No me hagas dejarte...
Quien conociera a la familia formada por Eithan y Chitose pensaría que eran el modelo perfecto: un alfa dispuesto a mover el cielo con tal de ver feliz a su pareja. En un mundo que se rige por la unión y el reconocimiento de los dos subgéneros como un lazo inquebrantable, cualquiera envidiaría esa relación, pues parecía ser la aspiración de todo aquel que busca amar y sentirse amado.
Chitose Hoshizora era el ejemplo más claro de lo que la sociedad esperaba de un alfa. Su sola presencia transmitía poder y determinación. Encajaba a la perfección en el estereotipo alfista: dominante, inteligente, ágil tanto en mente como en cuerpo. Sabía controlar sus emociones en público y desprendía una energía que no dejaba lugar a dudas de quién dominaba la habitación. Si hubiera que describirla en pocas palabras, serían: arrogante y resuelta. Había nacido para ocupar la cima, con su humor ácido, su sarcasmo afilado y sus ansias de competir y brillar. Era como un león consciente de sus capacidades, incapaz de temblar frente a lo que deseaba.
Todo en su vida parecía escrito y dictado por esas cualidades... hasta que conoció a cierto omega. Un omega digno de ese nombre. No se trataba solo de su físico —aunque, claro, fue lo primero que captó su atención—, sino de la esencia que lo envolvía. Para ella, aquel omega era la perfección hecha persona. Lo que más la cautivaba no era su rostro ni su porte, sino la manera en que se relacionaba con los demás: amable, carismático, servicial, con una ternura casi maternal que emanaba de cada gesto.
Y, sin embargo, lo que realmente la enloquecía eran esos momentos en que rompía los esquemas. Ese omega sabía ser insolente, competitivo, incluso cruel cuando lo necesitaba. Había en él una arrogancia sutil, un fuego escondido, y lo que Chitose más amaba era esa forma tan descarada de mandar al diablo a cualquiera que intentara menospreciarlo.
Él no buscaba pasar desapercibido: quería ser el centro de atención, recordarle al mundo que merecía todo, aunque el destino dijera lo contrario. Esa determinación encendió en la alfa una necesidad feroz de poseerlo... y no fue sencillo.
Porque aquel omega no creía en las “parejas destinadas”, ni en los cuentos en los que todos los problemas de un omega se resolvían al encontrar un alfa, unirse a él y darle hijos como medio de supervivencia. Por eso, cuando Chitose apareció con sus promesas de amor eterno, él no se dejó convencer tan fácilmente. En lugar de rendirse, decidió poner a prueba a la orgullosa alfa. Si de verdad la amaba, tendría que demostrar que su amor no era un destino escrito... sino una elección.
Y vaya que le costó. El omega era como una flor: te atrapaba con sus pétalos coloridos y su aroma embriagador, para después recordarte que también tenía espinas. Para Chitose, él siempre fue una Camelia, esa flor que solo florece en invierno: suave, cálida y llena de vida en los momentos más inesperados.
Tras varios años de perseguirlo como su novio, logró que aceptara casarse con ella. Juntos construyeron una familia y tuvieron tres hijos alfas, distintos entre sí, pero con la misma esencia que los unía.
Alex Hoshizora, el primogénito, era prácticamente una copia de su madre: un alfa de carácter fuerte y decidido, que en su último año de preparatoria comenzaba a descubrir lo que realmente significaba ser un alfa.
Ax Hoshizora, el segundo, recién iniciaba la preparatoria. Aunque era alfa, su corazón no distinguía límites: sentía atracción no solo por omegas, sino también por alfas, por la vida misma y todo lo que pudiera amar. Max Hoshizora, el menor, cursaba el último año de secundaria y aún no estaba seguro de si realmente era un alfa. No sentía ese instinto protector tan propio de su estirpe; al contrario, lo que deseaba era ser cuidado, ser amado. Chitose y Eithan lo sabían y, aunque se esforzaban por apoyarlo, a veces no sabían cómo guiarlo.
A pesar de ese amor que habían construido, incluso con los cachorros que llenaban de alegría su hogar, la alfa seguía siendo, en esencia, una alfa: y como tal, priorizó el trabajo sobre todo lo demás. Poco a poco comenzó a descuidar lo que realmente importaba: su familia, su pareja, sus hijos.
Por eso, aquella tarde, al llegar a casa, el mundo se le detuvo. En lugar de ser recibida como de costumbre, encontró a Eithan sentado en el sofá de la sala, serio, con un sobre sobre la mesa. Por primera vez en mucho tiempo, Chitose sintió que no tenía el control. El miedo la atravesó al ver que el omega que siempre la miraba como si pusiera estrellas en el cielo, ahora la observaba con resignación... con la misma desconfianza de aquel joven que un día se negó a creer en las promesas de amor.
—Quiero el divorcio... —susurró Eithan, el más pequeño de los dos, rompiendo en mil pedazos la realidad de Chitose. Ella trató de acercarse, de detenerlo, buscando consuelo en el mismo ser al que había descuidado.
—Camelia, por favor... ¿qué hice mal? Lo juro, lo arreglaré, pero no puedes dejarme...—murmuró la alfa con voz quebrada, incapaz de moverse, incapaz de creer lo que escuchaba. Su flor, su camelia, quería marcharse... y eso la estaba matando.
Verlo contener las lágrimas, evitando mirarla, fue como sentir que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—Chitose... —su voz tembló como si cada palabra le arrancara un pedazo de alma—. Olvidaste el cumpleaños de Alex... nuestro aniversario... la graduación de Ax...
Se golpeó el pecho con fuerza, como si quisiera sostener un corazón que ya se le escapaba en pedazos.
—¡Hace tiempo que no hay un nosotros!—exclamó, y el grito salió cargado de lágrimas contenidas. Luego se señaló a sí mismo, desesperado, con la respiración agitada—.Yo no quería esto, ¿entiendes? No quería amar, no quería confiar en nadie... ¡y fuiste tú la que me hizo creer que podía hacerlo!
Alzó ambas manos hacia ella, abiertas, mostrando la nada que sentía entre ellos, como si buscara hacerla ver lo que había destruido.
—Confié en ti, Chitose. Te di todo lo que era, todo lo que nunca quise entregar a nadie... ¿y qué hiciste? Me diste por sentado. Me tuviste y pensaste que nunca me iría.—Su voz se quebró en un sollozo ahogado, y sus ojos se llenaron de un dolor imposible de ocultar—.Yo no era tu destino, yo era tu elección... y hace mucho que dejaste de elegirme.
La mayor negó con desesperación y trato de acercarse a su omega, no quería que el se sintiera así, solo pensó que eso era lo correcto, siempre había sido lo correcto, jamás dejaría a su omega, su flor.
—Amor... —susurró Chitose, temiendo romper la delicada distancia entre ambos. Avanzó con cuidado, dejando que su aroma lo envolviera primero, como un ruego silencioso—. Siempre voy a elegirte, porque tú me elegiste cuando ni siquiera eras mi opción. Eres mi amor. Tú y nuestros hijos son el latido que me mantiene viva, la razón por la que respiro. Pensé que bastaba con trabajar, con darles todo... pero me equivoqué. Nada de eso tiene sentido si no es contigo. —Sonrió con debilidad, temiendo la mirada de su flor, y con un gesto tembloroso lo atrajo a sus brazos, como quien teme abrazar algo frágil que podría romperse.
—Eres mi camino —murmuró, con voz impregnada de arrepentimiento—. Y sé que me desvié... pero eres mi vida. No quiero un mundo donde tú y nuestros hijos no estén.
El omega se dejó envolver por ese calor, y su cuerpo tembló bajo aquellas palabras. Parte de él quería creer, quería entregarse de nuevo a esas promesas dulces... joder, solo quería sentirse amado, recordarse digno de amor.
—Camelia...—susurró Chitose, acariciando su cabello antes de alzar su rostro y sostener sus mejillas entre sus manos—. Dame una última oportunidad. Si vuelvo a fallarte, juro que será mi propia alma la que se rompa.
Eithan sorbió con fuerza, los ojos húmedos y brillantes, atrapado entre el deseo de rendirse y la desconfianza que le quemaba por dentro.
—Eso espero, alfa... —murmuró con un nudo en la garganta—. Porque aunque cada parte de mí aún te reclame, aunque mi corazón siga buscándote... me lo estás haciendo imposible.