Capitulo 1 - Entre motores y recuerdos
Amelie
Dicen que cuando creces rodeada de motores y gasolina, terminas teniendo aceite en las venas. No sé si es verdad, pero en mi caso, supongo que sí.
Mi infancia siempre olió a neumático quemado y asfalto caliente.
Mi hermano Max vivía obsesionado con los coches desde que tenía uso de razón. Recuerdo que en el salón de casa no había cuadros bonitos ni fotos familiares en las paredes: solo trofeos, cascos de colores y posters de circuitos de medio mundo.
Yo era la niña pequeña que correteaba por el paddock, abrazando peluches con forma de monoplaza, mientras Max soñaba con ser campeón del mundo. A veces me pintaban rayas negras y azules en las mejillas, como si fuera parte del equipo. Me encantaba.
Fue allí, en esos pasillos llenos de ruido, donde apareció Lando en nuestras vidas, él y Max se volvieron mejores amigos desde Karting, eran inseparables.
Yo tenía unos nueve o diez años cuando Max me lo presentó. Lando llevaba un flequillo ridículo y unos dientes enormes para su cara. Era divertido, parlanchín, y siempre estaba inventando bromas o intentando esconderme las gorras de mi hermano.
A veces Max se cansaba de mí, pero Lando nunca. Él me enseñó a jugar al Mario Kart, a diferenciar un monoplaza de GP3 de uno de F3 solo por el sonido. Me dejaba sentarme en el simulador, aunque los mecánicos protestaran. Y siempre, siempre, me decía:
—Mini Fewtrell, un día te llevaré conmigo a una carrera de Fórmula 1.
Pero el accidente lo cambió todo.
Max sufrió aquel choque en Fórmula 3 y, aunque se recuperó físicamente, no volvió a correr. Fue como si alguien hubiera apagado las luces en casa. Durante meses, nadie hablaba de carreras. Nadie hablaba de nada. Ni siquiera Lando venía tanto como antes.
Y luego… Lando entró en la Fórmula 1.
De pronto, estaba en todas partes: en la tele, en las revistas, en los videos de TikTok. Pero no en nuestra casa. Era como si el chico que conocí hubiera desaparecido bajo un traje naranja.
Pasaron años sin verlo. Hasta hace dos meses.
Todo fue por Max, lo recuerdo muy bien, yo estaba en la cocina, preparando café, cuando lo escuché hablando por teléfono. Su voz sonaba casi avergonzada:
—Hermano, sabes que odio pedirte cosas… Pero tambien sabes que haría todo por Amelie, mi hermana necesita una pasantía para la universidad. Está estudiando marketing deportivo, es lista, amigable, linda. Pensé que… tal vez podrías ayudarla a entrar en McLaren, solo por 6 meses y seria de mucha ayuda, es solo eso.
Al principio no quise. No quería que nadie me consiguiera nada. No quería ser “la hermana de Max Fewtrell” toda la vida. Pero Max me miró con esos ojos tristes, los mismos que tenía después de su accidente, y no pude decirle que no.
Así que empecé a preparar cajas, empaqué toda mi vida y me mudé a Woking.
Woking. Un pueblo gris, con más lluvia que sol, y con un McDonald’s que cierra demasiado pronto. Me encontré sola en un piso pequeño, rodeada de manuales de marketing deportivo y ropa de invierno que ni sabía que tenía.
Pero cada mañana me repetía lo mismo:
“Solo será una pasantía. Nada complicado. Y tal vez Lando se acuerde de ti.”
Por mi cabeza solo pasaban recuerdos de mi infancia, seria como revivir todos ellos, pero luego Max pasó por mi mente, él había renunciado a todo ese mundo que amaba tanto por ese accidente, como seria para el verme en todas las carreras al lado de su mejor amigo, que, por su lado, él había cumplido al sueño de ambos.