Un pacto con el Diablo

Summary

Un ser ancestral, no es humano. Es un ente con muchos eones de vida. Una humana, una que es el pago por el pacto hecho por su padre. Una historia en común, un amor en común, con diferentes finales.

Genre
Lgbtq
Author
Marilyn
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Alfredo, un joven de familia pobre que vivía en las zonas más marginadas del país, estaba cansado de vivir en la pobreza, cada día trabajaba duramente para que al final del día le pagaran unos cuantos pesos. Frustrado siempre regresaba a casa, en el camino, siempre veía a personas felices disfrutando del una tarde de compras, salidas a restaurantes, cosas sencillas, placeres pequeños que él no podía permitirse por su economía.

Todos los días era lo mismo, la frustración iba creciendo cada vez más.

— Desearía que todo fuera diferente, no soporto más esta mierda — gritó con frustración en la privacidad de su casa.

Una idea se atravesó por su mente, una que en los últimos días se había albergado en su pensamiento. Un pacto, pero no cualquier pacto, este era uno especial. Uno que había escuchado en múltiples ocasiones que se firmaba con sangre, con un intercambio de almas. El alma ofrecida podía ser la él o algún familiar, según el podría ser cualquiera, la realidad no era así.

Para Alfredo, era una cosa simple, nada grave. Con eso en mente, comenzó a investigar sobre los temas de pactos con seres del bajo astral, conocidos como demonios en la cultura cristiana. Encontró diferentes documentos sobre diferentes deidades, los cuales aceptaban hacer un pacto, pero siempre tenían que dar algo a cambio, algo valioso.

Sin embargo, el pacto debería ser cumplido, de lo contrario, la persona pagaría con su propia vida, no tendría una muerte tranquila, sino que sería fatal. Esa advertencia no le tomó la importancia que se le debería haber dado, al contrario, lo ignoró.

Durante su investigación, encontró muchos libros que hablaban de rituales para invocar a estos seres. El poco dinero que tenía lo fue ahorrando para comprar las cosas que necesitaba. Siempre escondía el dinero debajo del colchón, lo guardaba con mucho cuidado.

Cuando tuvo el dinero suficiente, fue al mercado a comprar velas negras, diferentes tipos de hierba, un par de palomas y una cabra, y otras especias que se mencionaban en el libro que tenía. Siguió cada instrucción al pie de la letra.

En el suelo pintó un pentagrama con símbolos extraños, colocó las velas en cada punta del pentagrama. A las palomas los degolló, la sangre de las aves la capeo en un pequeño recipiente, con las hierbas comenzó a rociar la sangre alrededor del pentagrama haciendo un circulo, la cabra la puso en el centro de todo. Mientras repetía las palabras en voz alta que venía en el libro, mató al animal a manera de sacrificio.

Esperó unos cuantos minutos, teniendo la expectativa de que algo se presentara, un vestigio de alguna sombra, una actividad que le mostrara que el ritual había funcionado, sin embargo, obtuvo un silencio como respuesta.

Su ritual, había fracasado.

Pero eso no lo detuvo, con más ansias comenzó su estudios de las entidades que lo pudieran sacar de la pobreza. Hizo diferentes rituales, cada uno de ellos era más macabro que el anterior, aunque nada funcionaba, todo sus esfuerzos eran vanos.

Cansado desistió de todo.

Hasta que una tarde, después de terminar su turno en el trabajo, en vez de tomar el camino corto a su casa, tomó otro, uno más largo. Sin saber el por qué lo hizo, solo siguió su instinto. Mientras caminaba, chocó accidentalmente con una persona, algo enojado le gritó. La persona con la que chocó detuvo su andar, no volteó a verlo, solo se quedó allí, parada, sin embargo, con una voz que imponía, pero que a la vez tenía un toque de dulzura, seductor, habló.

— Si que es un hombre grosero, señor Alfredo — su voz fue solo un murmullo, uno que él escuchó perfectamente — has tratado de hablar conmigo de diferentes formas, equivocadas claro está.

Alfredo al escuchar a la persona, detuvo en seco sus pasos. La voz que le hablaba era la de una mujer, sorprendido y con el corazón latiéndole rápido, con un escalofrío que recorrió todo su cuerpo, volteó lentamente al ver a la mujer que estaba a escasos metros de él.

No le vio el rostro, no lo necesitó, frente a él, estaba una mujer con una postura recta, cabello negro, su piel blanca como la nieve, su piel parecía de mármol. Sus ropas eran sencillas, una blusa desgastada con un pantalón harapiento, que combinaba con la zona en la que se encontraban.

— ¿Quién... es usted? — preguntó con miedo. Algo dentro de él le decía que debería ser precavido, no debía alterar el temperamento de la mujer.

— Tengo muchos nombres, pero eso no importa, lo que importa es lo que usted desea, dígame... cuál es su mayor deseo y se lo cumpliré, solo dígalo y le será dado, pero con ciertas... condiciones, claro está.

Alfredo, quería decirle todo, no obstante, muy dentro de su mente le advertía, le gritaba que no lo hiciera, que corriera lejos, que había otras formas de salir adelante, de logras sus objetivos. Que no eligiera el camino fácil.

Estaba indeciso, su silencio se prolongó por algunos minutos. La dama permanecía imperturbable, quieta, esperando a que hablara. El ente sabía perfectamente lo que el hombre deseaba, lo había visto en diferentes ocasiones haciendo rituales para invocarlo, para tener un contacto. Le divertía ver la desesperación del hombre, ver como hacía cada sacrificio de una manera torpe, al borde de la locura por tenerlo frente a él. Todos sus subordinados veían divertidos la forma en que los humanos hacían pactos con ellos para tener algo, riqueza, fama, poder, entre otras cosas, a cambio ellos tomaban lo que deseaban.

Para las entidades, los humanos son sus juguetes favoritos, pues ellos les dan todo aquello que ellos desean, todo, sin reservas, cuando ellos no necesitan nada de los humanos, pues estas entidades llevan eones existiendo.

Este ente, el principal, el emperador de todos, había encontrado un nuevo juguete, más bien, Alfredo mismo se había entregado.

— Siendo que tu silencio me dio la respuesta, adiós... Alfredo —

Alarmado, gritó para que no se fuera, sin embargo, la mujer frente a el se desvaneció. Frustrado y enojado consigo mismo por su silencio, insultó a las personas que se atravesaban en su camino.

En los siguientes días, volvió a hacer otros rituales más sangrientos, en uno de ellos, se cortó la palma de su mano, esparciendo su sangre en las figuras que se encontraban en el suelo, con una nueva esperanza de que aquel ser se apareciera frente a él.

Nada.

Ni una señal.

Al terminar el ritual, limpió todo. Tiró las cosas a la basura con sumo cuidado para que nadie sospechara de sus actividades. Cuando terminó de limpiar, vio que era de día, miró la hora, era tiempo de ir al trabajo. Cansado, llamó a su jefe diciendo que no iría por falta de salud, por lo cual se tomaría unos días de descanso.

Caminó por las calles llenas del lugar, en la zona todo gritaba a pobreza. Terminó su caminata al final del lugar, apartado del barrio en que vivía, ahí, en soledad, volvió a criticar su situación.

— ¡Mire señor, mire lo que encontré, son monedas! — escuchó que un niño le habló, con una sonrisa brillante, un niño de unos cinco años, que con alegría extendía sus manitas con las monedas.

Alfredo, abrió los ojos por la sorpresa al ver las monedas que eran de oro. Se talló los ojos para ver mejor, pensó que era su imaginación, una jugada, pero no... monedas de oro.

— ¡Guarda eso mocoso! Tus padres te regañaran si saben que lo sacaste de tu casa.

El niño, inclinó su cabeza con una sonrisa en el rostro. Con voz dulce, infantil, habló:

— Se equivoca, señor. Estas monedas, no son mías... son para usted.

— Para mí — susurró, negó con su cabeza — devuelve eso, lo digo enserio.

El niño comenzó a reír. Divertido por la reacción del hombre.

— No es así. Son para usted. Tómelas, al final de cuentas, es usted quien las necesita, no yo, ni mi familia, usted. Pero se lo daré con una condición... ¿acepta?

Alfredo, vio como los ojos del niño se volvieron completamente negros. Como si fuera un abismo profundo. En ese momento tuvo miedo, comprendió que la persona frente a él no era un niño.

— ¿Aceptas? Solo tienes esta oportunidad, no habrá más — el infante habló con voz gutural.

No lo pensó dos veces.

— Sí... acepto — contestó inseguro.

Pero eso era suficiente.

Con una sonrisa siniestra, mostrando sus dientes amarillos, casi podridos, el niño se mostró satisfecho con la respuesta.

— Toma las monedas, cuando vayas a casa, encontraras muchas de estas debajo de tu cama. Haz con ellas lo que desees, cada vez que ganes dinero, dame la décima parte de todas tus ganancias, de lo contrario, si faltas, te quitaré aquello que más ames. Solo vasta un error, una falta, y te quitaré todo.

— No es justo, pensaba en darte a cambio mi alma o la de otra persona, no así.

El pequeño soltó una carcajada ante el comentario.

— No es así como funciona, yo elijo lo que deseo a cambio, no al contrario. Tú alma ya es mía. Ahora solo pido eso, dinero, la décima parte de todo lo que tienes por todo el resto de tu vida, cuando mueras, nuestro trato se cierra, al menos que falles, me cobraré de otra manera.

Alfredo, no dijo más. El menor desapareció al instante en que tomó las monedas. Sin perder tiempo, corrió a su casa, abrió la puerta de forma abrupta. Se apresuró para llegar a su cuarto. Miró debajo de su cama, y lo vio: un frasco lleno de monedas de oro.

Gritó de emoción, por fin tenía lo que tanto había anhelado.

Dos semanas después descambió su dinero, le dieron una buena cantidad. Con ese dinero se mudó de casa. Compró un departamento en un lugar exclusivo, las ropas de marca llenaron el closet. Zapatos de lujo. Comenzó a derrochar el dinero, pero eso no importó, sus monedas nunca mermaron.

Al poco tiempo, se propuso a poner un negocio, uno pequeño, que con el tiempo fue creciendo. Se volvió rentable, con el paso del tiempo, comenzó a ganar socios, personas que invertían en su ahora empresa.

A pesar de todo su éxito, no se había olvidado del pacto. Con cada ganancia que tenía, daba un diez por ciento de todo. Ese dinero lo enterraba en una propiedad que había comprado a las afueras de la ciudad donde ahora vivía. Conforme fue creciendo su negocio, comenzó a llevar costales de dinero, no le importaba, al fin tenía todo.

Pero el tiempo no perdona.

No olvida.

Los humanos.... sí.

A la edad de veinticinco años se enamoró perdidamente de una mujer, con una extraordinaria belleza, una mirada encantadora. Era la tentación, la seducción en persona. Él, ahora con su nuevo estatus y físico, hizo su intento. Comenzó a cortejar a la joven por la cuál sentía atraído.

Muchos comenzaron a reírse, se sabía que la joven era de alma libre, alguien que nunca se había enamorado. Eso no lo hizo rendirse, con el tiempo, su esfuerzo por conquistar a la mujer dio frutos.

Después de tres años de cortejo, se casó con Samanta. Fue una boda en que todo gritaba dinero, poder. Alfredo, ahora empresario, se casó felizmente con la mujer de su vida.

En la boda, vio el mismo porte que había visto años atrás, una mujer esbelta, su piel blanca, parecía una muñeca, con una belleza fuera de lo real. Con unos ojos tan cautivadores, con un traje que se moldeaba perfectamente a su cuerpo. La vio al fondo del salón, con una pequeña sonrisa.

Al final de la ceremonia, durante el banquete, se acercó a la mujer que bebía con fineza y tranquilidad el vino. Sus labios, rojos como el carmesí se extendieron ligeramente al verlo.

— Felicidades por su boda, señor Armstrong. Veo que ha logrado todo lo que quiso en la vida.

Alfredo tembló de terror al verla ahí, con una forma diferente. Con voz temblorosa, casi tartamudeando, preguntó:

— ¿Qué hace aquí?

— Solo vine a ver tu boda y a disfrutar de la comida — contestó con voz dulce, con amabilidad, una que era fingida — y sobre todo, recordarte el pacto. Hasta ahora, lo has seguido al pie de la letra... me gusta, pero no olvides, un error. Uno solo, será tu fin.

— Nunca lo olvido, no... —

— Eso me gusta, conmigo no se juega, espero recuerdes mi rostro, porque si fallas vendré por lo que es mío.

La mujer se levantó de la mesa con elegancia. Asintió con la cabeza a modo de despedida. Dejando atrás a un Alfredo aterrado, con el miedo erizando su piel.

Después de la visita de la mujer, todo siguió normal, como si nada hubiera pasado. Alfredo se olvidó de la visita de la dama. Pero no solo olvidó eso.

Con el paso del tiempo se olvidó de algo esencial. Uno que lo haría arrepentirse por el resto de su vida.

Dejó de entregar lo pactado.

El dinero, ya no era entregado como juró hacerlo y eso fue su más grande error, pues con un ente no se juega, no se le hace enojar.

Y lo más importante.... no se le invoca.



En el año 2002, un diciembre, nació su hija, su primogénita, su mayor orgullo. La ahora heredera del imperio Armstrong, Rebecca Patricia Armstrong había nacido. Su nacimiento fue celebrado con una gran fiesta, su padre compró muchas ropas, zapatos y juguetes que tendría un bebé. Su cuarto fue adornado con las mejores cosas. Pintado de una hermosa forma, con diferentes personajes de caricaturas o de cuentos infantiles.

La pequeña era sobreprotegida por Alfredo. Amaba mucho a su pequeña, la mimaba, la consentía, todo lo que pedía lo tenía, sin excepción. Por las noches su cuarto era custodiado por guardias, las niñeras siempre al pendiente de que la menor no le pasará nada.

Pero por la noche, una sombra, una entidad miraba a la pequeña. Con sus manos frías, acariciaba el rostro de la bebé que yacía dormida en su cuna. Con una sonrisa escalofriante, el ser susurró:

— Mía, solo mía.

La bebé se estremeció al sentir frío.

Alfredo, al olvidar su pacto con aquella entidad demoníaca, había condenado la vida de su hija, de su amada Rebecca.

Ahora tendría que pagar.