Esencia de Olvido y Renacer (Rengiyuu)(Omegaverse)

Summary

Rengoku no podía apartar los ojos de él. Ni siquiera lo intentaba. Giyuu conducía como si no pudiera esperar un segundo más, con los nudillos pálidos en el volante y la mandíbula tensa. Pero lo que de verdad lo tenía desarmado era esa mirada. Esa maldita mirada. La que recordaba del otro mundo, de otra vida. La que creyó perdida para siempre. Y ahora brillaba en sus ojos con la misma intensidad de entonces: feroz, silenciosa, ardiendo. Él había vuelto. Y lo miraba como si nunca se hubiera ido. El coche se detuvo frente al edificio, y apenas cerraron la puerta del ascensor, Giyuu lo acorraló contra la pared de acero pulido. No había celo en su aroma, pero sí una urgencia palpable que envolvía a Rengoku como una promesa. No podía pensar, no podía hablar. Solo sentía: el aliento de Giyuu en su cuello, su cuerpo temblando contra el suyo, el pulso desbocado —Te amo —susurró Tomioka contra sus labios. Y no fue una súplica. Ni una pregunta. Fue una certeza tan clara como la que había el día que ambos murieron. Y Rengoku lo besó como si su alma entera dependiera de ello Porque después de todo el tiempo, después de años enteros buscándolo, por fin lo tenía de nuevo Y no iba a soltarlo.

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Prólogo

Prólogo.

Toda su vida se había sentido solo.

Desde el momento en que tuvo conciencia de sí mismo se encontró sintiendo una profunda soledad en su interior que no podía apaciguar con ninguna compañía.

Y lo peor es que no entendía por qué.

—Te llevaré leche con miel más tarde cariño — Dijo su madre, con aquella mirada carmesí como la sangre y fría como un témpano de hielo posándose sobre su espalda. Kyojuro solo sonrió subiendo las escaleras y haciendo un ademán con su mano. — Esfuérzate corazón, confío en ti.

Su madre era cariñosa. La mejor madre del mundo, una Omega elegante y hermosa, con una sonrisa cálida únicamente para su alfa y sus hijos.

— ¿Vas a estudiar? — Preguntó su padre cuando llegó al final de las escaleras, el alfa llevaba una canasta de ropa en las manos, bajando la ropa sucia para lavarla. — Senjuro y yo iremos por helado más tarde, sacó 10 en biología y queremos festejar ¿Tienes tiempo? Podrías acompañarnos…

—No — Se apresuró a responder con una sonrisa en los labios, consciente de cuánto se parecía a su padre — Debo estudiar, el examen de ingreso a la universidad es en dos semanas ¡No me queda mucho tiempo!

Y vio como una dulce sonrisa se formaba en los labios de su padre. Sin previo aviso el alfa comenzó a acariciar su cabeza, sonriendo con todos los dientes.

—No sabes lo orgulloso que estoy de ti, hijo idiota — Dijo con esa misma sonrisa — Te prometo que si pasas te daré un regalo que valdrá todo el esfuerzo que estas poniendo en esto.

— No necesito ningún regalo, podemos ir a comprar helado tu, yo y Senjuro.

—Tonterías, mereces un regalo — Y sin más su padre continuó bajando las escaleras. — Si necesitas algo mándanos un mensaje.

Incluso su padre era amoroso, siempre dispuesto a decirles a sus dos hijos cuánto los amaba y cuán orgulloso estaba de ellos. Había ido a escuelas privadas toda su vida, Había tenido las mejores institutrices en casa, tantos regalos como alguien podía tener, tanto amor como alguien lo podía necesitar.

Y aun así, se sorprendía a sí mismo mirando sombras por el rabillo del ojo, sintiendo presencias que no estaban allí, añorando un calor que jamás había tenido.

Soñando con ese Omega.

Desde que tenía uso de razón, ese hermoso Omega aparecía en sus sueños. Un Omega tan bello que parecía un dios. Desde que alcanzó la pubertad, lo atormentaba con palabras de amor susurradas entre jadeos, con besos hambrientos, con caricias tan vívidas que despertaba con el cuerpo ardiendo. Lo tocaba como si fuera su todo, como si solo él pudiera colmarlo.

Aquellos ojos azules lo volvían loco. Pero nunca, ni una sola vez, había conocido a alguien que se le pareciera. Nadie con esa pureza en la mirada, con esa piel blanca como la leche y ese cuerpo frío como un infierno elegante. Ningún rostro entre los vivos se comparaba con esa presencia que parecía haber nacido del deseo mismo.

A veces incluso lo sentía a su lado. Lo sentía en la biblioteca, cuando pasaba horas solo entre libros, o por las noches, en su cuarto, donde el silencio se volvía espeso y dolía. Era entonces cuando la soledad se volvía insoportable. Porque joder, cada partícula de su cuerpo, cada célula, cada molécula lo anhelaba. Como si alguna vez lo hubiese conocido. Como si alguna vez lo hubiese amado. Como si lo hubiese perdido.

Y ese vacío se hizo aún más presente el día que recibió sus resultados de ingreso.

Había aprobado. Había quedado en sexto lugar.

Saltó de alegría con el sobre entre las manos, tan emocionado que giró sobre sus talones y gritó, sin pensarlo:

—¡Pase! ¡Mira, Gi-!

Pero no había nadie.

Se cubrió la boca, de golpe incapaz de respirar, como si algo se hubiera quebrado dentro de su pecho. Otra vez ese hueco, esa ausencia sin nombre, ese impulso desesperado de buscar a alguien, alguien que no estaba ahí, alguien que tal vez nunca estuvo, pero que aún así sentía que debía estarlo. Que le correspondía. Que era suyo.

Y no sabía qué hacer con eso. No sabía cómo dejar de necesitarlo.

Apretó el documento con fuerza y se apresuró a regresar a casa, forzándose a sonreír mientras imaginaba entregar la carta de aceptación a sus padres. Fingiendo que no le faltaba nada. Fingiendo que no sentía frío por dentro.

***

El día que entró a la universidad aquel lugar le resultó imponente. Era espléndido en toda la extensión de la palabra y se sentía muy orgulloso de solo caminar por los pasillos.

La biblioteca resultó ser un lugar exageradamente grande y pronto sus pasos lo dirigieron a la sección de historia. Amaba los libros con locura. Entendía que los libros electrónicos eran muchísimo más económicos para muchas personas, pero el tener el libro en papel y poder olerlo, sentir sus páginas en sus manos y deleitarse con el sonido de las hojas pasando una sobre otra era algo que para él no tenía precio.

Pronto se sumergió en aquel vasto lugar de conocimiento, tomando varios libros, consciente del límite de 10 ejemplares por persona decidió seleccionar adecuadamente los libros que necesitaba y hacer una lista de los próximos libros que pediría prestados.

—¡Kyaaaa! — Escucho un grito detrás de él.

Una hermosa Omega, de cabello oscuro y corto, con grandes senos redondos y visibles detrás de aquel escote lo miraba aterrada mientras él tomaba un libro de la estantería 28

La mujer parecía conmocionada de tan solo verlo, apuntándole con el dedo mientras retrocedía.

—¿Ocurre algo-? — trato de preguntar y entonces la mujer chilló.

—¡Tengen! ¡Venga ahora! —Exclamó la mujer corriendo por donde había venido.

Rengoku suspiro pensando que era mejor irse, no sabía que había hecho mal, pero aquella mujer parecía de ese tipo de Omegas caprichosas que gustaban de meter a su alfa en problemas con el simple objetivo de verlo pelear.

Por más que fuera un alfa jamás le gustó meterse en problemas sin sentido.

Tomó los libros entre sus manos y caminó rápidamente, pero una figura alta y fuerte lo interceptó antes de poder irse.

El fuerte aroma a la belladona y los arándanos le cosquilleo la nariz, mientras fuertes feromonas de felicidad lo rodeaban. El hombre era alto, una cabeza más alto que él, tenía cabello blanco como la nieve y piel blanca y brillante como el azúcar, con pequeños y rasgados ojos rojos como la sangre y un maquillaje extraño a base de círculos y rayas rojas. Definitivamente se veía como un alfa con el cual sería difícil pelear.

“Maldita sea” pensó.

—¡Rengoku! —grito el hombre y el mencionado sintió como si el estómago le cayera hasta el suelo ¿Debía reconocer a ese hombre? Antes de poder preguntar el alfa se abalanzó sobre él, rodeándolo con los brazos en un poderoso abrazo fraternal.

Un sentimiento cálido le recorrió el pecho y se sintió terriblemente mal de no reconocer a aquel alfa, pues, por alguna razón, el albino parecía tan conmovido como para llorar sobre su hombro.

—¡Bastardo idiota! — Dijo el alfa con la voz rota — ¡Mira que beber veneno…!

Y la voz del alfa se rompió miserablemente mientras el rubio no pudo más que entrecerrar los ojos. ¿Beber veneno? Jamás haría algo como eso, ¿de qué hablaba esa persona? ¡No era un suicida! Se sentía solo, pero no a ese punto.

Pensando que quizá se trataba de una confusión decidió separarse incómodamente, siendo observado por el albino.

—Disculpa— Dijo sonriendo, incómodo— ¿De dónde te conozco?

Y fue impresionante la forma en la que la expresión del albino cambió de la más grata de las emociones a una terrible decepción y dolor.

Kyojuro volvió a sentirse terriblemente mal de no reconocer a ese hombre y trató de hacer memoria. No era un ex compañero de primaria, ni de secundaria y mucho menos de preparatoria. Entonces ¿Por qué aquel alfa le hablaba con tanta familiaridad?

Antes de poder decir otra cosa los labios del alfa se curvaron en una sonrisa emocionada mientras le jalaba el brazo, haciendo que dejara caer todos los libros que sostenía.

—¡Oye-!

—¡Desde ahora soy tu mejor amigo! —Exclamó el hombre y pudo sentir sus orejas calentarse de la vergüenza cuando las personas en la mesa de enfrente comenzaron a reír por lo infantil de la situación — ¡Vamos a beber! ¡Makio, Hinatsuru ayúdenme a dejar los libros en su lugar!

Y la Omega que el rubio había visto se acercó a ambos junto a otra Omega, comenzando a recoger los libros del suelo mientras el albino lo llevaba a rastras a la salida de la biblioteca.

—¡¿A dónde me estás llevando?! —Exclamó extrañado de su propia actitud tan pasiva. Normalmente habría reaccionado de una manera más brusca empujando al alfa y exigiendo una respuesta. Pero había algo en aquel hombre que le hacía sentir extrañamente cómodo.

Como si no debiera de sorprenderse de ese tipo de situaciones.

El flash del celular del mayor le hizo cerrar los ojos y se dio cuenta de que les había tomado una selfie.

—¡Te llevaré a beber! —Hablaba el hombre emocionado.

—¡No bebo! — Aquello no era una mentira, tenía 18 años y definitivamente no podía beber aún, el alfa se volteo hacia él, con aquella enorme sonrisa mientras le apuntaba con su celular a la cara y tomaba otra foto. —¡¿Qué estás…?!

—¡Entonces vayamos por un café! ¡TENGO TANTO QUE CONTARTE!

Y así fue. Su autonombrado mejor amigo pasó las siguientes 6 horas (en las que no pudo asistir a sus clases) hablándole en una cafetería sobre su propia vida.

Aquel hombre se llamaba Tengen Uzui, era el hijo de una familia descendientes de shinobis quienes habían hecho su fortuna a base de lucrar con el ninjutsu, el bujinkan y el Genbukan, una vez mencionado su nombre Rengoku entendió de donde conocía a ese hombre.

Su propia familia tenía dojos de kendo en todo Japón, por lo que era de suponerse que se habían encontrado en alguna competencia o alguna situación similar.

No podía explicar lo feliz que estaba de ver a ese alfa, ni mucho menos lo aliviado que se sentía mientras le contaba de su vida (sorprendiéndose mucho de que tuviera 2 novias que consentían ese tipo de relación) y sobretodo no podía explicar porque en automático, mientras aquel hombre hablaba de sí mismo, había comenzado a pensar que por fin había encontrado a su mejor amigo.

***

Los meses pasaron entre un montón de novedades. No sólo había conseguido una novia, una dulce Omega de aroma a flores y especias, si no que incluso tenía un grupo de amigos.

Uzui le había presentado a más colegas: A Iguro Obanai, quien estudiaba química y a su hermosa Omega Kanroji Mitsuri, quien se había puesto a llorar nada mas verlo.

A Shinazugawa Sanemi, quien junto a su pareja Himejima Gyomei estudiaban pedagogía. Aquella pareja de alfas resaltaba por verse de todo menos romántica, ambos alfas se veían rudos y toscos, apenas mirándose o tocándose en la escuela, pero el aroma del alfa dominante siempre estaba sobre el albino de una forma posesiva que dejaba a notar cuán importante era para él, y cuando su vida sexual inició aquel aroma se impregnó aún más en la piel pálida del alfa lleno de cicatrices por lo que aunque nadie le había dicho que eran pareja, lo dio por hecho.

Sin embargo, no podía decir porque aquella relación le hacía sentir incómodo. Como si estuviera mal, como si quisiera insultar a ambos.

No era homofóbico y lo sabía, no era eso lo que le incomodaba, pero no podía quitarse de la cabeza que el hecho de que ambos estuvieran juntos, mientras el menor olía al perfume de aquel rico heredero de la empresa Himejima&CO era una burla en sí misma.

Era imposible quitarse de la cabeza que quería golpearlos. Aunque no entendiera por qué.

Pasó meses enteros juntándose con ellos, almorzando en las cafeterías y teniendo diferentes conversaciones con sus amigos.

Hasta que lo recordó.

Cuando él lo recordó fue como si le tiraran un balde de agua fría encima. Estaba almorzando con Uzui, Shinazugawa y Obanai, conversando de un lugar recién descubierto por el estudiante de artes plásticas.

—Entonces —Dijo Tengen mientras mordía su beigel — entré a la panadería y el olor me llenó los pulmones ¡Era el aroma más delicioso de la vida!

—¿Una pastelería te resultó tan impresionante? —Hablo Sanemi rodando los ojos.

— ¡No era cualquier pastelería! ¡Debieron ver a quien me encontré así! —Dijo el albino alzando un brazo —¡Era el mismo Tanjiro Kamado en persona!

“Tanjiro Kamado”

“Tanjiro Kanado” se repitió una y otra vez en la mente de Rengoku mientras intentaba recordar porque aquel nombre le resultaba tan impresionante.

—¡Y no solo él! —Continuó su amigo —¡La pequeña Nezuko también estaba, y un montón de niños más!

Y entonces ocurrió.

Fue como si su cráneo se partiera en dos. Un dolor punzante se alzó desde la base del cuello hasta la coronilla, haciéndolo gemir con los dientes apretados. Se llevó ambas manos a la cabeza, como si pudiera sostenerla, contenerla, evitar que se desbordara. Pero era inútil.

Las imágenes vinieron como cuchilladas.

Cuerpos mutilados. Sangre en la nieve. Gritos de niños. Demonios de ojos brillantes arrastrándose por los tejados.

Tomioka.

Un alarido escapó de su garganta mientras se doblaba sobre la mesa. El dolor era insoportable, como si su cerebro estuviera intentando comprimir años de vida en segundos. Sus amigos se levantaron de inmediato, rodeándolo, tomándolo por los hombros, llamándolo por su nombre.

Ya los había conocido. Sanemi no tenía tantas cicatrices. Iguro no tenía esa línea grotesca atravesándole la cara. Uzui… Uzui aún tenía ambos brazos. Habían sido cazadores. No. Habían sido Pilares. Guerreros de élite.

Él había sido el Pilar de la Flama.

—Ustedes… — No habían sido sueños. Habían vivido eso.

Él había sido el pilar de la flama. Había asesinado demonios, usaba una Katana especial, realizada por artesanos especiales. Pertenecía al cuerpo de cazadores.

Volteo a todos lados, esperando en algún momento ver a algún demonio por ahí. Su cabeza dolía por la cantidad abrumadora de información que tenía ahora. Apretó sus sienes con fuerza y sintió la palma de la mano de Tengen sobre su espalda.

—Si, nosotros también — Dijo el mayor sonriendo.

Cuando al fin se tranquilizo, sus amigos le explicaron que ellos lo habían recordado antes. En el caso de Uzui cuando se encontró en la calle con su esposa, los recuerdos vinieron a su mente como un vendaval. En el caso de Sanemi cuando su madre enfermó de gravedad y tuvo que estar hospitalizada por semanas y él, por primera vez en su vida tuvo que hacerse cargo de sus hermanos menores. En el caso de Iguro lo recordó cuando, mientras tenía 4 años, fue consciente por primera vez en su vida de que tenía padres amorosos, y que eso era nuevo para él.

Cuando se conocieron, acercarse fue instintivo. Cuando conocieron a Rengoku en la universidad Uzui se acercó alegre, dándose cuenta de que su amigo no recordaba nada. No era una situación anormal, pensó, pero pronto la desesperación comenzó a hacerse presente pues, todas las personas a su alrededor que habían reencarnado comenzaban a recordar. Todos menos Kyojuro.

—¡Hasta que al fin recordaste! — Grito Uzui cuando el rubio, presa de un ataque de pánico revisaba su pecho en busca de aquella horrible cicatriz. Su piel estaba intacta. — ¡No tienes idea de lo desesperante que fue!

— Tendremos que decírselo a los demás— Hablo Iguro en un hilo de voz, aburrido, habría esperado que cuando Rengoku recordará sería gracias a algún estímulo violento, obligando a recordar técnicas del pasado, pues habían intentado de todo para hacerlo recordar, jamás pensaron que hablar sobre Tanjiro funcionara — Sobretodo a los Kamado, estarán alegres de verte de nuevo, aunque será muy problemático ser un grupo de universitarios acercándose a niños de primaria.

Kyojuro sentía que había tantas cosas que cobraban sentido justo en ese momento. La mirada de la pilar del insecto y de su hermana al conocerlo, la familiaridad con que la menor lo abrazó aún sin conocerlo. La mirada de aquel niño de cabello amarillo que vivía cerca de su casa y que parecía querer preguntarle algo eternamente.

Fue entonces cuando su respiración se quedó atrapada en su garganta.

—¡¿Y Giyuu?! ¡¿Dónde está Giyuu?! — Aquel hombre. Aquel alfa del que se había enamorado y que había muerto entre sus brazos a tan corta edad debía haber renacido.

Aquella podría ser la segunda oportunidad por la que tanto había rogado.

Pero la mirada triste de Uzui, el chasquido de la boca de Sanemi y la mirada desviada de Iguro le confirmaban lo que, de algún modo ya sabía.

—No sabemos nada de él— Shinazugawa fue el primero en hablar, visiblemente molesto.

Y entonces algo hizo clic en su cabeza

“¡¿Cómo mierda te atreves a venir aquí oliendo como un jodido maricon?!”

“¡Todos ya sabíamos que eras un puto asqueroso de mierda! ¡¿pero porque tenias que contagiar a Rengoku?!”

Y su ceño se frunció en automático. Sanemi Shinazugawa había dicho muchísimas cosas hirientes hacia su pareja cuando salió a luz su relación. Aquellos comentarios homofóbicos le hicieron temblar el estómago como si los escuchara por primera vez; había lastimado a Giyuu en el pasado.

Y la peor parte de ello es que Sanemi se encontraba en ese momento en una relación homosexual con Himejima. Aquella había sido la razón del porqué aquella pareja le parecía tan despreciable, pues resultaba irónico como aquellos insultos salían tan fácilmente de la garganta del albino mientras el maldito estaba en la misma posición que el pelinegro.

— ¡El jamás te agrado! ¡¿Lo han buscado?! — Dijo frunciendo el ceño, deseando golpear a ese maldito hipócrita quien se atrevía a verlo a la cara, a sabiendas de su coraje.

— Debo admitir que no extrañaba que gritaras — Dijo Uzui, pero Rengoku no tenia tiempo para chistes.

—Lo buscamos muchas veces — indicó Iguro echando las manos detrás de la cabeza, ignorando a Tengen — Cuando vimos que no recordabas nada pensamos en buscarlo, pensamos que verlo haría que recordarás todo.

—Buscamos en todas partes — Continuo Uzui llevándose el vaso de café frío a la boca — Desde redes sociales hasta apps de citas.

—¿Nadie-?

—Nadie — Dijeron los tres, se sentían aliviados de que por fin su amigo recordará, internamente tanto Sanemi como Iguro sentían un poco de lastima de no haber encontrado a Tomioka aun, Iguro fue el que se atrevió a expresarlo —Existe la posibilidad de que no haya renacido.

—¡¿Qué?! — Exclamó Rengoku levantándose de la silla tan violentamente que la tiró — ¡Pero… ¿cómo?!

— No tenemos idea — Dijo Uzui preocupado, durante todo ese tiempo temió el día que su amigo recordará y se diera cuenta de que su pareja, a quien vio morir en sus brazos no estuviera — A decir verdad, no “Todos” recuerdan. Nuestras familias, por ejemplo.

—Mi madre no recuerda nada, ni mi padre, ni mis hermanos —Dijo Sanemi.

—Tenemos la teoría de que —agregó Iguro — solo los que peleamos contra Muzan podemos recordarlo.

Y aquella información nueva cambió su vida completamente: Terminó con su novia, a quien tuvo que romperle el corazón debido a que no sentía correcto estar con ella cuando su corazón le seguía perteneciendo al pilar del agua. Recibió de su madre una cachetada, pues, en un momento de locura irracional había jurado a sus padres que esa mujer sería a quién llevaría al altar, pero al recordar todo había sido imposible, su madre lo hizo prometer que a la siguiente Omega que llevara a esa casa sería la definitiva. Su padre únicamente se dedicó a asentir.

No obstante y con una perspectiva diferente del mundo Rengoku comenzó a buscar. En efecto, en redes sociales no había nada. Al parecer todos habían conservado su apellido, por lo que era obvio que Giyuu también lo haría.

Los primeros meses de búsqueda Kyojuro estaba muy animado, la idea de encontrarse con el amor de su vida le hacía sentir cosquillas en el estómago y cada día sentía que se acercaba más y más a encontrar al hombre que amaba.

Había contratado a un investigador privado con el objetivo de saber que había sido de su pareja.

Para su sorpresa, el investigador no encontró nada.

—El señor Urokodaki dice que no tiene hijos — dijo el hombre por teléfono.

— ¿A qué te refieres? —Hablo desconcertado.

—Como lo escucha señor, no hay rastro de la persona que busca.

Aquello era extraño, su investigación había llegado tan lejos que habían descubierto que un Tomioka Giyuu, quien cumplía perfectamente con la descripción que había dado había sido dado en adopción hace 14 años, junto con su hermana mayor.

Habían seguido la adopción hasta Urokodaki y ahora, para su sorpresa, aquel hombre decía que no tenía hijos.

—Continúa investigando, por favor… —suplicó, con la voz apagada, sostenida apenas por un hilo de esperanza—. Tiene que haber un rastro… en alguna parte.

—Entendido —respondió el investigador. Pero en su mirada ya no había promesas, solo compasión silenciosa.

Y ese rastro, que había perseguido con la obsesión de un hombre que ya no sabía vivir sin respuestas, simplemente se desvaneció.

No hubo pistas. No hubo nombres coincidentes. No hubo fotos borrosas ni registros sospechosos. Era como si a Giyuu Tomioka se lo hubiera tragado el tiempo, como si el universo lo hubiese borrado con crueldad quirúrgica. Invertía más dinero del que podía justificar. Contrató a investigadores en distintas ciudades, incluso uno que le prometió conexiones con bases de datos internacionales. Nada. Ni una huella. Y con cada semana sin noticias, algo dentro de Kyojuro se iba apagando.

Sus notas comenzaron a hundirse. Las tareas se acumulaban sin entregar. Se quedaba horas frente al computador, navegando en foros y bases de datos extraoficiales con la esperanza de que el nombre “Tomioka” saltara como una chispa. Pero no lo hacía.

Al final, no pudo más.

La negación se transformó en ira, la ira en desesperación, y de allí, en un pozo tan profundo que ni la flama más intensa pudo iluminarlo.

No se engañaría fingiendo que eso no paso. Lo pensó. Lo planeó. Recordó aquella noche, en otra vida, en la que tragó belladona para morir con el hombre que tanto había amado entre sus brazos.

Recordó que al menos entonces había sentido que lo hacía por amor. Ahora, sin Giyuu, ni siquiera tenía eso.

Pero lo salvaron.

Lo salvaron antes de que se hiciera daño. Su madre lo encontró temblando en el suelo del baño, con el rostro hundido entre las manos, las pupilas dilatadas por la falta de sueño, los labios resecos de tanto callar y un frasco de pastillas vacío tirado en el suelo. Su padre, que pocas veces lo había abrazado, esa vez lo sostuvo durante horas sin decir palabra, negándose a dejarlo solo en el hospital. Y Senjuro… Senjuro fue quien más lo sostuvo, incluso cuando parecía que ya no quedaba nada por sostener.

—Ninguna Omega merece que estés así, hermano… —le dijo una tarde, con los ojos rojos de llorar, mientras lo arropaba como si fuera un niño, a pesar de ser menor que él, a pesar de no tener que cuidarlo.

Kyojuro no pudo evitar sonreír con amargura. “No fue una Omega… Fue un Alfa”, pensó, con una ternura devastada. Pero no era el género. Era él. Era Giyuu. Era su ausencia. Era el silencio brutal que había dejado atrás.

Empezó la terapia. Una tras otra. Antidepresivos. Evaluaciones semanales. Crisis de pánico disfrazadas de resfríos para que sus amigos no se dieran cuenta de lo que estuvo a punto de hacer. Intentos de reconstrucción donde antes sólo había ruinas. No fue rápido. No fue limpio. No fue heroico.

Pero un día, simplemente se levantó de la cama sin que le doliera respirar. Y supo que, aunque el mundo no volvería a ser el mismo sin Giyuu en él, al menos él había sobrevivido a ese infierno.

Pudo seguir con su vida. No como antes.

Pero al menos vivo.

—¡Kyojuro! —Escucho gritar a su madre desde la planta baja— ¡Querido! ¡Te buscan!

Bajo rápidamente, desde que se había dado cuenta de cuán afortunado era por tener a su madre con vida decidió ser el mejor hijo que pudiera ser.

La hermosa Omega le recibió con los brazos abiertos y le indicó que afuera había una persona que le buscaba.

Era un trabajador de Himejima&Co, aquella empresa de autos lujosos propiedad de la familia Himejima.

Miró al hombre con traje, sonreír mientras se inclinaba para entregarle un sobre.

—Rengoku-dono, la familia Himejima está muy feliz de invitarlo al matrimonio de su hijo, el señor Himejima Gyomei y su pareja, el señor Shinazugawa Sanemi.

Ah, aquello había sido un golpe duro. Aunque sintió que no debió haberlo sido.

El mismo estuvo en la pedida de mano que el alfa dominante había organizado en aquella terraza lujosa en el hotel Four Seasons Hotel de Tokyo hacía unas semanas.

Tomó entre sus manos la invitación y asintió silenciosamente, mientras el hombre le entregaba una caja que contenía regalos por haber aceptado la invitación a lo que parecía sería la boda más lujosa en la historia de Japón.

Jamás lo diría en voz alta, después de todo ambos eran sus amigos, pero sentía muchísima envidia de verlos juntos.

Shinazugawa había sido una mierda en el pasado, gritándole insultos homofóbicos mientras él mismo se encontraba en una relación con un alfa dominante.

Ellos habían renacido, se habían reencontrado, se habían enamorado nuevamente y se iban a casar.

Y aquello le dolía en el alma.

Pues mientras ellos dos estaban a punto de sellar su destino él ya se había resignado a no volver a ver al hombre que amaba y por quien ahora sentía que su vida carecía de sentido.

Entró a casa con aquella enorme caja de regalos suspirando derrotado y decidido en que a pesar de todo debía de apoyar a sus amigos y no pagar con la misma moneda por más mal que se sintiera.

Él era mejor que eso. Era mejor de lo que ese par de bastardos hipócritas habían sido.

Entonces sus ojos se toparon con una escena conmovedora.

Su padre abrazaba a su madre por atrás, enterrando su cara en el hueco de su cuello, perfumándola como si fueran dos adolescentes enamorados.

— Querido, los niños pueden vernos —dijo la Omega sonriendo encantada.

—Pues que nos vean, no es un secreto el cuánto te amo.

— ¡Basta Shinjuro! —Y la Omega soltó una carcajada.

“Estoy tan agradecido de tenerlos vivos” pensó. Una parte de él pensó que era mejor así, si Giyuu reencarnara nuevamente sería como un alfa. Sus padres no reaccionarían bien a eso. Incluso en esta época ese tipo de relaciones no eran bien vistas.

***

Había ocasiones en las que entender a sus amigos había sido difícil.

A Rengoku no le molestaba la idea de no trabajar en el mismo lugar que todos o incluso el perder contacto con alguno de ellos en algún punto, pero parecía que todos los que recordaban buscaban permanecer unidos.

Se había graduado hacía dos años y desde entonces ejercía como profesor de historia en una universidad. La paga era buena y en unos años podría acceder a un crédito para comprar una casa o un departamento, incluso se llevaba bien con los otros maestros.

Sin embargo Uzui no dejaba de insistir con que renunciara a dicho trabajo y comenzará a trabajar con ellos en una preparatoria.

Una preparatoria pública.

Aquello requería renunciar a su buen sueldo y a la oportunidad del crédito hipotecario que definitivamente le convenía aceptar.

Además, no quería estar cerca de ellos. Las relaciones de sus amigos le hacían recordar su propia soledad.

Sobre todo cuando hacía unos días había estado en una pequeña fiesta que organizaron Iguro y Mitsuri, anunciando su embarazo.

Sobre todo cuando Shinazugawa se había convertido en un Omega, causando un gran revuelo en Japón, y ahora todos sabían que él junto a su esposo, planeaban quedar embarazados en cuanto se diera la oportunidad.

Sin embargo, aquella oferta resultó tremendamente apetecible cuando aquel fatídico día llegó a su vida.

Cuando llegó ese día de la universidad donde trabajaba como maestro sintió un olor extraño en su casa. El amargo olor de la tristeza, combinado con el fuerte aroma de un arsenal de personas que se habían desplegado en su casa.

—¡Hermano! — Exclamó Senjuro corriendo hacia él, temblando mientras las lágrimas escapaban de sus ojos, sintió que el estómago le caía hasta el suelo y abrió los brazos permitiéndole a su hermanito cobijarse en ellos, lo cargó sin dificultad y acarició su cabello.

— ¡Mamá…! ¡Mamá…!

Pero el niño no dejaba de hipar mientras lloraba y sollozaba, y Kyojuro sintió que su estómago caía hasta el suelo, sus pasos se dirigieron rápidamente hasta la habitación de sus padres y poco le importó tener que subir las escaleras con su hermanito a cuestas con el claro riesgo de lastimarse.

Cuando la habitación de sus padres apareció frente a sus ojos se dio cuenta de que la puerta estaba entreabierta y por la rendija pudo ver a su madre recostada en el futon, mientras su padre le acariciaba el rostro con una mano, sonriendo tristemente cuando la mujer le miraba a los ojos, con esas pestañas llenas de lágrimas que le hacían lucir tan frágil y tan…

Enferma.

“Oh no” pensó aterrado “Yo he visto esta escena antes”

Y era verdad. Sabía incluso lo que seguía. Su padre saldría, le diría que dejara a Senjuro en su habitación y le llevaría a beber a la cocina y le diría que su madre estaba muriendo, que los doctores no sabían lo que tenía y que debían esperar lo peor en los próximos meses.

Y dicho y hecho, su padre sintió su presencia y se apresuró hacia la puerta, abriéndola de par en par y mirando a sus hijos petrificados detrás de la puerta.

Su padre sonrió tristemente y acarició el cabello de su hermanito

—Lleva a tu hermano a la habitación, acompáñame, abriremos una buena botella de sake y charlaremos — y Kyojuro sintió que su estómago caía hasta el suelo. Asintió robóticamente y siguió aquella indicación, llevando a su lacrimoso hermano a su habitación, donde lo dejó en su cama mientras el niño continuaba llorando.

Sus pasos se dirigieron automáticamente hacia donde su padre lo esperaba, mirándolo sin verlo, totalmente sumido en sus pensamientos. Lo siguió hasta la cocina, su padre abrió la cava donde guardaban varias botellas de buen sake y tomó dos tazas, dándole una a su hijo, mientras buscaba un cuchillo para ayudarse a abrir la botella.

—Tu madre tiene cáncer de mama, etapa dos — Habló el hombre, sirviendo aquel líquido.

Y entonces los ojos de Kyojuro se abrieron. Aquello no había pasado en la época Taisho. Su madre había muerto de una enfermedad desconocida-

En la época Taisho no se conocía el cáncer de mama. El cáncer de mama llegó al conocimiento público en 1945, muchos años después de la muerte de su madre, y de su propia muerte.

Aquello había cambiado, y si lo recordaba bien, también la época en que ocurrió, en la época Taisho la enfermedad de su madre había ocurrido cuando Senjuro tenía 2 años, y en esta época tenía 12.

Aquello significaba que aunque su vida tenía cierta simetría con la anterior, al parecer, no tenía porqué ser lo mismo.

No tenía que ser lo mismo. Eso quería decir que…

Vio a su padre llevarse la taza a sus labios y rápidamente puso una mano sobre aquella pequeña pieza de cerámica.

—¿Qué estás…?

—A mamá no le gusta que bebas por tristeza. — Dijo, quitándole la taza de las manos y vaciando el contenido en el zinc.

—A mamá no le importara si bebo esta vez, ella misma está muy triste y…

—Y es por eso que no debemos entristecerla más—Dijo mirando a los ojos a su padre — mamá detesta que tus hijos te vean beber, ahora más que nunca debemos obedecer lo que ella diga.

Y entonces su padre sonrió, lanzando un suspiro.

—No sé en qué estaba pensando, lo siento — Dijo el hombre recargándose sobre la barra de la cocina — va a recibir quimioterapia, radioterapia y probablemente tengan que extirparle el seno derecho. Van a ser tiempos complicados para nosotros.

— Tenemos seguro médico, y aunque no lo tuviéramos, podemos pagar el tratamiento.

—Sabes que el dinero no es el problema Kyojuro — Dijo el hombre suspirando — Tu madre va a desgastarse muchísimo físicamente. Tenemos que dar lo mejor de nosotros para no causarle más preocupaciones. Por suerte, lo detectaron a tiempo. Pero no deja de ser cáncer, debemos cuidar de ella.

Kyojuro asintió, sacando su teléfono dispuesto a mandar un mensaje.

A partir de ese momento la oferta de Uzui, de conseguirle una plaza en la preparatoria se vio como la mejor opción ante el deseo de tener más tiempo libre para atender a su madre. Le aterraba que su madre volviera a fallecer por la enfermedad que se la había arrebatado.

Por qué ahora no tenía duda de que aquella enfermedad había sido la misma que se había llevado a su madre lejos de él en la otra vida.

Y esta vez, haría todo lo que pudiera por cambiar eso.

***

Renunciar a la universidad había sido más fácil de lo que creyó, resultó que verídicamente sus alumnos lo amaban, catalogándolo como el mejor profesor de “Historiografía del mundo contemporáneo”, por lo que la universidad le dio la oportunidad de reingresar a las filas de docentes en cuanto solucionara el problema de su madre.

A Rengoku le pareció inhumano el hecho de que le dijeran que podía regresar en el futuro en lugar de ofrecerle más tiempo libre para solucionar los temas médicos de la mujer que más amaba.

Pero aquello ya no importaba, lo importante era que a partir de ese momento trabajaría al lado de su mejor amigo y de todos los demás que pertenecieron a su grupo de pilares.

Se sorprendió a sí mismo emocionándose al respecto.

—Sabía que terminarías aceptando tarde o temprano —dijo Uzui, pasando un brazo por encima de los hombros del rubio—. Pero la tecnología ha avanzado mucho; con una simple operación, tu madre estará como si nada.

—Aun así, no me arriesgaré a nada. Debo estar ahí para trasladarla al hospital.

—Ustedes son básicamente ricos —Kyojuro debía ir a la sala del director a presentarse formalmente a trabajar. Aún faltaban dos semanas para que los estudiantes comenzarán las clases, y los maestros debían coordinarse, pero Uzui parecía estar guiándolo a cualquier otro lugar—. Podrían contratar a un médico para que fuera a aplicarle directamente las quimioterapias a tu madre, ¿no?

—No es tan sencillo, sigue siendo…

Y entonces su cuerpo se detuvo en seco, congelado como si una corriente eléctrica lo hubiese atravesado desde la base de la columna. Un sonido, breve pero inconfundible, resonó por el pasillo: un gemido leve, como un suspiro contenido entre dientes. Cada vello de su piel se erizó. Guardó silencio, inmóvil, con el corazón martillando en su pecho.

El sonido volvió a repetirse. Esta vez fue un gruñido, como el esfuerzo de alguien levantando un peso considerable.

Esa voz… Esa voz.

Era su voz.

El tiempo pareció colapsar, como si el mundo entero se hubiera contenido en un único segundo suspendido. Rengoku sintió cómo el estómago se le apretaba con una fuerza tan intensa que apenas podía respirar. Su pecho vibraba con una mezcla de incredulidad y esperanza furiosa, tan potente que le nubló la vista. Giró lentamente hacia Uzui, que soltó un suspiro cansado… y entonces lo supo. No estaba alucinando. Lo había escuchado.

—Escucha, Rengoku, antes de que hagas una locura, hay algo que debes…

No escuchó el resto. Se zafó del brazo de su amigo y echó a correr. Sus pasos eran firmes al principio, pero en cuanto dobló la esquina, ya iba desbocado. El sonido de su propia respiración se mezclaba con el latido furioso que le golpeaba los oídos. Se dirigía al gimnasio interior, donde la voz lo había llamado como un ancla lanzada al alma.

No podía olerlo. Pero esa voz…Esa voz era fuego.

La reconocería entre millones, en cualquier era, en cualquier cuerpo, en cualquier rincón del universo. Esa voz era suya. Suya desde el origen del tiempo.

Empujó las puertas del gimnasio con una violencia desbordada, y el estruendo fue como un rugido de llamas abriéndose paso entre la madera y el acero. Y entonces lo vio. Y todo en su pecho, todo lo que alguna vez estuvo muerto, volvió a arder.

Allí estaba.

Tomioka Giyuu.

Erguido bajo la luz tenue, rodeado de cajas plásticas llenas de balones, como si fuera el guardián silencioso de un templo olvidado. El uniforme deportivo le ceñía el cuerpo como si lo hubieran diseñado para resaltar cada trazo de su silueta. El cabello azabache, revuelto con descuido divino, brillaba como obsidiana recién pulida. La piel, clara como mármol bajo la luna. Y esos ojos… ¡esos ojos! Azules como las profundidades de un océano sin fondo, donde Rengoku se habría lanzado sin temor a ahogarse.

Era él.

Su Giyuu.

Su ángel. Su dios. Su condena y su salvación. ¡El fuego de su alma! ¡El destino de su existencia! ¡El amor por el que habría arrojado su cuerpo a las llamas una y otra vez si así pudiera tocarlo!

Sintió que el alma le regresaba al cuerpo.

Como si el universo hubiese contenido el aliento durante un siglo y ahora, al fin, lo soltara en su pecho. Estaba tan feliz que sus huesos vibraban. Tan feliz que sus lágrimas eran calor puro, derramándose sin permiso. Tan lleno de luz que le ardía la garganta de gratitud.

“¡Gracias, gracias, gracias a lo sagrado, a lo profano, a lo que sea que lo trajo de vuelta!”

Tomioka era aún más hermoso de lo que sus recuerdos habían osado conservar. Más tangible, más real, más sublime. Lo miró, y su corazón rugió.

—¿Se le ofrece algo? —preguntó el azabache con voz suave, neutral, casi fría.

Pero a Rengoku se le doblaron las rodillas. ¡Su voz! ¡Ese tono! ¡Esa música celestial disfrazada de indiferencia!

Un escalofrío le atravesó la columna como si alguien hubiese encendido una antorcha dentro de él. Las lágrimas nublaron su vista, pero no necesitaba ver. Sabía exactamente dónde estaba el centro de su universo.

Sin pensar, sin calcular, sin contenerse, corrió hacia él como quien corre hacia la luz tras una vida en penumbra. Tomioka frunció el ceño, desconcertado, comenzando a adoptar una postura defensiva.

Pero fue demasiado tarde. Ya lo tenía entre sus brazos.

Lo abrazó con una fuerza nacida del dolor y de la esperanza, con la urgencia de alguien que ha cruzado el infierno y al fin encuentra el cielo. Sus manos temblaban, su pecho se agitaba como una llama devorada por el viento.

—¿Qué estás…? —musitó Giyuu, confundido, tenso como una cuerda a punto de romperse.

Pero Rengoku apenas escuchaba. Era él. ¡Era él! Su cuerpo. Su calor. Su peso en el mundo.

Y sin embargo… No podía olerlo.

Esa ausencia le desgarró el alma. Con desesperación, escondió la nariz en el hueco del cuello de su amado, como buscando el perfume perdido del paraíso. Hundió el rostro ahí, con la esperanza de arrancarle aunque fuera una pizca de su esencia, de volver a impregnarse de su existencia como hacía un siglo no lo hacía.

Estaba tan cerca…

Tan al alcance…

Tan vivo.

Y Kyojuro era una pira encendida por dentro, consumido por la alegría, por el amor, por la bendita locura de volver a abrazarlo.

Hasta que lo sintió.

Tomioka lo apartó con un golpe seco, brutal. Un puñetazo directo a la cara, lo bastante fuerte para hacerle sangrar la nariz.

—¡No me toques! ¡Oler a las personas es grosero! — Exclamó como si regañara a un niño. Y Rengoku no entendía nada. Trato de volver a tocarlo, pero el cuerpo de su amado se movió en fluidos movimientos de kendo y antes de poder hacer algo al respecto Kyojuro ya se encontraba tirado en el suelo gimiendo de dolor — No te atrevas a tocarme de nuevo.

—¿Qué…? ¿Pero…? —De nuevo las lágrimas se formaron en sus ojos. El hombre sobre él lo miraba con la mayor de las repulsiones, en sus ojos no había ni un atisbo de emoción o de amor. —¿No me recuerdas?

Miro aquellos ojos entrecerrándose, después le miró negar con la cabeza y fue como si su corazón se hubiera roto en mil pedazos.

Los fuertes pasos de Uzui se escucharon detrás de él, el profesor de arte entró jadeando al gimnasio de la escuela.

—¡Lo siento, maestro Tomioka! — Gritó el albino, yendo a socorrer a su amigo quien seguía sobre el piso, mirando a Tomioka con una mueca de dolor. — Ya sabe que sus facciones son muy fáciles de confundir, el idiota de nuestro nuevo maestro de historia lo confundió con alguien más.

La mirada azul de Giyuu se posó sobre Rengoku. Entonces su nariz se arrugó como quien siente el aroma de la mierda en sus zapatos.

—Otro alfa. — Dijo el maestro de educación física mirándolo con aquella mirada fría como un iceberg.

—Para compensar al que perdimos ahora que el maestro Shinazugawa se convirtió en Omega.

—Ya — Sentenció el beta. — me retiro.

Y volteando, como si nada de lo que pasaba en el gimnasio fuera de su interés comenzó a caminar hacia la bodega, tomando una caja de la pila de cajas acomodadas una sobre otra, al parecer había intentado infructíferamente llevarlas todas juntas arrastrando.

—¡Ven acá, imbécil! —chilló Uzui, jalando a Rengoku por el cuello de la camisa con fuerza desesperada— ¡Te dije que no hicieras ninguna…!

Se quedó en silencio al ver su rostro.

Las palabras se deshicieron en su garganta cuando notó las lágrimas que ya descendían por el rostro del rubio. Eran gruesas, silenciosas, y caían sin freno, como si por dentro se hubiese roto una represa.

Kyojuro tenía el corazón hecho pedazos. No era una simple tristeza ni un golpe al orgullo: era devastación pura. Como si alguien hubiera arrancado su corazón con las manos, lo hubiese arrojado al suelo y comenzado a pisotearlo frente a él, impasible.

Tomioka no lo recordaba.

Tomioka… el hombre al que había amado con cada célula de su cuerpo, con cada año de sus vidas pasadas y presentes. El mismo hombre por el que había esperado, por el que se había contenido, por el que había apostado su alma entera… no lo reconocía. Ni siquiera un destello de duda, ni un gesto de confusión.

Solo esa mirada.

Fría. Lejana. Indiferente. Como si fuera un desconocido más, como si ni siquiera mereciera un segundo pensamiento. Esa mirada jamás se la había dirigido, ni siquiera cuando discutían hace un siglo. Era una mirada reservada para extraños. Para aquellos que no importaban.

Y ahora él estaba ahí. En ese lugar.

Nada para él.

Rengoku sintió que se le partía el pecho. La garganta se le cerró al ver cómo Giyuu se alejaba sin mirar atrás, como si jamás hubiera compartido su vida, su cama, su amor. Como si nunca hubiese habido nada entre ellos.

—No soy nadie para él… —murmuró con voz quebrada, casi sin aire.

Las lágrimas le corrían por las mejillas sin pudor, como las de un niño, temblorosas y tibias. No le importaba quién lo viera, no le importaba cómo se veía. El dolor era tan grande, tan absoluto, que ni siquiera podía sostenerse por sí mismo.

Uzui lo rodeó con un brazo en silencio. Ya no lo jalaba, solo lo sostenía. Lo atrajo contra su costado y comenzó a caminar con él, llevándolo despacio, como si temiera que se desplomara.

Rengoku se frotó los ojos con el dorso de la mano, con movimientos torpes e inútiles. El llanto seguía saliendo, imparable.

—Tranquilo… tranquilo —murmuró Tengen, con una sonrisa leve, más triste que burlona, mientras le daba palmadas torpes en la espalda—. Ustedes dos se amaban, ¿no? Se amaban con fuerza. Yo lo vi. ¡Y vaya que los vi! Casi nos restregaban su amor en la cara a todos. Estoy seguro de que te recordará en algún momento.

Pero en ese instante, esas palabras no bastaban. Porque el presente dolía. Dolía como una herida abierta en el alma, como si el amor de toda una vida hubiera sido arrancado con una sola mirada indiferente. La indiferencia de Tomioka le perforaba el pecho más que cualquier espada. Y ese silencio… Ese silencio de todos sus amigos, de los que más confiaba.

—¿Desde cuándo está aquí? —preguntó, con la voz baja, apenas contenida. Pero bajo esa calma había algo rugiendo, un fuego creciendo con cada segundo. Miró a Uzui, con el ceño fruncido, con el corazón palpitándole en las sienes. —¿Desde cuándo ustedes lo ven?

Tengen desvió la mirada, chasqueó la lengua como quien sabe que lo que viene no va a gustar.

—¡Tampoco fue tanto! —se defendió con un gesto. —Poco menos de un año… La razón por la que no lo encontrábamos era porque estaba en Estados Unidos. Urokodaki lo mandó al extranjero cuando era un niño.

—¿Y por qué no me lo dijeron? ¿Por qué nadie me dijo nada?

—Porque no te recordaba, Kyojuro. A nadie… —replicó Uzui con honestidad, casi con pesar. —Y al principio… era diferente. Más huraño. No hablaba con nadie. Ni siquiera sabíamos si quería estar cerca de nosotros. Solo se concentraba en trabajar. Tenía muros por todas partes.

Solo fue hasta después de lo que pasó con Sanemi que comenzó a conversar con él y con Mitsuri. Solo no queríamos que tú… que tú te hicieras daño…

—¿Y eso no era decisión mía? —espetó Kyojuro, y su voz tembló, no de debilidad, sino de rabia contenida.

¡Un año! Un año en el que él había seguido buscándolo, amándolo, soñando con el día en que volvería a verlo. Un año en el que sus amigos lo habían mantenido en la oscuridad. Tal vez con buenas intenciones… pero una traición no deja de doler por haber sido suave.

—Sabemos que tiene tres hermanos —añadió Uzui con tono más calmo y un poco avergonzado—. Su hermana biológica y dos adoptivos. Es lo único que ha dicho sobre su vida. Nada más. Ni una palabra sobre lo que fue. Sobre lo que ustedes fueron.

Para el rubio, esa era poca y mucha información al mismo tiempo. Un nombre. Una voz. Una mirada. Y ahora, tres hermanos. Y una vida entera que le habían escondido.

Estaba abrumado. La alegría aún latía en su pecho como un tambor de guerra, pero ahora era un fuego furioso, una tormenta interna. Felicidad. Ira. Esperanza. Dolor. Un arsenal de emociones que se enfrentaban unas con otras, cada una empujando hacia un extremo distinto. Pero por encima de todas ellas, se alzaba la determinación. El fuego sagrado que jamás había dejado de arder en su pecho.

Se levantó. Su voz fue firme, profunda. La voz del hombre que una vez lideró con el alma encendida.

—Voy a hacer que me recuerde.

No era una duda. No era un deseo. Era una promesa. Un decreto que el universo tendría que obedecer.

—He esperado demasiado para dejar que esto se me escape entre los dedos. No voy a rendirme. No voy a darme por vencido. No esta vez. — Dijo Rengoku con una brillante determinación, haciendo sonreír a su amigo. —Voy a traerlo de vuelta. Voy a hacer que me recuerde… que nos recuerde. Porque lo amo. Lo amé antes y lo amo ahora. No importa cuánto tiempo pase, ni cuántas veces haya que empezar desde cero. ¡Haré que su alma vuelva a arder conmigo!

Uzui lo observó en silencio. Y entonces sonrió. Porque Rengoku no se había detenido a preguntar por el género de Tomioka, ni por los cambios en su vida. No se había escandalizado por su condición de beta, ni por la amnesia, ni por los muros que ahora lo rodeaban. No. Lo único que había visto era al hombre que amaba. Y eso lo decía todo.

Ese amor era tan puro, tan feroz, que desafiaba la lógica y el tiempo. Y Tengen, por un segundo, se sintió testigo de algo sagrado.

—Par de idiotas —murmuró, con una risa entre dientes mientras veía a su amigo sonreír, al fin, como hacía un siglo no lo hacía. Esa sonrisa que iluminaba cuartos enteros. — Comenzamos otra vez, ¿eh?

Y el fuego de Rengoku ardió más alto.