Capítulo 1 – La Pandilla del Último Verano
Fecha: 15 de diciembre de 2023
Hora: 16:42
Lugar: Barrio residencial “Costa Norte”, Mar del Plata, Buenos Aires, Argentina.
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Me llamo Irina Salvatierra. Tengo diecisiete años y este verano es el último que pasaré en Mar del Plata con mis amigos. Digo “último” como si fuera una condena, aunque en realidad lo elegí yo misma: el año que viene me mudaré a Buenos Aires para estudiar en la universidad, y si todo sale como planeo, no volveré a vivir aquí.
Nací en este lugar, crecí en estas aguas y mis pies conocen cada piedra fría de la costa como si fueran parte de mí. A veces pienso que mi corazón late al ritmo de las olas que revientan contra el rompeolas. Y aunque me emociona lo que viene, sé que algo en mí se quedará para siempre aquí, flotando sobre el Atlántico.
Con Lucas nos conocemos desde que éramos muy chicos. Literalmente, aprendimos a nadar juntos, a saltar desde las rocas y a escondernos de la gente mayor que nos retaba por “andar haciendo lío” en la playa. Él y yo tenemos un lazo que ni siquiera yo puedo explicar del todo; no es solamente amistad, pero tampoco es amor… al menos, no el tipo de amor que la gente supone. Es como si nuestras vidas fueran dos líneas que, por alguna razón, siempre terminan tocándose.
Quiero que este verano sea inolvidable. Y no solo para mí, sino para todos: para Lucas, para Milo, para Nina, incluso para Tomás, mi hermano mayor, aunque él a veces se esfuerza demasiado en arruinarnos la diversión.
Estaba en mi habitación, recostada boca abajo sobre la cama, mirando por la ventana cómo las nubes se estiraban como hilos de algodón gris sobre el cielo, cuando Valeria, mi hermana menor, entró como un vendaval.
—¿Me robaste mi blusa azul? —dijo, y antes de que pudiera contestar, me tiró del cabello con fuerza.
Me incorporé de golpe, fulminándola con la mirada.
—¡No te la robé! —respondí, intentando apartar su mano de mi pelo.
—Sí, seguro. —Se cruzó de brazos, con el ceño fruncido—. La usaste anoche para salir con Nina, ¿verdad?
—Te digo que no. Preguntale a mamá si querés. —Me puse de pie, pero no para intimidarla; simplemente no me gustaba discutir desde una posición de “presa acorralada” en la cama.
Valeria me sostuvo la mirada unos segundos más, con ese gesto teatral que siempre hace para que yo confiese algo que no hice. Luego bufó y se dio media vuelta, pero no antes de golpear la puerta con fuerza.
La habitación quedó en silencio, salvo por el murmullo lejano del mar. Me quedé mirando mis manos, preguntándome si en realidad me importaba tanto esa pelea absurda. Últimamente, cada pequeño conflicto me recordaba que pronto dejaría esta casa, esta ciudad, esta vida. Y entonces me invadía esa mezcla de tristeza y alivio.
Mi celular vibró sobre la mesa de luz. Un mensaje de Lucas:
> Lucas: “Esta noche, fogata en la playa. Viene Milo. Traé algo para comer.”
Sonreí. Lucas no es de dar muchos detalles; siempre deja que las cosas sucedan, sin planearlas demasiado. Esa era una de las razones por las que Milo y yo lo seguíamos en casi todo.
Escribí rápido:
> Yo: “Dale. ¿Nina?”
La respuesta llegó al instante:
> Lucas: “Obvio. Y dice que va a invitar a alguien nuevo.”
Un “alguien nuevo” en nuestra pandilla siempre era un riesgo. La última vez, Tomás había terminado peleándose con el invitado porque, según él, “no era de confiar”. Y Tomás no se equivocaba seguido… aunque, para ser sincera, a veces parecía buscar problemas donde no los había.
Dejé el teléfono a un lado y me asomé a la ventana. Desde aquí podía ver el techo rojo de la casa de Lucas, a solo media cuadra. Su perro ladraba a cualquiera que pasara, y el viento hacía vibrar las chapas del cobertizo de su patio. El aire olía a sal y a lluvia.
Recordé la primera vez que hicimos una fogata juntos. Teníamos catorce años y Lucas había conseguido un encendedor viejo de su tío. Nos escondimos en una cala alejada, convencidos de que nadie nos encontraría. Terminamos empapados porque la marea subió más rápido de lo que pensamos. Milo, siempre tan tranquilo, había dicho:
—Esto es una señal de que no hay que jugar con fuego.
Lucas había soltado una carcajada que todavía puedo escuchar en mi memoria, y yo pensé que, tal vez, Milo no hablaba solo de fuego literal.
Suspiré. Esta noche iba a ser distinta. Lo presentía en el estómago, como cuando sabes que algo está a punto de romperse.
Abrí el placard buscando una remera limpia. No encontré la blusa azul de Valeria —que de todos modos no era mía—, pero sí un vestido blanco que no usaba desde el verano pasado. Lo dejé sobre la cama, pensando si sería demasiado para una noche de playa.
Un trueno retumbó en la distancia. La tormenta se acercaba, pero eso nunca había detenido a la pandilla. Y, de alguna manera, el mal clima siempre hacía que nuestras noches fueran más intensas, más nuestras.
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A las ocho de la noche, salí de casa con una mochila al hombro. Dentro llevaba una manta, un paquete de galletas, dos botellas de agua y una linterna. Las calles estaban húmedas y brillaban bajo la luz amarillenta de los faroles. Al pasar frente a la casa de Lucas, lo vi salir con Milo. Ambos llevaban camperas negras y sonrisas cómplices.
—¡Irina! —me saludó Lucas, levantando la mano.
Me acerqué a paso rápido.
—¿Y Nina? —pregunté.
—Viene detrás. Fue a buscar al “invitado especial”. —Lucas arqueó las cejas, dándole un tono misterioso a esas dos palabras.
Milo, en cambio, me sonrió con amabilidad, pero sus ojos parecían estar en otro lado.
—¿Todo bien? —le pregunté.
—Sí… —respondió, pero su voz sonaba a que no.
No insistí. Aprendí hace tiempo que Milo habla cuando quiere, y nunca antes.
Caminamos juntos hasta la playa, siguiendo el sonido de las olas. La arena estaba fría bajo nuestras zapatillas, y el viento arrastraba pequeños remolinos de sal. A lo lejos, una figura corría hacia nosotros. Era Nina, con su melena suelta y una linterna en la mano. Detrás de ella venía un chico que no conocía.
—Él es Aarón —dijo Nina, sin detenerse—. Un amigo de mi primo.
Aarón nos saludó con una sonrisa tímida. Tenía los ojos oscuros y un aro en la oreja izquierda. No parecía del tipo que suele encajar en nuestro grupo… y tal vez por eso mismo me llamó la atención.
Nos instalamos cerca de unas rocas que nos protegían del viento. Lucas y Milo se ocuparon de encender el fuego, mientras Nina y Aarón se sentaban a mi lado. El cielo estaba cubierto, y la única luz venía de la fogata que crepitaba frente a nosotros.
Lucas rompió el silencio:
—¿Saben que en esta playa encontraron, hace años, una cadena con sangre?
—¿Otra de tus historias para asustarnos? —pregunté.
—No. Lo leí en una nota vieja del diario. —Sus ojos brillaban con ese entusiasmo extraño que le da cuando habla de cosas oscuras.
Aarón inclinó la cabeza.
—Yo escuché algo parecido. Que esa cadena pertenecía a un barco que naufragó cerca.
Milo levantó la mirada del fuego.
—O a alguien que no querían que escapara.
Sus palabras quedaron flotando en el aire, como una sombra que se estira cuando el fuego parpadea.
No sé por qué, pero en ese momento supe que este verano iba a ser distinto.
Muy distinto.