Eternity - Akafuri

Summary

Seijuro vive atrapado en un apartamento lleno de recuerdos, donde el tiempo parece haberse detenido. Alex Warren - Eternity

Genre
Lgbtq
Author
Anderki_04
Status
Complete
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

El reloj no se detiene

El apartamento estaba sumido en un silencio opresivo, roto solo por el tictac incesante del reloj de pared en la sala de estar.

Era un reloj antiguo, uno que Kouki había insistido en comprar en una feria de antigüedades hace dos años, cuando decidieron mudarse juntos.

—Mira Sei, es perfecto —le había dicho entonces, con esa sonrisa tímida que iluminaba su rostro como si fuera el sol saliendo después de una tormenta— Nos recordará que el tiempo es valioso, pero no tenemos que correr todo el tiempo.

Akashi Seijuro se sentó en el borde de la cama, las manos temblando ligeramente mientras sostenía una taza de té que se había enfriado hace horas.

El vapor que alguna vez había subido de ella ya no existía, al igual que la calidez que Kouki llevaba consigo a todas partes.

Habían pasado tres meses desde el accidente, tres meses que se sentían como una eternidad congelada en un limbo de dolor.

Cada segundo se extendía como una herida abierta, sangrando recuerdos que se negaban a cicatrizar.

El dormitorio, que una vez había sido su santuario compartido, ahora parecía un mausoleo.

La cama king size, con sábanas de algodón que Seijuro había elegido por su suavidad, estaba deshecha solo de un lado. El lado de Kouki permanecía intacto, como si esperara su regreso.

Sobre la mesita de noche, una fotografía enmarcada los mostraba a ambos en Kioto, durante un viaje de fin de semana el año pasado.

Kouki reía, con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás, mientras Seijuro lo miraba con una expresión que solo él podía descifrar, una mezcla de adoración y posesión, como si Kouki fuera el único tesoro que valía la pena en su imperio.

Pero ahora, esa fotografía era solo un recordatorio cruel.

Seijuro extendió la mano, rozando el vidrio con los dedos, como si pudiera tocar la piel cálida de Kouki a través de él.

—Kouki... —murmuró, su voz un susurro roto en la oscuridad— ¿Por qué tuviste que irte? ¿Por qué no pude detenerlo?

El accidente había sido absurdo, uno de esos eventos que nadie ve venir hasta que ya es demasiado tarde.

Kouki había salido esa noche para comprar ingredientes para la cena ya que era su turno de cocinar y había prometido hacer ramen casero, el plato favorito de Seijuro desde que Kouki lo introdujo en las delicias simples de la vida cotidiana.

—Vuelvo en un rato, Sei —le había dicho, besándolo en la mejilla con esa ligereza que siempre desarmaba las defensas de Seijuro— No te preocupes, el tráfico no está tan mal.

Pero el tráfico sí estaba mal.

Un conductor ebrio, un semáforo en rojo ignorado, y de repente, el mundo de Seijuro se había hecho añicos.

La llamada del hospital llegó a medianoche, y desde entonces, todo había sido un borrón de luces fluorescentes, médicos murmurando disculpas y el sonido de su propio corazón latiendo como un tambor de guerra en sus oídos.

Seijuro se levantó, caminando descalzo por el pasillo hacia la cocina.

Cada paso resonaba en el vacío del apartamento, un eco que amplificaba la ausencia.

La nevera aún tenía notas adhesivas pegadas en la puerta, escritas con la letra desordenada de Kouki.

"Comprar leche", "No olvides el aniversario el próximo mes", "Te amo, idiota perfeccionista".

Seijuro las había dejado allí, incapaz de tocarlas, como si removerlas significara borrar una parte de él.

Se detuvo frente a la encimera, donde un tazón de cerámica, el que Kouki usaba para sus cereales matutinos, seguía lavado y seco, esperando un desayuno que nunca llegaría.

Los recuerdos lo asaltaron como una oleada, arrastrándolo de vuelta a una mañana cualquiera, meses atrás.

Era un domingo perezoso, de esos que Kouki adoraba porque significaban no tener que apresurarse.

Seijuro se había despertado temprano, como siempre, revisando correos electrónicos en su laptop mientras el sol se filtraba por las cortinas. Kouki, aún somnoliento, había salido de la habitación con el cabello revuelto y una camiseta holgada que le llegaba hasta las rodillas.

—Buenos días, emperador —bromeó, frotándose los ojos mientras se acercaba a la cafetera— ¿Ya conquistando el mundo antes del desayuno?

Seijuro levantó la vista, una sonrisa curvando sus labios a pesar de sí mismo.

Kouki tenía esa habilidad: derretir su fachada de hielo con una sola palabra.

—Solo planeando cómo mantenerlo en orden —respondió, cerrando la laptop para prestarle toda su atención— ¿Qué quieres para desayunar?

Kouki se encogió de hombros, sirviéndose una taza de café negro, justo como le gustaba a Seijuro, aunque él prefería el suyo con leche.

—Algo simple... Huevos revueltos, quizás o solo cereal, no soy tan exigente como tú.

Se sentaron en la mesa de la cocina, uno frente al otro, como lo habían hecho cientos de veces desde que decidieron vivir juntos hacía tres años.

Su relación había comenzado de forma inesperada, después de la Winter Cup, cuando Furihata Kouki, el jugador ordinario de Seirin, había osado desafiar al capitán absoluto de Rakuzan.

Seijuro lo había subestimado al principio, viéndolo como un peón en el tablero de ajedrez del baloncesto. Pero Kouki había demostrado ser mucho más: valiente, resiliente, con una calidez que Seijuro nunca había conocido en su vida de presiones y expectativas.

Con el tiempo, lo que empezó como respeto mutuo se convirtió en algo más profundo.

Encuentros casuales en torneos, mensajes de texto que se volvieron diarios, y finalmente, una confesión torpe de Kouki en un parque bajo la lluvia.

—Seijuro, yo... no sé cómo decirlo, pero me gustas. Mucho. Más de lo que debería, probablemente —había dicho, sonrojado hasta las orejas.

Seijuro, sorprendido por la vulnerabilidad en su propia voz, había respondido.

—Yo también, Kouki. Más de lo que imaginaba posible.

Desde entonces, habían construido una vida juntos.

Seijuro manejaba el imperio familiar con su precisión habitual, mientras Kouki trabajaba en una pequeña editorial, editando libros que le apasionaban.

Vivir juntos había sido natural, Seijuro apreciaba el orden que Kouki traía a su caos emocional, y Kouki encontraba en Seijuro una estabilidad que nunca había tenido.

En esa mañana recordada, mientras comían, Kouki extendió la mano sobre la mesa, entrelazando sus dedos con los de Seijuro.

—Sabes, a veces me pregunto cómo terminamos aquí —dijo, su voz suave—. Tú, el genio del baloncesto y los negocios, y yo, el tipo que apenas puede driblear sin tropezar.

Seijuro apretó su mano, sintiendo el pulso constante bajo su piel.

—Terminamos aquí porque eres exactamente lo que necesitaba. Alguien que me recuerda que la vida no es solo victorias y derrotas.

Kouki rio, un sonido que llenaba el apartamento como música.

—Y tú me recuerdas que puedo ser más que un extra en la historia de alguien más. Somos un buen equipo, ¿no?

Sí, lo eran.

Un equipo perfecto, hasta que el destino decidió lo contrario.

De vuelta al presente, Seijuro se dejó caer en una silla de la cocina, enterrando el rostro en las manos.

Las lágrimas, que había reprimido durante semanas en público ahora fluían libremente.

No eran sollozos dramáticos, sino un goteo constante, como una lluvia que no cesa.

Cada lágrima llevaba un fragmento de su alma, un pedazo de Kouki que se iba con ella.

¿Por qué dolía tanto? Akashi Seijuro siempre había sido el controlador, el que anticipaba cada movimiento en el tablero... Pero la muerte no jugaba ajedrez, era un caos impredecible que lo había dejado desarmado.

Recordaba el hospital, el olor a desinfectante, las máquinas pitando, el médico explicando con voz monótona que Kouki había sufrido un trauma craneal severo.

—Lo sentimos, señor Akashi... Hicimos todo lo posible.

Seijuro había exigido ver el cuerpo, negándose a creerlo hasta que lo vio con sus propios ojos.

Kouki yacía allí, pálido y quieto, con una paz que contrastaba con la tormenta en el pecho de Seijuro.

—Despierta, Kouki —le había susurrado, tomando su mano fría— Por favor, despierta. No puedes dejarme así.

Pero no despertó.

El funeral fue abrumador... amigos de Seirin y Rakuzan ofreciendo condolencias, Kuroko mirándolo con ojos tristes, Midorima ajustando sus gafas para ocultar sus propias emociones.

Seijuro había permanecido estoico pero por dentro, se estaba desmoronando.

Ahora, solo en el apartamento, el dolor era sofocante.

Se levantó de nuevo, caminando hacia el balcón, la ciudad de Tokio se extendía abajo, luces parpadeando como estrellas falsas en un cielo nublado.

Kouki amaba esta vista, solía pararse aquí al atardecer, con una cerveza en la mano, hablando de sus sueños.

—Algún día, viajaremos a Europa —decía— Veremos la Torre Eiffel, comeremos pasta en Italia. ¿Te imaginas?

Seijuro se imaginaba.

Se imaginaba una vida entera con Kouki, aniversarios, vacaciones, quizás incluso adoptar un perro como Kouki siempre quería... Pero ahora, todo eso era cenizas.

Un sollozo escapó de su garganta, crudo y animal.

Se dobló sobre la barandilla, el viento frío azotando su rostro.

—Kouki, ¿por qué? —gritó al vacío— ¿Por qué tuviste que perseguir la luz donde no puedo seguirte? Siento que nuestro hogar es un infierno sin tí.

Las horas pasaron, el reloj marcando implacable.

Seijuro finalmente regresó adentro, exhausto pero incapaz de dormir, se acostó en la cama, abrazando la almohada de Kouki, que aún olía a su champú.

En la oscuridad, los recuerdos seguían llegando, cada uno una daga en su corazón.

Recordaba su primera noche viviendo juntos.

Kouki había estado nervioso, tropezando con cajas de mudanza mientras intentaba desempacar.

—Lo siento, Seijuro, soy un desastre —había dicho, riendo para ocultar su ansiedad.

Seijuro lo había abrazado por detrás, besando su cuello.

—Eres mi desastre favorito y este es nuestro hogar ahora.

Habían hecho el amor esa noche, lento y tierno, explorando cuerpos que ya conocían pero que se sentían nuevos en este contexto compartido.

Después, tendidos enredados, Kouki había trazado patrones en el pecho de Seijuro.

—Prométeme que siempre estaremos así —susurró— Juntos, sin importar qué.

—Te lo prometo —había respondido Seijuro, creyéndolo con cada fibra de su ser.

Pero las promesas se rompen.

Ahora Seijuro estaba solo, ahogándose en un mar de "qué pasaría si".

¿Qué si hubiera insistido en que Kouki no saliera esa noche? ¿Qué si hubiera cocinado él mismo?

La culpa lo carcomía, un veneno lento que envenenaba cada pensamiento.

El amanecer llegó, tiñendo el cielo de rosas y naranjas que Kouki habría admirado.

Seijuro se levantó, preparándose para otro día de fingir normalidad. Pero en su interior, el dolor persistía, una eternidad de vacío que solo Kouki podía llenar.

El reloj seguía tic-tac, recordándole que el tiempo avanzaba, aunque su corazón se había detenido para siempre.