La Luz de sus Ojos

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Summary

«Corre. Huye. Escóndete. Ellos te encontrarán» Cuando todo un pueblo debe darse a la fuga, una familia tendrá que abandonar su hogar y todo lo que conocía para comenzar su vida de nuevo. Pero escapar nunca es tan fácil como parece: el mundo es un lugar violento, repleto de ladrones y asesinos. La muerte acecha en cada esquina, y claro... «ellos» también lo hacen.

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La Luz de sus Ojos | Capítulo Único

Nunca puedo recordar cómo empiezan; a veces, tampoco cómo terminan. La gente dice que así funcionan los sueños: nacen y mueren mientras duermes, luego se resbalan de tu mente. Se equivocan. Las imágenes se quedan grabadas en mi memoria como marcas en la piel: fáciles de limpiar, difíciles de olvidar.

Siempre son voces, eso sí. Voces en la oscuridad. Susurran, cuchichean, se sumergen tan dentro de mí que me hacen sentir desnudo; violado en mi propia cabeza. Las voces no tardan mucho en convertirse en gritos. Son alaridos tan horribles, tan cargados de dolor, que pienso que van a matarme con solo oírlos.

A veces desearía que lo hiciesen.

Me despierto gritando, aunque eso no es una novedad para mí. Tengo el corazón yéndome a mil, el cuerpo desnudo cubierto de sudor nocturno y las sábanas de mi cama deshechas sobre el suelo. Eso tampoco es nuevo, claro, pero no por eso dejaba de ser menos molesto.

Las últimas luces del día se filtran por entre los tablones de madera que cubren mi ventana y puedo observar con más claridad mi habitación. Siempre con esa estúpida esperanza de que algo cambie. El cuarto es bastante pequeño, viejo y sin ningún mueble más que mi cama, pero no lo comparto con nadie; eso es algo que no muchos en el pueblo pueden decir.

Cuando me levanto de la cama, todavía desnudo y buscando mis pantalones entre la media oscuridad, escucho unas voces más allá de mi ventana. Por un momento, temo que los gritos de mis sueños se hayan hecho carne. La curiosidad me puede y asomo la vista por entre las rendijas de las maderas.

Mis padres siempre me dicen que tapiaron las ventanas para que no entrara demasiada luz, pero yo sé que no es verdad. Lo hacían por miedo, por supuesto, al igual que todos los vecinos del pueblo.

Miedo de ellos.

La ventana da a una calle de tierra donde, por lo general, nunca pasa nadie; todos siempre prefieren estar adentro el mayor tiempo posible, excepto cuando tienen que encargarse de sus animales o sus cultivos. Pero ahora, mis vecinos están yendo de un lado a otro de manera frenética, cargando todas sus pertenencias —que no son muchas, para ser honesto— sobre unas carretas atadas a caballos. Se están mudando, y eso nunca es buena señal.

Una vez vestido, salgo de mi habitación. No fue una sorpresa ver que mi familia también se está preparando para marcharse: mi padre está afuera de la casa, atando la carroza a nuestro caballo, mientras que mi madre recoge toda la comida que tenemos. Cuando se voltea para verme, me dedica una sonrisa. No me dice lo que está pasando o por qué nos mudamos, considerando que estamos en el pueblo desde hace un par de años nada más. Sabe que no necesita hacerlo.

Yo ya sé la respuesta.

—Ve a ayudar a tu padre, ¿quieres? —me dice ella, sin dejar de sonreír; son en tiempos como estos en los que aprecio su energía positiva. Desearía sentir lo mismo—. Iré a despertar a tu hermano…

Cuando salgo de casa, veo que mi padre está charlando con uno de los vecinos que aún se prepara para salir. Un hombre algo viejo que trabaja de agricultor a unas cuadras de aquí, y que siempre nos regala una fruta extra cada vez que puede. Buen tipo.

—¿Sabes dónde están ahora? —le pregunta mi padre.

—A un par de kilómetros al norte, avanzando entre la oscuridad como un montón de ratas —responde el vecino. No puede ocultar su sentimiento de asco. Lo entiendo—. O al menos eso dice el molinero. Estoy seguro de que vendrán tarde o temprano; muy probablemente a la madrugada.

El molinero es un personaje bastante conocido en el pueblo. Es un anciano de edad incalculable que vive en una colina no muy lejos de aquí; casi siempre que lo ves está ebrio o metiéndose en problemas, sacándole risas a todos. También es el único que conozco en haber visto a los invasores en persona.

La historia siempre cambia cada vez que la cuenta, pero esta es la que yo escuché de sus labios una vez. Resulta que estaba trabajando en el molino de su padre —en aquellos tiempos en que solo era un adolescente y su apodo tenía sentido—, cuando se topó con una muchachita muy linda que vivía en otro pueblo. Así que una noche se escabulló de la casa y recorrió varios kilómetros a pie solo para visitarla a sus aposentos.

Pero cuando llegó al pueblo, no tardó en darse cuenta de que algo andaba mal: el lugar estaba desierto, las puertas de las casas estaban abiertas de par en par y había un olor a humo en el aire que no le gustó nada. No había rastro alguno de vida.

O eso pensó.

Una luz resplandeció por la ventana de una de las casas: no era amarillenta como el fuego de una vela, sino bastante azulada, casi blanquecina. Y muy brillante. Aunque sospechaba lo peor, corrió hasta la casa de todos modos, esperando hallar un sobreviviente o alguien que le explicara lo que pasó. No fue eso lo que encontró.

Los cuerpos de la familia estaban tendidos en el suelo; la sangre manchaba sus ropas y sus rostros mostraban una eterna expresión de horror. Habían sido asesinados, y el responsable aún estaba en la habitación. Incluso con el pasar de los años, el molinero podía recordar muy bien lo que había visto: una silueta oscura y fantasmal, parada de espaldas en el centro de la sala; la luz blanquecina bordeaba su cabeza como un halo, iluminando el resto de la casa.

El hombre estaba paralizado, las piernas le temblaban y podía jurar que se había meado los pantalones. Aquella silueta se dio la vuelta y dos esferas de luz tan brillantes como el sol le devolvieron la mirada. Si esa cosa tenía cara, algún rastro facial, él no lo sabía: lo único que podía ver era la luz de sus ojos.

La silueta se movió, quizá también gritó algo, pero el cuerpo del molinero finalmente se activó y salió corriendo como pudo, sin detenerse hasta llegar de regreso a su pueblo. No se atrevió a mirar atrás en ningún momento. Tal vez desde entonces se hundió en la bebida, pienso a veces: para olvidar lo que vio.

Cuando me contó la historia, hace ya un par de años, su rostro siempre divertido se había tornado serio; incluso pude detectar un brillo húmedo en su mirada. No sé por qué, pero en aquel entonces tuve la certeza de que, de todas las versiones, aquella era la verdadera. Tampoco sé si eso me hace sentir mejor.

Me vuelvo hacia mi padre, con el rostro pensativo.

Ellos… —susurra, con más miedo que disgusto—. Ya sabes que el molinero bebe tanto como nosotros respiramos; quizá solo es… gente en busca de refugio.

—Quizá —admite nuestro vecino—, pero no me quedaré para averiguarlo: ellos no tardarán en llegar, y todo lo que sobreviva será carne para los carroñeros —agrega, subiéndose a la carreta. Por primera vez parece percatarse de mi presencia—. Que tengas buena vida, muchacho.

El hombre arrea al caballo y desaparece por el horizonte.

—Ayúdame con estas cajas —me pide mi padre. Y tal vez ve una expresión en mi rostro, porque añade con una sonrisa—. No te preocupes, estaremos bien.

Cuando termino de cargar el resto de nuestras cosas, veo a mi madre en la puerta de la cabaña, el lugar que considerábamos nuestro hogar, con mi hermano a su lado. Tiene el cabello despeinado y la mirada confusa; aunque no entiende lo que está pasando, puedo notar la expresión de miedo en su rostro.

—Ya todo está listo —anuncia mi padre—. Hora de marcharse.


La última vez que estuvimos obligados a mudarnos de esta manera fue hace seis años. En ese entonces yo tenía diez años y mi hermano apenas había nacido el mes anterior. Ocurrió durante la noche —porque a ellos les encanta aparecer de sorpresa en la noche—, y recuerdo que llovía a cántaros. El cielo rugía como una bestia mientras los rayos relampagueaban. Pero eso no era lo único allí arriba.

La gente corría bajo la tormenta mientras señalaban algo que se movía entre las nubes. Antes de que pudiera verlo con mis ojos, mi padre me tomó de la mano y me metió en la carreta. Solo necesité escuchar los alaridos de mis vecinos para entender, por primera vez, que aquello que nos perseguía era algo malo. Algo aterrador. Escapamos esa noche y jamás regresamos.

—Han estado aquí desde el inicio —me explicó mi padre, días después—. Ellos llegan, nosotros huimos. Buscamos un lugar seguro donde no puedan encontrarnos. Es bien sabido que ellos no tienen piedad con nosotros.

Una vez en la carreta, mi hermano recuesta la cabeza sobre mis piernas y vuelve a dormirse. Se ve tan pacífico que no puedo evitar acariciar su larga melena castaña; este mes nos tocaba un corte de cabello a ambos, pero supongo que tendrá que esperar hasta que lleguemos a nuestro nuevo hogar. Y cuando el caballo se pone en marcha, yo tampoco puedo evitar sentirme algo somnoliento.

Como las veces anteriores, no me doy cuenta cuando empiezo a soñar. Sé que estoy sentado frente a una fogata mientras mi madre cocina algo entre las llamas y mi padre charla con otro de los sobrevivientes. Un futuro vecino, quizá. Nunca puedo recordar mucho de su conversación, aun cuando estoy despierto, pero sé que están hablando de los que no pudieron escapar.

De los que quedaron atrás.

A ellos nunca les importa matar, no les da miedo acabar con nuestras vidas. Hombres, mujeres, niños, ancianos, enfermos; para ellos, nosotros solo somos meras cucarachas, una plaga que tiene que desaparecer. Y los que logramos escapar tampoco la pasamos muy bien. El hambre siempre fue un problema, ya lo era en su momento, pero ahora parece crecer cada vez más: los años de seguridad son más cortos, las cosechas se aprovechan menos y el ganado siempre es lo primero que queda atrás.

A veces me pregunto si aquello también es parte de su juego: matarnos de hambre para que nos puedan alcanzar con más facilidad; hacernos pagar por el crimen de sobrevivir. Quiero creer que no hay algo así de horrible allí afuera.

Un movimiento agitado me hace despertar. Ya se hizo de noche. Lo único que nos ilumina es la linterna de aceite de mi padre, dibujando sombras duras sobre nuestros rostros. Mi hermano levanta la cabeza, apenas despabilando, y se vuelve hacia nuestra madre, sentada del otro lado de la carreta.

—¿Cuánto falta para llegar? —le pregunta, pero lo único que responde mi madre es un despacio y dudoso «no lo sé».

Mi padre está en el lado exterior de la carreta, tomando las riendas del caballo y guiándolo por buen camino. Parece estar conversando con otras personas, quizá algunos de nuestros vecinos o gente de pueblos cercanos. Aunque intenten ocultarlo, puedo notar el miedo en sus palabras. Están hablando, como siempre, de todos los nuevos rumores que oían de ellos.

—Tienen nuevas armas —escucho decir a uno—, ahora son mucho más letales.

—Nos van a matar a todos, no van a dejar ni uno vivo —dice otro.

Veo de reojo a mi madre y noto que ella también está prestando atención. No estoy seguro, pero parece estar reteniendo las lágrimas para no asustar a mi hermano. El cielo sabe que yo también lo hago.

El sonido de una explosión a nuestras espaldas interrumpe todas las conversaciones, seguido de un calor abrasador y una nube de polvo que choca contra las carretas. Puedo sentir cómo mi padre acelera el paso con el caballo, haciendo que nosotros y todas las cosas comenzaran a agitarse. Mi hermano se arrastra por el piso de la carreta hasta los brazos de nuestra madre y esconde el rostro entre su pecho. Afuera, en la distancia, no tardan en escucharse los gritos; hombres, sí, pero también mujeres y niños pequeños. Aparto la vista e intento no pensar en ello.

—¡Agárrense fuerte, el viaje va a estar algo movido! —exclama mi padre.

Una segunda explosión, mucho más estruendosa que la anterior. Puedo escuchar cómo los alaridos se intensifican, y cómo varias de las carretas que nos estaban acompañando empiezan a descarrilar; poco importa si quedan sobrevivientes en ellas o no, porque pronto morirán de todos modos.

—¡En el cielo, miren el cielo!

Escucho los gritos de una mujer, aunque no sé muy bien dónde está; quizá es alguien que ya se quedó sin carreta. Solo sé que no hay nada en su voz que no sea horror o desesperación. La curiosidad me supera y, en contra de las advertencias de mi madre, asomo la cabeza por una de las ventanillas de la carreta.

Por un momento pensé que el exterior estaría tan oscuro que no alcanzaría a ver demasiado, pero grande es mi sorpresa cuando veo una pared de fuego a la distancia, elevándose varios metros e iluminando la escena de un color anaranjado. Levanto la vista hacia el cielo grisáceo, repleto de humo y cenizas.

Ahí está.

No entiendo lo que veo, al menos no al principio. Parece ser una criatura gigantesca con forma plana y redondeada, con cuatro largas patas que le cuelgan de abajo; es de un color pálido y textura porosa, como si su piel fuera de piedra. Aun así, estoy seguro de que no es ningún animal: por un agujero en el costado sale disparada una luz blanca tan brillante que parece un relámpago. Quizá sí sea uno, porque cada vez que la luz alcanza el suelo, una nueva explosión hace temblar la tierra.

Me doy cuenta de que tampoco es el único. Hay decenas, quizá cientos de esas cosas voladoras que surcan los cielos y atacan a las personas, que lo único que pueden hacer es correr por los descampados hasta que la luz los alcance. O hasta que las llamas lo hagan. Honestamente, no sé qué sería peor. Retrocedo el paso hasta que mi espalda choca contra la madera. Cruzo miradas con mi madre y ella me asiente con la cabeza; entiende mi miedo. Me pregunto cuántas veces estuvo en una situación similar.

La carreta se hunde en la oscuridad total. La linterna debe haberse quedado sin aceite, pienso. Escucho de repente unas voces como susurros a ambos lados del vehículo; las primeras que no son gritos de horror o sufrimiento. Escucho también a mi padre hablar, vociferar un par de insultos por lo bajo hasta quedarse callado. Segundos después, la carroza se detiene.

Mi madre se levanta de inmediato.

—Cariño, ¿qué sucede?

Mi padre no responde. Esta vez soy yo el que se pone de pie, pero mi madre me detiene en seco. Aun en la oscuridad veo cómo se lleva un dedo a los labios para que hagamos silencio: las explosiones en el exterior ahora suenan lejanas, tanto así que puedo escuchar el viento soplar. Mi madre recoge un hacha y abre las puertas de la carreta. Puedo confirmar lo que ya sospechaba: el ataque quedó atrás. Eso significaba que el peligro había pasado, ¿verdad?

—Quédense aquí —nos dice—. Vuelvo enseguida.

Me gustaría poder creerle.

Sin embargo, dejo que salga de la carreta de todos modos.

El mundo parece haberse detenido. Las explosiones cesaron y los gritos se apagaron; por alguna razón, eso no me relaja. Mi hermano está acurrucado sobre mí otra vez, abrazándome con fuerza. Quiero decirle algunas palabras de alivio, pero me da miedo romper el silencio.

Escucho unos pasos al costado de la carreta; pasos lentos y pesados, diferentes a los de mi madre o mi padre. No es solo una persona, sino que es todo un grupo; puedo oírlos hablar por lo bajo, aunque no estoy seguro de lo que dicen. Ellos, pienso de inmediato, pero una parte de mí quiere descartar la idea: ellos nunca han atacado de esta forma, ¿o sí?

Las puertas de la carreta se abren de par en par y una silueta humana se delinea con la luz nocturna. Puedo notar que se trata de un hombre, y sé que él puede vernos también. En su mano trae lo que parece ser un arco. No tardo mucho en darme cuenta de quiénes son: no son ellos, pero tampoco son algo mejor.

—¡Aquí hay otros más! —grita.

No duda en apuntarnos con el arco.

Yo tampoco dudo.

Un sonido cortante resuena en la carreta. De una patada derribo las pocas cajas que traemos y la madera intercepta la flecha. No me doy tiempo ni para respirar: tomo a mi hermano entre los brazos y escapamos de la carreta.

Otra flecha silba tras mi espalda, pero ya estamos afuera. Me doy cuenta con horror de que no solo mi padre desapareció, sino que tampoco está el caballo. Se lo llevaron también. «Carroñeros», pienso, escupiendo el nombre en mi mente: ladrones que se aprovechan de los ataques para saquear a los sobrevivientes. Y ahora, rodeados de carretas abandonadas y llenas de tesoros, se estaban haciendo todo un festín.

Con mi hermano aún entre mis brazos, empiezo a correr; la luna y el fuego a mi espalda son mi única fuente de luz. Le doy un vistazo a mis alrededores: hay una pequeña cabaña a lo lejos, y por detrás hay un sendero de hierro con tablas de madera. Vías de tren. Entonces la cabaña debe ser una vieja estación. Antes de que pueda preguntarme si los trenes aún pasan por esta zona, escucho el galope de un caballo.

Mis pies no son lo bastante rápidos y uno de los carroñeros me azota los tobillos con un látigo. Suelto un grito de dolor y caigo de rodillas sobre el césped marchito. Las risas empiezan a sonar a mi alrededor, pero las ignoro: me paro con velocidad y ayudo a mi hermano a hacer lo mismo.

Una débil luz amarillenta surge entre la noche. Me doy la vuelta para ver al hombre del arco montado sobre el caballo de nuestra familia y con algo entre sus manos que también reconozco: la linterna de mi padre.

—Pero si solo son un par de hombrecitos —suelta al vernos, haciendo que los demás se empezaran a reír. Me quedo en silencio, serio. No son tantos como creí, solo cuatro; aun así, no sé cómo podemos escapar de ellos—. Busquen si hay alguien más —les indica a sus compañeros—, yo me encargo de estos dos.

Los otros tres asienten en silencio y se sumergen nuevamente en la oscuridad, escarbando entre las carretas caídas como los carroñeros que son. El arquero se vuelve hacia nosotros y nos apunta con la luz.

—Cuéntenme, ¿qué hacen tan lejos de casa, niños?

Sé que intenta intimidarme, y también sé que logra hacerlo. Bajo la vista para no mirarlo y noto que detrás de él hay una persona tirada contra el suelo: está maniatada a la parte trasera del caballo, con la piel llena de rasguños y manchas de sangre. Su cuerpo está tan destrozado que tardo varios segundos en reconocerlo.

El hombre nota mi expresión de horror.

—Ah, él… —comenta a lo ligero; una sonrisa se dibuja en sus labios—. Verás, es que nos estuvo dando muchos problemas: nosotros le pedimos de forma tan amable que nos prestara el caballo, todas las cosas de su carreta y el coño de su mujer, ¡pero el muy desgraciado no quiso compartir con sus nuevos amigos!

Intento no caer de rodillas. Oculto a mi hermano detrás de mí para que no vea el cadáver. Todo el cuerpo me tiembla y solo es hasta que intento hablar que me doy cuenta de que estoy llorando.

—Solo… solo estábamos tratando de huir.

—Huyendo de ellos, ¿no es verdad? —responde el hombre; la sonrisa no desaparece de su rostro—. Yo solía temerles también, cuando era más joven: invadieron el pueblo donde vivía, ¿sabías? Aniquilaron a todos allí; mis padres también.

Se adelanta unos pasos con el caballo y me apresuro a retroceder.

—Pero no tardé en darme cuenta de que ellos no están aquí para destruir, sino para ordenar —continúa el hombre—: se deshacen de todos los débiles para que los fuertes podamos alimentarnos de sus frutos. ¿No lo entienden? Presa o depredador: depende de nosotros elegir lo que somos.

Nunca pensé que podría llegar a odiar a alguien tan fácil y tan rápido. Deseo verlo muerto. Pero aun si pudiera con él, sé que los demás no tardarían en perseguirnos. Los demás. Llevo la mirada al cementerio de carretas y noto que está en completo silencio; ya no escucho los gritos de euforia de ninguno de los carroñeros.

Es ahí cuando la veo: una figura familiar entre la oscuridad, avanzando por detrás del arquero; algo metálico brilla en sus manos.

Reprimo la sonrisa.

—No solemos tomar prisioneros —dice el arquero—, usualmente solo los matamos. Pero esta noche conseguimos un botín tan grande que nos hacen falta manos. Así que, si se portan bien, quizá los tengamos de mascotas un buen rato. No pudimos encontrar a tu madre, pero estoy seguro de que calentarás la cama igual que ella.

—Ah, pero sí la encontraste —respondo.

Sé que el arquero escuchó el sonido del aire cortándose; lo pude notar en su mirada. Eso de poco le sirvió. Apenas alcanza a voltearse cuando el hacha le atraviesa el puente de su nariz y se hunde en lo más profundo de su cabeza. Sus ojos se cruzan con los míos, pero no estoy seguro de si siguen con vida o no. Quiero pensar que no. El cuerpo cae desplomado contra el suelo y la lámpara de aceite se revienta en pedazos.

Las llamas se avivan por el pasto seco y la luz me ayuda a ver a mi madre con mejor claridad: sus manos, su ropa y parte de su rostro están empapados en sangre. Tiene la respiración agitada y le lagrimean los ojos; cuando corre a abrazarnos, puedo notar que el cuerpo le tiembla. «Claro, estúpido», pienso: es su primera vez.

—Está bien —nos dice—. Ya todo está bien.

Por un momento me lo creo.

—Ve a buscar el resto de las cosas en la carreta —agrega, mirándome—. El fuego no tardará en atraerlos. Tenemos que irnos antes de que ellos lleguen.

—Pero no podemos seguir a pie…

Mi madre lleva la mirada hacia la cabaña y empiezo a entender lo que tiene pensado. Un lejano silbido se escucha en la distancia, al mismo tiempo que siento que la tierra bajo mis pies comienza a temblar. No sé decir cuánto tardará en llegar, pero sospecho que no será mucho tiempo.

—El tren no se detendrá por nosotros —me explica—: deberemos saltar.

Mientras mi madre lleva a mi hermano hasta la cabaña, yo me apresuro a buscar nuestras cosas en la carreta sin caballo. El pobre animal salió corriendo en cuanto las llamas avanzaron por el pastizal. No lo culpo; yo hubiera hecho lo mismo.

Luego de recoger unas bolsas de comida, camino por el campo hasta que mis pies chocan con el cadáver sangrante del arquero. Lucho por no mirarlo, temiendo echarme a vomitar aquí mismo, pero termino haciéndolo de todos modos. El hombre cayó cerca del cuerpo de mi padre, casi en la misma postura. Pienso en sus palabras y me pregunto si alguien que los vea podría distinguir quién fue el débil y quién el fuerte. Quién fue el depredador y quién la presa.

Todos somos presas de ellos, me digo a mí mismo.

El sonido del silbato interrumpe mis pensamientos. Empiezo a correr hasta la cabaña, donde encuentro a mi hermano mucho más tranquilo entre los brazos de mi madre. Justo como ella dijo, el tren pasa frente a nosotros sin intención alguna de detenerse. Empiezo a correr hacia uno de los vagones abiertos y, antes que nada, arrojo las pocas pertenencias que traemos encima. Sostengo a mi hermano por debajo de sus axilas y le ayudo a que también pueda subirse. Puedo sentir cómo el tren comienza a ir más rápido, así que acelero el paso y logro saltar hacia el vagón.

Me doy la vuelta para observar a mi madre: todavía no consigue subirse y, si no lo hace dentro de poco, el tren la dejará atrás. Me sujeto de uno de los bordes del vagón y estiro mi mano hacia ella. Mi madre empieza a correr más rápido; nuestros dedos se rozan, pero no puedo alcanzar a tomarla. Empiezo a notar que se está cansando, que ya no podrá correr por mucho tiempo. Me aferro a la barandilla del vagón con fuerza para estirarme lo más que pueda; no me importa si acabo cayendo o no. Mis dedos se cierran alrededor de su muñeca y eso es todo lo que necesito: prácticamente me dejo caer hacia atrás para arrastrar a mi madre al interior.

Una vez que los tres estamos en el resguardo del tren, me doy la libertad de respirar por primera vez en un largo rato. Me asomo por la puerta abierta del vagón para observar el paisaje que acabamos de abandonar. El incendio crece cada vez más y avanza por el campo, por el cementerio de carretas y los cuerpos de los sobrevivientes; pronto, todo será devorado por las llamas.

No sé por qué, pero eso me hace sentir bien. Cuando ellos lleguen, ya no habrá nada que puedan destruir. El fuego lo habrá limpiado todo.


Con ayuda de mi hermano, armamos un montículo de paja en una de las esquinas del vagón y nos arrojamos sobre él; con suerte, podremos tener unas horas de sueño antes de que empiece a amanecer. Mi madre, por su parte, decide quedarse sentada en el lado opuesto con una expresión siempre vigilante en su rostro. Todavía sostiene el hacha entre sus manos; de hecho, no la suelta desde que nos subimos al tren. Me pregunto si se atreverá a usarla otra vez.

—Doce —susurra ella de repente, haciéndome levantar la cabeza—. Doce veces he tenido que escapar de ellos. —Me está hablando a mí, pero sus ojos no me miran, sino que parecen clavados en el vacío—. Sé que es tonto mantener la cuenta, casi nadie lo hace, pero yo sí: una cuando era un bebé, cinco cuando era niña, cuatro cuando ya conocía a tu padre, y ahora dos con ustedes. Es increíble cuántas veces puede alguien rehacer su vida, ¿verdad?

No sé qué decir, así que solo asiento.

—Y mientras más viejo te haces, menos probabilidades tienes de escapar —continúa—. Los ancianos siempre son los primeros en ser dejados atrás. No porque los odiemos, sino porque ellos mismos lo deciden así: los niños son prioridad.

—No eres una anciana —suelto, entendiendo a dónde va el asunto.

—Pero tampoco soy tan joven, y si algo llega a sucederme…

—Nada va a sucederte.

—Si algo llega a sucederme —repite ella, como si no me hubiese escuchado—, quiero que cuides mucho a tu hermano. Que lleguen a un lugar seguro. Sé que es mucho pedir, pero quiero creer que un lugar así realmente existe. Promételo.

Aunque me moleste, eso mismo hago. Su expresión se ablanda y aparece en sus labios una pequeña sonrisa. Me da las gracias y cierra los ojos, como si fuese a echarse a dormir, pero sé que no lo hará; estará despierta el resto de la madrugada. Yo no puedo decir lo mismo: me recuesto en el montón de paja junto a mi hermano, quien ya se durmió hace rato, e intento acompañarlo en el sentimiento.

Por primera vez en años —o quizá en toda mi vida— tengo un sueño tranquilo, sin pesadillas. Los gritos en mi cabeza se convierten en susurros, y me trae cierta paz reconocer la voz de algunos de ellos.

Vuelvo a tener diez años. Puedo sentir la brisa fresca del verano dándome de lleno en la cara mientras visito el huerto de mi madre: ella está de rodillas, arrancando las papas de la tierra; mi hermano le sigue el paso con una gran canasta, casi tan grande como él. A lo lejos, aunque no lo veo, escucho a mi padre talando un árbol en el bosque. Me recuesto sobre el césped y cierro los ojos. Siento el calor del sol atravesando mis párpados y por un momento me siento tranquilo.

La luz comienza a extinguirse poco a poco y un viento helado me eriza la piel. Cuando abro los ojos, la noche me rodea. Levanto la mirada para buscar al sol y me encuentro con que ya no hay solo uno, sino dos: esferas blancas como la leche que resplandecen entre el cielo azabache y me miran como si fueran…

Me despierto de forma abrupta y tardo unos segundos en darme cuenta de que no estoy en casa, sino que sigo dentro del vagón de tren; aunque, para mi mala suerte, el frío de mi sueño sí es bastante real. No sé cuánto tiempo pasó desde que me quedé dormido, pero estoy seguro de que fueron varias horas: puedo ver la luz del sol filtrándose por entre las rendijas de la puerta.

Además, el tren ya no se mueve.

Me levanto con cuidado de no despertar a mi hermano y asomo la vista hacia afuera. Mucha es mi sorpresa cuando noto que, en realidad, todavía es de noche; el cielo es más claro que antes, cierto, pero aún falta para el amanecer. Entre la oscuridad distingo siluetas humanas que se mueven lentamente de un lado a otro: es difícil decirlo, pero parecen estar vistiendo túnicas, porque no veo sus pies moverse. Una de las siluetas se vuelve en mi dirección y dos luces en su rostro me deslumbran.

Retrocedo el paso, llevando ambas manos a la boca para no soltar un grito. Mi madre ve la expresión en mi cara y se levanta de inmediato; sus nudillos se cierran alrededor del hacha con tanta fuerza que se le ponen blancos.

—¿Cuántos son? —me pregunta.

—Demasiados —respondo.

Un sonido seco, como madera quebrándose, se escucha a la distancia; los gritos no tardaron en seguirle. «Están buscando», se me viene a la mente. Cruzo miradas con mi madre y sé que está pensando lo mismo.

De repente, una idea.

Voy hasta el lado contrario del vagón y espío entre la madera: lo único que veo es un gigantesco bosque virgen, tan extenso e infinito como el campo a mi espalda. Mi madre no lo duda y le da un hachazo a la pared. Luego otro, y luego otro más, hasta que uno de los tablones finalmente cede.

—Intenta romper un poco más —me dice, entregándome el hacha, y corre hasta donde está mi hermano—. Cariño, despierta, es hora de irse.

—¿Ya llegamos a casa? —pregunta entre sueños.

—Todavía falta un poco más.

La tranquilidad en su voz me sorprende. Recoge a mi hermano en sus brazos y le da un fuerte beso en la frente. Me quedo en silencio y con las manos temblorosas cuando veo cómo, con mucho cuidado, le ayuda a pasar por el agujero. Una vez que aterriza a salvo del otro lado, me mira con ojos vidriosos.

—No —alcanzo a decir—. Por favor, no.

—Verán el agujero y sabrán que escapamos —me responde—. Irán por nosotros.

—Lo harán de todos modos, es lo único que ellos hacen.

—Tal vez, pero al menos les daré tiempo.

Antes de que pueda decirle algo más, escucho un sonido en la puerta que nos sorprende a ambos: la traba está puesta, pero alguien intenta abrirla del otro lado. Mi madre me besa en la frente y apenas puedo darle un último vistazo a su rostro cuando me arroja por el agujero del vagón.

La hierba en la que aterrizo se siente como un colchón, pero no puedo darme el lujo de quedarme allí tendido. Con el hacha en una mano y con la otra sosteniendo la muñeca de mi hermano, ambos salimos corriendo hacia el interior del bosque.

—¡Aguarda, tenemos que esperar a mamá! —grita.

—Vendrá detrás de nosotros, no te preocupes.

El sonido de la puerta rompiéndose en pedazos suena a nuestra espalda, seguido de varios pasos y voces que casi sonaban como órdenes. Un alivio me invade cuando, en ningún momento, oigo a nuestra madre gritar.

Los árboles son tan gigantescos y frondosos que, aunque amanezca pronto, estoy seguro de que tardaría un buen rato en llegarnos la luz del sol. Pero eso es bueno, ¿no es así? En la oscuridad, cualquier persona puede esconderse. Y tal vez de esa forma no tengamos que correr para siempre; tal vez realmente podamos lograrlo. Aun cuando no quiero hacerlo, no puedo evitar mirar hacia atrás.

Unos ojos brillantes nos persiguen.

Solo es uno de ellos, y aunque está demasiado lejos de nosotros, sé que eso es suficiente para tener miedo. Intento apresurarme, pero mi hermano apenas puede seguirme el paso entre la oscuridad. Y cuando mi pie choca contra una piedra hundida, ambos tropezamos y rodamos contra la tierra.

Mi hermano parece estar a punto de echarse a llorar, así que le cubro la boca con mi mano. Nos arrastramos como podemos hasta ocultarnos detrás de un árbol, dándole la espalda a nuestro perseguidor. Si tenemos suerte, es posible que aún no nos haya visto. Me atrevo una vez más a mirar hacia atrás: las luces aún siguen allí, cada vez más cerca.

El corazón me late tanto que en cualquier momento creo que va a reventar. Mi hermano tiene la espalda clavada en mi pecho y siento sus lágrimas derramándose sobre mi mano. Intento pensar en algo que hacer, lo que sea, pero mi mente está en blanco. Los pasos a nuestra espalda se escuchan más cercanos, y estoy tentado a cerrar los ojos y esperar lo inevitable.

No sé por qué, pero la conversación con el arquero viene a mi mente como un relámpago. «Presa o depredador: depende de nosotros elegir lo que somos», eso fue lo que había dicho. Su imagen aparece tan clara en mi cabeza como si estuviera parado frente a mí. Tal vez hay algo de verdad en sus palabras. Quizá un lugar donde ya no tengamos que escapar sí pueda ser posible.

Después de todo, ¿no es eso lo que prometí?

Mis ojos se desvían hacia el hacha.

—Escucha —le susurro a mi hermano, aunque no estoy seguro de si me está escuchando—, necesito que hagas algo muy importante: ve y ocúltate detrás de ese árbol que está allí. Y si algo llega a pasarme, corre.

Por un momento tengo miedo de que se eche a llorar —y no lo culparía, la verdad—, pero mucho es mi alivio cuando lo veo gatear hasta el escondite que le indiqué. Suelto el aliento por mi boca y, con el hacha en la mano, me pongo de pie. Una luz blanca empieza a iluminar la escena a mi alrededor. Los pasos a mi espalda suenan cada vez más lentos, como si ya sospechara que hay alguien escondiéndose cerca.

Me pregunto si también sospecha lo que está a punto de pasar.

Una sombra se delinea en la tierra, y veo una mano enguantada apoyándose en el árbol donde estoy escondido. Me olvido de hasta cómo respirar. Mis dedos se cierran con fuerza alrededor del mango y mi cuerpo da un giro para lanzarse hacia el peligro.

La luz de sus ojos me deslumbra, no veo nada más que blanco, pero aun así levanto el hacha sobre mi cabeza. Cuánto quisiera poder ver la expresión en su rostro, si es que acaso tiene uno. Siento que el tiempo se detiene y, por un instante, la voz de mi madre resuena en mi mente. Mi padre también. Escucho a todos los que alguna vez conocí; a todas las personas que quedaron atrás.

Ya no tienen voz para gritar, me doy cuenta.

Así que grito en su lugar.