Capítulo I: Fuera de Aethoria
La atmósfera en la sala de reuniones era sofocante en el ciclo 74 del año 2517 D.P. El zumbido agudo de las luces de neón, dispuestas como raíces enredadas en el techo metálico, bañaba el lugar en un resplandor blanco y gélido. Las paredes, completamente cubiertas de pantallas holográficas, mostraban mapas estratégicos, cifras parpadeantes y reportes de batalla en tiempo real.
Koroshi Yōsei Tsunenari, señor del Clan Tsunenari, permanecía sentado en su imponente silla de cuero negro, como una estatua de granito bajo la presión del desastre.
Frente a él, un comandante del frente sur, Ryota Enka Tanaka un noble felino alto con varias cicatrices alrededor de sus brazos, mantenía la espalda rígida, las manos crispadas tras su espalda.
—Señor... —comenzó Ryota, su voz resonaba grave en el silencio pesado— la situación es crítica. La Casa Nagaka nos supera ampliamente en número y armamento. Nuestras tropas están cansadas, desmoralizadas. Si no actuamos pronto... perderemos la guerra.
Koroshi cerró los ojos por un momento. La gravedad de sus arrugas se acentuó como un mapa de cicatrices de años de guerra.
—¿Qué opciones tenemos? —inquirió finalmente, con una voz recia pero teñida de una sombra de desesperanza.
Ryota negó con lentitud.
—Pocas, señor. Además de que luchamos en varios frentes, los Nagaka han desplegado una nueva tecnología de blindaje impenetrable para nuestras armas actuales. Y para colmo, han contratado mercenarios de otros mundos. Gente curtida en mil batallas...
Koroshi golpeó ligeramente la mesa de vidrio negro con los nudillos.
—¿Y nuestras tecnologías? ¿No tenemos algo que pueda atravesar su blindaje?
—Todavía no, señor. Nuestros ingenieros trabajan contrarreloj, pero el prototipo aún está lejos de estar listo.
Un ruido abrupto interrumpió la conversación.
Desde fuera de la sala, se escucharon gritos apagados y forcejeos. Los guardias parecían lidiar con alguien que intentaba entrar a toda costa.
Koroshi se irguió y su mirada se agudizó como un halcón.
—¿Qué demonios sucede?
Un guardia apareció en la puerta, jadeante.
—Señor, es su hijo. Kano. Exige verle... ahora.
Ryota abrió los ojos con sorpresa, pero negó levemente cuando Koroshi le dirigió una mirada inquisitiva.
—No sabía que Kano estaba aquí —murmuró. La puerta se abrió de golpe.
Kano Enka Tsunenari, un joven Ehaykean de cabello negro revuelto y ojos de un intenso azul acerado, irrumpió en la sala como una tormenta.
Vestía un kimono rojo y negro con bordados dorados, pero en su postura había una determinación fiera que desentonaba con su juventud.
—Padre —exclamó, ignorando a los guardias que trataban de detenerlo—, necesito hablar contigo.
Koroshi se puso de pie, su voz retumbó como un trueno:
—¿Qué es esta insolencia, Kano? ¡Estoy en plena reunión de guerra! Kano no retrocedió ni un paso.
El sudor perlaba su frente, pero su mirada no vacilaba.
—¡Déjame ir al frente, padre! ¡Quiero luchar por la Casa Tsunenari! El silencio que siguió fue cortante.
Koroshi caminó lentamente hacia su hijo, cada paso resonando como un tambor en la sala.
—¿Has perdido la razón? Eres uno de los herederos de nuestro clan. Además, no tienes la experiencia ni la templanza necesarias para sobrevivir en el campo de batalla.
—¡No puedo quedarme de brazos cruzados mientras nuestro pueblo se aniquila a sí mismo en una guerra que lleva activa más de cuarenta años! —espetó Kano, con el pecho henchido de orgullo—. ¡Soy un Tsunenari! Es parte de nuestro deber mantener al Imperio prospero, no en una decadencia interminable.
Ryota se interpuso entre padre e hijo, con voz calmada. —Señor, quizás deberíamos considerar las palabras de Kano. Tal vez tenga algo que ofrecer en el campo de batalla.
Koroshi se volvió hacia Ryota, sorprendido. —¿Tú también estás de acuerdo con él?
Ryota asintió. —Sí, señor. Kano tiene potencial. Pero también es cierto que la guerra es un lugar peligroso. Tal vez deberíamos considerar otras opciones para él.
Kano aprovechó la oportunidad para seguir argumentando. —Padre, si no me dejas ir al frente, estaré desperdiciando mi potencial. Quiero demostrar que puedo ser un guerrero valioso para nuestro clan.
Koroshi frunció el ceño. —No quiero que te conviertas en un héroe, Kano. Quiero que sobrevivas y sigas vivo para que puedas heredar la casa Tsunenari un día.
Kano se enfureció. —¿A quién gobernare? Si cuando llegue ese día, solo quedaran cenizas de un caos irreparable. Soy un Tsunenari, padre. Estamos hechos de un pelaje curtido para el combate además de gobernar.
Ryota se mantuvo al margen, observando la discusión con interés.
Finalmente, después de mucho debate, Ryota se interpuso de nuevo. —-Señor, tal vez deberíamos considerar la posibilidad de que Kano reciba instrucción militar avanzada. De esa manera, podría aprender las habilidades necesarias para sobrevivir en el campo de batalla.
Koroshi se volvió hacia Ryota, pensativo. —¿Crees que eso haría una diferencia?
Ryota asintió. —Sí, señor. Con la instrucción adecuada, Kano podría convertirse en un guerrero valioso para los Tsunenari. Pero también es importante que entienda los riesgos y las responsabilidades que conlleva ser un guerrero.
Kano se sintió alentado por las palabras de Ryota. —Padre, por favor. Déjame intentarlo. Estoy dispuesto a hacer lo que sea necesario para demostrar mi valía.
Koroshi suspiró, sabiendo que su hijo no se daría por vencido fácilmente. Pero todavía no estaba convencido. —No lo creo, Kano. La guerra es un lugar peligroso y más en estos tiempos difíciles.
Kano se acercó a su padre, con una mirada suplicante. —Padre, confía en mí. Puedo hacerlo. Y si no lo intento, siempre me preguntaré qué podría haber sido.
Koroshi miró a su hijo, viendo la determinación en sus ojos. Empezó a dudar de su decisión.
Ryota se interpuso por segunda vez. —Señor, si me permite, creo que Kano tiene razón. La instrucción militar podría ser justo lo que necesita para demostrar su valía.
Koroshi asintió lentamente. —Está bien, Kano. Te daré la oportunidad de recibir instrucción militar. Pero si no demuestras tu valía, no irás al frente de batalla.
Kano sonrió, sintiendo que había ganado una pequeña victoria. —Gracias, padre. No te decepcionaré, juro por mi nombre que traeré paz a nuestra raza.
Pero Koroshi todavía no estaba completamente convencido. —Recuerda, Kano. La guerra no es un juego. El honor es lo último que debes perder, no habrá segundas oportunidades.
Kano asintió, determinado a demostrar su valía.
Ryota se interpuso por tercera vez. —Señor, tal vez sea beneficioso para Kano que se le asignara un escuadrón de elite a su mando. De esa manera, podría demostrar su liderazgo y habilidades en el campo de batalla.
Koroshi pensó durante un momento antes de asentir finalmente. —No podemos permitirnos quitar Ehaykeans del frente, Ryota. Kano estará bien protegido en la academia de Thalios.
[...]
Durante una semana, Kano entrenó con una intensidad feroz. Sus días eran una sucesión de tácticas de combate, estudios de estrategia militar y entrenamiento físico extremo. El ambiente en la Casa Tsunenari era sombrío, pero en su pecho ardía una llama nueva: la determinación.
Finalmente, llegó el día de partir hacia la academia militar. El puerto espacial bullía de actividad.
Bajo el cielo rojizo de Aethoria, una gigantesca nave Kyokai-class flotaba majestuosa, su casco de metal oscuro reflejando los últimos rayos del sol. Su silueta imponía respeto: 500 metros de largo, capaz de transportar tropas y sueños por igual.
A su alrededor, cuatro fragatas Akatsuki-class, medía 300 metros de longitud, 80 metros de anchura y 50 metros de altura, y estaba tripulada por 100 Ehaykeans y también contaba con diez corbetas Kaze-class que median 200 metros de longitud, 50 metros de anchura y 30 metros de altura, y estaba tripulada por 50 soldados, se posicionaban como guardianes silenciosos.
Sus motores zumbaban con energía contenida, listos para escoltar al joven heredero hacia su futuro.
Kano subió a bordo del transbordador junto a otros jóvenes nobles. El interior olía a acero y aceite, un perfume que prometía gloria... o ruina.
Mientras la nave ascendía y atravesaba la atmósfera, Kano apoyó la frente contra el vidrio de observación, mirando cómo su hogar se convertía en un pequeño punto azul en la inmensidad negra del espacio.
“No volveré como un cachorro... Volveré como un guerrero.”, pensó.
En la penumbra de la noche 138 del año 2517 D.P. La academia militar se alzaba sobre el planeta Thalios como una joya de arquitectura futurista: torres de acero blanco, cúpulas de cristal, pasillos que parecían fluir como ríos de luz.
Al desembarcar, Kano fue recibido por un Ehaykean imponente, de pelaje blanco con rayas atigradas de color beige, ojos felinos de color amarrillo y cabello plateado recogido en una coleta, una cicatriz le atravesaba la mejilla izquierda como un recordatorio de antiguas batallas. Vestía un kimono negro con bordados en plata.
—Bienvenido, Tsunenari-Enka, Soy Fukoka Enka Ikematsu—dijo el instructor jefe con voz grave—. Aquí forjamos a verdaderos guerreros. No será fácil.
—Estoy listo, señor —respondió Kano, erguido y su voz era firme pese al nerviosismo que le atenazaba el estómago.
—Primero déjeme guiarle a su dormitorio Tsunenari-Enka— dijo Fukoka con una voz suave y llena de cortesía—. Seguro su viaje fue agotador ya que estuvo cincuenta y seis días en el espacio.
—No pude dormir nada con las constantes alertas de simulacros preventivos en caso de ataque— dijo Kano con su voz un poco más tranquila.
A la mañana siguiente, los soles matutinos derramaban su luz dorada sobre el dojo de Fukari.
Allí, Kano conoció a su primer maestro: Domaru, un Ehaykean formidable de ojos verdes intensos, su pelaje era de un atigrado blanco y rojo, su cabello largo rojizo estaba atado con una coleta. Vestía un kimono negro con un haori blanco.
—Hoy aprenderás Fukari, el arte de la armonía y el equilibrio —anunció Domaru, su voz suave como un arroyo, pero cargada de autoridad.
Kano se dedicó a los movimientos básicos de ukemi, aprendiendo a caer, rodar y esquivar como un bailarín en combate.
Un estudiante veterano irrumpió en la clase: Taro kūne Yamada, un Ehaykean alto, musculoso, de sonrisa despreocupada.
—¡Hora de un randori, novato! —exclamó Taro, lanzándose al combate amistoso, mientras Domaru se quedó expectante ante la situación, pero con un poco de curiosidad por lo que iba a pasar.
Kano y Taro se inclinaron respetuosamente hacia Domaru y luego hacia cada uno. Luego, se pusieron en posición de combate, con los pies separados y las manos listas
—¡Hajime! —, gritó Domaru, señalando el comienzo del duelo.
Los dos combatientes se lanzaron hacia adelante, con movimientos fluidos y naturales. Kano intentó un ataque directo hacia Taro, pero este lo recibió con un movimiento de recepción y lo desvió hacia un lado con facilidad. Luego, Taro aprovechó la oportunidad para aplicar una técnica de Fukari, utilizando la energía de Kano en su contra. Kano se tambaleó hacia adelante, perdiendo el equilibrio.
Taro aprovechó la oportunidad para aplicar una técnica de lanzamiento, y Kano se encontró volando por el aire. Aterrizó con un golpe seco en el tatami, jadeando.
—Ups, lo siento—, dijo Taro, sonriendo. —Parece que necesita practicar un poco más. Kano se puso de pie, sonriendo. —No te preocupes, estoy aprendiendo.
El duelo continuó durante varios minutos, con Taro demostrando una gran habilidad y control en sus movimientos. Kano, por otro lado, parecía un poco torpe y descoordinado, aunque estaba claro que estaba intentando aplicar las técnicas que había aprendido. En un momento dado, Kano intentó un ataque sorpresa, pero Taro lo anticipó y lo recibió con un movimiento de recepción. Luego, Taro aprovechó la oportunidad para aplicar una técnica de Fukari que Kano apenas logró esquivar.
Finalmente, el duelo terminó con ambos combatientes jadeando y sonriendo. Domaru se acercó a ellos y les dio una palmada en la espalda.
—Excelente trabajo, Taro—, dijo. —Has demostrado una gran comprensión de los principios del Fukari. Kano, no te desanimes, estás empezando y mejorarás con la práctica.
Kano y Taro se inclinaron respetuosamente hacia Domaru y luego hacia cada uno. Gracias, maestro—, dijeron al unísono.
Kano, aún torpe, resistió como pudo.
Taro lo felicitó al final, golpeando su espalda con una carcajada sonora.
—Tiene garra, Tsunenari-Enka. ¡Con entrenamiento será una bestia!
Kano, jadeando, solo pudo sonreír.
Tras Fukari, Kano salió del dojo acompañado por el instructor Domaru, mientras caminaban por los pasillos de la academia, Kano no pudo guardar silencio.
—Solo quiero entrenar lo necesario para terminar esta guerra, derrotar a los lideres del clan Nagaka. Si ellos mueren…la paz vendrá— dijo Kano mientras aun jadeaba por el combate anterior.
Domaru sin mirarlo dijo— ¿Paz por medio del filo de una katana? Podría cortar el tallo de una flor, Tsunenari-Enka, pero no su raíz.
—Entonces ¿Qué sentido tiene entrenar si no es para vencer? —dijo Kano dudando sobre sus convicciones.
Domaru se detuvo frente a un mural decorativo del pasillo que representaba una grulla herida volando sobre campos quemados.
—El Kihokurai no entrena asesinos. Forma espíritus rectos— dijo Domaru con una voz tranquila cargada de saber puro—. El gurrero no lucha por el fin de la guerra, sino por la armonía que la guerra niega.
—Pero… ¿no es lo mismo? —dijo Kano dudando.
—No. El primero quiere imponerse, el segundo quiere servir. Uno deja miedo y el otro deja equilibrio— dijo Domaru retomando la caminata al siguiente dojo.
Por un momento entra una briza a través de unas celosías de madera sobre la parte superior de la pared oscura del pasillo.
—La pregunta que debe hacerse Tsunenari-Enka, de qué forma quiere alcanzar la paz— dijo Domaru con su voz calmada y luego de una leve pausa continuo— ¿por medio del miedo o por el equilibrio?
La atmosfera del pasillo parecía más pesada tras las palabras del instructor, con cada paso cubiertos por ecos suaves. Kano guardo silencio pensando en esas palabras que comenzaban a cuestionar sus ideales como heredero de su clan.
Una vez trasladados al dojo de Homade, Domaru se posiciono en el medio del dojo para impartir la siguiente clase, pero ahora se le notaba su rostro mucho más severo.
—El Homade no es danza —gruñó el instructor—. Es supervivencia.
Durante 5 horas aprendió a lanzar golpes directos, patadas giratorias y bloqueos brutales.
En medio de la clase, una joven felina de pelaje color avellana y cabello corto que le llegaba a los hombros, se encontraba meditando al fondo del tatami de entrenamiento
—¡Emiko Kūne, ven! ¡Pon a prueba a nuestro señor! —gritó Domaru.
Emiko se levantó con una elegancia inhumana y se enfrentó a Kano en combate de kumite.
La diferencia era abismal.
Emiko, ágil como el viento, esquivaba y contraatacaba con precisión quirúrgica. Kano atacaba con fuerza, pero sin estrategia, hasta que cayó exhausto sobre la lona.
Emiko se inclinó respetuosamente.
—Tiene corazón, Tsunenari-Enka —dijo con una sonrisa enigmática—. Solo necesita pulir su mente.
En el atardecer del día 147, en el patio oeste, los jóvenes nobles de la academia se reunían en un rincón entre los pilares de piedra oscura. los cordones de los kimonos de entrenamiento tintineaban suavemente con el viento. Entre ellos, estaba el joven Kano Enka Tsunenari, escuchando con el ceño fruncido.
—Dicen que ambos bandos han envidado más tropas al frente oriental de Aethoria— exclamo con una voz fría un joven noble Kei que vestía un kimono verde jade y naranja intenso colores del clan Morikawa con su emblema de un monte reflejado sobre el agua—. Si la guerra se alarga, nuestros clanes se podrían ver beneficiados con tierras de los que caigan.
—No olvides la gloria, mejor morir empuñando el estandarte que arar campos ajenos— exclamo con sarcasmo otro joven noble Kei que vestía un kimono turquesa brillante y Marrón oscuro característico del clan Renju con su notorio emblema de dos ramas cruzadas con una flor en el centro.
—¿Gloria? ¿Llaman gloria a ganar con la sangre de los Ehaykeans que no verán otro invierno? —dijo Kano con una voz tensa.
—Habla el heredero que nunca ha tenido que arrebatar nada para proteger a los suyos— dijo el joven Morikawa.
—Tal vez sea así, pero recuerden quien cometió seppuku para que sus lideres de clan no derramaran su sangre— dijo Kano con una voz que poco a poco se cargaba de ira.
—Todos valoramos el sacrificio que hizo su abuelo tras la guerra con los Zhyrrak, Tsunenari-Enka —dijo el noble Kei Renju—. Pero al final solo retrasó un poco lo inevitable…
—Ustedes no merecen protección alguna si buscan tierras con ansias, eso los convierten en algo mucho peor que enemigo que combatimos— dijo Kano estallando de ira.
Los jóvenes nobles se levantaron, tensando manos y miradas, la discusión estaba a punto de pasar al contacto físico, hasta que la voz grave del instructor jefe Fukoka Enka Ikematsu corta el ambiente conflictivo.
—¡Suficiente!
Todos se giraron, Fukoka fijo sus ojos felinos solo en Kano.
—Tsunenari, conmigo. Ahora…
Minutos después, ambos estaban bajo un viejo cerezo, fuera de la academia mientras el sol caía tras las montañas.
—La lengua puede ser más filosa que la katana, Kano-Enka— dijo Fukoka con una voz más calmada—. ¿Buscabas justicia u otro conflicto abierto?
—Solo quiero que comprendan que esta guerra no se trata de un prestigio o ambición— dijo Kano con su voz aun con ira—. Muchos clanes perdieron a sus familias incluyendo a la mía…
—Se sabe muy bien que muchos lideres de las ramas principales del clan Tsunenari tuvieron que cometer suicidio junto a su abuelo para prevalecer el honor del clan— dijo Fukoka con un tono más profundo— pero recuerde que muchos clanes aún están con usted Kano-Enka, incluso con su padre.
Fukoka desvía levemente la mirada a las ramas del cerezo, contempla como los pétalos rozados caen lentamente hacia abajo y uno de los pétalos cae sobre el cabello de Kano y luego Fukoka continúo hablando:
—Sea cuál será su objetivo Tsunenari-Enka, debe recordar su postura como futuro líder del imperio. Su linaje le da voz, use esa voz para cambiar lo que aún puede ser salvado…antes de que solo queden ramas secas donde hoy hay flores.
El viento mueve los pétalos caídos del cerezo y Kano baja la mirada. Comprende que el silencio no es derrota sino un punto de compresión
Siete días después en el ciclo 154 del año 2517 D.P, Kano junto a otros nobles y reclutas fue citado al dojo de Jusowa, donde se enseñaba el ancestral arte de la esgrima.
Su instructor, un Ehaykean de rostro severo y mirada de acero, les entregó bokken de madera pesada.
—Aquí no hay espacio para la duda —anunció.
Fue allí donde conoció a Hiroshi Kūne Saito, un joven silencioso de mirada seria.
—¡Tenga cuidado, Kano-Enka! No quiero romperle el bokken tan rápido —dijo Hiroshi con un tono de preocupación antes de lanzarse al duelo.
Las espadas de madera chocaban con fuerza, los ecos resonaban en el dojo.
Kano, aunque más defensivo, empezó a comprender la importancia de la precisión sobre la fuerza bruta.
El instructor asintió, satisfecho.
—Ambos tienen potencial. Ahora, domínenlo.
Después de un duro entrenamiento en el día 155 del año 2517 D.P, Kano se alejó caminando hacia las colinas que rodeaban la academia.
La sabana de Thalios se extendía como un océano dorado bajo el cielo crepuscular.
Allí, sentado en una roca, vio a una joven contemplando las estrellas: tenía un cabello y pelaje tan plateado que brillaba como mercurio bajo la luna, sus orejas felinas parecían erguidas en atención.
—¿Observando las estrellas? —preguntó Kano suavemente.
La joven se giró, revelando unos ojos violetas tan profundos que parecían contener galaxias enteras.
—Sí —respondió—. Me recuerda lo pequeños que somos, soy Yumi Enka Kawahara, heredera de la rama principal Kawahara.
Kano ante el gesto de saber el nombre de la Ehaykeana se inclinó y dijo — Supongo que ya sabes quién soy, pero me llamo Kano Enka Tsunenari, uno de los principales herederos del imperio.
Yumi lo miro con un gesto de ironía de arriba hacia abajo buscando ese tal heredero que dice ser.
—Entonces Tsunenari-Enka ¿Usted sabe algo sobre la historia de los Precursores? —, preguntó Yumi, su voz llena de curiosidad.
Kano se sorprendió por la pregunta. —Los Precursores... sí, he oído hablar de ellos. Fueron la raza humana que creó a todas las razas del universo, ¿verdad?
Yumi asintió con la cabeza. —Sí, eso es correcto. Los Precursores fueron una civilización avanzada que creó a todas las razas que conocemos hoy en día. Pero lo que es más interesante es que desaparecieron hace 2517 años, sin dejar rastro alguno de su existencia.
Kano se sintió intrigado por la historia. —¿Qué crees que pasó con ellos? —, preguntó.
Yumi se encogió de hombros. —Nadie lo sabe con certeza. Algunos dicen que se extinguieron, mientras que otros creen que se elevaron a un plano de existencia superior. Pero lo que es seguro es que su desaparición dejó un vacío en el universo que nunca ha sido llenado—. Kano ser acercó más a Yumi mientras seguían charlando sobre los Precursores, fascinados por la historia y el misterio que rodeaba a esta civilización avanzada. Yumi se inclinó hacia adelante, y sus ojos denotaban un brillo con gran entusiasmo.
—Los Precursores eran una raza increíblemente avanzada—, dijo. —Crearon a todas las razas del universo, incluyendo a los Ehaykeanos. Nuestra raza fue modificada a partir de nuestros ancestros felinos, y se nos dotó de inteligencia, instinto de supervivencia y una fuerza descomunal.
Kano se sintió intrigado. —¿Qué tipo de tecnología crearon los Precursores? —, preguntó.
Yumi sonrió. —La tecnología de los Precursores es aún un misterio para nosotros. Han pasado siglos y aún no hemos podido descifrar muchos de sus secretos. Pero sabemos que crearon tecnologías como la energía cuántica, la teleportación y la manipulación del espacio-tiempo. También crearon dispositivos como el Destructor de Planetas y la Terraformación Planetaria.
Kano se quedó boquiabierto. —¿Un Destructor de Planetas? —, repitió. —¿Cómo funciona?
Yumi se inclinó hacia adelante, su voz llena de fascinación. —Según las leyendas, el Destructor de Planetas es un dispositivo que puede destruir un planeta entero con un
solo disparo. Se cree que utiliza una forma de energía cuántica que puede romper los enlaces moleculares de la materia, causando una reacción en cadena que destruye el planeta—.
Kano se sintió horrorizado. —Eso es aterrador—, dijo. —¿Y la Terraformación Planetaria?
Yumi asintió con la cabeza. —La Terraformación Planetaria es un dispositivo que puede alterar la atmósfera y la geología de un planeta para hacerlo habitable para una especie específica. Se cree que utiliza una combinación de nanotecnología y energía cuántica para modificar la composición química del planeta y crear un entorno adecuado para la vida—.
Kano se sintió intrigado. —¿Cómo se cree que funcionaría? —, preguntó.
Yumi se había quedado mirando a un punto fijo en el cielo y dijo. —Según las teorías, el dispositivo de Terraformación Planetaria utilizaría nanobots para dispersar sustancias químicas y biológicas en la atmósfera y la superficie del planeta. Estos nanobots podrían alterar la composición química del planeta, creando un entorno adecuado para la vida. También podrían crear una atmósfera estable y un clima adecuado para la especie que se desea terraformar.
Kano se quedó en silencio, reflexionando sobre la tecnología de los Precursores y los misterios que rodeaban a esta civilización avanzada. Se sintió agradecido por la
conversación con Yumi, y se preguntó si algún día tendría la oportunidad de descubrir los secretos de los Precursores.
—¿Dónde se encuentran las ruinas de su imperio? —, preguntó Kano.
Yumi desvío un momento la mirada del cielo y miro fijamente a kano diciendo. —Hay varias ruinas y bastiones dispersos por todo el universo. Algunos de los lugares más famosos son el planeta de Xeridia, que fue uno de los centros de poder de los Precursores, y el Bastión de Arkeia, que se cree que alberga algunos de los secretos más importantes de su tecnología. Pero es importante tener en cuenta que estos lugares son peligrosos de entrar, ya que hay autómatas dejados por los Precursores que aún funcionan y protegen los secretos de su imperio.
Kano se sintió intrigado. —¿Autómatas? —, repitió. —¿Qué tipo de autómatas?
Yumi suspiro por un momento mientras volvía a contemplar las estrellas, con una voz aguda y llena de misterio, siguió diciendo. —Se cree que los Precursores crearon autómatas avanzados para proteger sus secretos y defender sus bastiones. Estos robots son capaces de detectar y eliminar cualquier intruso que intente acceder a los secretos de los Precursores. Algunos dicen que esos montón de chatarra son casi indestructibles y pueden sobrevivir durante siglos sin mantenimiento—. De repente, Yumi se detuvo en medio de la conversación y vio hacia arriba un cometa cruzando el cielo: el legendario Imade que recorre gran parte del territorio galáctico de los Ehaykean…
—Debo irme —susurró Yumi de pronto, con urgencia en la voz.—Recordé que debo hacer algo importan…
Se despidió con una sonrisa misteriosa y desapareció en la noche, dejando a Kano solo bajo el firmamento.
Él permaneció allí, mirando las estrellas, sintiendo que una nueva historia apenas comenzaba a escribirse.
Kano permaneció unos minutos más en aquella colina, absorto bajo la cúpula estrellada. Sin embargo, la partida de Yumi dejó en su interior un anhelo inquieto. Desde esa noche, cada vez que podía, Kano salía más allá de los límites de la academia, adentrándose en las extensas sabanas doradas que rodeaban el complejo, en busca de aquella Ehaykeana intrigante que había conocido.
La academia, vista desde afuera, parecía un espejismo futurista perdido en el desierto: sus torres blancas reflejaban la luz de los dos soles, mientras enormes paneles solares rotaban lentamente como flores metálicas en busca de energía. Pasadizos elevados conectaban las distintas estructuras, suspendidos por columnas de aleación liviana que silbaban suavemente con el viento. En los jardines interiores, fuentes de agua líquida danzaban en patrones fractales, como recordatorios de una civilización que no olvidaba la belleza ni siquiera en tiempos de guerra.
Kano se refugiaba cada atardecer en la misma colina donde conoció a Yumi. Allí entrenaba en solitario, ejecutando los katas de Fukari y Homade bajo el viento cálido que barría la llanura. Sus movimientos, al principio erráticos, fueron puliéndose con el tiempo, encontrando una fluidez natural entre fuerza y serenidad. Luego se sentaba a meditar, reflexionando lo que varias veces le replicaban el instructor Domaru y el instructor jefe Fukoka, mientras su bokken descansaba sobre sus rodillas, en esa postura buscando la quietud que su espíritu rebelde tanto necesitaba.
Cada sonido —el susurro del viento entre las hierbas altas, el lejano canto de los zhirok volando en formación, el vibrante retumbar de las torres solares— formaba parte de su entrenamiento silencioso. En esa comunión entre cuerpo, mente y entorno, Kano comenzaba a forjar no sólo su fuerza, sino algo más importante: su propósito. Mientras Kano mantenía su postura firme sobre la colina, respirando en sincronía con el viento, un crujido de pasos rompió la armonía del momento.
—Vaya, vaya... —se oyó una voz burlona detrás de él—. ¡Miren quién decidió convertirse en un monje de las colinas!
Kano entreabrió un ojo. Era Taro Kūne Yamada, con su sonrisa amplia y su andar despreocupado, balanceando un bokken sobre el hombro como si fuera una rama recién cortada.
—¿Meditando? —preguntó, acercándose de forma exageradamente sigilosa—. Qué aburrido. Deberías estar entrenando con alguien que te dé de verdad una paliza educativa... como yo, por ejemplo.
Kano cerró nuevamente el ojo y se concentró en su respiración, negándose a morder el anzuelo de las provocaciones.
Taro se sentó a su lado, imitando torpemente su postura de meditación. Durante unos minutos, hizo ruiditos molestos: tosió, fingió roncar, incluso murmuró “ohhhm” en tonos absurdamente graves.
—¿Sabes? —continuó Taro, fingiendo sabiduría—. La verdadera iluminación llega cuando eres capaz de meditar mientras alguien te grita en la oreja.
Kano frunció apenas el ceño, luchando por mantener la calma. Cada provocación era una chispa que su orgullo joven quería prender... pero, recordando las lecciones de Domaru, respiró hondo y soltó la tensión.
Finalmente, Taro dejó de bromear y, con un suspiro más auténtico, se dejó caer de espaldas sobre la hierba.
—Bah... a veces olvido que eres uno de esos tipos intensos —dijo mirando al cielo anaranjado—. Aunque no está mal, dado a tu riña con los otros nobles. Nosotros los Yamada somos un poco diferentes.
Kano entreabrió los ojos, curioso, pero aún en su postura de meditación.
—¿Los Yamada? —preguntó con voz tranquila. Taro se rió suavemente.
—Sí. Mi clan. Somos famosos en Aethoria... aunque no por nuestra paciencia precisamente. —Se giró de lado para mirarlo—. ¿Has oído hablar de los “Tormentas Carmesí“?
Kano negó con la cabeza, intrigado.
—Así nos llaman —prosiguió Taro, hinchando el pecho con orgullo—. Porque cuando entramos en batalla, somos como un vendaval de sangre y acero. Nuestros ancestros creían que la mejor defensa era el ataque imparable. ¡Nunca ceder terreno, nunca retroceder!
Se incorporó y dibujó con el dedo un remolino invisible en el aire.
—Los Yamada luchan hasta la última gota de fuerza. Si un enemigo ve nuestro estandarte, sabe que o se rinde... o se prepara para morir luchando.
Kano abrió los ojos por completo ahora, impresionado. Podía ver, detrás de la fachada bromista de Taro, la herencia feroz de su sangre guerrera.
—¿Y tú? —preguntó Kano con una ligera sonrisa—. ¿Eres una tormenta también? Taro soltó una carcajada sonora, estirándose como un felino satisfecho.
—Digamos que... cuando llega el momento de pelear de verdad, la tormenta no perdona.
El viento sopló más fuerte entonces, agitando las hojas altas y llevando consigo las promesas de futuros combates.
Kano cerró los ojos de nuevo, retomando su meditación, pero esta vez con una nueva energía palpitando en su interior: la inspiración de quienes luchaban no solo por victoria, sino por el honor de su linaje.
El viento seguía cantando entre las colinas cuando Kano abrió los ojos, sintiendo una inquietud distinta bullendo en su pecho. Las palabras de Taro, su orgullo por su clan y su espíritu indomable, encendieron algo dentro de él. No podía quedarse quieto.
—Taro —dijo de pronto, su voz firme.
El muchacho se incorporó, alzando una ceja con curiosidad.
—¿Qué pasa, pequeño monje?
Kano se puso de pie, el bokken de madera descansando firme en su mano.
—Desafío a un duelo. Aquí y ahora.
Taro soltó una carcajada sonora que resonó en el aire.
—¿Un duelo? ¿Después de toda esa meditación zen? Kano asintió con gravedad.
—Quiero ponerme a prueba. Quiero sentir el espíritu de la Tormenta Carmesí. El brillo en los ojos de Taro cambió: de la burla a la genuina emoción.
—Bien, bien... me gusta ese fuego —respondió, ajustándose el cinturón.
Caminaron unos metros para tener espacio libre, rodeados solo por la sabana infinita y el cielo de Thalios que empezaba a teñirse de violeta.
—¿Qué estilo propones? —preguntó Taro mientras calentaba los hombros.
—Jusowa —respondió Kano sin dudar. Taro sonrió con un filo depredador.
—Yo propongo Homade. Más rápido, más brutal.
Hubo un instante de tensión, luego Taro se encogió de hombros.
—¿Por qué no los dos? Primera fase a espada, segunda fase a mano limpia. Pero con una condición... —señaló el bokken que Kano sostenía—. Usarás eso.
Kano asintió, aceptando sin miedo.
Ambos se posicionaron. El primer combate sería de Jusowa, a bokken limpio. Los dos se inclinaron formalmente como pedían las tradiciones.
—¡Hajime! —gritó Taro, y la batalla comenzó.
Kano avanzó con pasos medidos, recordando las enseñanzas de precisión de su maestro. Su bokken cortaba el aire con fuerza, buscando aperturas. Taro, sin embargo, era veloz, demasiado. Desviaba cada golpe con una eficiencia desconcertante, moviéndose como una marea viva.
Kano logró conectar un par de toques en los antebrazos de Taro, arrancando un gruñido satisfecho del veterano.
—¡Así me gusta, Tsunenari!
Pero entonces, en una rápida maniobra, Kano perdió ligeramente el equilibrio en un giro de ataque. Apenas fue una mínima falla de posición, un pequeño desliz en su centro de gravedad.
Taro no lo desaprovechó.
Con un movimiento brutal y rápido, desvió el bokken de Kano y lo hizo tropezar hacia atrás, colocándole la punta de su propia espada de madera en el pecho.
—¡Punto para mí! —anunció Taro, riendo.
Kano, jadeando, miró al cielo un momento, frustrado consigo mismo... pero luego sonrió. Había luchado bien. Mejor que nunca antes.
Taro le tendió la mano y Kano la aceptó.
—Te diré algo, pequeño Tsunenari —dijo Taro, mientras lo ayudaba a ponerse de pie—. Hace unas semanas no habrías durado ni diez segundos conmigo. Hoy me hiciste sudar de verdad.
Se separó un paso y lo miró con una seriedad inusual.
—Vas a ser un gran guerrero... y un líder digno para la Casa Tsunenari. No tengo dudas.
Kano bajó la cabeza brevemente en señal de respeto, sintiendo en su interior no la amargura de la derrota, sino la semilla de una convicción aún más fuerte: su camino apenas comenzaba, pero cada duelo, cada caída, lo acercaba más a su verdadero destino.
Sin tomarse demasiado tiempo para lamentar el resultado del duelo de bokken, ambos jóvenes dejaron caer las espadas de madera y se colocaron en guardia nuevamente, ahora listos para la segunda fase: Homade, el combate cuerpo a cuerpo.
Taro sonrió de oreja a oreja, frotándose las manos.
—Ahora veremos de qué estás hecho sin armas, pequeño monje.
Kano esbozó una sonrisa tranquila. El viento revolvía su cabello mientras ambos comenzaban a moverse en círculos, midiendo las distancias.
Taro atacó primero, rápido como una flecha, lanzando una serie de golpes directos que Kano apenas logró esquivar con movimientos de ukemi pulidos. Respondió con una patada giratoria que Taro bloqueó sin esfuerzo, contraatacando con un barrido de pierna que casi hizo caer a Kano de nuevo.
El duelo iba subiendo de intensidad, los pies golpeaban el suelo con fuerza, el sudor comenzaba a marcar sus frentes.
Hasta que, de repente, una sombra se interpuso entre ambos como un relámpago. Una voz cortante y autoritaria rasgó el aire:
—¡Suficiente!
Era Emiko Kūne Tanaka.
Su cabello plateado brillaba bajo los soles, y su mirada, normalmente serena, ardía de descontento.
Ambos jóvenes se detuvieron en seco, respirando agitados.
—¿Qué creen que están haciendo? —increpó, cruzando los brazos—. ¡Los duelos no están permitidos sin la presencia de un instructor o sin la autorización explícita del consejo!
Taro intentó abrir la boca para defenderse, pero Emiko levantó una mano, silenciándolo.
—Están poniendo en riesgo su integridad y la reputación de sus casas. ¡Qué imprudencia!
Kano bajó la cabeza en señal de respeto, mientras Taro bufaba, claramente fastidiado.
—Como castigo —continuó Emiko, su voz tan fría como el acero—, ambos practicarán katas básicos de Fukari hasta que la última luz del crepúsculo desaparezca. Tal vez así recuerden que la disciplina es tan importante como el poder.
Taro frunció el ceño, su orgullo rebelándose.
—¿Fukari? ¡Vamos, Emiko, eso es para principiantes! ¡Yo soy avanzado en Homade, no necesito
—¡Silencio! —cortó ella, su mirada volviéndose aún más dura—. Recuerda tu lugar, Yamada. En Fukari tengo un rango más alto que tú. Aquí obedeces.
Taro apretó los dientes, pero finalmente bajó la cabeza con un gruñido resignado. Kano, en cambio, levantó la vista, una chispa de ingenio brillando en sus ojos.
—Acepto el castigo —dijo—, pero con una condición. Emiko arqueó una ceja, intrigada.
—¿Qué condición? Kano sonrió ligeramente.
—Que tú practiques el kata con nosotros. Quiero aprender de tu técnica... perfeccionarme en Fukari.
Por un instante, Emiko pareció sorprendida. Luego, una leve sonrisa curvó sus labios.
—Muy bien, Tsunenari. Lo acepto.
Se colocaron en formación sobre la colina, en medio de la sabana teñida de tonos púrpura y oro. El viento acompañaba sus movimientos, llevando en cada gesto la promesa de futuro. Uno tras otro, ejecutaron los katas: respiraciones sincronizadas, desplazamientos suaves pero firmes, transiciones elegantes entre ataque y defensa. Taro, refunfuñando al principio, acabó concentrándose también, atrapado por la serenidad y la cadencia del arte.
Bajo el cielo doble de Thalios, entre las hierbas que susurraban historias olvidadas, tres jóvenes guerreros forjaban sin saberlo los cimientos de un mañana lleno de gloria y de desafío.
Cuando finalizaron el último movimiento del kata, Emiko dio un paso atrás, observándolos en silencio mientras ambos jóvenes jadeaban suavemente, empapados de sudor, pero firmes.
La luz del crepúsculo se desvanecía poco a poco, y el primer destello de las estrellas comenzaba a asomar en el cielo violeta.
Emiko caminó lentamente alrededor de ellos, su mirada afilada como una lanza.
—Hoy rompieron una regla importante —dijo, su voz ya no tan severa, sino cargada de un matiz diferente—. Pero también mostraron algo que no se puede enseñar: hambre de superación.
Se detuvo frente a Kano y Taro, su cabello plateado ondeando ligeramente con el viento.
—Tú, Kano —añadió, señalándolo con un leve movimiento de cabeza—. Tienes la mente para ser un guerrero, y el corazón para ser un líder. No pierdas eso jamás.
Luego miró a Taro, cuyo rostro aún mostraba rastros de fastidio... pero también de respeto.
—Y tú, Tormenta Carmesí... recuerda que incluso la furia más grande necesita ser dirigida, o acabará destruyéndose a sí misma.
Ambos asintieron en silencio.
Emiko respiró hondo, dejando que el aire fresco le llenara los pulmones.
—El clan Tsunenari y el clan Yamada tienen mucho que esperar de ustedes. No los defrauden.
Con un último asentimiento, se giró y comenzó a caminar de regreso hacia la academia, sus pasos seguros y silenciosos.
Kano y Taro se quedaron de pie en la colina, viendo cómo la silueta de Emiko se perdía entre la bruma dorada del anochecer.
—No sé tú —murmuró Taro, con una sonrisa torcida—, pero creo que acabo de aprender más en una tarde que en una semana entera de clases.
Kano soltó una breve risa y miró hacia las estrellas.
Una nueva historia, pensó, seguía escribiéndose... en cada golpe, en cada caída, en cada lección.
Y él estaba decidido a convertirse en alguien digno de ella.
La práctica terminó, y los tres jóvenes comenzaron a descender de la colina, sus siluetas recortadas contra el último fuego del atardecer. El viento soplaba suave, como un susurro de despedida mientras el cielo se teñía de rojo y púrpura.
Taro, siempre incapaz de mantener el silencio por mucho tiempo, rompió la calma con una carcajada.
—¿Te imaginas la cara de Domaru si se entera que estuvimos batallando como salvajes aquí? —bromeó, mirando de reojo a Kano—. Seguro nos corta en rodajas antes de que podamos explicarlo.
Kano soltó una risa corta, cansado, pero de buen humor.
Emiko, caminando un paso adelante, soltó una leve risa que el viento casi se llevó... pero pronto negó suavemente con la cabeza, dejando claro que desaprobaba la falta de disciplina que implicaba el comentario.
—No lo tientes, Yamada —murmuró sin volverse—. Domaru no necesita excusas para hacernos sudar sangre en el dojo.
Taro bufó divertido, pero no replicó.
Mientras los tres se alejaban, envueltos en una silenciosa camaradería que empezaba a tomar forma, una figura solitaria los observaba desde la distancia.
Entre la hierba alta, casi invisible, Yumi Enka Kawahara miraba en dirección a la colina.
Sus orejas felinas se movieron ligeramente al captar las risas y voces de los tres jóvenes. Una leve expresión de desaprobación cruzó su rostro; no era hostilidad, sino más bien una silenciosa crítica al escándalo que rompía la serenidad de aquel lugar sagrado para ella. Sin embargo, no hizo intento alguno de acercarse.
Con un suspiro apenas audible, Yumi se recostó en la hierba, dejando que su vista se perdiera nuevamente en el firmamento estrellado.
Allí, bajo el manto inmenso del universo, volvió a buscar respuestas en los patrones eternos de las constelaciones, mientras los ecos lejanos de las risas juveniles se desvanecían con la brisa del crepúsculo. La noche caía lentamente sobre Thalios... y en cada estrella brillaba la promesa de futuros encuentros, desafíos y destinos aún no escritos.