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LA BRISA Y EL HORROR

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Summary

Buenos días, bienaventurados buscadores de lo macabro. En estos momentos van a leer un relato que se puede encontrar en la colección GRIMORIO COSMICO: ECOS DEL VACÍO, pero incluso contando con esa opción opto por publicarlo aquí. La temática es el horror cósmico del siempre alabado y al mismo señalado H P Lovecraft. Aquí, vemos cómo la locura se apodera de un inocente pueblo playero mientras se preparan para la llegada de algo monstruoso.

Genre
Horror
Author
AARA1995
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

Capítulo 1

Susurros en la noche cálida. El oleaje manso y la arena fría bajo sus pies. La luna es un ojo ciego, lechoso, una catarata macabra. La brisa canta una canción que los hombres no entienden. El mar se extiende en la eternidad justo en frente de Ernesto, quien respira un aire pútrido y enfermizo, el aire de las últimas tres noches. Detrás de él, su pueblo arde en llamas malvadas; todos los habitantes están parados detrás de él como demonios. Luego, igual que las últimas tres lunas, lo ve a lo lejos… y entonces, despertó sudando.

Ya era de día; el cuarto desde el huracán. Otra noche de martirio, donde el sudor gélido es una amante celosa y la mente se vuelve pendenciera. Se levantó de la cama y fue hasta la cocina, donde desayunó un pedazo de pan y un vaso de agua mientras contemplaba a través de una ventana con el vidrio hecho añicos el cielo gris. Decidió ir al pueblo.

Postes caídos, ventanas quebrantadas, árboles despojados del suelo y reposando en las calles, además de vehículos aplastados, así podía definirse el pueblo ahora, el cual tuvo que acatar un toque de queda ejercido por una tormenta que no mostró piedad ante nadie. Ernesto caminó junto a una calle inundada, donde varias personas expulsaban el agua que se propagó como un cáncer dentro de las casas. Cuatro días. El infierno llegó hace cuatro días.

Su casa también quedó inundada. Las ventanas fueron las verdaderas víctimas, aunque sus muebles tampoco salieron bien parados. Se jodieron con toda el agua que invadió su casa por cada orificio o abertura fugitiva. Quería comprar cristales nuevos, pero la tienda estaba hecha trizas de igual forma.

Un grito, a lo lejos.

Fue corriendo. Se escuchó detrás de su hogar, a varios metros de la vivienda. Reunidos como bacterias, un grupo de personas arrinconaban una escena. Ernesto se acercó para ver bien en medio de la calle inundada. Había un perro con las entrañas flotando en el gigantesco charco de agua estancada y cuya cabeza fue separada de su cuerpo.

-¿Quién hizo esto? – preguntó Carlos.

-¿Es de alguien el perro? – quiso saber Ricardo

-Creo que lo mató otro animal – sugirió Manuel.

-No – aclaró Esmeralda -. La panza se la abrieron con algo filoso. Esto lo hizo una persona.

Ernesto veía las tripas del perro flotando como serpientes.

Miró al cielo. Llovería.

En contra de la opinión de muchos, tiraron al perro a la basura.

Ojalá hubiera terminado ahí.

A la mañana siguiente, tres gatos estaban colgados de un árbol que se mantuvo invicto.

Ernesto volvió a soñar. Cuando despertó en la madrugada, alguien dejó a otro perro despedazado en la puerta de su casa.

Recostado en su colchón, miraba al techo. La policía no hizo nada respecto al perro, tampoco lo hicieron respecto a los gatos, tampoco lo hicieron respecto a nada. La noche estaba plasmada ahí afuera, arriba del oleaje y su ritmo lento y pausado que acariciaba la arena húmeda, tapizada de conchas y sargazo… pero ese olor… esa miasma salida de algún infierno vigente que todavía no alcanzaba a identificar, como una peste nueva para el género humano, algo jamás olfateado por el hombre. Cadáveres envilecidos de moscas divagando entre sus gases y podredumbre. Materia fecal excretada por algún recto oscuro y enfermo… No… no apestaba a eso… era el olor de las pesadillas.

Luego, lo vio por la ventana. La misma figura. Siempre la misma figura… a lo lejos… donde las profundidades del mar son monstruosas, donde los demonios espían a la humanidad y sus terrores… su cabeza... se veía más grande… y amorfa… protuberancias malsanas en vez de un cráneo reconocible, bultos agrietados con bocas repletas de dientes de sierra… así lo veía, sin haberlo visto nunca.

Salió de su casa, pisando como si estuviera sobre hielo delgado. Abrió la puerta. Ese olor… luego, los tentáculos salieron del agua.

Despertó en su colchón, gritando.

A la mañana siguiente, sacó su bote donde pescaba del agua. No pescaría en un buen rato. Nadie lo haría.

Ese mismo día, Esmeralda fue asesinada por su marido. Días después, se ahorcó en su celda.

Al día siguiente, una tormenta distorsionaba las realidades del pueblo en plena mañana, con las nubes negando al sol y el agua acribillando el océano que saltaba al ritmo de la lluvia.

Ernesto se había quedado sin electricidad. Estaba seguro que el resto del pueblo también. Sumido en el calor, en los rincones grises de su casa, ajeno a la pesca o al día a día, sentado en una silla de madera podrida, veía la lluvia cayendo. El olor de la humedad le era tan familiar como la brisa salina y la arena mojada, la madera vieja de su bote o el tiempo atrapado entre las paredes de su hogar. Los olores del pueblo también le eran perpetuos, erigidos invictos ante el olvido de la niñez; comida callejera, pescado crudo, gasolina quemada, la esencia cítrica de las hojas escapando del follaje de los árboles… pero ahora, sólo olía a podredumbre; ya ni siquiera estaba seguro si realmente apestaba o todo lo estaba maquinando una cruel consciencia, un raciocinio enfermo, desquiciado, dispuesto a hundirlo en la miseria de la locura para reírse de él. Ese maldito olor, desprovisto de la propiedad de los recuerdos. Todo el pueblo olía a eso… a una maldita pesadilla.

Doña Cielo tenía cincuenta y tres años. Madre divorciada. Tres hijos en la fila de la estirpe. Todos sabían que los amaba. Familia funcional. Tenían un perro llamado Spencer. Cielo asfixió con una almohada a sus hijos mientras dormían y se los dio de comer al perro. Posteriormente, se clavó un cuchillo en el estómago para que fuera más fácil sacarse las entrañas. Al menos eso fue lo que le contaron a Ernesto.

El huracán había convertido al pueblo en escombros… y así lo había dejado, como si fuera una condena. Los árboles seguían tirados, los negocios destruidos, y nadie había reconstruido sus paredes o sus techos o ventanas, como si ya no les importara, ni eso ni nada.

Ernesto volvió a soñar con los tentáculos. Esta vez despertó de pie, lejos de su casa, con el agua del mar cubriendo sus pies.

-¿Crees que sea un castigo de Dios? – le preguntó Manuel.

-Yo no creo en Dios – respondió Ernesto.

-Entonces, ¿qué es? Todo se está yendo a la mierda. El pueblo no era así. Es como si algo estuviera enloqueciéndolos, como si no pudieran ser ellos mismos.

-Sólo dilo de una vez.

-Decir qué.

-Sabes bien qué. Lo que los dos estamos pensando.

-No sé de qué hablas.

-De ese huracán… ese maldito huracán… algo vino con él, o tal vez el huracán vino junto con algo. No es coincidencia nada de esto. Algo más se instaló aquí con esa tormenta, algo consciente… y malvado.

-Yo ya no sé qué creer.

-Yo nunca lo he sabido. Por eso supongo que me volaré lo sesos uno de estos días.

Aquella noche, antes que soñara, una explosión lo despertó. Se levantó rápido de la cama, atravesando el calor nocturno y ese pútrido olor del demonio para salir de su casa y ver a lo lejos. El pueblo estaba en llamas.

Sus vecinos caminaban, con vistas sin alma, ciegos ante el aura de la noche sin estrellas. Pasaban junto a los árboles, inexpresivos, como si toda la cordura que pudieran portar hubiera sido… tomada… robada. Se dirigían hacia la casa de Ernesto, que quedaba enfrente de la playa. Su corazón, estaba a punto de vomitarlo; la respiración lo traicionaba, sus pies también. Entonces, ya enfrente de la playa, los vio arrodillarse. Giró la cabeza y se arrodilló él también.

Cinco patas arácnidas que podrían destrozar un edificio de diez pisos o extinguir la existencia de un automóvil de una pisada. De donde salían esas patas, sólo había protuberancias burbujeantes que se retorcían y emanaban el olor tan característico de los últimos días. Ojos que casi saltaban de las cuencas amorfas incrustadas sin ningún orden biológico alrededor de los protuberantes apéndices de la criatura, junto con bocas dentadas distribuidas en ese mismo orden apocalíptico, abriendo y cerrando sus fauces, devorando la cordura y dejando solamente una desquiciada realidad. Y justo debajo de ese burbujeante cuerpo deforme, unos tentáculos, cerca de veinte, de un color rojo encarnado y con huesos puntiagudos y monstruosos saliendo de los bordes.

Eso era lo que había salido del agua.

Ernesto se puso de pie; todos lo hicieron. Luego comenzaron a caminar hacia el mar…

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