Capítulo 1
La Emboscada
La lluvia caía con fuerza sobre las calles adoquinadas del Bronx, empañando las farolas con reflejos trémulos. Las sombras se alargaban bajo los toldos desgastados de los comercios y el eco lejano de pasos apresurados se confundía con el estrépito del agua golpeando los charcos.
Don Salvatore Rossi, capo indiscutible de la familia, caminaba con paso firme, pero cauteloso. Sus ojos, acostumbrados a leer más allá de las palabras, escudriñaban cada esquina, cada rostro, como un depredador que siente el viento cambiar de dirección. Había escuchado rumores, advertencias veladas. La tensión se palpaba en el aire denso, pero no podía permitirse mostrar debilidad.
El manto negro de su gabardina se ceñía a su figura imponente mientras avanzaba hacia la entrada del Benny's Club, un lugar que siempre había sido suyo y de su círculo más cercano. Un speakeasies, un bar ilegal como tantos otros que las familias administraban para proveer de licor y diversión a los parroquianos. No era una taberna o un saloon, pero dejaba buen dinero. Era su pequeño blind pig.
A unos metros detrás, su hijo Vincenzo lo seguía en silencio, nervioso, con la mirada fija en el cuerpo de su padre, ansioso por demostrar que podía ser digno heredero.
De repente, un ruido seco resonó desde un callejón lateral: un disparo que rompió la noche. El reflejo instintivo de Salvatore fue cubrirse, girando hacia el origen del sonido.
Antes de que pudiera reaccionar, otra ráfaga de balas lo sorprendió, encendiendo el pavimento con destellos mortales. La sorpresa fue total, la emboscada perfecta. Sus hombres no lograron reaccionar.
Salvatore cayó, su cuerpo pesado golpeando el suelo mojado. El sabor metálico de la sangre inundó su boca mientras sus pensamientos se deshilachaban entre el dolor. Veía el rostro de su hijo, paralizado, la impotencia y la rabia brotando en sus ojos.
Con el último hálito, entendió que no solo moría él, sino que una guerra comenzaba, que los fantasmas de la traición iban a devorar lo que tanto había construido.
- Vincenzo... - susurró con voz quebrada, una súplica y una advertencia al mismo tiempo.
Pero la noche tragó sus palabras y el silencio que siguió fue más cruel que cualquier disparo.
- ¡Papa! - gritó Vincenzo a su lado, pero su padre estaba muriendo.
Con voz apenas audible, susurró:
- Vincenzo... no. No eres el hombre que... - y luego, un último aliento - La familia... otras manos.
La noche tragó sus palabras, dejando un silencio mortal que anunciaba el principio de una guerra interna cuando sus hombres lo subieron al auto y su hijo se quedó de rodillas bajo la lluvia y el charco con la sangre de su padre a su lado.
El Funeral
La noticia de la muerte del Capo de la familia Rossi recorrió los puertos y bares con rapidez. La curiosidad y el morbo movían a la gente por igual.
Y también el miedo.
La incertidumbre sobre quién sería el sucesor de Rossi era alta. Los tenientes y personas cercanas al círculo sabían que el primogénito, Vincenzo era ambicioso, pero también impulsivo y eso, en ese mundo era una sentencia de muerte. Su conducta desordenada, mujeres, armas y alcohol era una combinación tanto atractiva como peligrosa. Varios de los tenientes estaban inquietos porque sus territorios cayeran por las decisiones del joven.
Ahora, el día que Rossi sería despedido, la neblina cubría Little Italy como un manto gris, amortiguando el sonido de los pasos y de los motores al ralentí. Frente a la iglesia de San Gennaro, una hilera de Cadillacs negros se alineaba con precisión casi militar. Hombres de traje oscuro y sombrero fedora vigilaban cada esquina, sus miradas barrían la calle con la frialdad de quien sabe que la paz siempre es provisional.
Dentro, el féretro de caoba, coronado con rosas rojas y lirios blancos, descansaba bajo el altar. El aire estaba impregnado de incienso, mezclado con un perfume dulce y sofocante que parecía querer ahogar cualquier pensamiento.
Gianna Rossi, de apenas dieciocho años, permanecía junto a su madre. Vestía un sencillo vestido negro y un velo que apenas lograba ocultar sus mejillas húmedas. Sostenía un pañuelo bordado que apretaba entre sus dedos enguantados como si de ello dependiera no derrumbarse. Cada persona que se acercaba a dar el pésame la hacía retroceder medio paso, incómoda bajo el peso de tantas miradas. No sabía si debía mirar a los ojos o bajar la vista; su mundo siempre había sido la seguridad de la casa Rossi y ahora todo le parecía un territorio hostil.
A pocos metros, Vincenzo, con gesto altivo, aceptaba las condolencias como si ya fuera el nuevo capo. Ni una sola mirada a su hermana. Ni una palabra de consuelo a su madre o a ella.
Los ojos de Gianna, enrojecidos por el llanto, se fijaban en el ataúd como si aún no pudiera comprender del todo que su padre estaba allí dentro, inmóvil, incapaz de protegerla nunca más. Sentía un nudo en la garganta, pero no solo por el duelo.
El miedo se arrastraba por su pecho como una serpiente fría.
Sabía quién era su hermano Vincenzo. Sabía de su temperamento impredecible, su ambición desmedida y su incapacidad para escuchar consejos. Y sabía también que, en la lógica implacable de la familia, ahora él sería el que ocuparía el lugar de su padre. La idea la inquietaba más que cualquier amenaza externa.
Vincenzo, impecable en su traje negro, aceptaba las condolencias con una sonrisa mínima y un brillo satisfecho en los ojos. No parecía un hijo de luto, sino un hombre que ya se probaba la corona invisible del poder. No la miró ni una sola vez.
Gianna intentaba respirar despacio, pero cada campanada que resonaba en la iglesia le recordaba que algo terminaba y otra cosa -algo incierto y peligroso- estaba a punto de comenzar. Afuera, bajo la llovizna, los hombres de su padre montaban guardia, pero dentro de ella crecía la sensación de que muy pronto, toda esa protección desaparecería.
Apretó el pañuelo con fuerza, como si pudiera retener entre los pliegues la seguridad que había conocido toda su vida. Y, mientras las campanas seguían tañendo, no podía dejar de pensar:
¿Qué será de mí… cuando mi hermano tenga todo el poder?
El consiglierie Giuseppe, de pie en un extremo, observaba todo con atención. Sabía que, entre las flores y los rezos, se estaban midiendo fuerzas. La ceremonia no era solo un adiós, era un acto político.
Cuando el sacerdote entonó el último responso, el sonido grave de las campanas hizo que Gianna temblara. No lloró con estrépito, pero su respiración entrecortada la delató. A través del velo, sus ojos buscaron instintivamente una figura fuerte que pudiera sostenerla, aunque aún no sabía que esa figura sería un hombre que venía de muy lejos… un forastero que cambiaría su vida para siempre.