Romance I
Cantando estaban las locas
muy temprano en la mañana,
entre burros y gallinas,
cultivando su cebada,
que además de estar loquitas,
a borrachas, licenciadas
por doctores bien beodos,
las dementes aspiraban.
Día de todos los Santos,
muy temprano en la mañana,
de mil seiscientos y pico,
bajo el sol de Nueva España,
doña Suí con altas voces
contra todos blasfemaba;
maldiciendo l’impia suerte
que econtrose esa mañana:
<¡Jeiselnú, hermana mía,
Jeiselnú, la mía hermana!
¡Lenta, insulsa e con agua
en las venas y en las bragas!
¿No te dije, ¡madre mía!,
que el doctor don Luis de Estrada,
entre perlas y algodones,
el mio nombre murmuraba?
¿A qué, entonces, babosa,
lerda, zafia, vil turbada,
contra mis esfuerzos vienes
a romperme la celada?
¡Que ya lo tengo enterito
para asarlo entre las flamas!>
Aqueste canto entre sones
de marranos y de vacas
resonó con tanta furia
en ecos de carcajadas
de labriegos y matronas,
siervos de la majada,
del arado y de la rueca,
mas no de la banca airada.
Y le dijo la gemela,
que Suí llamó como hermana,
bien veréis lo que le dijo,
sin ira y con toda calma:
<Vanas voces das el día
que amanecí desvirgada,
que la roca dura y firme
pierde por gotas del agua.
¿Los hombres gustan de guerra,
de combates y de lanzas,
de espadas, cuchillos y cascos,
de caballos y de adargas?
Tarde entendiste, biliosa,
que Cupido a Marte engaña,
y que con Venus pernocta
arropado entre las mantas;
mientras en campos de guerra
viril lamento se exhala,
entre brazos femeninos
otros sonidos nos cantan.
¡No el combate, hermana fiera,
sino dos redondas nalgas,
al hombre viril le anuncian
la mejor de sus batallas!>
Y en mil risas campesinas,
con tremendas carcajadas,
los diálogos prosiguieron
de esta guisa las hermanas,
borrachas de todo el cuerpo
desde la juerga pasada,
arrojándose razones
de quién era la ultrajada;
ambas sentían derechos
sobre el macho a quien amaban,
una por honor y fuerza;
la otra, por deslechadas.
Y así pasaron treinta años
en el Imperio de España
y en la casita pequeña
do vivían las hermanas.