Prólogo
Enzo
El Don volvió a hablar de hijas.
Las de capos. Las de jueces. Las de políticos corruptos con linaje limpio y sangre sucia.
Todas me eran ofrecidas como si fueran relojes: automáticos, costosos, obedientes.
—Es hora de que sientes cabeza —dijo, por quinta vez ese mes—. Tienes demasiado poder y ningún nombre que lo sostenga.
No lo dijo con rabia.
Lo dijo con la calma de quien ya tiene decidido tu futuro.
Yo no quería una esposa.
Quería aire.
Pero en este mundo, respirar también tiene un precio. Y el mío lo ofrecieron disfrazado de oro: una empresa fachada, una alianza conveniente, y la mano de una mujer que no me necesitaba.
Massimo Doménech
Empresario limpio por fuera, laxo con sus libros por dentro.
Ofreció a su hija como parte del trato.
No por amor.
Por permanencia.
Acepté por estrategia.
Firmé por conveniencia.
Alissa
La subasta en Florencia estaba por comenzar.
Me coloqué detrás de la cortina, con un café frío en la mano y el corazón tranquilo.
La sala estaba llena: coleccionistas, críticos, figuras del arte.
Todos habían venido por lo mismo: la última escultura.
Una mujer de piedra quebrada en el centro.
Igual que yo, hace años.
Cuando dijeron mi nombre, hubo aplausos.
No sonrisas falsas, no cortesía.
Sino respeto.
Caminé al frente con mis tacones firmes y la espalda erguida, vestida de negro.
Yo era libre.
Libre como nunca lo fui en esa casa, bajo las órdenes de mi madre o el control de mi padre.
Libre de sus reglas.
Libre de sus planes.
Libre de las expectativas impuestas.
Por primera vez, la voz que importaba era la mía.
Y justo cuando pensé que todo estaba en equilibrio...
El mundo se encargó de recordarme que incluso el mármol más fuerte puede volver a ser tallado.