con las expectativas de los demás. El amor verdadero no se puede forzar ni cambiar según las circunstancias.
La sala se llenó de murmullos desconcertados mientras los presentes procesaban la revelación. Los padres de NI-KI estaban boquiabiertos, incapaces de reaccionar de inmediato, mientras Moon Yu-Ri se aferraba a su madre, su rostro desolado.
—¿Y quién es esa persona? —preguntó Hiroshi, su voz temblando entre el enojo y la incredulidad—. ¿Quién es tan importante como para arruinar todo esto?
NI-KI respiró profundamente antes de responder. Su mirada se volvió hacia Sunoo, que estaba allí, al borde de la desesperación pero con un destello de esperanza en sus ojos.
—Sunoo —dijo NI-KI, su voz firme a pesar de las circunstancias—. Él es la persona a la que amo. Él es la razón por la que estoy aquí, dispuesto a enfrentar todo esto.
El nombre de Sunoo resonó en la sala como un eco en el vacío. Todos los ojos se volvieron hacia él, la atención se centró en él de una manera que parecía abrumadora. Sunoo sintió el peso de la mirada de los presentes, pero también un alivio indescriptible al ver la verdad finalmente expuesta.
Los padres de Sunoo, que habían estado observando en silencio desde la distancia, se acercaron lentamente. La incredulidad y el dolor se reflejaban en sus rostros. La revelación había sacudido los cimientos de lo que habían considerado como un camino claro para sus hijos.
—Esto es… increíble —dijo el padre de Sunoo, su voz apenas audible—. ¿Cómo has podido llegar a este punto sin decirnos nada?
Sunoo no respondió de inmediato. Sus ojos estaban fijos en NI-KI, tratando de captar la emoción y la verdad que se reflejaban en sus ojos. Finalmente, se dirigió a la multitud con una determinación renovada.
—Lo que importa ahora es que NI-KI y yo estamos aquí, listos para enfrentar lo que venga —dijo Sunoo, su voz resonando con una fuerza inesperada—. No podemos seguir adelante con mentiras. Este es el momento de ser honestos con nosotros mismos y con los demás.
La tensión en la sala era palpable. La verdad estaba sobre ellos, y la realidad de la situación se asentaba como una pesada losa. Los padres de ambos jóvenes estaban visiblemente agitados, luchando con sus propias emociones y con la inesperada verdad que se había desvelado.
—No sé qué sucederá a partir de aquí —continuó Sunoo—, pero quiero que todos sepan que el amor entre NI-KI y yo es verdadero. No es algo que se pueda cambiar ni borrar.
Con esas palabras, la sala se sumió en un nuevo silencio, uno que parecía estar cargado con la promesa de un cambio inevitable. Los padres, los invitados, y los protagonistas estaban inmersos en la contemplación de una verdad que había sido expuesta en el momento más inesperado.
Y mientras el sol comenzaba a ponerse, arrojando una luz dorada sobre el caótico salón, Sunoo y NI-KI se encontraron en el centro de una tormenta emocional, con el futuro incierto pero lleno de la claridad que solo la verdad puede proporcionar.
(. . .)
La noche había caído rápidamente sobre la iglesia. Los murmullos de desaprobación y las miradas de desapego se convirtieron en un ruido constante, como una tormenta que se gestaba entre los asistentes. Los padres de NI-KI y Sunoo, junto con los padres de Moon Yu-Ri y muchos de los invitados, estaban reunidos en pequeños grupos, discutiendo acaloradamente lo que acababa de suceder. Las palabras "deshonra", "desilusión" y "vergüenza" resonaban en el aire, llenándolo de un peso casi tangible.
Sunoo y NI-KI se alejaron de la multitud, encontrando un rincón en el jardín de la iglesia, donde las luces eran más tenues y el silencio más íntimo. Los árboles altos y la brisa fresca les daban una sensación de refugio, aunque ambos sabían que no podían escapar del todo de la realidad que los acechaba.
Sunoo se volvió hacia NI-KI, su expresión llena de expectativa y temor. Sabía que esa conversación sería crucial, el momento de decidir su destino. Por un instante, esperó ver en los ojos de NI-KI la chispa de lucha que él mismo sentía en su corazón, el deseo de desafiar al mundo por su amor. Pero cuando sus miradas se cruzaron, lo que encontró fue una tristeza infinita, un peso que parecía haber oscurecido su espíritu.
—NI-KI, ¿qué vamos a hacer? —preguntó Sunoo, su voz apenas un susurro—. Hemos llegado tan lejos… no podemos simplemente rendirnos ahora.
NI-KI suspiró profundamente, evitando los ojos de Sunoo por un momento, como si estuviera buscando las palabras correctas en el viento que susurraba a su alrededor. Su rostro se tensó, y cuando finalmente habló, su voz sonó más vacía de lo que Sunoo había esperado.
—Sunoo… no hay nada que podamos hacer —dijo NI-KI con un tono de resignación—. Nadie nos apoya. Nuestros padres, nuestras familias… toda esta gente… todos están en contra. Lo he intentado, pero… creo que es mejor rendirse.
Sunoo sintió que su corazón se rompía un poco más con cada palabra. La incredulidad llenó su rostro; no podía entender lo que estaba escuchando.
—¿Rendirnos? —repitió Sunoo, con la voz quebrada por la incredulidad y el dolor—. Después de todo lo que hemos pasado, ¿después de todo lo que hemos confesado hoy? ¿Quieres rendirte ahora?
NI-KI apretó los labios, su mirada fija en el suelo, incapaz de enfrentar los ojos llenos de lágrimas de Sunoo. En su pecho, un dolor indescriptible se agitaba como una tormenta. Sabía que su decisión parecía cobarde, pero la presión de su familia, de la sociedad, de todos los que lo rodeaban, había convertido su vida en una lucha constante, y no veía una salida.
—No es que quiera rendirme —respondió NI-KI, su voz rota—, pero mira a nuestro alrededor. Todo el mundo nos odia por esto. Mis padres no dejarán de presionarme, no nos dejarán en paz. No veo cómo podemos seguir adelante sin destruir todo lo que tenemos… todo lo que alguna vez fuimos.
Sunoo sintió una mezcla de rabia y desesperación. Tomó las manos de NI-KI, sus dedos temblorosos, tratando de transmitirle la fuerza que aún albergaba en su corazón.
—No me importa lo que digan los demás, NI-KI —dijo con urgencia—. No me importa si tengo que alejarme de mi familia, de todo. Solo me importa estar contigo. No hemos llegado hasta aquí para rendirnos. Hemos luchado tanto… ¿por qué quieres detenerte ahora?
NI-KI finalmente levantó la mirada, y en sus ojos había lágrimas contenidas, una lucha interna que parecía desgarrarlo por dentro. Sacudió la cabeza, incapaz de contener más su propia tristeza.
—Porque no puedo más, Sunoo —confesó NI-KI, con una voz apenas audible—. No puedo seguir enfrentando a mi familia, a todos. No soy tan fuerte como tú. Pensé que podía hacerlo, pero… ya no sé si puedo.
El silencio que siguió a su confesión fue abrumador, lleno de emociones no dichas y de un dolor que parecía extenderse hasta las estrellas. Sunoo soltó las manos de NI-KI, retrocediendo un paso, sintiendo que el suelo bajo sus pies se desmoronaba.
—Entonces, ¿me estás diciendo que todo lo que vivimos… todo lo que sentimos… no fue suficiente para ti? —preguntó Sunoo, su voz temblando—. ¿Estás dispuesto a dejarlo todo atrás, a dejarnos atrás, solo porque los demás no lo aprueban?
NI-KI cerró los ojos con fuerza, sintiendo cada palabra de Sunoo como un golpe en el corazón. No era que no amara a Sunoo. Lo amaba más de lo que jamás había amado a nadie. Pero el miedo, el peso de las expectativas y la tradición, eran como cadenas que lo ataban, que lo arrastraban de vuelta a la seguridad de lo conocido, aunque esa seguridad fuera una prisión.
—Sunoo… te amo, te juro que te amo —dijo NI-KI finalmente, su voz quebrada por las lágrimas—. Pero no puedo vivir en guerra con todos los que amo. No puedo vivir enfrentado a mis padres, a mi familia… No sé cómo hacerlo.
Sunoo sintió que las lágrimas quemaban sus mejillas, su pecho apretado con un dolor que nunca había conocido.
—Entonces… ¿me estás dejando? —preguntó, su voz apenas un susurro, llena de incredulidad y angustia.
NI-KI no respondió de inmediato. Su silencio fue una respuesta en sí misma. Y en ese momento, Sunoo supo que lo había perdido. Todo lo que habían construido, todo lo que habían compartido, se desmoronaba ante él, como arena arrastrada por el viento.
Sunoo respiró profundamente, intentando contener las lágrimas. No quería rogar, no quería suplicar. Pero su corazón se negaba a aceptar la derrota.
—Te amo, NI-KI. Siempre te amaré. Pero no puedo ser el único en luchar por esto —dijo finalmente, su voz llena de tristeza pero también de una extraña calma—. Si decides rendirte… entonces quizás no hay más que hacer.
NI-KI cerró los ojos, una lágrima rodando por su mejilla. Su silencio era su decisión, su dolorosa aceptación de una realidad que no sabía cómo cambiar.
Sunoo se dio la vuelta, su corazón latiendo con fuerza en su pecho, alejándose lentamente, sabiendo que esta vez, quizás, no habría vuelta atrás.
(. . .)
Los días que siguieron a la ruptura de Sunoo y NI-KI fueron como un sueño prolongado en el que ambos estaban atrapados, incapaces de despertar. El dolor de haber perdido algo tan profundo se sintió como un vacío que nada podría llenar, una herida que el tiempo parecía incapaz de sanar. Y en el corazón de ese vacío, cada momento se alargaba hasta sentirse como una eternidad.
Sunoo pasaba las noches mirando las estrellas desde la ventana de su habitación. Contaba cada una, como si al hacerlo pudiera medir el tiempo que tardaría en curar su corazón roto. Cada estrella era un recordatorio de los días felices, de los momentos compartidos, de la risa y las caricias bajo el cielo nocturno, de aquella noche en la que se prometieron el uno al otro bajo la luna llena. Pero ahora, esas mismas estrellas eran como puñales que cortaban más profundamente con cada resplandor.
"How many nights does it take to count the stars?"
Sunoo susurraba para sí, repitiendo la pregunta como un mantra, una súplica a la oscuridad que lo envolvía. Sabía que nunca podría contar todas las estrellas, y sabía que, del mismo modo, nunca podría calcular cuánto tiempo le llevaría dejar de sentir la ausencia de NI-KI en su vida. Era como si estuviera moviéndose en reversa, como si su corazón se resistiera a avanzar, a aceptar lo inevitable.
Mientras tanto, NI-KI no era inmune al dolor. En su habitación, donde las paredes parecían cerrarse sobre él, los ecos de su decisión resonaban sin cesar. Su amor por Sunoo no había desaparecido, y cada vez que cerraba los ojos, lo veía, sentía su risa, sus abrazos, su calor. "Moving in reverse with no way out." Así se sentía NI-KI, atrapado en un bucle de arrepentimiento y deseo, de anhelo por lo que había dejado atrás. Sabía que había elegido este camino, pero el precio de esa elección era un dolor que parecía infinito.
Los días se deslizaban lentamente, y las semanas se convirtieron en meses. Ambos intentaron seguir adelante, pero la sombra de su amor perdido se cernía sobre ellos, siempre presente, como una canción que se repetía una y otra vez, como un eco en el viento.
Sunoo intentó distraerse, salir con amigos, conocer a otras personas. Pero cada sonrisa le parecía hueca, cada intento de conexión un recordatorio de la profunda conexión que había perdido. En su mente, las palabras de NI-KI, el silencio doloroso que siguió, se repetían una y otra vez. "Oh, baby, I was there for you / All I ever wanted was the truth." Pero la verdad que Sunoo había descubierto era más dolorosa de lo que jamás había imaginado.
NI-KI, por su parte, se perdió en la rutina, en la inercia de un día tras otro, tratando de olvidar, tratando de convencerse de que había tomado la decisión correcta. Pero por las noches, cuando la oscuridad caía y el silencio se hacía más profundo, el rostro de Sunoo aparecía en su mente, como una estrella que no podía apagar. "I never counted all of mine / If I tried, I know it would feel like infinity." Y sabía que contara los días o las noches, su amor por Sunoo seguiría sintiéndose infinito, imposible de medir o contener.
Ambos se encontraban atrapados en este ciclo sin fin, en esta danza de dolor y recuerdos, desconectados de la realidad. Era como estar suspendidos en el tiempo, entre el pasado y el presente, entre el amor y la pérdida. Intentaban seguir adelante, pero el peso del pasado los mantenía anclados en un lugar donde la esperanza parecía una estrella distante, siempre fuera de su alcance.
Finalmente, una noche clara, meses después, Sunoo se encontró de nuevo bajo el mismo cielo estrellado donde una vez había estado con NI-KI. El aire fresco le acariciaba el rostro, y por un momento cerró los ojos, tratando de recordar la sensación de aquellos días, de ese amor que había sentido como si pudiera durar para siempre.
En su corazón, sabía que algunas heridas nunca sanarían completamente. Sabía que el dolor, aunque disminuyera con el tiempo, siempre dejaría una cicatriz. Pero también sabía que el amor que había sentido, que aún sentía, no era algo que debía olvidar. Era parte de él, una parte que había dado forma a quién era.
Sunoo respiró hondo, y mientras miraba hacia las estrellas, dejó que una lágrima cayera suavemente por su mejilla. Porque sabía que aunque nunca pudiera contar todas las estrellas, aunque nunca pudiera medir cuánto tiempo le llevaría sanar, también sabía que había amado de verdad, profundamente, con todo su ser.
"If I tried, I know it would feel like infinity."
Porque a veces, el amor y el dolor son dos caras de la misma moneda, y ambos pueden sentirse como el infinito.
Y con ese pensamiento, Sunoo sonrió ligeramente, mirando hacia el cielo, sabiendo que aunque la vida siguiera adelante, su amor por NI-KI, y el recuerdo de lo que habían compartido, siempre vivirían en algún rincón de su corazón, tan vasto e interminable como el universo mismo.
FIN.