Prólogo
Provincia de Gyeongsang del Sur, 1992.
La luna estaba alta en el cielo, resplandeciendo en un color blanco que iluminaba el bosque incluso a través de los espesos árboles en pleno verano. El ambiente estaba cargado de una molesta humedad que le pegaba el cabello a la nuca y la hacía respirar entrecortadamente a cada estocada, su cabello tan negro como el carbón empapado y el hombre su espalda jadeante.
—¿Está hecho? —murmuró, voz entrecortada y temblorosa, lágrimas de dolor y júbilo en sus ojos.
—Mhm.
—Llévame con él —ordenó ella, ansiosa. Su acompañante no respondió—. ¡Llévame con él!
Aquella calurosa noche de agosto, bajo la luz de la luna, un par de pupilas verticales analizaron su vientre, y una lengua bípeda y babosa lo marcó, después de un siseo complacido, con una señal que la perseguirían a ella y a su hijo, recién formado, hasta el final de sus días.