Coraline 2 [FanFiction]

Summary

¿Recuerdas a Coraline, la niña audaz que burló a la Otra Madre en un mundo de botones negros y promesas rotas? Ahora ha crecido... pero ¿y si el escape fue solo una ilusión temporal? En las grietas del Palacio Rosa, Coraline enfrenta un mundo adulto de oficinas opresivas, relaciones que susurran dudas y un gato negro que juega sin un bando definido. La curiosidad –o esa "curisidad" que abre portales prohibidos– permite a la Otra Madre dejar de acechar en las sombras, gracias a los negocios que ha tejido con una poderosa entidad cósmica que trafica almas. Entonces aparece Roberto, y le da color a una vida adulta que parecía gris para siempre. En esta secuela fanfic de Coraline, el horror se infiltra en lo cotidiano, borrando la línea entre realidad y pesadilla hasta que cada mirada, cada palabra repetida, te hace dudar de todo. Atrévete a abrir la puerta... pero ¿saldrás ileso esta vez?

Status
Complete
Chapters
15
Rating
n/a
Age Rating
13+

El Gato

Yo siempre escucho mejor cuando mastico.

La Otra Madre habla desde algún lugar frente a mí. Lo sé porque su voz tiene bordes, como una caja mal cerrada. Dice palabras largas, palabras que se doblan sobre sí mismas antes de llegarme. Palabras que esperan algo. Yo no levanto la vista todavía. No conviene. Solo pasaba por aquí, ya que este lugar tiene las más deliciosas ratas.

La primera rata todavía está tibia.

La tomo por el lomo, justo donde el pelo se abre como un libro. No muerde. Ninguna muerde cuando entiende el orden real de las cosas. Le arranco la cabeza con un giro breve, casi elegante. El sonido es mínimo. Un pequeño clic húmedo. Siempre me gustó ese sonido. Es un signo de anotación.

La Otra Madre sigue hablando. Dice mi nombre, o una versión que ella cree que es mi nombre.

Yo solo mastico.

El cráneo es lo primero que aplasto por costumbre. El cráneo contiene historias inútiles. Recuerdos cortos. Caminos mal elegidos. No los necesito. La lengua encuentra el gusto metálico detrás del hueso y ahí me detengo un segundo. Solo un segundo. El tiempo justo para que ella crea que la estoy escuchando de verdad.

Lo estoy. Pero no como ella quiere.

Dice que puede ofrecerme algo a cambio. Siempre empiezan así. Dice que entiende mi naturaleza. Que ha observado. Que sabe esperar. Miente. Nadie que supiera esperar promete tanto.

Arrastro el cuerpo de la rata hacia mí con la pata izquierda. No la derecha. La derecha la reservo para empujar lo que sobra. Me gusta mantener una lógica. El orden tranquiliza a los lugares tan caoticos.

La Otra Madre se inclina un poco. No mucho. No quiere parecer inferior. Quiere parecer razonable. Eso es peor. Dice que necesita mi ayuda. Dice que hay hombre. Y debo contactarlo. Siempre hay uno. Dice que no es para ella. Dice que es por amor. Dice que está dispuesta a pagar por sus servicios y los míos.

Ahí levanto la vista.

Solo un poco. Lo suficiente para que sepa que ahora sí hay algo parecido a una negociación.

Ella sonríe de una manera tan hipocrita. Tiene demasiados dientes para ser una sonrisa sincera. Yo vuelvo a bajar la mirada. No quiero que crea que me interesa su cara.

Termino la primera rata. Dejo la cola a un lado. Las colas no se comen enseguida. Son como los postres, para después, si queda hambre.

Lamo la pata. Tres veces. La tercera siempre es más lenta. La saliva arrastra un hilo oscuro que cae sobre el suelo. Me gusta ver cómo el lugar lo absorbe. Este sitio tiene hambre. Se nota.

—Puedo darte lo que quieras— dice ella.

Eso sí me hace detenerme.

No porque me importe lo que ofrece, sino porque es una frase peligrosa. Las promesas grandes siempre traen consecuencias aburridas. Yo prefiero los intercambios pequeños. Son más duraderos.

Miro la segunda rata.

Esta es más flaca. Nerviosa. La piel tensa. Buen signo. El miedo afila el gusto. La acerco al hocico y la huelo. La Otra Madre se calla. Cree que he aceptado. Cree que el silencio es un sí.

No lo es. Solo estoy digieriendo en silencio.

— Dos — digo al fin.

Mi voz no sale de la boca. Sale del espacio entre las cosas. Ella tarda en entender. Parpadea. Mira alrededor. Cree que hablo de algo más grande. Casas. Almas. Años.

“Dos”, repito, y empujo con la pata la primera cola hacia un lado, para que vea el conteo.

Ella me mira como si no hubiera escuchado bien. Me gusta esa expresión. Es la que aparece cuando alguien descubre que el precio real no coincide con la fantasía.

—¿Dos… qué?

No respondo. No hace falta. Tomo la segunda rata y empiezo de nuevo. Esta vez más despacio. Dejo que los dientes encuentren resistencia. Que el cuerpo se tense antes de ceder. El crujido es más largo. Más íntimo.

La Otra Madre retrocede medio paso. No por asco. Por desconcierto.

Mientras mastico, pienso en la niña. Coraline. No en su cara. No en su nombre. Pienso en su peso específico, aqui. En cómo ciertas voluntades impactan más que otras. En cómo los lugares recuerdan mejor a quienes son aventureros.

Trago.

— ¿Eso es todo?— dice ella, y ahora su voz tiene una grieta.

Levanto la vista del todo. La miro a los ojos. No para intimidar. Para cerrar el trato.

—Eso es suficiente.

Ella quiere preguntar algo más. Quiere asegurarse. Quiere reglas. Quiere garantías. Yo ya no la escucho. Estoy ocupado limpiándome el hocico. La sangre seca deja marcas que perduran si no se atienden a tiempo.

Se va sin despedirse. Caminando recto, como si no hubiera pasado nada. Como si estuviera todo dado para algún maquiavélico plan suyo. El lugar suspira aliviado cuando desaparece.

Me quedo solo.

Recojo las colas. Ahora sí. Las mastico despacio. El postre tiene buen sabor esta noche.