Novia de Guerra

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Summary

En el verano de 1944, Marco Bianchi, un joven soldado italo-estadounidense, es enviado con su escuadrón a un pequeño pueblo francés. Allí conoce a Claire, una joven de 18 años que, a pesar del miedo y la destrucción, le ofrece un gesto de humanidad y esperanza. Un encuentro breve, pero que marcará sus vidas para siempre. Tras un devastador ataque alemán, Marco encuentra a Claire cuidando a un bebé, testigo del horror y la fragilidad de la vida. Lo que empieza como una confusión entre soldados pronto se convierte en un compromiso inesperado: Marco y Claire, ahora esposos, deberán enfrentarse a la separación, la adaptación y la desconfianza en un mundo dividido por la guerra. Desde las calles bombardeadas de Francia hasta la bulliciosa Nueva York de los años 40, Claire lucha por encontrar su lugar en una familia italiana tradicional mientras cría a Pierre, un niño que no es de Marco, pero que ambos amarán como propio. Entre cartas, trabas burocráticas y prejuicios, esta novela romántica histórica narra la fuerza de las mujeres que cruzaron océanos y barreras para salvar sus amores y sus vidas.

Status
Ongoing
Chapters
7
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Capítulo 1

Bajo El Cielo Gris De Normandía

El cielo se extendía como una manta de plomo sobre las colinas, presagiando lluvia. El aire olía a humedad y tierra removida, mezclado con el aroma persistente de humo, que parecía incrustarse en la piel desde hacía semanas. Marco Bianchi ajustó la correa del fusil sobre su hombro y siguió el paso del escuadrón. Las botas se hundían en el barro, dejando huellas que se llenaban de agua a los pocos segundos.

Habían recibido la orden de revisar un pequeño pueblo a unos kilómetros de la línea donde se habían producido los últimos enfrentamientos. Decían que estaba “liberado” de tropas alemanas, pero Marco había aprendido que esas palabras eran relativas; la guerra no respetaba avisos ni fronteras.

A un lado del camino, un campo de trigo se extendía hasta perderse en la neblina. No era el dorado vivo que él recordaba de los veranos en casa, sino un amarillo apagado, vencido por el clima y por la guerra. Entre las espigas, un tractor oxidado yacía inclinado, como si hubiera intentado escapar y se hubiera rendido. Marco apartó la vista; había aprendido a no mirar demasiado tiempo lo que la guerra dejaba atrás.

- Apuesto a que es otro de esos pueblos muertos. - comentó Tommy O’Connor, que marchaba a su lado, con la voz algo más animada de lo que correspondía a ese paisaje - Una carreta rota, tres gallinas y una docena de ancianos mirando como si fuéramos un circo.

- Podrías callarte por una vez. - gruñó el sargento Harding unos pasos más adelante.

Tommy levantó las manos en gesto de rendición, pero en cuanto el sargento volvió la vista, susurró:

- Seguro que tú ya estás soñando con el café de tu mamá, ¿Eh, Bianchi?

Marco esbozó una sonrisa breve, sin apartar los ojos del camino.

- Con el café y con una cama limpia.

- ¿Cama limpia o cama con compañía? - insistió Tommy, dándole un leve codazo.

Marco negó con la cabeza. No tenía en mente mujeres en aquel momento. No… hasta que un recuerdo fugaz le atravesó la memoria: la imagen de una muchacha de cabello oscuro que había visto de lejos, en otro pueblo, entregando pan a unos soldados como ellos. El rostro no estaba claro en su memoria, pero sí el contraste de su sonrisa contra la suciedad y el miedo al atenderlos. Le sorprendió que algo así pudiera quedar grabado entre tantas imágenes grises.

Las casas comenzaron a aparecer entre los árboles: techos inclinados cubiertos de tejas oscuras, chimeneas apagadas y paredes con las cicatrices de la metralla. A lo lejos se escuchaba el mugido de una vaca y un par de niños cruzaron la calle descalzos, observándolos con ojos tan grandes como asustados.

El sargento levantó el puño y el grupo se detuvo. La calle principal estaba casi vacía, salvo por un puñado de mujeres que se movían cerca de un edificio de piedra. Llevaban delantales manchados, cestas en las manos y miradas rápidas hacia los soldados. Marco se fijó en una de ellas, no por su belleza -aunque la tenía- sino por la calma con que se movía entre las demás. Su cabello rubio ceniza estaba recogido, el rostro limpio y serio, como si no tuviera tiempo para gestos inútiles.

La joven levantó la vista y lo miró, sin bajar la vista al instante como hacían otras. Marco sintió algo extraño, como si aquel momento no perteneciera a la guerra, sino a otro lugar… uno donde la lluvia no caía sobre el barro y el humo no lo cubría todo.

- Míralo… ya está embobado. - susurró Tommy, sonriendo.

Marco tragó saliva y siguió caminando, con un impulso creciente de encontrar una excusa para acercarse.

Lo que no sabía era que esa mirada fugaz estaba a punto de cambiarle el rumbo de la guerra… y de la vida.

Palabras Prestadas

El grupo se dispersó en la calle principal mientras el sargento Harding hablaba con un anciano de bastón que parecía ser alguna autoridad del pueblo. El olor a pan recién horneado se filtraba desde una pequeña sala donde varias mujeres servían sopa en cuencos esmaltados.

Marco, sin darse cuenta, se encontró caminando hacia allí. No llevaba ni un plan ni una razón legítima; solo quería verla más de cerca. Entre los sonidos de cucharas contra el metal y pasos sobre el suelo de piedra, distinguió la voz de ella, baja, pero clara, pronunciando palabras en francés que él apenas comprendía.

Cuando Claire levantó la vista y lo vio frente a la mesa, sus cejas se alzaron con un gesto de sorpresa que duró apenas un segundo. Sin decir nada, tomó un cuenco, lo llenó y se lo tendió.

- Merci. - murmuró Marco, aceptando el cuenco con ambas manos.

La joven inclinó la cabeza en un gesto breve y luego, como si hubiera decidido que un silencio prolongado sería incómodo, dijo algo más:

- Vous êtes… américains?

Marco sonrió torpemente.

- Américain, oui… mais… famille italienne. - señaló su pecho, buscando palabras.

- Italien… - repitió ella, con una leve sonrisa que hizo que sus ojos azules se iluminaran - Vous parlez… français?

Marco negó con la cabeza, divertido y frustrado a la vez.

- Non… un peu… catechisme… école. - dijo, pronunciando a trompicones la palabra “catecismo” como si fuera una llave olvidada.

Claire dejó escapar una pequeña risa.

- Catechisme? Vous… catholique?

Él asintió con seriedad.

- Oui. Vous aussi?

Ella asintió y, por primera vez, lo miró sin prisa. El ruido a su alrededor parecía amortiguarse, como si fueran solo ellos en esa sala con olor a pan y sopa.

- How do you… say… “pain” en anglais? - preguntó ella, pronunciando pain como “pan” en francés.

- Bread - respondió Marco.

Claire lo repitió, exagerando la “r” hasta hacerle sonreír. Entonces él le devolvió la pregunta:

- Et en français?

- Pain. - dijo ella suavemente y él tuvo la sensación absurda de que no hablaban de comida.

Tommy apareció en la puerta, lanzándole una mirada cargada de burla. - Eh, Bianchi, el sargento dice que dejemos de robar la comida de las damas.

Marco levantó una mano, sin apartar la vista de Claire.

- Je reviendrai. - dijo, con acento pésimo, pero convicción sincera. Volveré.

Claire no respondió, pero la forma en que lo miró, seria y un poco incrédula, se le quedó grabada como un juramento silencioso antes de seguir a su amigo al exterior.