Capítulo 1
Amistad En La Trinchera
Francia, Frente Occidental, invierno de 1918
El amanecer apenas lograba filtrarse entre las nubes bajas y el humo que reptaba sobre las trincheras. El aire olía a barro húmedo, a pólvora reseca y a esa mezcla rancia de sudor y tela empapada que parecía imposible de arrancar del cuerpo. Entre el crujido del hielo en los tablones y el goteo constante de agua en los pozos más hondos, un grito quebró el rumor monótono de la madrugada.
- ¡O’Sullivan, maldito idiota! - la voz del sargento McHale resonó como un disparo.
Patrick emergió del estrecho pasillo embarrado, corriendo a trompicones, con la cara salpicada de espuma y la toalla aún colgando del cuello. Reía a carcajadas, como si la temperatura helada y la cercanía de la muerte fueran simples rumores. Detrás de él, un hombre robusto y con la mitad del rostro aún enjabonado intentaba secarse mientras apretaba los labios en una mueca de furia.
- ¡Por poco me rebanas la garganta, condenado! - bufó el sargento, alcanzándolo y dándole un manotazo en el hombro - ¿Quién te dijo que podías afeitarme?
- No es culpa mía que usted se mueva como si estuviera esquivando balas. - replicó Patrick, todavía sonriendo, sin quitarse la espuma que le había salpicado la frente.
Desde un rincón en sombra, Kieran Callahan observaba la escena, apoyado contra el parapeto de sacos de arena. La semejanza era innegable: la misma mandíbula definida, el mismo arco en las cejas oscuras, incluso el mismo mechón rebelde que caía sobre la frente. La diferencia estaba en la mirada: los ojos de Patrick eran vivaces, siempre dispuestos a la broma; los de Kieran, más fríos, parecían medir el mundo antes de responderle.
- Lo confundí con Callahan. - masculló el sargento, limpiándose la espuma del cuello con el dorso de la mano mientras algunos soldados se reían. No era la primera vez que O'Sullivan hacía bromas haciéndose pasar por Callahan - Maldición, hasta con esa sonrisa idiota parecen gemelos.
Kieran no sonrió. Enderezó la espalda y se acercó, sintiendo cómo el barro le chupaba las botas.
- No me meto con cuchillas ajenas. - dijo con tono seco, aunque en su interior se agitaba un extraño orgullo por aquella confusión. Le hacía sentir parte del grupo - No somos iguales.
- Vaya que si, malditos cabrones... - masculló un soldado escupiendo el tabaco que masticaba - Es como si los hubiera parido la misma madre.
La trinchera vibró entonces con un eco lejano: el retumbar de artillería que se sentía más en los huesos que en los oídos. Los tres guardaron silencio un instante. El viento trajo consigo el olor metálico de la pólvora mezclado con un leve aroma de café que alguien, a pocos metros, intentaba calentar sobre un hornillo improvisado.
- Vuelvan a sus posiciones. - gruñó el sargento moviendo las manos como si fueran un grupo de niños en la escuela - Y ustedes harán guardia esta noche.
- ¡Sargento! - exclamó O'Sullivan resoplando. No se lo esperaba.
- Te lo buscaste. No te quejes. - le dijo el superior girando sobre sus talones para regresar a su lugar.
Patrick se sacudió la toalla, la colgó en un clavo oxidado y se dejó caer junto a Kieran, todavía jadeando por la carrera.
- ¿Te das cuenta, amigo? Un día de estos podrías caminar por aquí y nadie sabría si eres tú… o yo.
Kieran lo miró de reojo. Su cabello castaño oscuro algo despeinado por el casco, los ojos azules melancólicos se enfocaron en su amigo. Su ropa estaba manchada de barro y sudor y su expresión era pensativa, incluso en medio del caos.
- No veo qué gracia tendría eso. - dijo después de un momento.
- Oh, la tiene. - replicó Patrick, rebuscando en su bolsillo una cajetilla arrugada de cigarrillos que había salvado de mojarse en el barro - Ya lo verás… si es que salimos de este agujero.
- Vuelve al trabajo... - le dijo golpeándolo con el pie - Me debes tu ración de chocolates por la guardia de esta noche.
- ¡Toda tuya! ¡Gracias por cubrirme esta vez!
- ¿No lo hago siempre? - preguntó sentándose contra los sacos para poder dormir unas horas.
- Si. Mi trasero te lo agradece... - se rio Patrick sentándose a su lado - York estará como vigía por unas horas. Te despertaré si pasa algo...
- Como si la artillería fuese silenciosa, imbécil. - murmuró bajando el casco sobre su rostro.
A lo lejos, más allá de los sacos de arena y la alambrada, un nuevo estruendo hizo temblar la tierra. Y en ese silencio posterior, el único sonido constante fue el goteo del agua helada, cayendo sin pausa en el barro.