Corazones Rojos| Chanbaek

Summary

Me he enamorado, y espero que me quieras tal como soy. Me enamoro sabiendo que no puedo cambiar... ¿lo entiendes? ⚠️ Adaptación ⚠️Inestabilidad mental/ Desequilibrio psicológico,Locura / Demencia/ anorexia /canibalismo ©️Todos los créditos a su autora Amelita Rae

Genre
Drama/Lgbtq
Author
Mitzil
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

ÚNICO

Era febrero y aún se sentía un aire frío cuando Chanyeol abrió la puerta de la limusina y se plantó en la acera. La gente sorteaba al hombre imponente como el agua que rodea una piedra. Las calles de Shinjuku estaban abarrotadas de personas que iban y venían, empujándose unas a otras en su determinación por llegar a casa. Además, una ligera llovizna se deslizaba por la nuca de Chanyeol, bajo el cuello de su gabardina, y el atardecer estaba gris y nublado. Todo ello hacía de la experiencia algo francamente desagradable.

Chanyeol nunca había sido amante de las multitudes, ni siquiera en las mejores circunstancias, pero hoy era inevitable. Claro que podía haber enviado a alguno de sus hombres a hacer este trabajo, pero ninguno en quien confiara lo suficiente. No, esta no era una tarea para sus subordinados; era un asunto que solo podía encargarse a Park Chanyeol en persona.

Al llegar al edificio indicado, Chanyeol alzó la vista hacia el letrero y luego miró la tarjeta que llevaba en la mano para confirmar. *"The Flower Shop"* —un nombre genérico, en un lugar genérico, con el típico escaparate de San Valentín—. Había una guirnalda de corazones de papel, un cupido regordete apuntando con su flecha hacia la calle y decenas de arreglos florales exhibidos: desde ramos de tulipanes rojos hasta claveles de colores brillantes. Chanyeol torció el gesto con desdén ante aquellos arreglos cursis y descuidados, diseñados para las masas sin gusto.

Ninguno era lo suficientemente bueno.

Aun así, abrió la puerta y avanzó entre un enjambre de hombres que esperaban para pagar, con puñados de flores, chocolates y tarjetas en las que estamparían sus nombres sin mayor cuidado. En la parte trasera de la tienda había una sección refrigerada con flores sueltas para armar ramos personalizados, y hacia allí se dirigió. Le tomó casi media hora seleccionar una docena de rosas. Inspeccionó cada una meticulosamente. Cada una debía ser perfecta.

Cada una tenía que tener sus espinas removidas con cuidado y los tallos pulidos hasta quedar suaves. Cada una debía tener el mismo número de pétalos y el mismo tono de rojo intenso, casi sanguíneo. Una de las empleadas intentó apresurarlo, disfrazando su prisa de "ayuda", pero Chanyeol ignoró sus gestos. No permitiría que lo apresuraran, no en esto. Era demasiado importante.

Finalmente, una vez hecha su selección y añadidas algunas ramitas de gypsophila -cada una dispuesta en una simetría específica-, la empleada de la tienda no dejaba de mirarlo con desdén mientras él insistía en envolver las flores personalmente, asegurándose de que el papel permaneciera impecable, sin arrugas. Fruncía el ceño ante su meticulosidad. Chanyeol la ignoró. No le importaba. Ella no podía comprender la perfección. Nadie podía. ¿Cómo iban a hacerlo? Jamás habían tenido algo perfecto en sus vidas, no como él. Hubo un tiempo en que él había sido como ellos. Pero se necesita experimentar la perfección para entender su valor. Y Chanyeol jamás llevaría a casa algo que no fuera perfecto para la criatura absolutamente perfecta que lo esperaba allí.

Baekhyun, por supuesto, sonreiría y negaría con la cabeza, recordándole que la perfección existía en todos, solo había que saber buscarla. A veces estaba muy escondida. Chanyeol observó a la cajera mientras cobraba, tratando de discernir qué parte de ella era perfecta. No su rostro -regordete y algo desproporcionado, con una nariz torcida-, ni su cuerpo, ni su pelo encrespado... pero sus manos... sus manos eran magníficas. Dedos largos, fuertes y bien proporcionados, con la carne justa. Uñas cortas pero perfectamente pulidas, de forma ovalada. Piel suave y hoyuelos encantadores en cada nudillo. Manos hermosas. Baekhyun sabría apreciarlas. Probablemente, Chanyeol volvería por ellas... en algún momento.

El apuesto hombre de negocios le dedicó una sonrisa sutil y una generosa propina, lo que finalmente arrancó una sonrisa de la joven.

Al salir de la tienda, se acomodó en la limusina con aire triunfal y satisfecho. Su regalo estaba completo ahora. Tenía un poema, una docena de rosas y un dulce detalle para su Valentín. Chanyeol sonrió al ver la caja roja brillante junto a las flores. Dulces para el dulce. Baekhyun no podría resistirse a hincarle el diente de inmediato.

Recordó la primera vez que lo había visto.

Parecía más muerto que vivo, como un esqueleto ambulante, demasiado débil incluso para caminar. El enfermero lo había llevado a la sala común en silla de ruedas, conectado a un suero intravenoso, y lo había dejado junto a la ventana. Al sol. "Descuidado", pensó Chanyeol al observar la piel nívea y el suave cabello rubio del frágil muchacho. Lo dejarían allí, bajo el ardiente sol, toda la mañana, y esa piel exquisita acabaría quemada. A pesar de su delgadez extrema, seguía siendo lo más perfecto que Chanyeol había visto, y no soportaba la idea de que ese cutis perfecto se arruinara con pecas.

Los enfermeros se habían tensado cuando Chanyeol se acercó al nuevo paciente, pero todo lo que hizo fue correr las cortinas por él.

— Gracias, había susurrado Baekhyun, sus largas pestañas oscuras proyectando sombras sobre sus mejillas hundidas.

—El placer es mío —respondió Chanyeol con suavidad.

Modales, pensó. Este chico tenía modales. Era un cambio refrescante. Los modales eran muy importantes para Chanyeol, y la falta de ellos le resultaba profundamente irritante. Solo una de las muchas razones por las que generalmente encontraba a los demás exasperantes. Sin embargo, algo en este muchacho lo calmaba. Con solo mirarlo, podía sentir cómo las llamas turbulentas de su mente se aquietaban, adoptando cierto orden... todo el orden que podía tener un incendio descontrolado, al menos.

Se presentó con una respetuosa inclinación, tan galante y caballeroso como podía serlo alguien vestido con un mono de hospital y pantuflas. Aunque su cabello permanecía perfecto —ése era un detalle que no podían quitarle—.

—Me llamo Park Chanyeol. Puedes llamarme Chanyeol.

A Chanyeol le gustaba ser específico. Prevenía situaciones desagradables. La última persona que lo había llamado *Park* sin su permiso... bueno, ese día hubo un *incidente* considerable.

—Yo soy Byun Baekhyun. Puedes llamarme Baekhyun... o Baek si prefieres —respondió el joven.

Chanyeol habría preferido llamarlo *mío*, pero, por desgracia, esas confianzas tendrían que esperar hasta conocerse mejor. Y ese proceso comenzaría ahora mismo.

—¿Te gustaría pintar conmigo? —le invitó.

Los ojos del chico brillaron con interés, y Chanyeol pudo ver por fin que eran marrones Por supuesto, pensó. Por supuesto que lo son. Perfecto.

Una sonrisa apareció en los rasgos demacrados pero aún hermosos de Baekhyun cuando respondió con timidez:

—Sí, por favor.

El corazón de Chanyeol latió con fuerza cuando se arrodilló frente al joven y aseguró sus pies en los reposapiés. Tomó con cuidado los mangos de la silla de ruedas y lo condujo lentamente por la sala. Se movió con suavidad para evitar que la bolsa del suero se balanceara, manteniendo distancia de los otros pacientes —impredecibles en el mejor de los casos—. No apartó la mirada del enfermero alto que los observaba fijamente, una jeringa hipodérmica en la mano. Contenía una fuerte dosis de benzodiacepina, o *contención química*, como le gustaba llamarla al personal del hospital psiquiátrico.

Todo el equipo estaba nervioso, y con razón. Sus miradas seguían a la pareja mientras cruzaban la sala común. Chanyeol rara vez mostraba interés en otros pacientes, y cuando lo hacía... solía ser por las razones equivocadas. Y para ellos, nunca terminaba bien.


Chanyeol no tenía intención de lastimar a Baekhyun, después de todo. Aplastar frutas podridas y magulladas era una cosa, pero sería una tontería maltratar una ciruela tan perfecta. Detuvo la silla de ruedas de Baekhyun frente a una mesa, colocó un caballete y papel delante de él. Luego, añadió pinceles, agua y acuarelas. Chanyeol preparó lo mismo para sí mismo.


Pintaron en silencio durante un rato. Chanyeol observaba a Baekhyun de reojo. Nunca miró su pintura, pues habría sido grosero ver el trabajo inconcluso de un artista sin permiso, pero sí observaba sus movimientos. Sus manos temblaban, sus brazos demasiado débiles para sostenerlos por mucho tiempo. Sin embargo, sus movimientos eran gráciles, seguros. Chanyeol se preguntó qué podría haber hecho una criatura tan frágil y hermosa para terminar en un hospital psiquiátrico juvenil, en la sala con los ofensores más violentos. Quiso preguntar, pero no lo hizo.

Todo lo que dijo fue:

—¿Cuál es tu color favorito?

—Rojo —respondió Baekhyun, con la lengua rosada entre los dientes mientras pintaba algo con un pincel pequeño—. ¿Y el tuyo?

Chanyeol sonrió.

—También el rojo.

Le encantaba cómo ese color vibrante resaltaba sobre el fondo blanco. Una sola gota tenía más vida que una hoja entera de cualquier otro tono. Sin embargo, notó que Baekhyun evitaba el frasco de tinta roja. Tampoco usaba el negro. Chanyeol supuso que estaría pintando algo relacionado con la naturaleza.

Él, por su parte, pintaba un árbol: un roble grande con ramas extendidas como dedos que se alargaban. Aunque prefería la estética del árbol desnudo, llenó las ramas de hojas verdes y amarillas brillantes. Para terminar, añadió un pájaro azul intenso en un nido. A su psiquiatra le gustaría eso. Chanyeol esbozó una sonrisa burlona.

Una enfermera se acercó por detrás de Baekhyun y admiró su obra:

—¡Qué hermoso paisaje marino, Baekhyun! Se ve tan tranquilo y sereno... ¡parece que pudiera sumergirme en él y nadar!

La curiosidad pudo más que los modales, y Chanyeol se levantó para mirar. Era una obra simple pero impresionante. Parecía pacífica, aunque, si se observaba con atención, se distinguían tiburones bajo la superficie del agua. Había que fijarse bien para notarlos; de lo contrario, se confundían con las olas. A primera vista, no era más que un cuadro genérico, incluso aburrido. La calma engañosa ocultaba el peligro que acechaba bajo ella.

Chanyeol esbozó una sonrisa, y Baekhyun le devolvió una dulce cuando sus miradas se encontraron. Un instante después, unas espesas pestañas ocultaron aquellos ojos hermosos, pero la sonrisa depredadora de Chanyeol no se movió. Baekhyun tenía el rostro de un ángel, pero su mente se parecía mucho a la de él. Sí, ya se entendían perfectamente.

Ambos sabían jugar el juego: el juego de convencer a doctores y profesionales de que habían cambiado. De que estaban "mejor", cuando en el fondo seguían siendo los mismos psicópatas de siempre. Solo los pacientes más inteligentes podían jugarlo. Chanyeol era muy listo. Baekhyun, posiblemente aún más. *Un chico encantador*.

Chanyeol se preguntó cuánto tiempo habría estado Baekhyun internado antes de ser transferido aquí. Él tenía diecisiete años y llevaba allí desde los catorce. Baekhyun no aparentaba más de doce, aunque su pequeña estatura podía ser engañosa.

La enfermera revolvió con afecto el cabello dorado de Baekhyun, y Chanyeol imaginó, por un instante, cómo gritaría si le retorciera el brazo. Empezaría doblando su muñeca hacia atrás hasta que los nudillos tocaran el antebrazo, luego la forzaría hacia adelante con un tirón brusco, retorciendo hasta que los ligamentos crujieran y los músculos se desgarraran. Lo más difícil de romper no serían los huesos ni los tendones, sino la piel. Quizás tendría que desgarrarla con los dientes.

Claro que no tendría tiempo de hacerlo, no antes de que las demás enfermeras lo sometieran. Chanyeol suspiró, resignado. Su psiquiatra habría estado orgullosa de su calma y autocontrol. Le había enseñado a dominar sus impulsos violentos contando hasta diez. Lo que Chanyeol realmente hacía era calcular cuánto daño podría causar antes de que lo detuvieran. Eran fantasías agradables para pasar el tiempo entre un impulso psicótico y otro.

La enfermera retiró los lienzos y las pinturas y colocó bandejas de comida frente a ellos. Chanyeol le dio las gracias por el almuerzo; Baekhyun hizo lo mismo.

—Intenta comer algo, cariño —le dijo, acariciando la mano frágil de Baekhyun. Chanyeol no se atrevió a tocarlo.

Chanyeol observó cómo Baekhyun montaba todo un espectáculo preparándose para comer. Desdobló sus cubiertos y los colocó con precisión, extendió la servilleta sobre su regazo y retiró con cuidado las tapas de su fruta en conserva y el postre de gelatina. Era evidente que dominaba el arte de revolver la comida en el plato para simular que había probado algo. Mantenía un bocado cerca de la boca mientras hablaban, como si estuviera a punto de llevárselo a los labios. Tomaba pequeños bocados, masticándolos lentamente y tragando con visible esfuerzo. Una mueca de disgusto se dibujaba en sus labios cada vez que introducía alimento en esa boca delicada.

Aun así, era educado, y a Chanyeol le agradaba su modo de comer, frágil y preciso, como un pajarito. No hacía ruido al masticar, ni embadurnaba sus labios, algo que Chanyeol valoraba profundamente. *La forma en que alguien come revela mucho de su carácter.*

Él, en cambio, terminó su almuerzo sin dificultad. El sándwich de jamón no estaba mal, con suficiente mayonesa y mostaza para enmascarar el sabor de la carne sobresalada. A sus diecisiete años, Chanyeol se esforzaba por comer todo lo que le servían; anhelaba volverse tan fuerte y grande como le fuera posible. Baekhyun, en cambio, parecía empeñado en esfumarse, en desvanecerse por inanición. *Anorexia nerviosa, un caso severo*, diagnosticó mentalmente. Pero ¿por qué? Arriesgándose a un regaño, Chanyeol robó comida del plato de Baekhyun para ayudarlo, y la mirada de gratitud que recibió a cambio valió la pena.

La enfermera, al regresar, se mostró encantada. Elogió efusivamente a Baekhyun por "comerse" la mitad del sándwich y un poco de fruta. Chanyeol se preguntó cuántos años tendrían aquellas frutas en almíbar. *Podrían llevar años ahí, como carne conservada en formol azucarado*. La carne del sándwich no era muy distinta. No culpaba a Baekhyun por rechazarla, aunque en una institución estatal las alternativas escaseaban.

Después del almuerzo, Chanyeol convenció a la enfermera de que los dejara pasear por el jardín. Ella envió al ordenanza más corpulento del lugar, quien llevaba una pistola tranquilizante en brazos, como si estuviera en un safari y Chanyeol fuera el león. A él no le molestó; de hecho, Baekhyun parecía impresionado por tantas precauciones.

El ordenanza los siguió a distancia mientras Chanyeol empujaba la silla de ruedas de Baekhyun entre malezas descuidadas y arbustos salvajes. Pero en el centro del jardín, como una ironía, crecían rosas silvestres. Sus pétalos, de un rojo intenso, desprendían un aroma empalagoso y denso. Eran un pequeño rincón de perfección en un mundo deforme, igual que Baekhyun. Chanyeol sabía que ambos apreciarían la compañía del otro.

Detuvo la silla de Baekhyun entre las rosas y se dedicó a buscar la más perfecta. Tras un rato, encontró una: roja intenso, con los pétalos abiertos en plenitud. Con cuidado, eliminó cada espina. Baekhyun sonrió con genuino brillo cuando Chanyeol la depositó en sus manos esqueléticas.

—Maté a toda mi familia —comentó Chanyeol luego, con tono casual.

—¿Ah, sí? —Baekhyun arqueó una ceja, curiosidad en su voz.

—Mmm —asintió el adolescente, recostándose en la hierba mientras observaba las nubes. Era un día primaveral impecable—. Misofonia —exhaló, repitiendo el término que sus terapeutas le habían grabado a fuerza—. Mi padre comía haciendo ruido. Mi madre se mordía las uñas. Mi hermana reventaba su chicle. Eran tan groseros... Les pedí que pararan, varias veces.

—¿No lo hicieron?

—No. Y una vez que empecé... ya no pude detenerme. Fue demasiado divertido. Descuartizarlos me hizo sentir *yo mismo* por primera vez. Envolver sus partes como regalos solo fue para pasar el tiempo hasta que llegó la policía, pero mis psiquiatras insisten en que fue "remordimiento". Por eso estoy aquí.

Baekhyun asintió, comprensivo:

—Yo me comí a mi hermanita. Empecé por su cara y terminé con los dedos de los pies.

Chanyeol lo miró, observando cómo el sol doraba su cabello como un halo:

—¿Por qué?

Baekhyun se encogió de hombros con delicadeza:

—Tenía hambre, y sus mejillas se veían tan suaves... Redonditas, rosadas, deliciosas. Solo quería probar un poco, pero no pude controlarme. Le quité toda la carne a sus huesitos y luego los chupé hasta secarlos. Después de eso, dejé de comer. Mi psiquiatra dice que mi anorexia viene del remordimiento, que no como porque me recuerda lo que hice. Yo finjo estar de acuerdo.

—¿Y la verdadera razón? —preguntó Chanyeol.

Losojos marrones de Baekhyun, serenos como un mar que oculta tiburones, lo miraron fijamente. Su voz fue tranquila, honesta:

—Porque nada sabe tan bueno como ella.

Chanyeol rodó entonces hasta arrodillarse ante Baekhyun. Inclinó la cabeza con devoción y besó el dorso de su mano pequeña. Sabía que bajo esa frágil apariencia latía el corazón de un dios antiguo: hermoso, poderoso, sin arrepentimiento. Solo él podía verlo.

—Te traeré sacrificios humanos a tus pies —murmuró.

La mirada marrón se encontró con la oscuridad de los ojos negros. Era perfecto. Y juntos, lo eran aún más. Un match perfecto.

Chanyeol lo supo entonces: esto era el inicio de una hermosa asociación.

Algunas cosas... simplemente estaban destinadas a ser.

—Yo te alimentaré, juró con fervor. Baekhyun le sonrió con indulgencia, sin creerle del todo... hasta el día en que Chanyeol le llevó la lengua fresca de otro paciente, arrancada de raíz. El esquizofrénico de la habitación cuatro nunca más farfullaría.

Chanyeol jamás había visto nada más hermoso que Baekhyun devorando la carne tierna con sus dientes perfectos, sonriendo con los labios teñidos de rojo. Era la primera vez que el ruido al masticar no lo irritaba. De hecho, se convirtió en su sonido favorito en el mundo: Baekhyun disfrutando algo que él le proveía.

Mantenerlo bien alimentado fue fácil durante su estancia en el instituto. La reja suelta en su habitación le permitía entrar y salir sin que nadie lo notara. Nunca lo sospecharon; los asesinatos parecían aleatorios, y él siempre tenía coartadas. ¿Cómo podría haber descuartizado a alguien al otro lado de la ciudad si cada noche lo encerraban bajo llave?

Baekhyun fue dado de alta al año. Chanyeol lo siguió poco después; debía asegurarse de que su pequeño amor no pasara hambre.

Fue fácil convencer a los terapeutas de que solo fueron víctimas de abuso que "perdieron el control". Más fácil aún hacerles creer que su "brillante tratamiento" los había curado. La gente cree lo que desea creer—el mismo principio en el que se basan todas las religiones.

Al ser menores, sus expedientes se sellaron. Para el mundo, Park Chanyeol era un empresario exitoso, y Byun Baekhyun, un fotógrafo talentoso—su pareja de toda la vida.

Si las últimas fotografías de Byun, carnes jugosas y miembros desmembrados que despertaban hambre, parecían perturbadoras... bueno, era solo parte de su mensaje artístico. Y si los rivales de Chanyeol desaparecían misteriosamente... mala suerte, nada más.

Eran impecables: una pareja común que paseaba perros en el parque y organizaba cenas mensuales. Cultos, educados, anfitriones exquisitos. Hasta podrían parecer... aburridos.

El limusina dobló la esquina y se detuvo frente al rascacielos. Chanyeol deseó una buena noche a Kirishima y tomó el ascensor al ático, directo a los brazos de su amado.

Baekhyun seguía esbelto, pero sus mejillas ya no estaban hundidas, transformándose en una belleza angular y fascinante. Su cuerpo, ahora musculoso, con el vientre suave y la piel tersa, lucía saludable y bien alimentado. El rubio rió ante el haiku picante que Chanyeol le recitó, y sus ojos brillaron al ver las doce rosas perfectas —una por cada año de su impecable unión—.

Pero fue su reacción ante la cajita roja lo que hizo palpitar el corazón de Chanyeol con emoción. Baekhyun pasó su lengua rosada por los labios, ansioso, mientras desataba el lazo de satín y levantaba la tapa. Sus manos se abalanzaron sobre el contenido, y un gemido escapó de su garganta al llevar la carne fresca a la boca como un beso.

Aún tibia por el hombre al que Chanyeol se la había arrancado, la sangre brotó cuando Baekhyun mordió con avidez. Era un corazón —el símbolo del amor de Chanyeol hacia él—. Baekhyun sonrió tímidamente con la boca llena, los labios rojos y brillantes, y verlo alimentarse sació algo en el interior de Chanyeol. Porque así como él nutría el cuerpo de Baekhyun, era Baekhyun quien alimentaba su alma, su necesidad de belleza y perfección en forma humana. Su rosa sin espinas.

Sus labios se encontraron en un beso sangriento, el aroma a hierro dulce en la mente de Chanyeol. Un olor que siempre asociaba con Baekhyun, pues él prefería la carne cruda, calentada solo por la vida que se escapaba de ella.

—Feliz San Valentín, cariño — susurró Chanyeol contra esa boca hambrienta.

Más tarde, acostado en la cama con su brazo protegiendo el cuerpo del amado, Chanyeol reflexionaría sobre la perfección de su vida.

Pensaría en la profundidad de su confianza: cómo permitía sin temor que un caníbal llevara su entrepierna a esos dientes afilados, y cómo Baekhyun se entregaba sin resistencia a las manos de un asesino en serie.

Pensaría en todas las parejas del mundo, escondiendo secretos el uno del otro. Si ser "normal" significaba ocultar lo que más vergüenza daba a quien decías amar, entonces él no quería parte en eso. Eso no era amor. Era solo buena actuación.

¿Existía alguien más que tuviera lo que ellos compartían? Un amor tan puro y absoluto que podían mirarse a los ojos, conociendo los abismos del otro, sin vacilar. Se aceptaban incondicionalmente, tan raro como una rosa sin defectos.

Mientras acariciaba el cabello de Baekhyun, Chanyeol se preguntaría esa noche:

¿Habría existido jamás un amor tan perfecto como el suyo?