Los secretos de tu piel son la verdad de mi alma

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Summary

A veces Louise buscaba bondad en personas que daban miedo… pero nunca pensó que incluso aquellas con el cielo entero en los ojos tenían tormentas escandalosas dentro.

Genre
Other
Author
taelou
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

CAPÍTULO 1: ¡TAN ODIOSO!


**Los secretos de tu piel son la verdad de mi alma**


Tres años. Tres malditos años sin llegar tarde a clases, manteniendo una rutina impecable. Pero hoy… hoy fue diferente. Algo en el aire se sentía extraño, como si el universo conspirara para desviar el curso de lo habitual.

Louise Noëllet avanzaba a paso lento hacia la entrada de la institución, su figura menuda recortada contra la fachada de piedra desgastada del edificio. El viento frío de la mañana le rozaba las mejillas, llevando consigo el aroma húmedo de la lluvia que había caído durante la noche. Sobre la entrada principal, un reloj antiguo colgaba en el centro, su tic-tac resonando como un juez implacable. Al mirar su celular, Louise frunció el ceño: había leído mal la hora. No eran las nueve de la mañana, como había creído, sino apenas las seis. El campus estaba desierto, envuelto en un silencio inquietante que parecía burlarse de su error.

Sus pasos resonaron en el largo pasillo de madera vieja, donde las tablas crujían bajo sus zapatos con cada movimiento. Las paredes, cubiertas de pintura descascarada, exhalaban un olor a humedad y tiempo acumulado. Algunas baldosas estaban tan desgastadas que revelaban la madera desnuda debajo, como si el edificio mismo estuviera agotado de soportar el paso de los años. Louise se ajustó la falda en la cintura, tirando del elástico con un gesto automático, y luego subió la media que se le había deslizado por el tobillo. Las escaleras de caracol, imponentes y oxidadas en los bordes, chirriaban bajo su peso mientras ascendía al tercer piso, donde el aire se volvía más denso, cargado de polvo suspendido en los rayos de luz que se filtraban por las ventanas empañadas.

**AULA 348**

Louise se detuvo frente a la puerta entreabierta del aula. El pomo estaba frío al tacto, y al deslizar la puerta, un leve chirrido anunció su entrada. El aula la recibió con un abrazo de aromas: madera vieja, barniz desgastado y un leve rastro de tiza que flotaba en el aire. Las sillas, desvencijadas y alineadas en filas desiguales, parecían esperar en silencio a los estudiantes que aún no llegaban. En el escritorio del profesor, al frente del aula, descansaba un saco de color verde obispo, cuidadosamente doblado sobre el respaldo de la silla. Junto a él, un maletín de cuero gastado, con las costuras deshilachadas, captó su atención. Estaba entreabierto, y desde su interior asomaba la punta de una corbata roja, como un secreto a medio revelar.

*¡CLAC!*

El sonido seco de la puerta al cerrarse la hizo girarse de golpe, con el corazón latiéndole en el pecho. Esperaba encontrarse con *esos ojos*, pero solo vio la puerta cerrada, inmóvil. Nadie había entrado. Tal vez el viento, o quizás su propia imaginación, le jugaba una mala pasada. Suspiró, dejando que el aire escapara lentamente de sus pulmones, y caminó hacia su pupitre habitual: el último de la primera fila, junto a la ventana, donde podía escuchar claramente al profesor y ver la pizarra sin obstáculos. Colgó su mochila en el respaldo de la silla, se sentó y, sin saber qué hacer durante la hora y quince minutos que le quedaban, apoyó la cabeza sobre sus brazos cruzados en la mesa. La madera estaba fría, pero extrañamente reconfortante. Fuera, el cielo gris se extendía como un manto pesado, observado a través de los vidrios sucios de la ventana, que distorsionaban ligeramente el paisaje.

—Mmm… Turuturum… Turuu~ —tarareó una melodía extraña, casi sin darse cuenta. Sus párpados se volvían pesados, y el pupitre, a pesar de su dureza, empezaba a sentirse tan acogedor como una almohada. Apenas habían pasado quince minutos cuando un ruido la arrancó de su sopor.

*¡SHHHKK!*

Levantó la cabeza de golpe, desorientada, con los ojos entrecerrados por el sueño que casi la había atrapado. Se enderezó en la silla, cruzando los brazos sobre la mesa, y miró hacia la puerta. Era él.

El profesor Goodwin entró con pasos firmes, su figura alta y delgada proyectando una sombra alargada sobre el suelo. Sus puños estaban apretados, y su ceño fruncido delataba una molestia que parecía ser su estado natural. Sin decir palabra, se dirigió a su escritorio, tomó el maletín con un movimiento brusco y se sentó. La silla crujió bajo su peso, como si protestara por la interrupción. Revisó el contenido del maletín con una atención casi obsesiva, deteniéndose de pronto para darse una palmada en la frente, como si acabara de recordar algo. Entonces, su mirada se posó en Louise.

Ella sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Los ojos de Goodwin, enmarcados por las gafas de montura fina, la escrutaron con una intensidad que la hizo estremecerse. Dejó caer el maletín sobre el escritorio, haciendo que el golpe resonara en el aula vacía, y se acercó a ella con pasos deliberados. Ladeó la cabeza, mordiéndose el labio inferior, como si estuviera conteniendo una pregunta o una acusación. Sus manos, pálidas y de dedos largos, se crisparon un instante antes de que apoyara una palma en el pupitre de Louise, inclinándose hacia ella.

—¿Señorita, no vio a alguien entrar al aula? —preguntó, su voz baja, con un matiz que sonaba más a curiosidad que a reproche.

Las mejillas de Louise se encendieron de vergüenza. ¿Por qué sonaba tan diferente su tono hoy? ¿Y por qué la miraba así, como si intentara descifrar algo en su rostro?

—No, señor… Digo, profesor —se corrigió, tartamudeando. Él esbozó una sonrisa fugaz, apenas un destello en sus labios finos, antes de ajustar sus gafas. Las arrugas en su ceño, aunque marcadas, tenían un efecto extraño en Louise: en lugar de acelerarle el corazón, lo hacían latir lento, profundo, como si cada pulso resonara en su pecho.

Goodwin asintió, pero antes de volver a su escritorio, se detuvo y giró hacia ella una vez más. Louise contuvo el aliento.

—Sabe, señorita, ahora que lo pienso… ¿Nos conocemos de fuera del instituto? —preguntó, apoyando nuevamente la mano en el pupitre, cubriéndolo casi por completo con esos dedos largos que contrastaban con su figura delgada.

Louise abrió los ojos, sorprendida. Había algo en él que le resultaba familiar, un eco de algo que no podía precisar. Era su primer año con Goodwin como profesor, pero lo había visto antes, en los pasillos durante el receso o en el comedor. Sin embargo, la sensación iba más allá de un simple cruce de miradas. Era como si lo conociera de otro lugar, de otro tiempo.

—Ciertamente, profesor Goodwin, llegué a Francia hace tres años —respondió, con la voz más firme de lo que esperaba—. Vivo a las afueras del pueblo, pero no creo haberlo visto fuera de aquí… a menos que usted viva por ahí.

Goodwin asintió con una mueca que no revelaba mucho. —Sí, sí, puede ser —dijo, casi para sí mismo. Retiró la mano del pupitre, y Louise no pudo evitar fijarse en cómo esos dedos largos se deslizaron por su cabello castaño, un gesto que le pareció curiosamente familiar. ¿Incómodo? Tal vez. Él regresó a su escritorio con paso rápido, como si quisiera escapar de la conversación.

El timbre de la institución resonó, anunciando el inicio oficial del día. El murmullo de los estudiantes comenzó a filtrarse por los pasillos, un barullo de risas y pasos que rompía el silencio sepulcral del aula. Uno a uno, los adolescentes entraron, llenando el espacio con vida. Y entonces, apareció él: Woahtten Levoy, o como Louise lo conocía, *Poule*.

Poule, apodado así por su piel pálida como las plumas de una gallina y sus ojos verdes con destellos amarillentos, entró con su característico sombrero de copa y un traje que parecía sacado de otra época. Era su mejor amigo, su hermano de corazón, el torpe que había conocido tres años atrás, cuando llegó al pueblo. Aún recordaba vividly cómo le había regalado una rosa sin pétalos, después de tropezar innumerables veces mientras buscaba su casa para entregársela. Era rechoncho, con una barriga prominente que contrastaba con su figura desgarbada, y aunque al principio parecía tímido, su valentía afloraba cuando alguien necesitaba ayuda.

Poule la saludó con un gesto teatral, quitándose el sombrero, y ella respondió con un leve asentimiento. Él se sentó en un pupitre lejano, respetando la regla tácita que tenían: nadie podía saber que eran cercanos. De lo contrario, todos descubrirían que ellos, los supuestos *maleantes* de la institución, escondían más de lo que aparentaban.