El Sacromonte

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Summary

A veces, la muerte de una niña puede llevar a que la gente haga justicia por su propia mano. En ocasiones, la gente ignora que acaba de hacer justicia por alguien más. Un cerro, al que llaman El Sacromonte, será mudo testigo de ambos hechos.

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I

Dicen que el linchamiento fue precedido por algunos presagios. Primero, el retraso por más de dos meses de la temporada de lluvias, lo cual llevó a que se malograra la mitad de las cosechas de la región; segundo, que el altar y la imagen de la Virgen de la Misericordia se quemaran cuando una beata vieja volcó una veladora al colocar una ofrenda de flores con los tallos más largos de lo habitual; tercero, el nacimiento de un niño a la medianoche —aunque en realidad fue alrededor de las once de la noche según el parte médico. Esto lo repiten sin vacilación personas de ambos sexos, edades diferentes y grados varios de religiosidad y educación. No obstante, no son pocos quienes desdeñan estas habladurías —entre ellos el cura párroco— y mejor afirman que todo fue el resultado de una serie de imprudencias.

Según lo que he podido dilucidar, el principio se debe marcar seis meses antes, en abril de 1954, y en el pueblo más cercano, en aquella mañana que una mujer regresó corriendo del río y, con la voz entrecortada por el horror y la carrera, gritaba que habían matado a una niña en la parte baja. Con una lentitud que se la debe achacar a la incredulidad ante una noticia semejante, se reunió una veintena de hombres y juntos fueron adonde les indicaba la mujer, a quien dejaron al cuidado de las demás mujeres que la habían oído, pues a ellas se les prohibió acercarse allí en lo que se averiguaba lo poco que se pudiera al momento.

En el camino se encontró una cesta apoyada en los yerbajos que bordeaban la senda usada por las mujeres para bajar al río, y alrededor de aquella diferentes prendas que, por pudor, no se tocaron. Sin duda, ahí la había dejado caer quien les fue con el aviso. Y desde antes de que los primeros hombres pusieran pie en la orilla, se pudo ver no muy lejos una mancha rojiza sobre una de las piedras lisas que las mujeres usaban para tallar la ropa. No fue necesario acercarse y verla con claridad para saber lo que era y, por respeto, uno a uno se descubrieron la cabeza conforme descendían.

A pesar de ser personas curtidas que habían recurrido a la caza en más de una ocasión, sintieron una mezcla de congoja y repulsión al ver el estado en que se hallaba el pequeño cuerpo, sobre todo el rostro. Incluso se tuvo que gritar para poner un poco de orden cuando algunos de quienes venían atrás empezaron a empujar para que se les permitiera ver. Antes de que alguien se atreviera a mover el cuerpo para una primera inspección, se comentó que la piedra donde yacía el cadáver debía ser retirada en el acto y enterrada entre los matorrales a una distancia prudente, donde no solían internarse las mujeres ni los niños, para evitar la contaminación por humores macabros. Y también antes de que se designase alguien para levantar el cuerpo, una voz sugirió en volumen bajo el nombre de un posible asesino.

Conforme el nombre corrió de boca en boca, las voces aumentaron de volumen hasta convertirse en un clamor de sangre, como si su mera mención fuera prueba suficiente para declarar la culpabilidad de un sujeto a quien la mayoría del pueblo temía y odiaba con la misma intensidad.

Al regresar al pueblo, el grupo se dividió en dos: cinco hombres que llevaron el cadáver a la casa del gendarme, y los demás marcharon a sus respectivos hogares en busca de machetes, cuchillos y escopetas. Media hora después, los veinte se reunieron en la plaza y, estando presentes las únicas dos autoridades, el juez de paz y el gendarme, allí mismo se juzgó y sentenció en ausencia a una única persona.

Acto seguido, los veinte hombres se dirigieron a una casa ubicada a media distancia entre el centro del pueblo y la salida al camino vecinal, en dirección opuesta al río. Para entonces, ya se había corrido la voz de lo ocurrido, y varios vecinos se unieron a la comitiva. Se detuvieron frente a una puerta de madera roída por insectos y ratones, la cual no desentonaba con las paredes de adobe de uno de los pocos hogares que todavía se negaban a adoptar el ladrillo cocido. Llamaron a la puerta con fuerza y les abrió una mujer de unos cuarenta años, mal vestida y con huellas evidentes en el rostro de una golpiza reciente. Se le preguntó si su marido estaba en casa. Por toda respuesta, ella se ocultó detrás de la puerta para cederles el paso.

Entraron ocho hombres y no tuvieron que adentrarse mucho en el hogar. Pegada a la pared más próxima a la calle y con el pie casi entorpeciendo el abrir y cerrar de la puerta, había una cama de madera bruta cubierta por un petate y, sobre este, un hombre roncaba con la pesadez de una borrachera, con la camisa abierta y las piernas mal tapadas por una sencilla y sucia cobija de lana. Los ocho rodearon la cama en dos filas y, sin una señal de por medio, uno de ellos golpeó con la culata de su escopeta la cara del hombre dormido.

Sin darle tiempo de despertarse bien, entre cuatro lo jalaron de las piernas hasta tirarlo al piso. Allí, entre puñetazos, patadas e insultos, los ocho declararon que ahora sí iba a pagar todas las que debía y lo arrastraron fuera de su casa. La mujer en ningún momento trató de intervenir; solo se limitó a cerrar la puerta con calma en cuanto salió el último de los hombres armados.

En la calle, se le permitió al fulano medio ponerse de pie, pero antes de que pudiera darle una mirada a quienes lo rodeaban, le llovió una nueva andanada de puñetazos y patadas. Para esa hora, los reunidos rebasaban la centena. Alguien le echó una soga al cuello para evitar que se fugara, y así lo llevaron, a ratos a trompicones y a ratos a rastras, a las afueras del pueblo.

Cuando no escupía sangre o pedazos de diente, el hombre imploraba misericordia, pero la turba o se negaba a escucharlo o no entendía lo que balbuceaba la boca tumefacta. Lo ataron a uno de los olmos que bordeaban el camino vecinal y, entre pedradas, le vertieron encima tres litros de aguardiente, diciéndole que a ver si ahora le seguía gustando el trago tanto como antes. Más de tres fueron los que le dejaron caer cerillos encendidos.

Mientras lo veían arder y gritar, los allí reunidos sonrieron con alivio al recordar alguno de los agravios —un familiar golpeado o supuestamente muerto, una mujer mancillada, un bien o un animal robado— que les hizo aquel hombre. Incluso se repartieron entre los presentes las botellas de aguardiente que no se utilizaron en el linchamiento, y pocos se molestaron en limpiar las bocas de los recipientes, como si el haberse librado de quien consideraban una plaga les hubiera dado un sentido de comunidad que rebasaba los ascos. Tampoco se vio mal que las mujeres participaran de esta libación pública, aunque horas después sus maridos les prohibirían beber sin girarse para no verlas a la cara.

En cuanto se dio la voz de que el hombre había muerto, la turba empezó a dispersarse, y se lo dejó arder varios minutos más, porque nadie quería hacerse responsable de levantar el cuerpo después de que se reventaron las cuerdas por el calor. Al final, solo quedaron cinco hombres, entre ellos el juez de paz y el gendarme; este se acercó al cadáver y le dio un tiro en la sien con su revólver por si las dudas. Ante este hecho, el juez de paz no tuvo empacho en declarar que el hombre, en efecto, había muerto por un arma de fuego, aunque se abstuvo de ponerlo por escrito (setenta años después, todavía se lo considera como persona con paradero desconocido). Luego, el gendarme le ordenó a uno de los mirones restantes que fuera en busca de una carreta para llevarse el cuerpo a un terreno donde nadie hiciera preguntas. Tardaron media hora en hallar alguien dispuesto —con la debida compensación— a prestar su vehículo para semejante acción. En ese tiempo, solo una vez al gendarme se le ocurrió preguntarle al juez de paz si alguien se molestó en decirle al difunto por qué lo habían ajusticiado. El juez de paz se limitó a encoger los hombros, ya fuese porque no lo sabía o porque no le importaba.

Un vecino se acercó a las dos autoridades para informarles que los familiares de la niña muerta se habían empecinado en meter el pequeño cadáver en la única capilla del pueblo. El hombre que fungía como sacristán se había negado a ello, pues el sacerdote del pueblo más cercano le había prohibido abrirla cuando él no estuviera presente, lo cual sucedía solo los domingos y en alguna ocasión especial que se hubiera contratado con anterioridad. Los familiares se negaban a oír razones y parecían dispuestos a recurrir a la violencia con tal de tender a la niña en suelo sagrado.

El gendarme y el juez de paz intercambiaron una mirada y resoplaron con fastidio. Le pidieron al vecino que caminase al siguiente pueblo y llamase al cura para que oficiara una urgente misa de cuerpo presente. El hombre se rascó la nuca, alzándose un poco el sombrero al hacerlo, y dijo que le tomaría por lo menos hora y media en llegar allí, y con el sol que hacía al momento, chance y le tomaba más de dos horas. El juez de paz sintió ganas de gritarle al hombre que se dejara de cosas y corriera a hacer el encargo; pero el gendarme se le adelantó y le insinuó al vecino que podrían apartarle algunos pesitos de lo que cobrase el cura si se apuraba. Este argumento fue suficiente para despertarle la caridad al hombre.

Tomando como referencia el Sacromonte, la única cumbre en un radio de diez kilómetros, el vecino echó a andar con paso lento, como cabía esperar al no saber él cuánto dinero le pagarían por la encomienda. Con ese ritmo, le sería imposible alcanzar a un muchacho que, aprovechando la confusión del linchamiento, había salido corriendo del pueblo en la misma dirección que ahora él tomaba.


El joven aligeró su carrera en cuanto entró en la primera calle de tierra que había tras cruzar los maizales. Había estado en este lugar nada más dos veces antes, cuando tenía cinco y ocho años, para visitar a su tío, y no sabía bien qué rumbo agarrar. Estuvo tentado en preguntar la dirección a una de las personas que hacían labores en las entradas de sus casas o en sus patios, pero al llegar a una esquina, vio la punta del campanario de la iglesia asomarse por encima de los techos. Simplemente serpenteó por las calles de tierra sin despegar los ojos de la mole, sin prestarle atención a unas casas que eran idénticas a las de su pueblo, muchas todavía hechas con adobe o piedra, pintadas de blanco en su mayoría y todas de un solo piso.

Lo único que le sorprendió fue ver unos pocos coches estacionados a un lado de algunas puertas, donde lo común habría sido ver burros atados a pequeños postes enterrados junto a las entradas. Como para él todos los automóviles eran más o menos iguales aunque se vieran diferentes, no supo ni le interesó decirse si eran muy viejos o más bien nuevos.

Cuando por fin se halló frente al portal de la iglesia, dudó por un instante en entrar. Se secó el sudor de la frente y el cuello con la palma de la mano, misma que limpió en su pantalón blanco de manta; respiró hondo un par de veces para no delatar el cansancio que sentía, y cruzó el patio, pero en vez de entrar al templo, se dirigió a la izquierda, hacia la parte trasera del campanario.

Al pie de la torre vio una vieja puerta de madera con chapa antigua, y apenas a metro y medio de ésta, vio otra de metal con cerradura moderna. Llamó en esta y esperó un tiempo que le pareció eterno. Su desesperación lo hizo llamar una segunda vez, con más fuerza. Entonces oyó una leve voz femenina, un poco cascada por la edad, que lo regañaba desde adentro por su manera de tocar.

Se abrió la puerta y el joven se encontró con el gesto ceñudo de una cara que, ni de joven, había sido atractiva. La mujer lo recorrió de pies a cabeza con la vista, y el muchacho se sintió un poco intimidado por la severidad que parecía despedir.

—Buenos días, señora. ¿Se encontrará el señor cura?

—A esta hora no atiende a nadie. Vete a tu casa, chamaco, y no estés molestando.

La mujer hizo ademán de cerrar la puerta.

—Disculpe la molestia, pero me urge hablar con él. ¿Podría decirle usted que soy su sobrino?

Ella sonrió con malicia.

—El padrecito no tiene sobrinos en este pueblo. Ya te dije: lárgate pa’ tu casa y no estés jeringando.

—Pos por eso mismo. Vengo del pueblo de aquí junto. Usted llámelo y va a ver cómo él sí me reconoce.

—¿Y él por qué va a saber quién eres tú? ¿No te acabo de decir que él no tiene sobrinos?

El muchacho sintió cómo pasaba de sentirse intimidado por la mujer a querer olvidarse de los buenos modales y darle un empujón para quitarla del medio.

—Mire, señora, no quiero faltarle al respeto. Sólo le pido que le llame a mi tío, por favor. Pero si usted se enterca en no dejarme pasar, pos...

—¿Pos qué? A ver, ¿pos qué?

Desde el interior de la iglesia se oyó a un hombre gritar, exigiendo saber qué pasaba allá afuera. Por un instante, el rostro de la mujer dejó de ser severo para mostrar un poco de miedo. Se apresuró a entrar en el edificio, olvidándose de cerrar la puerta tras de sí. El joven dudó en entrar o no, y al final se arriesgó a dar un par de pasos dentro de lo que antaño había sido un pasillo de un monasterio franciscano.

La oscuridad era tal que sus ojos reaccionaron mal al cambio de luminosidad y se paró en seco por la ceguera repentina. Cuando sus ojos se recuperaron, vio frente a sí a un hombre que no le sacaba más de media cabeza de altura, pero se lo veía más fornido, como solían ser los adultos de la región. Como habían pasado casi ocho años desde la última vez que lo vio, el muchacho no reconoció la cara del hombre; pero su atuendo le hizo saber quién era.

El sacerdote lo miraba con obvio desprecio. Aun cuando tampoco lo reconocía, intuyó que sí era quien decía ser, y esto le bastaba para sentir ganas de correrlo a patadas. Nada más se contuvo por hallarse en un recinto sagrado.

—¿Se puede saber a qué has venido aquí?

El muchacho intentó hacerle un besamanos, pero el sacerdote retiró la mano con asco.

—Pos, fíjese que me mandó mi madre, oséase la hermana de usted, para pedirle...

—Obvio que si es tu madre va a ser mi hermana. Habla ya, que tengo cosas que hacer.

El muchacho miró a la señora que, parada a espaldas del cura, lo miraba con recelo.

—¿No podría ser a solas? Es que, ¿cómo decírselo? Se trata de algo personal.

—Rosario goza de todas mis confianzas. Apúrate, que no me agrada tenerte aquí en la iglesia.

—No se enoje, pero mejor hablamos solos.

El sacerdote entendió que era mejor no hacer un escándalo delante de una mujer que tenía la lengua tan rápida como buenas eran sus dotes para la cocina y la limpieza. Le ordenó al joven que lo siguiera. Dieron pocos pasos a lo largo del pasillo y se detuvieron frente a la puerta de lo que antaño había sido una celda de monje, habilitada por uno de los curas anteriores para usarla como oficina y tratar allí los asuntos mundanos. Antes de cerrar la puerta, el sacerdote se volvió y dijo con tono áspero:

—Rosario, más le vale que se vaya a terminar de prepararme la comida. Si me percato de que se pone usted a escuchar por abajo de la puerta, ya sabe lo que le puede pasar.

Se llevó una mano a la cintura y se agarró el cinturón de cuero. La mujer abrió los ojos desmesurados y echó a correr pasillo adentro, rumbo a la antigua cocina del monasterio.

El cura se sentó a su escritorio y no hizo ademán de invitar a su sobrino a sentarse.

—Bueno, ya estamos solos. Despepita de una buena vez, que ya me está cansando verte ahí paradote.

—Perdone usted que se lo diga así, pero fíjese que pasó algo malo allá en mi pueblo y, pos, a mi madre se le ocurrió que viniera con usted pa’ ver si me podía dar unos pesos pa’ que yo me pueda ir lejos. Yo estaba pensando que a lo mejor en la capital...

El cura soltó una carcajada.

—¡Ya te los estaba dando! ¿En serio eso te dijo mi hermana o se te ocurrió a ti?

El joven se empezó a retorcer las manos delante de la pelvis, preguntándose si debía contestarle la verdad o inventarle algo a ese hombre que nunca se había preocupado de ver por él o su madre.

—De mí no vas a recibir un quinto. Pero sabiendo cómo te engendraron, ya me voy imaginando qué es ese asunto al que le estás huyendo. De tal palo tal astilla, a fin de cuentas, aunque ve tú a saber quién diablos será tu padre.

—No sea usted malo. Ya sé que no nos quiere ni a mi madre ni a mí, pero si usted me da esos pesos, yo le juro que nunca vuelve a saber de nosotros. Como le dije, estaba pensando en tomar camino pa’ la capital y...

—Y yo ya te dije que no te los voy a dar. Si quieres dinero, vas a tener que trabajar para mí. ¿Te interesa o no?

—¿Oséase que voy a vivir aquí en la iglesia?

—Deveras que eres más imbécil que tu madre. ¿Cómo voy a tener aquí en la iglesia a un bastardo? Me imagino que incluso alguien como tú habrá visto el Sacromonte. —El joven asintió con la cabeza—. Sabes lo que hay allá arriba, ¿verdad? —El muchacho negó—. Ahí te vas a encargar de cuidar el Santuario de Nuestro Señor. Creo que incluso tú sabrás usar una escoba. Vas a tener el lugar limpiecito de aquí a que sea de nuevo Semana Santa. Allí al lado hay un jacal, donde vivía la señora que antes se encargaba de cuidarlo; puedes vivir en él. Si veo que estás haciendo las cosas como la gente, te iré dando tus pesos que me pides asegún te portes de bien. Eso sí, no quiero que bajo ninguna circunstancia te pares aquí en el pueblo. No quiero que la gente se entere que estás aquí, ni mucho menos que eres mi sobrino. Si me entero que haces algo malo, yo mismo te bajo a patadas del cerro ese y a patadas te hago llegar a la ciudad.

—Bueno, pos si no queda de otra, se lo acepto. Nomás dígame qué voy a comer.

—Allá arriba hay muchas yerbas. Come las que se te antoje. Y hasta te irá bien, porque con los ocotes de allí vas a poder hacer un buen fuego para cocinarlas.

—Pero si yo no sé de yerbas. Usted quiere que me envenene.

—Deveras que eres bruto. Nomás fíjate las que comen los ratones. Hiérvelas, para que no te hagan daño.

—¿Y de adónde saco el agua? ¿O a poco hay un pozo allá arriba?

El sacerdote lo miró con sorna.

—Si quieres, puedo pedirle a Rosario que te lleve los frijoles que me sobren de aquí. Eso sí, te los voy a descontar de tu sueldo. Cada vez que te comas lo que te mande yo de acá, pues no te doy dinero.

—¿No cree usted como que está abusando?

—Lo tomas o lo dejas. Si quieres, te puedes ir a pie a la capital. Yo creo que vas a llegar como en dos semanas, porque no creo que los camiones que pasan por la carretera te quieran llevar de a gratis.

—Pos ya estaría de Dios. Lo acepto. ¿Le digo a la señora que me lleve?

—Ahorita ella está ocupada en la cocina.

—¿Está usted seguro?

El joven señaló con la cabeza y la mano derecha a la puerta de la celda. El cura entornó los ojos con recelo, se puso de pie y, sin hacer ruido, se acercó a la puerta y la abrió con rapidez. La señora casi cayó de bruces dentro de la oficina. Miró arriba con cara asustada y, previendo un regaño, echó a correr por el pasillo.

—Venga para acá, Rosario. —La mujer acató, con la cabeza gacha y retorciéndose el medio delantal con las manos—. Se le olvidaban sus zapatos. —La mujer tomó el calzado que había dejado a un lado de la puerta para no hacer ruido—. Ahora, si me puede usted hacer el favor de llevar a este muchacho al Sacromonte, se lo agradeceré profundamente. Me imagino que ya no necesito decirle por qué van para allá, ¿verdad?

—Pero se le va a enfriar el pipián que le estaba a punto de servir, padrecito.

—Olvídese del pipián y haga lo que le digo. Ah, y ni media palabra a nadie de lo que oyó aquí ni de que este muchacho anda por aquí, ¿me entendió?

—Pierda usted cuidado, padrecito.

—Le creo, pero nada más para asegurarme...

Y el sacerdote la abofeteó con tal fuerza que la mujer cayó al suelo. Rosario sollozó en silencio, temiendo que el cura se enojara todavía más y le propinara una golpiza peor. Se levantó lentamente, se arregló la falda y el delantal, y esperó callada a que saliera el joven de la oficina. Después de cruzar la puerta, el muchacho se pegó a la pared, para evitar que su tío le diera el mismo trato.

De inmediato, el cura se asomó por la puerta del pasillo para averiguar si había alguien en el atrio. Vio a un par de niños que jugaban a las canicas en uno de los cuadros de pasto que, cruzados por losetas, le daban al atrio la apariencia de un mosaico. Les gritó que se acercaran y les pidió que llamaran al jefe de la policía en su nombre. Los niños aceptaron el encargo, por respeto al cura y porque sólo tenían que cruzar la pequeña plaza para llegar a la presidencia municipal.

El sacerdote no se imaginó que alrededor de una hora después, habiendo acordado con el jefe de la policía una cantidad mínima de dinero para que no se revelase la identidad del joven que ahora viviría en el Sacromonte, se enteraría de que debía ir de urgencia al pueblo siguiente. Y tampoco se imaginó el terror que sentiría al intuir la verdadera razón por la cual su sobrino había salido huyendo de allí. Más que nada, le ofendió enterarse de esta manera que la falta de criterio del muchacho le venía de toda la línea materna —sobre todo cuando, dos días después, el jefe de la policía se presentó en la iglesia y, sin rodeos, le sugirió triplicar el dinero que le pagaban por callarse la boca.