¿Amor a primera vista?
—Ashley, ¡baja ya! ¡Vas a hacer que lleguemos tarde!—
La voz de mi hermano retumbó contra la puerta del baño, pero ni siquiera me inmuté. Seguí pintándome los labios de rojo oscuro, ese tono que siempre le sacaba suspiros a mi madre. "Demasiado provocador para una boda", decía. Justo por eso lo usaba.
Me eché hacia atrás el pelo castaño, que se negaba a mantenerse en el moldeado recogido que la estilista había intentado imponerme. "Qué asco, pensé al mirarme en el espejo. El vestido verde esmeralda que mi futura cuñada me había obligado a comprar me hacía parecer una de esas influencers cursis que odiaba. Apretado en la cintura, escotado justo lo suficiente para ser "elegante pero no vulgar". Por suerte, mis pecas seguían ahí, esparcidas como siempre sobre la nariz, recordándome que al menos algo de mí seguía siendo auténtico en medio de tanto teatro.
Abrí el grifo y dejé correr el agua fría sobre mis muñecas. Respira, Ashley. Solo es un día. Mañana vuelves a tus tejanos y a tu vida. Pero no podía evitar que me hirviera la sangre cada vez que pensaba en la hipocresía de todo esto: mi hermano, el perfecto abogado de la familia, casándose con una desconocida después de seis meses de relación. Y yo, la oveja negra, obligada a sonreír y fingir que me importaba.
Saqué el teléfono del bolso de mano, buscando distracción en mis notificaciones. Ahí estaba, como un recordatorio cruel: "Historia del Arte Contemporáneo - Prof. Eros Valente. Inicio de clases: 28 de septiembre."
—¡Por fin! —maldije en voz baja.
Justo lo que me faltaba. Primero soportar esta boda ridícula, y después, tener que lidiar con ese profesor. Todo el mundo en la facultad de Diseño Gráfico hablaba de él: "El tipo que hizo llorar a tres alumnos por un ensayo mal citado", "El que nunca acepta trabajos tarde, ni con excusas de hospital". Y ahora, gracias al plan de estudios, me tocaba perder un semestre entero escuchándolo hablar de cuadros viejos.
—¡ASHLEY!
—¡YA VOY, JODER! —le grité, dando un golpe al lavabo.
Tomé mi bolso y mi teléfono, pero no sin antes ponerme mis pendientes favoritos: dos serpientes de plata que me habían regalado en mi viaje a México. Algo mío en medio de esta farsa.
Antes de salir, me miré una última vez en el espejo. Labios rojos. Pelo rebelde. Ojos azules cansados.
—Bueno, Mercer —susurré—. A sufrir.
La puerta del baño se abrió de golpe, revelando a mi hermano, Daniel, apoyado en el marco con los brazos cruzados y esa sonrisa burlona que siempre me sacaba de quicio.
—Por fin decides honrarnos con tu presencia, princesa —dijo, imitando el tono de voz de mamá.
—Cállate —le solté, pero no pude evitar esbozar una sonrisa.
Daniel estaba ridículamente guapo, como siempre. Llevaba un traje azul marino que le quedaba demasiado bien, resaltando esos hombros anchos que heredó de papá. La corbata plateada estaba torcida, como si hubiera intentado arreglársela a última hora y hubiera desistido. Típico de él. El pelo castaño, un tono más claro que el mío, lo tenía despeinado, como si se hubiera pasado los dedos una y otra vez por nerviosismo.
—¿Nervioso, abogadito? —le pregunté, señalando su corbata mal anudada.
—¿Yo? Nunca —respondió, pero el tic en su mandíbula lo delataba.
Avancé hacia él y, sin decir nada, le arreglé la corbata. Él se quedó quieto, como cuando éramos niños y yo le ayudaba a disimular los rasguños después de una pelea en el colegio.
—Gracias —murmuró.
—No es por ti, es por la familia. No quiero que los Mercer parezcamos unos salvajes —dije, dándole una palmada en el pecho.
Él rió y me jaló del pelo, como hacía cuando tenía diez años y yo lo molestaba sin parar.
—Oye, ¿en serio vas a ir así? —preguntó, señalando mis pendientes de serpiente con el ceño fruncido.
—¿Problemas?
—Ninguno. Solo pensaba que tu encanto rebelde va a hacer que la tía Claudia sufra un colapso. Y eso me alegra el día.
—Por eso eres mi hermano favorito.
—¡Soy tu único hermano!
—Detalles.
Nos miramos un segundo, y por primera vez en meses, sentí que seguíamos siendo los mismos de siempre.
—¿Lista para esto? —preguntó, ofreciéndome el brazo.
—Ni en un millón de años.
—Perfecto. Así te gusto más.
Y salimos juntos, listos para enfrentar el circo que él llamaba su boda.
Daniel me soltó el brazo apenas salimos al jardín, donde el sol de la tarde nos golpeó sin piedad.
—¡Dios, este calor es un asesino! —maldije, intentando no sudar sobre el estúpido vestido.
—Tranquila, drama queen —dijo Daniel, abriendo la puerta del coche familiar—. Solo tienes que aguantar dos horas sin desmayarte.
—Dos horas de tortura —murmuré, colándome en el asiento trasero.
Mis padres ya estaban dentro. Mamá, perfecta como siempre, con su vestido beige y su sonrisa tensa. Papá, con ese aire de aburrido abogado retirado que lo caracterizaba, hojeando el programa de la ceremonia como si fuera un expediente judicial.
—Por fin —suspiró mamá, girándose para mirarme—. Ashley, cariño, ¿no podías haberte recogido el pelo? Pareces una...
—¿Una persona normal? —corté, ajustándome los pendientes con un gesto desafiante.
Papá soltó un bufido que sonó casi como una risa. Mamá le lanzó una mirada asesina.
—Vamos, que llegamos antes que la novia —dijo Daniel, arrancando el coche con más brusquedad de la necesaria.
El trayecto fue corto pero incómodo. Mamá no dejaba de darme instrucciones: "No cruces los brazos", "Sonríe cuando te toque", "Por Dios, no saques el teléfono durante la ceremonia". Yo me limitaba a asentir, mirando por la ventana mientras las calles de la ciudad pasaban en un borrón verde.
—¿Y cómo va eso de la universidad? —preguntó papá de pronto, en un intento obvio de cambiar de tema.
—Genial —mentí—. Diseño Gráfico promete ser emocionantísimo.
—¿Y las asignaturas?
—Una de Historia del Arte. Dicen que el profesor es un déspota.
—Eros—intervino mamá—. Suena muy sensual ese nombre. Uy, se llama igual que el dios de la lujuria.
—Mamá por favor, para—la miré horrorizada.
—Ay, como eres hija.
—Pues espero que le gusten las serpientes —murmuré, tocando mis pendientes—. Porque voy a ser su peor pesadilla.
Daniel soltó una carcajada desde el asiento del conductor.
—Esa es mi hermana.
El coche giró hacia la entrada de la iglesia, donde ya se agolpaban invitados con sombreros ridículos y sonrisas falsas.
—Bien —suspiré, apretando los puños—. Que empiece el show.
El coche se detuvo frente a la imponente iglesia, con sus puertas de madera tallada abiertas de par en par como una invitación a mi tortura. Antes de que pudiera protestar, Daniel ya había saltado del coche con la energía de quien sabe que este es su día.
—¡Vamos, Ash! —me dijo, estirando los brazos como si acabara de ganar un maratón—. Toca sonreír y fingir que somos una familia normal.
—Eso es físicamente imposible para nosotros —respondí, pero salí del coche de todos modos.
Mis padres ya se habían adelantado. Mamá ajustaba el traje de papá con esa obsesión por los detalles que tanto me sacaba de quicio, mientras él miraba al horizonte con la expresión de un hombre que preferiría estar en cualquier otro lugar.
—Daniel, ven —llamó mamá, haciendo señas con la mano—. Tienes que estar dentro antes que la novia.
Mi hermano me lanzó una última mirada cómplice.
—Buena suerte con los vampiros —susurró, señalando discretamente hacia el grupo de tías que ya me miraban con esa mezcla de curiosidad y desaprobación.
—No me abandones —le rogué en voz baja, pero él solo se rió y siguió a mis padres hacia la entrada de la iglesia.
Y así me quedé. Sola. Con un vestido que me odiaba y una familia que no entendía por qué no era más como Daniel.
Respiré hondo y me dirigí hacia el pequeño grupo de familiares que esperaban fuera. La tía Marta fue la primera en atacar.
—¡Ay, Ashley, qué diferente te ves! —dijo, abrazándome con fuerza—. ¿Seguro que no tienes novio? Tengo un sobrino que...
—Gracias, tía, pero hoy no —respondí, liberándome con una sonrisa falsa.
Mi prima Laura, al menos, me salvó con una mirada de complicidad desde atrás de su copa de champagne.
—Te ves genial —me dijo en voz baja cuando me acerqué—. Y sí, ya sé que odias esto. Aguanta un par de horas y nos escapamos al baño a fum...
—¡Ashley Mercer! —una voz grave interrumpió nuestra conversación.
Me giré y ahí estaba el tío Ricardo, con su bigote gris y su habitual aire de superioridad.
—¿Sigues con ese... estilo? —preguntó, mirando mis pendientes con desprecio.
—Sí, tío. Sigo siendo yo —respondí, manteniendo la voz firme.
Él iba a decir algo más, pero en ese momento, una risa profunda resonó desde la entrada de la iglesia.
Instintivamente, levanté la vista.
El tío Ricardo seguía sermoneándome sobre "las jóvenes de hoy en día" cuando algo - o alguien - captó mi atención.
Un hombre alto, de espaldas anchas y cabello castaño impecablemente recogido, conversaba con el sacerdote cerca de la entrada. Llevaba un traje negro que parecía costar más que mi matrícula universitaria, y su postura erguida denunciaba una seguridad que casi resultaba arrogante.
—...¿me estás escuchando, Ashley?
El regaño del tío se perdió en el aire cuando el desconocido se volvió casualmente hacia nuestro grupo.
Dios mío.
Sus facciones parecían esculpidas: mandíbula fuerte, piel ligeramente bronceada, y unos ojos tan verdes. Una leve cicatriz le cruzaba el entrecejo, dándole un aire peligroso que hacía juego con su sonrisa... no una sonrisa cálida, sino esa clase de media sonrisa que te hace sentir que estás siendo evaluado.
—¿Quién es?—le pregunté a Laura en voz baja, sin poder apartar la vista.
Mi prima siguió mi mirada y sus ojos se iluminaron.
—Ah, él. Es el hermano de la novia. Eros, creo que se llama. Algo raro así.
Eros.
El nombre resonó en mi cabeza como un mal presagio. Qué coincidencia... igual que mi futuro profesor. Pero no, no podía ser. El Eros que todos temían en la universidad seguramente sería un cincuentón calvo con antiparras y mal aliento, no este... esto...
El tipo - Eros - dijo algo al sacerdote y comenzó a caminar hacia nuestra dirección. Cada paso suyo parecía medido, calculado, como si el mundo girara a su ritmo.
—Vaya, parece que le interesas— susurró Laura, pellizcándome el brazo.
—Callada—musité, sintiendo cómo el calor subía por mi cuello.
Cuando faltaban unos metros, el tío Ricardo - siempre el mismo metiche - levantó la voz:
—¡Ah, Eros! Ven a saludar. Te presento a mi sobrina Ashley, la hermana del novio.