The Color Of Grey Days, OS Larry Stylinson

Summary

Harry pierde a la persona que más quiere en la vida, Louis trabaja en un lugar extraño. Se conocerán en un momento en que los dos necesitan respuestas.

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🕯️


Era una noche más, una noche de tantas, una noche en la que el silencio se desvanecía bajo el llanto de las personas que de alguna manera intentaban dar un adiós a alguien que fue importante en sus vidas.

Esa noche, en especial, se sentía cálida. El verano en Cardiff podía llevar las temperaturas hasta los 24 grados durante el día, y las noches, que guardaban esa calidez, invitaban a quedarse fuera un rato más, o frente a una ventana buscando el ligero frescor. Sin embargo, dentro del velatorio de la ciudad, el frío jamás se iba. Parecía disfrutar de quedarse en medio de las paredes de cemento, de los pisos de cerámica brillante, de las sillas incómodas y sobre todo, alrededor del ataúd.

La energía que se sentía en el lugar era densa, pesada, triste; desoladora. ¿Y cómo no? ¿Quién podría estar feliz de tener que acompañar a un ser querido en uno de sus últimos viajes terrenales? Nadie con un poco de buen corazón.

El único que estaba ligeramente feliz, era el dueño del velatorio. El señor Will Jones era el dueño de ese lugar que funcionaba las 24 horas, los 7 días de la semana, todos los meses del año. Estaba casi al lado del cementerio de la ciudad, y era el elegido por la mayoría de la gente por su flexibilidad horaria, porque las muertes ocurrían a todas las horas, no podías ponerle turno. También porque el señor Jones era increíblemente amable y casi siempre podías verlo rondar, cualquiera de las siete salas con las que contaba el sitio.

Era parte de su trabajo mostrarse cercano y preocupado de los deudos, de esas personas que se quedaban viviendo de dolor. Siempre tenía una palabra, un gesto, un hombro. También pañuelos y un dispensador de agua, y se mostraba siempre comprensivo si alguna familia prefería llevar su comida o grandes termos con café. Siempre daba facilidades para lo que fuera necesario y por eso le iba bien.

Desde muy pequeño se acostumbró al negocio de la muerte. Su padre había heredado de su abuelo el velatorio, y era el legado que le dejaría a alguno de sus hijos cuando él mismo tuviera que hacer uso de las instalaciones.

Su esposa lo había dejado hace años, aburrida de no tenerlo nunca en casa, de que hubiese sido un padre ausente, de que no tuviera tiempo para la familia. Y Will no lo resintió. Le gustaba mucho y más que nada en la vida, recorrer su lugar. Muchas veces dormía en la oficina, tenía un sofá escondido detrás de un biombo, y varias mudas de ropa. Su baño incluso tenía una ducha, por lo que no necesitaba casi nada. Si le daba hambre, enviaba a comprar algo a cualquiera de los chicos que trabajaban para él, y a quienes les pagaba por horas. Era un excelente trabajo si estudiabas, a Will no le importaba el horario en sí. No tanto como que siempre estuviera todo limpio y listo para recibir al muerto de turno.

Tenía en ese momento, tres chicos trabajando. Rob, Michael y Louis. Entre los tres se organizaban para que siempre hubiese alguno en el velatorio. Michael, por ejemplo, estudiaba de noche, por lo que hacía la mayoría de los turnos de madrugada, ya que podía dormir en el día. Rob durante gran parte del día cuidaba a su abuela postrada y Louis estudiaba de tarde, por lo que tenía libres las mañana para trabajar.

Se habían habituado a sus horarios extraños, y se cubrían bien si era necesario. La paga era buena, y el trabajo bastante fácil. Consistía básicamente en mantener todo limpio, cuidar las instalaciones, y hacer algunos trámites y compras. Si no había algún velorio, podían estudiar o usar sus teléfonos sin problema, incluso dormir en algún lugar que les acomodara.

En esa cálida noche de julio, se encontraba Louis cubriendo el turno de Michael, porque había terminado su tercer año de filosofía e inglés, le faltaba el último y podría empezar a buscar un nuevo trabajo. Vivía con sus padres, a quienes veía muy poco, ya que siempre estaba estudiando. No tenía tiempo de algo más y estaba bien con eso. Solo a veces lograba salir por una cerveza con alguno de sus pocos amigos, o se permitía una ida al cine si es que se sentía demasiado agotado.

Tomó la escoba, Louis, y comenzó a barrer. Esa noche, extrañamente, estaban los siete velatorios desocupados, en total oscuridad. ¿Le daba miedo? Claro que sí, pero bueno. No tenía muchas opciones. Siempre era más fácil cuando había gente, pero no era el caso. Comenzó con la limpieza desde la última de las salas, barriendo primero, trapeando después, y pasando un paño por las sillas y los féretros. También quitaba el polvo de las puertas, de las luces, y por último, perfumaba el ambiente con un aromatizador de limón. Después que terminó, ya cerca de las tres de la mañana, se dedicó a caminar por el lugar, pensando en la fragilidad de la vida.

Se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas. Revisó un poco su teléfono, pero llevaba días pensando más de lo normal en la muerte. No le había tocado perder a alguien importante. Solo algún tío, un abuelo, quizás un primo. Familia que no era cercana, pero que sí había afectado a sus padres en más de una ocasión.

¿Podría imaginarse ese dolor? ¿Tiene sentido hacerlo? ¿Te prepara para algo?

No lo sabría hasta que llegara el momento, y no quería que ese día se hiciera realidad. Pensar en su madre, su padre o alguno de sus queridos amigos, dentro de un ataúd con los ojos cerrados para siempre, hacía que su corazón se sobrecogiera en un dolor invisible.

¿Existía algo después de la muerte? ¿La reencarnación era real? ¿Y si solo hay vacío? ¿Y si realmente nuestra alma divagaba en un purgatorio eternamente, hasta limpiar nuestros pecados?

Le empezó a doler la cabeza. La propia filosofía que estudiaba en la universidad, tenía diferentes opiniones, dependiendo del filósofo que la emitiera. Indudablemente jamás podríamos tener respuestas, nadie ha vuelto de la muerte, nadie que Louis conociera por lo menos. Pero le gustaría saber, tener una tranquilidad, de que, quizás, en otra vida, podría reencontrarse con las personas que ya no están en este plano.

Volvió a su teléfono y se dio cuenta de que ya eran las seis de la mañana. En una hora más llegaría Rob a relevarlo, y podría ir a dormir, por fin, sin poner una alarma. Podría almorzar con sus padres, y darse un baño largo bajo el agua caliente. Los últimos exámenes lo habían dejado rendido, y gracias a su esfuerzo, había logrado pasar con excelentes calificaciones y podría empezar a revisar contenidos del próximo ciclo.

Tenía la oportunidad de trabajar muchas más horas, aprovechando sus vacaciones, y que además, los otros dos chicos querían descansar un poco.

Esa mañana, tomó su mochila, y el autobús hasta su casa. Encontró a su mamá preparando el desayuno, antes de tener que irse a trabajar como mesera en una cafetería.

—Hola mamá, —saludó Louis, acercándose a dejar un beso en la mejilla de su mamá.

—Buenos días, cariño, —respondió Amira, sonriendo—. ¿Cómo te fue?

—Bien... Fue un turno extraño porque no había muertos. Me sentí bastante nervioso.

—Yo realmente no sé cómo lo haces. Me moriría del susto.

—Supongo que te acostumbras. ¿Recuerdas la primera vez que me quedé solo de noche? Casi no salgo vivo de ese lugar y pensé en renunciar, —dijo sentándose y comenzando a comer.

—Me acuerdo muy bien, pero mi chico valiente insistió hasta que ya no tuviste más miedo, —contestó tomando su café.

—De todas maneras, creo que haré la mayoría de los turnos de noche.

—Pero hijo, ¿no deberías descansar un poco? Sabes que no necesitas trabajar, sobre todo porque tu carrera es muy desgastante.

—Lo sé mamá, pero quiero juntar para un auto, y ya me falta la mitad.

—Cierto. Pero si te sientes muy cansado date un respiro, ¿sí? Podrías tomarte un par de días.

—Eso es buena idea, voy a hablarlo con los chicos.

—Bien, ahora dejas todo aquí encima y te vas a dormir. Yo lavo cuando vuelva.

—Sí mamá. Que tengas un lindo día, —dijo Louis, bostezando.

Amira salió cinco minutos después, y apenas cruzó la puerta, Louis lavó todo lo sucio. Puso una alarma para las cinco de la tarde, para levantarse a cocinar y luego, a las nueve, salir rumbo al velatorio nuevamente.

Así pasó esa primera semana, con el velatorio con muy poco movimiento, para desagrado del señor Jones. No es como si pudiera hacer una propaganda para su negocio, sería mal visto, pero solo esperaba que las cosas cambiaran para su fortuna.

Y sí, las cosas pronto volvieron a su cauce normal. Tanto así, que incluso Will pensó en agregar dos o tres velatorios más, debido a que en varios momentos, tuvo que dejar fuera a algunas familias, debido a lo ocupado y solicitado que estaba su negocio.

Louis estaba con los turnos nocturnos durante todo el mes, y debido a que había mucha gente, tenía mucho trabajo, lo que le gustaba porque la noche se hacía más corta y más acompañada, aunque se le dificultaba limpiar en medio de tantas personas.

Su corazón se sacudía cuando escuchaba a la gente llorar, de pie frente al ataúd, o cuando hacían cadenas de oración por la paz del alma del muerto. A veces conversaba con alguna señora, o con algún pariente del fallecido, y muchas de esas veces le tocó intentar consolarlos, algo que le costaba mucho, porque sentía que no podía ser genuino porque no sabía cómo era el sentir por el que estaban pasando. Sin embargo, hacía lo que mejor podía, abrazando, dando una mano, ofreciendo un poco de agua, intentando entregar una sonrisa.

La última noche de ese mes, ya terminando agosto, bajó una helada terrible. El día había estado nublado, lleno de momentos ventosos, muy oscuro y con el cielo amenazando con caerse de tanta agua acumulada.

Solo uno de los velatorios estaba siendo utilizado, y era una familia muy numerosa, con varios niños a pesar de la hora.

Louis encendió la calefacción, y ayudó a la hija de la difunta a servir café. Vio a un chico, como de su edad, muy triste, sin poder parar de llorar. Se acercó a ofrecerle un café o un pañuelo, y a pesar de lo inapropiado de la situación, jamás había visto a alguien tan bonito. Sus hermosos ojos, se veían más grandes aún debido a las lágrimas, eran de un verde jade, muy profundos.

—¿Quizás deberías sentarte un momento? —Ofreció Louis.

—No, gracias...

—Si necesitas algo, puedes buscarme, soy Louis.

—Gracias...

Louis llevó un par más de sillas, y se quedó cerca por si la familia necesitaba algo. Hizo mantenimiento del aseo en las otras salas, y luego se dedicó a barrer el largo pasillo. Revisó los baños, y finalmente se dedicó a caminar, lentamente, y cada tanto se acercaba al velatorio a revisar que estuviera todo en orden.

La última vez le extrañó no ver al chico lindo. Difícilmente se pudo haber ido, no a las cinco de la mañana, no solo ni caminando, y él no había abierto el estacionamiento. ¿Estaría en los baños?

Pronto descubriría que no.

Estaba dando su paseo, bien abrigado, cuando sintió un sollozo tímido en uno de los velatorios desocupados. Su primera idea fue escapar, porque sintió mucho miedo. Pero luego se dio cuenta de que era claramente un llanto humano. Entró al lugar, y pudo ver al fondo, en una equina, a alguien en el suelo, hecho un ovillo. Tuvo dudas, pero encendió las luces más suaves, y se acercó. Era el chico de hermosos ojos verdes.

—Disculpa, no quisiera molestarte, pero... no puedes estar aquí.

—Lo siento, solo necesitaba un poco de tiempo a solas...

—¿Puedo ayudarte?

—No... No te preocupes.

—Me preocupo porque te veo mal. Puedo traerte un vaso de agua, un café, incluso una manta si necesitas más tiempo a solas. Estas salas son horriblemente frías.

El chico calmó su llanto, y algo parecido a una sonrisa se dibujó en sus labios.

—¿De verdad puedo quedarme un poco más?

—Sí... Espérame.

Louis corrió y volvió antes de cinco minutos, con una manta, pañuelos de papel y un café.

—Gracias... Prometo no hacer ruido... —dijo secándose las lágrimas.

—Tranquilo, está bien que llores. Voy a apagar la luz, ¿está bien?

—Sí, no tengo problema... Gracias de nuevo.

Louis salió con cuidado, y siguió haciendo su recorrido. Cerca de las seis y media, cuando ya quedaba poco tiempo para que terminara su turno, fue a ver al chico de lindos ojos. Lo descubrió dormido, bien tapado.

Se acercó, intentando no asustarlo.

—Hey, despierta, —susurró.

—¿Dónde estoy? —Fue lo primero que preguntó, totalmente desorientado.

—En un velatorio... ¿Recuerdas?

—Mi abuela...

Sus preciosos ojos volvieron a llenarse de lágrimas.

—Lamento mucho tener que pedirte esto, pero queda poco para que acabe mi turno, y no te pueden encontrar aquí. Debes volver con tu familia...

—Sí, gracias de nuevo...

—No me dijiste tu nombre...

—Perdón, soy Harry.

—Bueno Harry, espero que puedas encontrar consuelo... Me imagino que debe ser horriblemente difícil...

—No sé cómo hacerlo... La vamos a velar dos días, ¿crees que cuando vuelvas puedas dejarme estar de nuevo aquí?

—Depende de si hay más velorios, pero creo que podemos hacer algo. No te preocupes.

—Gracias... Louis, ¿verdad?

—Sí...

—Permiso...

Louis lo vio salir, y rápidamente ordenó y limpió, y siguió con lo necesario para terminar su turno.

A las siete en punto salió hacia su casa, sin dejar de pensar en tantas cosas que no se iban de su mente. La muerte, el dolor, y Harry.

Le parecía curioso, por decir lo menos, que en ese momento de su vida, cuando más se cuestionaba, apareciera alguien como ese chico de hermosos ojos. Como si, de alguna manera, la vida y la muerte estuvieran siempre de la mano.

Quizás Harry podría ayudarlo a entender un poco más el dolor, el vacío, la falta de alguien, el horror de la soledad y de una parte que muere en nosotros.

Al llegar a su casa, tomó solo un té y se fue directo a dormir hasta las seis de la tarde. Su turno no empezaba hasta las diez esa noche, porque Rob le había pedido cambiar un par de horas. Se levantó a bañar, y desde ahí cenó lo que le había dejado su mamá, mientras revisaba su instagram. Cuando terminó y dejó limpio, se sentó en el sofá a estudiar. Lo hizo por casi tres horas, leyendo mucho y tomando apuntes en un bonito cuaderno de tapas rojas.

Guardó uno de sus libros en su mochila, una bufanda extra, un par de guantes, un chocolate, un termo con café y salió. Otra vez la noche estaba muy fría. Cuando llegó al velatorio, de inmediato fue a hacer una inspección. Había dos velorios más, lo que aumentaba su trabajo, pero que agradecía en una noche tan gélida.

Fue a presentarse a las tres salas, algo que le gustaba hacer porque le daba cierta calidez a su trabajo. Cuando entró al velatorio número uno, el que estaba ocupando la familia de Harry, lo vio sentado al fondo, con su mirada perdida. Se notaba que no había ido a cambiarse de ropa, y quizás ni siquiera había comido.

Se acercó despacio.

—Hola, ¿necesitas algo? ¿Has podido comer?

—Louis... Hola... No, no tengo hambre...

—Si necesitas algo, ya sabes que ando caminando por aquí.

Harry solo intentó una sonrisa, que no llegó a sus ojos.

Louis revisó los otros velorios, tenían poca gente, seguramente por lo tarde y frío de la jornada. Hizo aseo, repasó los baños, revisó la calefacción, y preguntó si lo necesitaban para algo. Como todo marchaba en calma, se dedicó a caminar. Era lo único que podía hacer, para no morir congelado. De vez en cuando tomaba un poco del café que llevaba en el termo que le regaló su papá y así mantenerse un poco caliente.

Llevaba cerca de una hora caminando, y limpiando el pasillo, cuando vio a Harry salir.

—¿Crees que pueda ir al velatorio de ayer? —Preguntó secando sus lágrimas.

—No, el de ayer está ocupado, pero el número cuatro está libre. Sígueme.

Caminaron en silencio, y Louis abrió la puerta. Encendió la luz, y le mostró a Harry que ya tenía preparado su lugar. Estaba la manta esperándolo.

—Hace frío, ¿no?

—Mucho. Pero toma, —dijo entregándole su bufanda. —Tengo otra en mi mochila. ¿Quieres café?

—No... Es decir, sí... Si no es molestia.

—No lo es, ya vengo.

Louis salió a buscar el termo, su bufanda y el chocolate.

Cuando volvió, encontró a Harry mirando a la nada, mientras las lágrimas no dejaban de deslizarse por sus mejillas.

—Lo siento, —se disculpó, al sentir a Louis a su lado.

—No te preocupes. Toma, —dijo entregándole el termo y el chocolate. —Te va a hacer bien.

—Jamás podré pagarte esto, no te imaginas lo importante que es para mí.

—Me gustaría hacer más, ya sabes dónde encontrarme...

Salió apagando la luz.

Se puso a barrer con más ganas, y revisaba cada tanto los velorios. Se dio cuenta que en la sala donde estaba la familia de Harry, todos parecían estar aislados. No veía como en otros casos, a las personas abrazándose, conversando, incluso riendo a veces de alguna anécdota. Tal vez por eso, Harry buscaba la soledad y el recogimiento que entregaba la distancia. ¿Tendría una mala relación con su familia? ¿Por qué? ¿Había diferencias que ni siquiera la muerte podía salvar?

Más preguntas y menos respuestas cada vez.

Cerca de las cuatro de la mañana, y cuando el silencio reinaba en el lugar, debido a que muchos de los visitantes se habían dormido en las sillas de los velatorios, Louis vio abrirse la puerta número cuatro y a Harry salir, con la manta sobre sus hombros y el termo en sus manos.

—Muchas gracias, creo que ya me quedé sin lágrimas, —murmuró. —Gracias por todo.

—En serio no tienes qué agradecer, —afirmó recibiendo las cosas.

—¿Puedo acompañarte un rato?

—Sí, claro. Pero primero voy a ir a guardar el termo. Ya vengo.

Louis se fue trotando y volvió en menos de dos minutos.

—Entonces, Louis... Este es un trabajo extraño, ¿no?

—Sí, —contestó sonriendo. —Es muy raro, pero es un buen trabajo dentro de todo. Te acostumbras, supongo que como a todo.

—¿Llevas mucho tiempo aquí?

—Sí, un par de años. El sueldo es bueno, y el trabajo no es pesado.

—¿Qué es lo más difícil?

—Para mí ha sido intentar dar consuelo. No es parte de mi trabajo, pero se hace inevitable ver, escuchar y sentir a estas personas buscar respuestas que no tengo. Nunca he estado en su lugar, no sé qué decir ni qué hacer, me siento falso... Como si mi pesar fuera mentira, y no lo es, solo que me cuesta entender.

—Sé lo que dices... Hasta hace dos días era como tú, pertenecía a ese lado de la gente que tenía su mundo intacto, con todas sus paredes...

—¿Sus paredes?

—Sí... Siempre me imaginé que yo vivía en una casa. Las cuatro paredes eran mis padres, el techo mis hermanos y el piso, las bases, mi abuela... Ella mantenía todo, y se fue para siempre... Todo lo que tenía, la seguridad, la contención desaparecieron, las paredes se derrumbaron, al igual que el techo, y yo... Simplemente no puedo soportarlo...

—¿Qué es lo que sientes?

—Físicamente, me duele el cuerpo. Literalmente me duele todo, sobre todo el pecho y la cabeza, pero siento todo rígido y tenso. Emocionalmente estoy destruido. Me siento vacío, roto, desgarrado, inútil, egoísta... Son muchas sensaciones, y no a todas puedo ponerle nombre. Solo sé que no seré el mismo, que no tener a mi abuelita cerca marcara algo en mi manera de ver las cosas...

—¿Cómo se llamaba?

—Beatrice... Le decía Abuelita Bea... O simplemente abu...

—Tenía un lindo nombre... ¿Qué es lo que más vas a extrañar de ella?

—¿Sinceramente? Todo. No es que se murió y ahora siempre fue la mejor abuela del mundo. Tenía sus malos días también, pero incluso esos, donde estaba cascarrabias, y nos regañaba eran adorables. No le gustaba el desorden o que no llegáramos a cenar o almorzar. Y era la mejor cocinera, siempre nos consentía, sabía preparar de todo y eso siempre era una excusa para visitarla, aunque fuera un par de horas todos los fines de semana... Daba los mejores consejos... Nunca voy a olvidar cuando le dije, muerto de miedo, que era gay y que mi papá se había molestado conmigo...

—¿Qué hizo?

—Lo llamó de inmediato y le dio un reto de media hora. Le dijo que cómo era posible que no me apoyara, que ya era difícil para mí, y que lo mínimo que esperaba ella, era amor para mí. Después de eso mi papá se disculpó conmigo, y la relación entre todos mejoró. Ella nos mantenía unidos.

—¿Y qué le pasó?

—Le dio un infarto, pero no sufrió, se fue en el sueño. Cualquier otra muerte hubiese sido injusta, ella merecía una buena muerte, pero no tan pronto...

—¿Cuántos años tenía?

—74...

—Lo lamento mucho, en serio.

—Gracias, me hace bien hablar y no lo sabía.

—¿Crees que ahora tu familia se va a separar o algo así?

—Sí, ya se nota... Mis padres andan por separado, mis hermanos también, ni qué decir de mis primos. Pareciera que el cariño que se supone teníamos por el otro era falso... Y sentir eso es terrible. Mi abu no hubiera querido esto, y es lo que más me duele.

—¿Vives con tus padres?

—Sí... Con ellos y mis dos hermanos mayores.

—¿Y has pensado en irte de la casa y vivir solo? —Preguntó Louis, dejando de lado la escoba.

—Muchas veces, pero no podía por mis estudios. Ahora ya terminé mi licenciatura en fisioterapia y puedo buscar un trabajo. Mi abu siempre me dijo que buscara mi camino y creo que recién lo estoy entendiendo... ¿Tú tienes una abuelita?

—No... Mis abuelos paternos y maternos murieron muy jóvenes, cuando yo era pequeño. Solo tengo a mis padres y a mis hermanos menores.

—¿Y tu relación con ellos es buena?

—Hermosa... —contestó sonriendo. —La mejor, por eso no me puedo imaginar cómo sería perderlos... Solo de imaginarlo se me paraliza el corazón.

—Claro, se entiende... ¿Solo trabajas aquí?

—También estudio, filosofía e inglés...

—¿Y la filosofía no da una respuesta a este tema de la muerte? —Consultó Harry deteniéndose a medio pasillo.

—No lo hace. Hay tantas visiones diferentes sobre este tema, que no hay una respuesta. Y creo que lo único que se puede decir, es que finalmente, por más que lo analices o medites, no existe respuesta de algo que no está en este plano. Si crees en otra vida, en una reencarnación, en el purgatorio, en el infierno... Todo está bien, no hay cómo alegar lo contrario.

—Tienes razón. Es un tema que plantea más preguntas que respuestas...

—¿Van a enterrar a tu abu en el cementerio de aquí al lado?

—Sí, en unas horas...

—Me gustaría llevarle unas flores, si es que no te molesta...

—Claro que no, solo hay un problema. A mi abu no le gustaban las flores, le gustaban los molinillos de colores y las burbujas.

—¿De verdad? Qué linda, me hubiera encantado conocerla.

—Le hubieras caído muy bien.

Se miraron por primera vez, fijamente, con el sol empezando a iluminar el amanecer.

Harry descubrió los preciosos ojos azules de Louis, que lo miraban con calidez, y Louis, descubrió en los ojos de Harry, un millón de preguntas.

—¿Te gustaría ir por una cerveza alguno de estos días? —Se aventuró a preguntar Louis, logrando una hermosa sonrisa en los labios de Harry.

—Sí... Anota mi número.

Intercambiaron sus números y se despidieron con un pequeño abrazo. Louis volvió a repasar el aseo y a ofrecer su ayuda si alguien lo necesitaba. Harry entró al velatorio.

—¿A qué hora es el funeral? —Le preguntó a su mamá.

—A las nueve. Deberíamos ir a la casa a bañarnos por turnos.

—Es buena idea, aún es temprano sí, apenas son pasadas las seis...

—Pensé que era más tarde. Yo voy a ir a las siete, ¿vas conmigo?

—Sí, mamá... Vamos a esa hora.

Luego de esa pequeña conversación, se abrazaron, tal como lo necesitaban.

A las siete en punto salieron del velatorio, y en la puerta se encontraron con Louis.

—Qué bueno que te veo... Quería agradecerte tu amabilidad, —dijo la mamá de Harry.

—No se preocupe, y una vez más, lo siento...

Harry y Louis se sonrieron, y cada uno tomó un camino diferente.

A las nueve de la mañana, la familia de Harry estaba ya lista en el cementerio para dar el último adiós a la abuelita Beatrice, y pese a que, como dijo Harry, no le gustaban las flores, es lo que la mayoría llevó. Excepto Harry, que encontró en el puesto de flores algunos molinillos de colores y los compró todos, no eran más de cinco, pero era algo.

La ceremonia fue muy bonita, pese al mal humor que había empezado a reinar en la familia. Fue algo corto, no más de veinte minutos, donde varias personas dijeron sentidas palabras para la abuelita. El último fue Harry.

—Me enseñaste casi todo lo que sé, sobre todo, lo importante de que cada uno de nosotros buscara su camino. No lo comprendí hasta esta madrugada, y por fin puedo entender muchas cosas más y no te imaginas cuánto lamento no poder conversarlas contigo... Me haces mucha falta, te llevaste un pedacito de mí y me has dejado con una pena horrible... Siempre te llevaré conmigo abu, siempre recordaré nuestras reflexiones, nuestras comidas, nuestros bailes ridículos y nuestros chistes fomes que solo nosotros entendíamos. Gracias por haber sido mi abu, por elegirme como tu nieto, por enseñarme lo que es el amor y cómo se siente...

Las lágrimas no lo dejaron terminar, porque podría hacer hablado por horas de todo lo que pasaron juntos, pero el dolor se había incrustado en su corazón y le impidió contar todos esos pasajes de sus vidas juntos, que lo acompañarían cada día de su vida.

Una vez que todo terminó, el cementerio quedó desolado una vez más, esperando por su próximo habitante. Pero en la tumba de la abu Bea, estaba Harry ordenando los molinillos, bien firmes para que pudieran mantenerse pese al fuerte viento que a veces aparecía.

Se quedó casi dos horas en el cementerio, hablando con su abuelita de todo lo que había pasado por su cabeza en las últimas horas, y nuevamente lloró.

Desde ahí se fue a su casa, directo a dormir. Llevaba demasiadas horas despierto y el dolor de cabeza no se iba. Se acurrucó en su cama, y luego de unos minutos, se durmió.

Cuando despertó, eran pasadas las nueve de la noche, y se sentía con el cuerpo cortado, pero estaba mucho más tranquilo. Se bañó y comió algo, antes de cambiarse de ropa y salir misteriosamente. Solo avisó que no llegaría hasta la mañana.

Louis, en tanto, había llegado a su turno a las nueve. Había tres velorios esa noche, por lo que hizo lo que más pudo. Realmente no era mucho más que mantener, porque entre los tres chicos se preocupaban de hacer bien el trabajo y no recargar a los demás, por eso funcionaban bien.

Los velatorios tenían pocas personas, la mayoría muy mayores, que eran las que más se quedaban de noche, sobre todo rezando.

Estaba Louis revisando los velatorios vacíos, cuando se llevó un susto enorme que lo hizo gritar.

—Lo siento, no quise asustarte... —Se disculpó Harry.

—¿Qué haces aquí? ¿Cómo entraste?

—Dije que era nieto de uno de los fallecidos...

—Pero Harry, —dijo riendo, Louis, negando con la cabeza.

—¿Te molesta que haya venido?

—Claro que no, pero podrías haberme enviado un mensaje. Casi muero del susto... ¿Por qué viniste?

—Extraño demasiado a mi abu... Y a ti también.

Louis sonrió. —¿Me vas a acompañar otra vez?

—Si me dejas, sí. Me gustó mucho conversar contigo.

—A mí también. Vamos entonces.

—Traje café y unas galletas, por si nos da mucho frío.

—Gracias por eso. Pero si te da frío o sueño, te vienes a dormir, ¿promesa?

—Promesa...

Anduvieron caminando de un lado a otro por el pasillo, conversando de la vida, de la muerte, del amor, de la familia, los amigos, el trabajo, las ilusiones, las expectativas. Lo hicieron hasta que el amanecer los volvió a encontrar, esta vez más serenos, más abiertos, más receptivos.

—¿Vas a irte ahora? —Preguntó Louis. —Van a ser las siete ya.

—Sí, solo lamento que el cementerio abra tan tarde. Me hubiera gustado pasar a ver a mi abu.

—El próximo fin de semana, por ser una fecha especial, lo abrirán desde las siete, para que vengan muchas personas y turistas.

—¿De verdad?

—Sí. Podemos ir juntos...

—Me encantaría, —aseguró Harry.

Cada día de esa semana, Harry apareció en el velatorio de siempre, y siempre, asustaba a Louis. Solo caminaban y barrían el pasillo, tomaban café, comían galletas y sobre todo, conversaban y se conocían. Les gustaba reflexionar sobre diversos temas, escuchar el punto de vista del otro, conocer y contar historias de todo tipo. Se acostumbraron rápidamente a esa rutina, comenzaron a necesitarla.

El día viernes en la noche, no fue la excepción. Salvo que, al señor Jones, que esa noche se había quedado hasta más tarde, le llamó la atención ver a Louis caminando con un chico a su lado y fue a interrogarlo.

—Buenas noches, Louis. Ya me estaba yendo a casa, cuando te vi. ¿Quién es este joven?

—Soy el nieto de la persona que están velando en la sala número uno... Solo salí a tomar un poco de aire, y decidí que era buena idea acompañar a Louis a caminar un poco, espero que no haya problemas.

—Entiendo, y no, no hay problemas. Que tengan buena noche, hasta mañana Louis.

—Hasta mañana, señor Jones.

Harry lo vio caminar hasta el estacionamiento, mientras Louis abría el portón. Una vez que se reunieron, se pusieron a reír.

—Eso estuvo cerca, —dijo Harry.

—Demasiado, porque si hubiese ido a investigar, sabría que en el velatorio uno, el muerto tiene apenas veinte años.

—Ohhh... Lo siento, no quiero meterte en problemas.

—No puedo negar que sí, mi trabajo estuvo en riesgo, pero también sé que no hacemos nada malo.

—¿Hasta cuando vas a tener este horario?

—Me quedan dos semanas. Después voy a pedir unos días libres, quiero acostumbrarme al horario que tendré en la universidad antes de empezarla.

—¿Y alguno de esos días vamos a ir por una cerveza? —Preguntó Harry, con una ternura como Louis no conocía.

—Sí, un día de esos...

Y pese al susto que pasaron con el señor Jones, mantuvieron la rutina de pasar juntos la noche, conversando sin acabar jamás de encontrar temas, puntos en común, y de compartir sueños y deseos. También, algún paseo del brazo, a veces de la mano, o sencillamente con alguna mirada más intensa, más juguetona, más sencilla y real.

El día sábado, después de que terminó el turno de Louis, y con mucho cuidado de que nadie los viera, salieron rumbo al cementerio. Increíblemente, a esa hora, había una pequeña fila para entrar, sobre todo muchos turistas que iban por el día. Era un cementerio muy bonito, tipo parque, con algunos mausoleos y tumbas que resaltaban. Además, la arquitectura era preciosa, de estilo gótico, con varias estatuas y figuras de mármol. De noche era un poco más espeluznante quizás, pero la luz del día, realzaba toda su belleza.

Harry y Louis se formaron en la fila, sin apuro.

—Nunca imaginé que esto pasaría, —dijo Louis.

—Yo tampoco, aunque es un lugar muy bonito, me gusta que vengan muchas personas...

—¿Tu familia nunca pensó en la cremación?

—No. Tienen esto de “las costumbres” muy arraigado, —contestó Harry, haciendo comillas. —Dicen que eso de cremar a los muertos es algo moderno y no están de acuerdo.

—¿Y tú qué piensas?

—Que me hubiera encantado llevar sus cenizas conmigo. De todas maneras no me quejo, me gusta venir a verla y conversar con ella.

—¿Le cuentas todo lo que te pasa?

—Sí... Absolutamente todo.

—Eso es lindo, ¿te hace sentir mejor?

—Me hace sentir que de alguna manera, no se ha ido.

Se miraron y sonrieron.

Quince minutos después entraron.

Caminaron por los senderos delimitados, hasta llegar a las primeras tumbas del parque. Debían caminar hasta la letra D, número 47.

Llegaron luego de diez minutos caminando, iban a un paso relajado, y bostezando de vez en cuando.

Llegaron al lugar, y lo primero que hizo Harry, fue quitar las flores secas.

—Voy a buscar un poco de agua, ya vengo.

Louis se arrodilló frente a la tumba, quitando los últimos pétalos marchitos y pasando su mano por la losa.

—Hola abu... —saludó con timidez. —Me hubiera encantado conocerte. ¿Me ves desde dónde estás? ¿Cómo es ese lugar? ¿Están todos aquellos que tú perdiste?

—Dudo que te conteste, —dijo Harry sonriendo.

—Sí, lo sé, —contestó, respondiendo a la sonrisa con otra.

—Conseguí agua y detergente. Esto es rápido, —contó mientras pasaba un paño húmedo haciendo espuma, hasta dejar reluciente la losa. Limpió y secó. —Voy a devolver esto y botar esta basura.

Volvió rápidamente.

—¿Trajiste molinillos? La señora de las flores no tenía...

—Lo sé, y no pude conseguir aunque busqué toda la semana...

—Yo también busqué y tampoco pude conseguir, pero hice algunos. Mira... —Contó Louis.

Se agachó y abrió su mochila. Sacó una bolsa y se la entregó a Harry, quien vio su interior y lo quedó mirando con los ojos húmedos de emoción.

—¿Los hiciste tú? ¿A mano?

—Sí... No están tan perfectos como los que venden, y ni siquiera sé si giran adecuadamente, pero espero que no te ofendas...

—¿Qué? ¿De qué hablas?

Se acercó a Louis, y lo abrazó, con tantas ganas, que el mundo se paralizó por unos segundos. Y Louis, no dejó pasar la oportunidad de hundirse en el pelo de Harry, de tomar su cintura y mucho menos, de robarle un beso.

Un beso que fue correspondido sin dudar, que se volvió la actividad favorita de los dos, que les mostró un mundo más amable, con menos preguntas.

Se quedaron abrazados un par de minutos, solo respirando con los ojos cerrados.

—Pongamos los molinillos, —pidió un Harry muy sonriente.

Se arrodillaron, y pusieron cada uno de los diez que hizo Louis, intercalados con los que ya tenía la tumba. Se veía preciosa llena de tantos colores, y cuando empezó a ondear el viento, sus giros parecían contar una nueva historia.

Harry y Louis de pie, de la mano, mirando el lugar con nuevos ojos, aferrados al otro y a ese sentimiento que ya llevaba días creciendo en ellos, y que les demostraba que el sitio no importa ni las circunstancias, las respuestas siempre están donde menos las piensas.