Sueños de skin girl

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Summary

Es la historia de la primera boy band neonazi de España. Un grupo de perdedores que alcanzan la gloria de la manera más inesperada. Acompaña a dos productores arruinados y a tres chavales sin nada que perder en esta aventura.

Genre
Humor
Author
Eduardo EM
Status
Complete
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

-Son la primera boy band neonazi.

- ¿Quieres que te eche del despacho?

-No es una tontería. Nunca ha habido nada igual y el público quiere cosas nuevas.

-Entonces, ¿por qué has venido a mi oficina? ¿Sabes que estoy a punto de arruinarme?

-No, sé que ya te has arruinado, por eso he venido. Nadie más los quiere y necesito a alguien que no tenga nada que perder.

- ¿Y qué cojones quieres que haga con ellos?

-Que los produzcamos y representemos juntos.

-Pero ¿es esto legal?

- ¡Claro! Las letras de las canciones serán legales. Escucha. La ultraderecha está en auge. Hasta ahora solo ha habido bandas de nazis que mezclaban el fascismo con el punk y el rock. ¿Por qué no hacer una boy band neonazi? Hay muchas chicas que adoran a Hitler que también tienen derecho a soñar y a enamorarse.

- ¿Estáis de acuerdo con esto? -preguntó Marcos a los tres jóvenes que estaban sentados en un sofá de dos plazas.

Ninguno dijo nada y se limitaron a esbozar una media sonrisa. Ninguno parecía tener nada que perder.

-Me lo pensaré.

-No puedes, tienes que decidirte ahora.

- ¿Por qué?

-Si no los quieres me retiro de este negocio.

-Sería mejor para todos.

-Escucha Marcos, esta es nuestra última oportunidad. Podemos salir de aquí y abandonar esta cochambre que nos rodea.

–¿Y ellos confían en ti?

-No les queda otra. Fíjate en ellos, es esto o tenerse que poner a trabajar de cajeros en un supermercado. Tampoco tienen muchas opciones.

-Tú ganas. No sé por qué, pero me uno a esta estupidez.

-Esta vez nos saldrá bien, Marcos.

-Eso dijiste la última vez, Luis.

Ambos se dieron la mano mientras que los tres jóvenes sonreían nerviosos.

Jacinto nació en un pequeño pueblo de Soria cuya principal y única peculiaridad era su terrible frío invernal. Era eso que ahora se llama la España despoblada o vaciada. Su origen era humilde y poco sofisticado. Para sus padres la universidad era una utopía, no tanto por falta de recursos económicos, sino por considerarlo algo para otro tipo de gente. Su felicidad era atender a los animales y pasar las tardes del domingo jugando a las cartas y bebiendo vino en el bar del pueblo. Una vida aburrida pero seductora para aquellos que buscaban una paz intelectual lejos del trajín de una ciudad.

Pero Jacinto quería más. Había nacido con un don especial, era un tío muy guapo. Tenía ese tipo de belleza rústica que seducía a las urbanitas que pasaban por allí. Según fue pasando de la adolescencia a la juventud y aumentado las veladas en el bar del pueblo, era más habitual que acabase despertando junto a una moza desnuda en alguna de las casas rurales de los alrededores. Más allá del placer carnal, sus conquistas le abrieron los ojos a otro mundo, a otra realidad. Sus amantes le animaban a irse con ellas. A sus 19 años apenas sabía leer o escribir, pero le constaba que en la cama era como un potro salvaje y desbocado y que eso era algo muy codiciado en la ciudad.

De esta forma, un mes de febrero se fue a Madrid. Parecía mentira lo cerca que había estado toda su vida de este nuevo mundo, a tan solo unas horas en autobús. Aunque su belleza animal le aseguró algunas noches de fiesta y ocasionales alojamientos gratuitos, pronto comprendió que no era lo mismo ser un semental en el agro que un palurdo en la capital. Tenía que refinarse, mejorar sus formas. Y así lo hizo. Con ayuda de sus fugaces novias comenzó a vestir mejor, a afinar sus modales, a aprender a bailar y a divertirse como un joven de la capital. Una de ellas le llevo a una agencia de modelos, que a su vez le dirigió a una audición para un nuevo grupo de música. Tras una feroz competición, fue elegido.

Mateo siempre fue un pijo vago. La fortuna del padre y la facilidad de la madre por meterse debajo de la mesa del director del colegio le salvaron varias veces de ser expulsado por su absoluta falta de interés en los estudios. Logró aprobar el instituto con un cinco pelado pero ante la imposibilidad de garantizarle éxito en la universidad, su familia le hizo una irrechazable proposición: se iría a California a estudiar interpretación.

Supuso acertadamente que no había nada parecido a los deberes y que los estudios consistían en ir a clase y decir cuatro gilipolleces. De esa forma sus padres podrían encontrarle a la vuelta algún trabajo en una productora de cine de algún amigo en la que se asegurara un sueldo y en la que no tuviera que trabajar mucho. Además, a su familia le valía para presumir de tener a un hijo en Hollywood codeándose con la farándula americana. Vivir en Los Ángeles le permitió a Mateo aprender lo bien que se vivía en el mundo del espectáculo, ser capaz de mantener cierta rutina de trabajo y a mantener innumerables episodios de sexo de pago gracias a la mensualidad que le llegaba de Madrid. Y se encontró a sí mismo. Quería ser cantante y, para su propia sorpresa, tenía buena voz. Pasados dos años, sus padres se cansaron de pagar los gastos, muy elevados, que costaba a mantener al niño tan lejos y le trajeron de vuelta. Y así Mateo comenzó a buscar pruebas en productoras, acumulando fracasos, hasta que un día recibió un sí.

Leonardo siempre se había sentido diferente al resto de niños. Una diferencia que al principio no comprendía pero que poco a poco tomó forma. Era gay. Le encantaban los hombres y no perdía ninguna oportunidad de retozar en la cama con alguno. Se beneficiaba además de su aspecto varonil y seductor, que le convertía en el rey de las aplicaciones para ligar. Su origen de desahogada clase media y sus ganas de libertad le permitieron abandonar su Valencia natal e irse a Madrid a estudiar. No era un mal estudiante y con el dinero de sus padres puedo instalarse cómodamente en un piso compartido con otros dos compañeros de facultad, a uno de los cuales, de rizos rubios como el oro, ayudó a sacar del armario, aunque este superó haber sido un mero trozo de carne para el retozo de Leonardo. Sabía que para mantener su vida de fiesta en fiesta en Madrid tan solo tenía que sacar buenas notas, algo que, con su inteligencia natural, no le fue demasiado difícil. Sin embargo, cuando ya estaba en mitad de la licenciatura se empezó a dar cuenta de que una vida de trabajo en una oficia de nueve a seis no era para él. Se merecía algo mejor y pronto se fijó en el mundo del espectáculo. Con su mente privilegiada seguro que podría jugar ese partido y ganarlo por goleada. Su único problema era que se trataba de un universo ajeno a su entorno universitario y la mayor parte de sus compañeros eran unos esforzados estudiantes con sobrepeso que no tenían nada que ver con el glamur al que se quería acercar. Por eso empezó a buscar en internet agentes y poder así enviarles sus fotos y videos. Se convirtió en un anhelo obsesivo y cada pocos minutos encendía el móvil para mirar el correo electrónico, sin obtener respuesta. Hasta que un día, cuando ya había perdido la esperanza, recibió un correo. Era el inicio de su nueva vida.