CAPÍTULO 1: LA CÁMARA
Dante, un niño de tan solo siete años, jamás olvidaría el fatídico día en el cual su padre exhaló su último aliento . No fue un simple suceso; fue un momento que se grabaría en lo más profundo de su memoria, definiendo de manera irrevocable un antes y un después en el tapiz de su joven vida. El dolor crudo y desgarrador de esa pérdida lo envolvió por completo, asfixiándolo en una maraña de tristeza. Le dejó una cicatriz invisible pero palpable que, en lo más hondo de su ser, sabía que lo acompañaría por siempre: una sombra persistente en su existencia.
Fue un sábado, un fin de semana aparentemente como cualquier otro en el incesante girar del calendario, pero que para él significaba mucho más que solo dos días de efímero descanso. Era la anhelada y bendita tregua de la asfixiante rutina que lo oprimía con férrea disciplina de lunes a viernes: la obligación inquebrantable de levantarse temprano, cuando el sol apenas comenzaba a despuntar; la disciplina casi militar de bañarse con un agua tibia que, a pesar de sus esfuerzos, nunca parecía ser lo suficientemente cálida para calmar su cuerpo somnoliento; la rigidez de vestirse con el uniforme escolar que picaba y limitaba sus movimientos, sintiéndose como una armadura incómoda. Luego venía el desayuno, a menudo engullido apresuradamente, la minuciosa y a veces frustrante tarea de peinarse para cumplir con las expectativas maternas de pulcritud, y finalmente, la ineludible responsabilidad de tener la mochila lista, con los libros adecuados y los cuadernos en perfecto orden para el día correspondiente, todo ello antes de las 7:30 de la mañana.
Aquello, para él, era realmente insoportable, una carga diaria que lo sofocaba a tal grado que su conteo mental, apenas iniciaba el lunes, se resumía en una única y desesperada frase que resonaba en su cabeza: "faltan cinco días para que llegue el sábado". La semana entera se sentía como una cuenta regresiva interminable hacia ese oasis de libertad, hacia ese santuario de despreocupación que solo el fin de semana podía ofrecerle.
Hoy, sin embargo, no tenía ninguna de esas presiones agobiantes acechándolo. El aire fresco de la mañana olía a pura libertad, una brisa que prometía alivio y desahogo, y la idea de no tener que preocuparse por horarios estrictos o tareas escolares era una melodía dulce y reconfortante en sus oídos. Podía disfrutar de ver sus caricaturas favoritas durante toda la mañana, sumergiéndose sin culpa en mundos imaginarios y vibrantes, sin interrupciones, sin la molesta sensación de que el tiempo se agotaba. Claro, eso sí, siempre y cuando su madre no se encontrara por ahí, rondando con alguna tarea inesperada, alguna obligación doméstica que surgiera de la nada, o alguna sugerencia "educativa" disfrazada de juego. Con algo de suerte, una posibilidad que Dante acariciaba con la esperanza de un tesoro, sabía que existía la oportunidad, aunque pequeña y frágil, de que su madre no estuviese en casa. Esa era su oportunidad dorada: disfrutar de toda la casa para él solo, en completa y gloriosa libertad, al menos hasta el mediodía, un verdadero lujo y un privilegio inmenso para un niño de su edad.
Se levantó de la cama con una alegría y una energía que rara vez se le veían en los sombríos y monótonos días de clase. Sus movimientos eran ligeros y esperanzados, casi un baile silencioso de anticipación. Procedió a revisar cuidadosamente su entorno, con la cautela y el sigilo de un detective adentrándose en una escena del crimen, para verificar si el milagro matutino, el ansiado espacio de soledad, se haría efectivo. Su madre solía irse algunos fines de semana a los "tianguis", esos vibrantes y bulliciosos mercados de pulgas tan característicos de México, donde la gente se congrega en una búsqueda interminable de tesoros escondidos, gangas inesperadas y objetos con historias por contar. Allí, entre montones de objetos de segunda mano y el incesante bullicio de los vendedores pregonando sus mercancías, ella esperaba encontrar qué cosas podría hallar para llevar a casa a un buen precio, demostrando su habilidad innata para estirar el presupuesto familiar y convertir lo común en extraordinario. De hecho, la televisión que ahora tenían, un aparato robusto y funcional que ocupaba un lugar de honor en la sala, había sido una de esas adquisiciones maestras. La había conseguido en un tianguis por menos de la mitad del dinero de lo que una nueva, reluciente y perfecta, costaría en una tienda departamental, una prueba fehaciente de su ojo para las oportunidades. Claro, como buena pieza de segunda mano, tenía sus detalles, pequeñas imperfecciones que contaban su propia historia; estéticamente no obtendría un 10 en ninguna evaluación rigurosa de expertos, pero para Dante, eso era lo de menos, detalles insignificantes que no opacaban su felicidad.
Quizás había uno o dos canales que ni aunque se le rezara a Dios o a todos los santos de un vasto panteón se lograría que agarraran señal, presentando solo una estática incesante que hipnotizaba con su ruido blanco. Pero, de nuevo, eso era un detalle menor, casi insignificante en el gran esquema de las cosas. Para su madre, y por ende para él, el gasto había valido completamente la pena; era un símbolo de ingenio y perseverancia, y les brindaba horas interminables de entretenimiento, a pesar de sus pequeñas imperfecciones.
Mientras sus pequeños pies descalzos recorrían lentamente los rincones del hogar, ahora, con la cautela de un explorador adentrándose en un territorio desconocido y potencialmente traicionero, solo podía pensar en una cosa: ojalá este sábado no fuese uno de esos días en los que la aparente quietud de su madre era una engañosa antesala, un preludio inquietante. Era una de esas mañanas en las que la casa parecía extrañamente vacía, insinuando una ansiada libertad, un espacio de juego sin interrupciones, pero donde, de pronto, su figura se manifestaba desde la penumbra, una aparición casi espectral, armada hasta los dientes con cubetas relucientes que destellaban bajo la luz, una escoba que parecía un arma ancestral de limpieza, jabón que prometía una limpieza sin igual, un recogedor silencioso y un sinfín de químicos. Estos últimos, verdaderas pócimas secretas, dignas de un alquimista doméstico, cada uno con una función específica. Porque, según el inquebrantable dogma de su madre, existía un líquido específico, una fórmula única e irrepetible, para cada una de las partes del hogar; ya fuese por el aroma que ofrecían, una promesa de paraísos florales o bosques encantados, o por el nivel de desinfección que otorgaban, un escudo invisible contra los males microscópicos que acechaban en cada rincón.
En cualquier otro hogar, la simple combinación de un chorro de cloro y un poco de limpiador con aromatizante bastaría para conjurar la suciedad y devolver el brillo. Pero no en la casa de Dante. Aquí, estos días de “aseo general” no eran eventos planeados con antelación, con fechas marcadas en un calendario; no, estos solían aparecer de la nada, emergiendo como brumas matutinas o sombras repentinas, envolviendo la casa en una vorágine imparable de limpieza que a veces parecía no tener fin, una tarea hercúlea que se extendía por horas. Incluso hubo algunos de ellos, los más grabados en la memoria de Dante, que destacaron no solo por la magnitud de su alcance y la profundidad de su limpieza, sino por su asombrosa capacidad para revelar los secretos más insospechados de su entorno, verdades ocultas que salían a la luz.
Hubo una ocasión, por ejemplo, en la que el simple descubrimiento de un minúsculo hilo de hormigas —una minúscula procesión negra sobre la blancura impoluta del piso— se transformó en una verdadera investigación detectivesca digna de Sherlock Holmes. Al rastrearlo con la paciencia inquebrantable de un cazador, siguiendo cada diminuto paso hasta el punto exacto de su origen, se descubrió, en esa ardua investigación que se extendió por horas de meticuloso seguimiento, que la diminuta invasión procedía nada menos que de la casa de al lado, rompiendo las invisibles barreras de su hogar y revelando una conexión insospechada con el mundo exterior, un recordatorio de que no estaban solos.
Pero el recuerdo más escalofriante, el que aún erizaba los vellos de la nuca de Dante con un escalofrío helado, fue aquel día en el que encontraron los restos ominosos del cadáver de una rata. Un ser de proporciones monstruosas, del tamaño de un gato adulto, yacía inerte en las profundidades ocultas, justo debajo del refrigerador. Aquella vez, la madre de Dante, con la mente puesta en la tranquila y apacible tarea de preparar el desayuno —leche y huevos para unos deliciosos hotcakes que prometían un festín matutino—, confundió la cola del cadáver de dicho animal con un inofensivo cable de extensión, un error de percepción que cambiaría la atmósfera de la mañana. El resultado fue un grito de asombro y, sobre todo, de un profundo y visceral desagrado. Un sonido que, Dante recordaba con claridad, podría haber llevado a una persona a las náuseas más intensas y a una repulsión incontrolable al contemplar tal escena. Aquello, además de teñir la mañana con una atmósfera de repulsión y asco, solo hizo que ese día el anhelado desayuno de Dante se pospusiera hasta después de la 1 p.m., casi fusionándose con la comida de la tarde, desdibujando los límites entre dos comidas. Un recuerdo que, sin duda, pensó que permanecería en las sombras de su mente por mucho tiempo, una mancha imborrable en su memoria.
Jamás imaginó que hoy ese recuerdo sería abruptamente reemplazado y sin previo aviso, superado por un evento de magnitud aún mayor.
La mañana transcurría con una placidez inusitada y casi mágica. Aún no marcaban las manecillas del reloj las diez de la mañana, pero una profunda sensación de plenitud y satisfacción ya invadía cada fibra de su ser. Se sentía completamente realizado al tener el privilegio de disfrutar de sus programas favoritos en la televisión, sumergido en las aventuras de sus personajes animados, mientras el suave y rítmico crujir del cereal bajo sus dientes resonaba en la quietud de la casa, llenando su pequeño estómago con una reconfortante calidez. El control remoto, ese preciado artefacto que le otorgaba el poder absoluto sobre su entretenimiento y su mundo televisivo, parecía haber agotado casi por completo las baterías que llevaba puestas, negándose a obedecer sus comandos. Así, para lograr que funcionara de manera correcta, Dante, se veía obligado a recurrir a un ritual casi ancestral, una danza de la desesperación: golpearlo intermitentemente contra el mullido sillón o, en su defecto, contra la palma de su mano, con la vana esperanza de que la conexión eléctrica perdida se restableciera por arte de magia.
Dante no poseía una percepción del tiempo convencional, como la de los adultos; a esa tierna edad, ¿quién la tiene realmente? Para él, el tiempo no se medía en horas ni minutos, en segundos que se desvanecían, sino en la danza de la luz. Simplemente observaba cómo la luz del incandescente sol, filtrándose perezosamente a través de la ventana, dibujaba un patrón cambiante en la alfombra vieja de la casa, marcando su lento pero inexorable paso, un reloj natural que dictaba su jornada. Apenas había cruzado mentalmente el umbral de ese vago entendimiento de "aún falta mucho para que venga alguien" a la incipiente esperanza de "a lo mejor viene papá", cuando el inconfundible y chirriante ruido de la vieja puerta principal irrumpió violentamente en el ambiente, rompiendo la calma. Parecía gemir con cada apertura y cada cerrada fuerte, suplicando en cada crujido que la jubilaran de una vez por todas, que la liberaran de su tortura.
Una oleada de nerviosismo y expectación recorrió a Dante, una mezcla de miedo y esperanza. Cruzaba los dedos con una intensidad casi febril, deseando con toda su alma que quien entrara fuera su padre y no su mamá, rogando al destino. Existía una palpable posibilidad de que su madre, con su infalible ojo para las gangas y su olfato para las oportunidades, hubiera encontrado alguna oferta irresistible en el bullicioso tianguis y eso la hubiera impulsado a regresar a casa lo más pronto posible, ansiosa por mostrar su hallazgo. Su retorno sería para realizar el “chequeo” de su flamante adquisición, algo que implicaba analizar minuciosamente si la compra había valido la pena como para presumir sus dotes de “caza tesoros” ante la familia, con una sonrisa de victoria, o, por el contrario, si resultaba ser un fracaso rotundo y la obligaba a guardar en un discreto silencio dicha compra, relegándola al olvido en algún rincón oscuro de la casa, una vergüenza oculta.
—¡Papá! —exclamó Dante con una felicidad radiante que iluminó su rostro, una explosión de alegría que se reflejó en sus ojos, al mirar, con el corazón desbordado de alegría y alivio, que se trataba, en efecto, de él, de la persona que más ansiaba ver.
Salió corriendo a recibirlo, impulsado por la familiar emoción que lo invadía, como de costumbre cada vez que sus ojos infantiles percibían que su padre traía consigo alguna novedad del trabajo, un misterio por descubrir. El padre de Dante, un hombre ingenioso y trabajador, se dedicaba con pasión y dedicación a la compraventa de una vasta gama de artículos, en su mayoría objetos de segunda mano que a menudo otros consideraban sin valor, meros trastos. Sin embargo, con su agudo sentido para los negocios y su habilidad innata para ver el potencial en lo olvidado, en lo que nadie más veía, siempre lograba sacarles un provecho considerable, transformando lo común en ganancias inesperadas y transformando lo desechado en objetos de valor.
En ocasiones, la llegada de su padre era un verdadero espectáculo para Dante: entraba por la puerta cargado con una o más bolsas, ¡y qué bolsas! Eran enormes, abultadas, repletas hasta el borde de un sinfín de cosas pequeñas, curiosidades extrañas y objetos diversos que despertaban su imaginación. En aquel mar de cachivaches, Dante sabía que, si tan solo prestara una mejor y más minuciosa atención, una mirada más aguda a los detalles, podría encontrar auténticos tesoros invaluables, piezas con una historia oculta que contar y un valor que trascendía lo material, joyas esperando ser descubiertas.
Hubo una vez en la que, sin saberlo, dejaron escapar una verdadera fortuna, una oportunidad de oro que se les escurrió entre los dedos. Pues, entre las incontables curiosidades y objetos peculiares que se albergaban en aquella ocasión particular, se encontraba una diminuta moneda antigua, casi imperceptible a primera vista. Dante la conservó por un tiempo, intrigado por su aspecto envejecido y su diseño misterioso, pero finalmente, en un acto de inocencia infantil y sin la menor idea de su valor, la arrojó a una fuente al pedir un deseo, ajeno por completo a su verdadero y monumental valor. No tenía idea de que aquella moneda era tan antigua, tan excepcionalmente rara, que un coleccionista conocedor y apasionado por la numismática hubiera pagado miles, si no es que millones, de pesos por ella, reconociendo en ella una joya histórica, una pieza invaluable que ahora descansaba en el fondo de una fuente de los deseos.
En esta particular ocasión, el padre de Dante llegó a casa trayendo consigo una peculiar especie de costal. A primera vista, era evidente que el objeto estaba luchando por su existencia, con signos sumamente claros de estar a punto de expirar su utilidad y pasar a formar parte de la insignificante pila de basura. Sus costuras desgastadas y el material ajado contaban la historia de innumerables usos, de una vida de servicio que ahora llegaba a su inevitable fin.
—¿Puedo ver? —inquirió Dante con la curiosidad propia de su edad, mientras su padre, con un gesto cansado, dejaba caer el voluminoso saco justo en el centro de la modesta habitación que hacía las veces de sala principal en la casa. La expectación infantil llenaba el aire, contrastando con el ambiente de fatiga que emanaba del adulto.
—¿No puedes esperar por una sola vez en tu vida, Dan? —espetó el hombre, con una rudeza que se manifestó en el tono de su voz y en la marcada expresión de su rostro. pudo percibirlo claramente en la forma en que lo miraba, una mirada cargada de reproche que le hizo comprender que se había excedido en su brusquedad. Consciente de su actitud inapropiada, rápidamente rectificó, suavizando el tono de su voz y modificando cuidadosamente sus palabras—: Hijo, por favor, espera solo un poco. ¿Por qué no vas y me traes algo de tomar? Me vendría muy bien en este momento.
La expresión radiante de Dante había vuelto a la de un niño visiblemente feliz, olvidando al instante la aspereza inicial. Sin embargo, no se podía decir lo mismo sobre su padre. Era notorio que estaba fingiendo esa calma, un esfuerzo palpable realizado únicamente por el bien de Dan, como cariñosamente lo llamaba. Él no era un padre perfecto; a decir verdad, había cometido muchos errores considerables ante la vista de su hijo, que por bendita fortuna, la pura inocencia infantil no le permitía percibir en su verdadera magnitud.
Quizá la falta de una buena educación o las circunstancias adversas de la vida habían sido los verdaderos culpables de ciertas actitudes, como el fumar deliberadamente marihuana sin hacer lo más mínimo por ocultarlo de su hijo. Lo más preocupante, incluso lo había hecho partícipe de aquel acto, disfrazándolo en un inocente juego. En este extraño ritual, Dante se había convertido en el “forjador” de porros de su padre. —“Ni muy largos ni muy cortos, gordos y generosos”— era lo que su padre le había enseñado a repetir una y otra vez mientras los hacía, como si de una receta secreta se tratara.
En el patio de la casa, había una planta de marihuana que, a pesar de ser sorprendentemente grande y ostentosa en su tamaño, lograba pasar completamente desapercibida por encontrarse en el lugar menos accesible y rodeada por una densa vegetación de diversos árboles, plantas y malezas del lugar. Era un secreto bien guardado, una ironía oculta en el mismísimo hogar de Dante.
Quizá que el padre de Dante fumara hierba era una coincidencia agridulce, casi cruel del destino. Pues al jamás haberse realizado un examen médico ante un especialista, la marihuana era el único calmante que, sin saberlo, estaba aliviando en él los punzantes dolores del cáncer que cargaba consigo por años sin saberlo. Esta terrible enfermedad ya había hecho metástasis en otros órganos de suma importancia, extendiendo sus tentáculos mortales por todo su cuerpo. Últimamente, la hierba no estaba siendo suficiente para contener los grandes dolores que, poco a poco, habían ido ganando más y más terreno en su cuerpo, consumiéndolo por dentro.
Hoy… hoy sería el día en el cual ya no aguantaría más. El dolor insoportable y la carga silenciosa de su enfermedad habían llegado a su límite, marcando el fin de su batalla.
Dante, con la prisa y la emoción que solo un niño de 7 años puede tener, trajo el vaso más grande que encontró en la alacena. Era su vaso favorito, uno de vidrio grueso que siempre usaba para sus jugos. Lo llenó hasta el borde con limonada fresca, cuyo aroma cítrico y dulzón ya comenzaba a llenar el aire de la cocina. El hielo tintineaba suavemente contra el cristal, prometiendo un alivio inmediato al calor.
—¡Aquí tienes, papá! —dijo Dante, ofreciéndolo con una sonrisa de oreja a oreja a las manos de su padre. Este lo tomó con un gesto casi ausente, la mirada perdida, y lo depositó sin más sobre la mesita auxiliar, donde usualmente estaban las revistas de mamá. La limonada, tan cuidadosamente servida, quedó allí, intocada, un reflejo de la agonía que embargaba al señor.
Su papá no tenía ganas de nada. Era como si una nube gris lo hubiera envuelto, apagando su alegría.
—Gracias, hijo —respondió su padre, con una voz apenas audible, un susurro que se perdió en el silencio de la habitación.
Con un suspiro que parecía cargar el peso de una mochila llena de piedras, vació la bolsa enorme que traía consigo sobre el piso de madera. Los artículos cayeron con un estrépito sordo, esparciéndose por todo el lugar como si hubieran explotado sin hacer ruido. Un par de bolas de cristal, de esas que brillan y son divertidas de rodar, fueron a parar debajo del sillón viejo, perdiéndose en la oscuridad. Una caja musical algo vieja, con dibujitos bonitos pero rota, se rompió por completo al chocar con el suelo, haciendo un “crac” triste que anunciaba que ya no cantaría. Un juego de barajas incompleto se desparramó sin control, sus cartas saltando y aterrizando boca arriba y boca abajo, mostrando reyes sin reinas y ases solitarios. Así, montones de objetos, como tesoros de otro tiempo, escaparon de la bolsa; una o dos cosas, quizá, si tuvieran vida, estarían viendo la luz de la libertad después de muchos años de estar encerrados en un rincón oscuro de alguna casa vieja o bodega, lejos de la vista de los niños.
—¡Guau! —exclamó Dante, con los ojos bien abiertos y la boca un poco abierta de asombro—. ¿De dónde sacaste todo esto?
La respuesta de su padre fue un poco seca y sin el cariño de siempre. Su voz era rara, casi como si estuviera cansado. El dolor lo comenzaba a molestar más y más, como un pinchazo que se hacía más fuerte a cada segundo, haciéndole sentir cosas nuevas en su cuerpo. Era un dolor que lo estaba agotando.
—Limpié el ático de una familia, dijeron que tomara lo que me sirviera —respondió, sin muchas ganas, y un pequeño suspiro salió de sus labios, más como un quejido que como un respiro de alivio. Era una señal clara de que algo le estaba ganando.
Miró de un lado a otro el desorden que se había formado, con cosas regadas por todos lados, como un gran revoltijo de juguetes viejos. Decidió sentarse en el sillón más cercano, un mueble suave y cómodo donde había pasado muchas tardes. Puso su codo en el reposabrazos, con la cabeza apoyada en la mano, mientras sus dedos acariciaban su frente con un poco de temblor. Apretaba los ojos con fuerza, sintiendo el dolor fuerte que se apoderara de él, quitándole poco a poco sus fuerzas.
—¿Qué tienes? —preguntó Dante, cuya curiosidad era apenas superada por su preocupación.
—Nada, solo estoy cansado. La bolsa pesaba mucho —respondió el padre, su voz aún sonaba muy cansada.
Dante, que no dejaba de asombrarse de las maravillas que su padre había traído, decidió mirar más de cerca. Un par de libros antiguos, con tapas rotas y hojas casi sueltas, compartían espacio sobre una caja de zapatos, como si guardaran un secreto. Parecían prometer historias increíbles. Así que Dante los tomó, con la delicadeza de quien toca un tesoro. Debajo de ellos, dentro de la caja, encontró algo que no sabía qué era a simple vista, pero que de inmediato le llamó la atención, como si tuviera magia. Lo tomó entre sus manos, sintiendo su peso y su forma.
—¡Mira, papá! ¡Es una cámara! —dijo asombrado, sus ojos brillando como dos estrellas. Su padre levantó un poquito la mirada hacia él, un pequeño interés en sus ojos cansados, pensando que aquello, si aún funcionaba, seguramente valdría algunas monedas, tal vez lo suficiente para comprar algo de comida.
—Dámela —dijo secamente, extendiendo la mano con un gesto rápido. Dante le entregó la cámara, pero justo en ese instante, un dolor muy fuerte hizo que su padre la soltara, cayendo al suelo con un ruido metálico. —Perdón. ¿Sabes qué? —dijo, tratando de poner su mejor cara, de esconder el dolor que lo recorría—. ¿Por qué no esta vez te encargas tú de revisar las cosas? Es más, mejor aún. Ve si algo te gusta y tómalo.
El rostro de Dante se iluminó ante tales palabras, como si un gran foco se hubiera encendido dentro de él. No le puso atención a lo que hacía su padre, ni notó el dolor o que algo era diferente. Simplemente se concentró en revisar la cámara hasta el último detalle, metido en su fascinante maquinaria.
Ya había visto este tipo de cámaras, eran de esas que toman fotos al instante. En la caja, con un poco de suerte, había algunos cartuchos, listos para ser usados y para poner en un cuadrito de plástico recuerdos bonitos o fotos familiares que llenarían páginas en un álbum de fotos.
Accionó el botón, luego de meter uno de los cartuchos que estaban en la caja, y después de unos segundos, la cámara pareció haber sacado una fotografía, haciendo un pequeño zumbido.
—No se ve —dijo Dante, un poco decepcionado.
—Dale unos minutos, agita la foto. Aparecerá en un instante —dijo su padre con una pequeña sonrisa en sus labios, una de las pocas de esa tarde.
Efectivamente, la fotografía fue apareciendo, como si la imagen saliera de la nada. En el pedazo de plástico se podían ver los pies de Dante, con sus zapatillas viejas, y las cosas que estaban regadas por el piso, un testimonio del desorden que él había visto.
—¡Sí funcionó! —gritó con una emoción enorme, sus ojos brillando de alegría—. ¡Mira, papá! ¡Mira! —Agitaba de un lado a otro, frente a su padre, la fotografía que ahora tenía en sus manos, ansioso por mostrarle su descubrimiento.
—Qué bien, hijo —respondió su padre, sintiendo un pequeño alivio al ver la felicidad de su pequeño.
—¿De verdad puedo quedármela? —Su padre asintió lentamente, un “sí” sin palabras que valía oro para Dante. —¡Gracias! ¡Muchas gracias!
—Pero cuídala, y sobre todo, no gastes los cartuchos, no pienso comprar otros, solo los que hay en la caja tendrás —advirtió el padre, con un tono que buscaba la responsabilidad sin apagar el entusiasmo.
Dante asintió con la cabeza muy fuerte y se puso a jugar al fotógrafo, como si estuviera tomando fotos de todo lo que veía a su alrededor, cada objeto, cada rinconcito, una nueva oportunidad para un recuerdo instantáneo.
Los minutos pasaban, lentos y pesados como arena entre los dedos. Sin que se diera cuenta, el sol de mediodía se asomaba, anunciando que solo faltaban quince minutos para las doce. Dante, sin notar el paso del tiempo, no dejó de simular ser un gran fotógrafo. Se movía por la casa con una energía inagotable, sus pequeños pies recorriendo el suelo de madera, buscando el ángulo perfecto para su siguiente obra de arte. Se agachaba, se estiraba, a veces incluso se ponía de puntillas, todo para capturar esa imagen especial. Su nueva cámara de fotos, el juguete más fascinante que jamás había tenido, bien agarrada entre sus pequeñas manos, era su tesoro.
En el otro extremo de la sala, su padre, hundido en un dolor propio que se aferraba a él como una sombra oscura y que no podía compartir con su pequeño primogénito, había ya consumido algunos porros. El humo, antes un consuelo, ahora se sentía vacío. Con cada calada, la euforia inicial se había desvanecido, dejando solo un rastro de desilusión. Se dio cuenta, con una punzada de desesperación que le apretaba el pecho, de que el humo ya no estaba causando el mismo alivio que en momentos anteriores; aquel consuelo que solían brindarle ahora solo era un recuerdo anhelado que no bastaba para él, era como tratar de llenar un barril sin fondo, una tarea inútil que lo agotaba aún más. La realidad pesaba.
—¡Dante! —gritó abruptamente, su voz resonando en la sala y cortando el silencio con una crudeza inesperada. Al mismo tiempo, con un gesto brusco, arrojaba sobre un cenicero, ya lleno de ceniza y colillas, la colilla humeante del último porro que le quedaba, como si quisiera deshacerse no solo de el, sino también de la decepción que le causaba. —¡Dante, ven acá! —repitió, con un tono más urgente, casi desesperado, que hizo que el niño se sobresaltara.
—¿Mande, papá? —dijo el niño, apareciendo ante su padre con una agilidad sorprendente para su edad, casi volando. Llevaba consigo aquella cámara, que ahora se había convertido en su tesoro más preciado, casi una extensión de su pequeño cuerpo. La sostenía con orgullo, como un caballero su espada o un mago su varita mágica.
—Toma —dijo el padre, extendiéndole un billete arrugado, de esos que la abuela siempre le daba a Dante para golosinas y que él guardaba con tanto celo—. Ve a la tienda, trae algo de tomar, refresco y… —titubeó un poco, las palabras se le atoraban en la garganta, como si buscara un pretexto para enviarlo lejos—… no lo sé. No tarda en llegar tu madre. Ve y trae algo para ella, algo que le guste, ya sabes.
—¡Sí, papá! —respondió Dante, con el billete bien agarrado en su mano, sus ojos brillando de emoción por la pequeña misión—. ¿Puedo llevar la cámara conmigo? —dijo, poniendo su mejor cara de “por favor, por favor”, con los ojos grandes y redondos, casi de súplica, su arma secreta para convencer a su papá.
—Claro —dijo su padre sin mucho ánimo, casi sin mirarlo, su mente claramente en otro lugar, abstraído en sus propios pensamientos y dolores.
Dante, emocionado por la aprobación, se dirigió con paso ligero hacia la puerta, no sin antes revisar con minucioso cuidado que su cámara estuviera lista para capturar cualquier imagen que le gustara, cualquier sorpresa que el camino le pudiera ofrecer, un evento digno de ser inmortalizado.
—¡Dante, ¿a dónde llevas eso?! —replicó el padre, su voz de repente más fuerte y con un dejo de alarma, al verlo echarse algunos cartuchos de fotos en los bolsillos del pantalón corto, esos pequeños rectángulos que contenían las futuras imágenes.
—¡Dijiste que sí podía llevarla! —contestó el niño, su vocecita un poco más baja, sintiéndose regañado, como si hubiera hecho algo muy malo al querer llevar sus “tesoros”.
El padre suspiró, un sonido largo y pesado que Dante ya conocía bien, un sonido de cansancio y resignación.
—Sí, hijo. Pero no lleves todo eso contigo. Escucha, no sé cuánto cuesten esos cartuchos, pero ya te dije, no comprare más —repuso, mirándolo fijamente a los ojos de Dante, con una seriedad que rara vez usaba con él, una seriedad que asustaba un poco—. Debes ser cuidadoso si quieres que te duren. Guarda los cartuchos en la caja, puedes llevar la cámara contigo, pero procura sacar fotos de algo que realmente valga la pena, ¿entiendes? Algo que sea de verdad importante, no cualquier cosa.
—Sí, papá —respondió Dante, mirando sus propios pies, un poco avergonzado por su entusiasmo desmedido.
—¡Ve a la tienda! —ordenó el padre, con un tono más firme, señalando la puerta con la cabeza, ansioso por que el niño saliera.
Dante salió de su casa, el billete en una mano y la cámara en la otra, caminó por la calle de terracería, polvorienta y llena de piedritas sueltas, que lo conduciría a la tienda del barrio. Era un camino conocido, pero hoy se sentía diferente, cargado de una nueva emoción y propósito. Decidió tomar el camino más largo, ese que pasaba por el campo vacío y lleno de hierbas altas, para alargar su recorrido y tener más tiempo para sus “exploraciones fotográficas”. Emprendió su camino con la cámara en mano, como si fuera un cazador de momentos, mirando de un lado a otro como si fuese la primera vez que observaba el mundo, como si cada hoja, cada hormiga, fuera un secreto esperando ser descubierto por su lente. Miraba hacia el cielo azul, inmenso y sin fin, donde las nubes se movían perezosamente. “Quizá una nave extraterrestre cruce por las nubes”, pensaba, sus ojos pequeños escudriñando las formas de las nubes, buscando algo fuera de lo común, algo que se viera en las películas. Se detuvo un instante para tratar de percibir algo inusual en el azul del amplio cielo, pero nada. Solo nubes blancas y el sol brillante de mediodía. Un suspiro de desánimo salió de su pequeño ser, una burbuja de desilusión que se disolvió en el aire. Continuó su recorrido, ahora buscando detalles inusuales en su entorno más cercano, en la tierra y las casas. Un perro grande, de pelo revuelto y color miel, se hallaba echado en la entrada de una casa vieja y descuidada, campante y sin preocupaciones, lamiéndose sus genitales con una concentración absoluta, ajeno al mundo. Dante trató de acercarse un poco más, sigilosamente, como un espía, mientras apuntaba con la cámara hacia el perro, sintiendo una punzada de emoción al pensar en la foto graciosa que sacaría, ¡sería un recuerdo divertido! Pero justo antes de decidirse a oprimir el botón, el perro, quizá sintiéndose algo observado por esos ojitos curiosos, dejó de lamerse para mirar hacia Dante con una expresión que bien podría traducirse de la siguiente manera: “¡Vamos, niño! ¿De verdad piensas tomarme una foto lamiéndome los huevos?”. Dante, con sus mejillas sonrojadas por la vergüenza, recapacitó y siguió andando por las descuidadas calles de su colonia, donde las imperfecciones y las hierbas crecían libremente por doquier. Más adelante, un gato fugaz, de pelaje oscuro y misterioso, cruzó la calle como un rayo veloz llevando consigo lo que parecía ser un animal muerto, quizás un ave o un roedor, su cola alta y orgullosa, un trofeo de caza. Pero fue tan rápido que Dante ni siquiera pensó en tratar de fotografiarlo. No le dio tiempo, el momento se perdió en un parpadeo. Justo antes de cruzar la calle para llegar a su destino final, la tienda de la esquina, miró una flamante camioneta, grande y brillante, de un color rojo intenso, con una chica que no debía tener más de 20 años. Era sonriente y hermosa, con el pelo suelto y brillando al sol, como las actrices de la televisión. La joven llamó la atención de Dante de inmediato, quien no dudó en que había encontrado por fin la fotografía perfecta, ¡una foto de verdad que valiera la pena, como papá le había dicho! Muchas veces había visto escenas como esta en las películas que salían en la tele, o en revistas con chicas así de guapas y arregladas, siempre sonriendo. La chica miró hacia Dante, le dedicó una sonrisa amplia y amigable, recargando su codo en la puerta del coche, mientras su delicada mano reposaba sobre su mejilla, en una pose de película. Cuando Dante, tembloroso de emoción y con el corazón latiéndole a mil, levantó la cámara hacia la chica, listo para capturar ese momento perfecto, el vehículo comenzó a avanzar lentamente, alejándose, dejándolo solamente con la idea de lo que aquella foto pudo haber sido, pero que jamás sucedería. Su corazón de niño se encogió un poco, y un nudo se formó en su garganta.
Entró a la tienda, el dulce tintineo de la campanita sobre la puerta anunciando su llegada al pequeño local. No se había percatado de que, por estar tan concentrado en la búsqueda de su fotografía perfecta, ya había tardado demasiado, más de lo que papá esperaría. Saludó a la señora que siempre se encontraba ahí, una mujer regordeta y amable con canas en el pelo y una sonrisa en la cara. Para Dante, aquella señora tenía algo especial, un aura de sabiduría y bondad, pues siempre se encontraba acompañada de alguien, a cualquier hora del día, al parecer siempre tenía algo interesante que contar y siempre había alguien dispuesto a escuchar sus historias, sentados en un banquito de madera. Tomó lo que consideró necesario llevar, un refresco grande de cola y unas galletas de chocolate que le gustaban a su mamá, después de todo, papá no había dicho que llevase algo en específico más que el refresco, así que eligió lo que creyó mejor.
Ya de regreso y cargado ahora con la bolsa de los víveres, pesada y un poco incómoda en su pequeña mano, consideraba que esto podría ser un obstáculo si la fotografía perfecta se hiciera presente otra vez. Su mente infantil seguía soñando con esa imagen única. No dejó de poner atención a su entorno, aunque seguía siendo el mismo que cuando iba de camino a la tienda, no perdía la esperanza de encontrar algo nuevo, algo que su cámara pudiera recordar para siempre, un tesoro visual. Varias veces se detuvo, dejando la bolsa a un lado con cuidado sobre el polvo del camino y solo sosteniendo su cámara, con el dedo en el botón, listo, como si en cualquier momento algo especial fuese a suceder, un pájaro raro, una mariposa gigante, o tal vez esa nave extraterrestre que tanto buscaba entre las nubes.
Pero nada. Todo seguía su curso normal sin nada especial que fuese digno de capturar en una fotografía. Los árboles eran árboles, las casas eran casas, y el cielo seguía siendo simplemente azul. La desilusión se instaló en su pecho, una pequeña roca que le apretaba un poco.
Al llegar a casa, entró con el desánimo visible de no haber obtenido nada digno de fotografiar. Su mirada, antes tan brillante y curiosa, ahora estaba clavada al piso, lo que lo hizo ir de la entrada de su casa al interior sin prestar atención a su alrededor, sin ver el desorden de objetos que había dejado antes.
—¿Papá? —dijo, su voz un poco apagada, sin mirar a otro lugar que no fuese su cámara, como si ella fuera la única testigo de su fracaso en la misión.
Dejó la bolsa a un lado, como si de su mochila de útiles se tratara, tirándola sin mucho cuidado sobre el suelo de madera. Y por escasos momentos, la cámara pareció haber perdido su encanto seductor. Después de todo, ¿para qué la quería si nada interesante sucedía por ahí, si no había cosas increíbles que fotografiar?
Miró el desorden en la sala, prácticamente igual que cuando se había ido, las bolas de cristal, los libros, las cartas, todo seguía esparcido, pero su padre no estaba.
—¿Papá? —dijo, avanzando con su cámara en mano, buscando en cada rincón de la casa, su vocecita resonando en el silencio—. Me tardé porque había mucha gente en la tienda —dijo para justificar su largo viaje, su pequeña mente creando una excusa, pensando que si decía la realidad de su prolongada ausencia, que había estado buscando fotos, estaría en problemas, que su padre lo regañaría por no traer una foto increíble, de esas “que valen la pena”—. Había una señora que compró muchísimas cosas, tardó un montón en pagar.
No había ni un solo ruido en la casa, más que el aire que circulaba por ella, moviendo las cortinas suavemente, haciendo del lugar un escenario de quietud casi hipnótico, un silencio que le pareció extraño y un poco aterrador.
Recorrió de un lado a otro, hablándole a su padre en voz alta, “¡Papá, dónde estás!”, sin éxito alguno de una respuesta firme que le indicara dónde estaba. Entró a la habitación de sus padres, pero no había nadie, más que la cama tendida y lo que parecía ser una hoja de máquina sobre la cama, un papel blanco y liso, algo que no llamó su atención en lo más mínimo, no le parecía importante en ese momento.
Llegó a pensar que su padre se había marchado a algún trabajo, o que quizá había ido a comprar algo más para mamá. Pero de pronto, por su inocente pensar de niño, cruzó por su mente la idea de que estaría recolectando más “hojas especiales”, aquella hierba de olor peculiar con la que su padre hacía esos cigarrillos tan extraños que ofrecían un estado inusual para él, un olor que lo hacía sentir raro y que asociaba con la tranquilidad de su papá. Así que, con la esperanza de ayudar, salió al patio trasero, listo para la recolección de hojas.
Lo que miró, una vez afuera, lo dejó sin poder avanzar un solo paso más. Sus pequeños pies se quedaron pegados al suelo, como si una fuerza invisible los retuviera.
Su padre se encontraba suspendido de la rama más gruesa del árbol más grande y viejo del patio, con una cuerda áspera alrededor de su cuello, aquella con la que tenían planeado hacer un columpio improvisado por la tarde de este día. El cuerpo se balanceaba lentamente, al compás del fluido aire, que parecía haber tomado más fuerza para lograr mover aquel pesado cuerpo. La escena era irreal, como de un cuento de miedo.
Dante quedó sin habla y sin expresión alguna en su rostro infantil, que se había quedado en blanco. Sus ojos, antes grandes y redondos por el asombro, estaban fijos en la figura inerte de su padre, como si no pudieran parpadear. Su mirada fue bajando lentamente, de su padre hacia el suelo, recorriendo cada detalle de aquella macabra situación, cada pliegue de la ropa, cada sombra que se proyectaba. Un leve sollozo salió de él, un sonido pequeño y quejumbroso, casi un gemido, pero sin moverse, sin llorar en realidad. Sentía como si algo lo estuviera abandonando en esos momentos, algo que se iba de su corazón, de su alma, pero que al mismo tiempo algo más lo estaba reemplazando, una sensación extraña y fría, una comprensión dolorosa. Una confusión abismal lo abordó, como una niebla espesa que le impedía pensar con claridad, mientras presionaba con fuerza su cámara, aferrándose a ella como a un salvavidas. Fue entonces cuando aquellas palabras de su padre, las últimas instrucciones que le había dado, tomaron fuerza de la nada dentro de su pequeña mente, resonando como un eco en un lugar vacío.
“Procura sacar fotos de algo que realmente valga la pena”.
Dante levantó la cámara, sus pequeños brazos temblando ligeramente, pero firmes en su propósito, dirigiéndola hacia el cuerpo que ahora colgaba inerte frente a él, un fantasma de lo que fue. Accionó el botón, el clic sonó fuerte en el silencio que se había apoderado del mundo, y una luz blanca se hizo presente, un flash cegador que iluminó la escena por un instante. Poco a poco la fotografía salió con lentitud, como si la propia cámara estuviera sorprendida de lo que captaba y se rehusara a proporcionar tal imagen, revelando la escena poco a poco, segundo a segundo.
Dante la tomó, sus dedos pequeños sujetando el pedazo de plástico, aún sin una sola lágrima, sus ojos secos y fijos en la imagen. La miró entre sus manos temblorosas y vio en ella el último recuerdo palpable de su padre, una imagen congelada del horror, pero también del fin. Sin lágrimas y sin tener nada más que decir o hacer, dio la vuelta y entró a la casa, la puerta chirrió suavemente al cerrarse, dejando el cuerpo aún tibio de su padre balanceándose suavemente, suspendido de aquel árbol, bajo el cielo indiferente y azul de mediodía.