Chapter 1 Despierta
Me llamo Javier.
O eso creo.
Desperté como si fuera un día normal, pero no sé quién soy. No recuerdo nada.
La habitación es pequeña, casi vacía. Al buscar entre los pocos muebles, encontré una nota dentro de mi cartera.
La letra... es mía.
> “Por favor, si no sabes quién eres, créeme: así será el resto de tu vida. Escribo esto antes de perderme en las tinieblas. Por favor, acaba con esto... rápido. No quiero afectar a las personas que amo, si es que siguen aquí. Si te sientes perdido, ya es muy tarde para mí. Y lo será para ti también. Esto es solo un momento de lucidez. Te perderás igual que el resto.”
> “Destruí todo. Bienes, recuerdos. Nada nos ata a esta vida. Hay una foto sosteniendo este mensaje. Está debajo del tercer cajón del estante cerca de la cama.”
Me acerqué. Abrí el cajón lentamente. Vacío.
Pero al moverlo, una foto cayó al suelo.
Vieja. Desgastada.
Era yo. O alguien que se parece demasiado.
La nariz, la forma de los ojos. Lo sé porque la toqué. No hay espejo en este cuarto.
La fecha en la foto... no sé en qué año estamos.
No hay reloj. No hay teléfono.
No tengo identificación.
No me siento cansado. Ni confuso.
Solo... suspendido.
¿Me habré drogado?
¿Y si esto es una broma? ¿Un hermano gemelo?
¿Y si esta no es mi casa?
¿Cómo supe llegar aquí?
Me obligué a moverme. A explorar.
La cocina está vacía. No hay platos, ni comida, ni señales de vida.
El refrigerador está encendido. Frío. Pero vacío.
El baño tiene un espejo cubierto con una tela negra, clavada en las esquinas.
No lo destapé.
No quiero verme.
En el armario, solo una muda de ropa. La misma que llevo puesta.
En el fondo, una caja de cartón.
Dentro, papeles quemados.
Cenizas.
Una libreta con las hojas arrancadas.
Un mechón de cabello.
No sé si es mío.
Cada rincón parece diseñado para borrar.
Para impedir que algo quede.
Como si el yo anterior hubiera hecho limpieza no por orden, sino por miedo.
Me acerqué a la puerta de la calle.
Giré el picaporte. Cerrado.
Busqué por toda la casa. Finalmente, en el interior de una taza rota, encontré una llave.
Atada a ella, otro papel doblado en cuatro.
> “No vale la pena. No están ahí. Haz caso. Es lo mejor.”
La letra... otra vez, mía.
O de alguien que fue yo.
¿Quién no está ahí?
¿Las personas que amaba?
¿La ciudad?
¿Y si abro la puerta y no hay nada?
¿Y si abro la puerta y todo vuelve?
Metí la llave.
Giré.
La puerta se abrió lentamente.
Y del otro lado…
Mi habitación.
La misma.
La cama hecha.
La foto sobre el buró.
Yo, de nuevo.
Me quedé quieto.
No era la primera vez.
No sería la última.
Volví a entrar.
Acomodé la cama.
Guardé la llave en el cajón.
Me acosté.
Respiré.
> “No tengo el coraje para suicidarme... Lo dejaré en manos del siguiente.”
Cerré los ojos.
Y esperé.